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Relatos Ardientes

Iba a marcharme y él apareció en mi puerta

4.2(18)

La decisión estaba tomada desde hacía tres semanas. Me lo había repetido cada mañana frente al espejo, como un mantra que iba perdiendo fuerza con cada repetición: pon distancia, coge el avión, no mires atrás. Lisboa era el plan perfecto. Una ciudad nueva, un contrato de trabajo que llevaba meses esperando firmar, y kilómetros entre nosotros que harían lo que yo sola no era capaz de hacer.

Había pasado demasiado tiempo dando vueltas a lo mismo. Marcos no era libre, la situación no tenía salida, y seguir alimentando algo que vivía entre llamadas tardías y encuentros robados no me hacía bien. Lo sabía. Lo sabía con toda la claridad del mundo. Y aun así, cada vez que el teléfono vibraba con su nombre en pantalla, algo en mí se detenía un momento antes de decidir.

Esa mañana me levanté antes del despertador. La maleta llevaba en el pasillo desde el jueves, lista. Solo me quedaba repasar la casa, asegurarme de que todo quedaba cerrado, regar las plantas del balcón y dejarle una llave a mi vecina Carmen para las emergencias. El vuelo era el domingo, pero quería tener los últimos detalles resueltos con tiempo.

Fui a la cocina, puse el café a calentar y empecé a repasar la lista mental. Factura del gas: pagada. Balcón: pendiente de cerrar con llave. Cargador del portátil: en la bolsa de mano. La rutina me tranquilizaba. Me gustaba esa sensación de control, de tenerlo todo en su sitio antes de empezar algo nuevo.

El teléfono vibró sobre la encimera.

Era Marcos.

Lo miré un segundo, como si pudiera hacerlo desaparecer solo con la vista. Dejé que sonara. Cinco tonos, seis, siete. Silencio. El café empezó a burbujear y lo aparté del fuego.

Volvió a sonar.

Esta vez lo miré más tiempo. Veinte segundos con el nombre iluminando la pantalla. Pensé en cogerlo, pensé en dejarlo ir, y al final lo dejé ir otra vez. Me serví el café, me apoyé en la encimera y miré por la ventana. El cielo de primera hora tenía ese gris sucio que promete lluvia y casi nunca la cumple. Me gustaba ese cielo. Me recordaba a los domingos en casa de mis abuelos, cuando nada era urgente ni nada dolía.

Tercera llamada.

Cogí el teléfono.

—Hola —dije. Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía.

—¿Podemos hablar? —dijo él.

—Me pillas liada —respondí. No era mentira del todo, pero tampoco era del todo verdad.

Sonó el timbre de la puerta.

—Oye, están llamando. Te llamo luego.

—No cuelgues —dijo, con una urgencia en la voz que no le había escuchado antes—. Por favor. Abre y sigue conmigo.

Me quedé un momento quieta. Luego fui hacia la puerta con el teléfono pegado a la oreja. Abrí.

Era él.

Marcos en el rellano, con el teléfono todavía en la oreja y una bolsa de viaje colgada del hombro. Me miraba como si tuviera miedo de lo que yo fuera a decir. Yo no dije nada. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Los dos con el teléfono al oído, mirándonos, en silencio.

—¿No me vas a invitar a pasar? —dijo, bajando el teléfono despacio.

—¿Estás...? —empecé.

—¿Estás sola?

—Sí —respondí. Y luego, porque me di cuenta de que había sonado raro—: Quiero decir, sí, pasa.

Entró. Dejé la puerta abierta un segundo más de lo necesario, como si me costara decidir si la cerraba o no. La cerré.

Antes de que pudiera procesar nada, me lancé sobre él. Sin pensarlo. Los brazos alrededor de su cuello, la cara enterrada en su hombro, sintiendo el olor de su ropa de viaje, ese olor suyo tan específico que no había logrado sacar de ningún rincón de la cabeza por más meses que pasaran.

—Te echaba de menos —le dije al oído. Me salió pequeño, casi susurrado.

—Yo más —respondió, y me apretó con una fuerza que me dejó sin aire un momento.

Nos quedamos así. No sé cuánto tiempo. El suficiente para que se me pasara la rabia acumulada y me quedara solo lo otro, eso que nunca sabía cómo llamar sin que sonara mal.

Cuando se separó un poco, me cogió la cara con las dos manos y me obligó a mirarle.

—Aquí estoy —dijo—. Para lo que necesites. Pero si quieres acabar con esto, tendrás que decírmelo ahora, mirándome a los ojos.

Le miré. Los tenía oscuros, cansados de viaje, pero firmes. No aparté la mirada. Le besé la mejilla. Luego la otra. Le apreté más fuerte contra mí.

—¿Por qué me lo pones tan difícil, Marcos? —murmuré.

—No te lo pongo difícil. —Me soltó despacio, sin dejar de mirarme—. Lo que hay entre nosotros es complicado, lo sé. Pero no es imposible. Y no creo que quieras que lo sea, aunque te empeñes en hacer las maletas y cruzar medio continente.

No respondí. Cogí su bolsa del suelo, la dejé apoyada contra la pared, y le tomé la mano.

—Ven —le dije.

Lo llevé al patio trasero. Era el rincón favorito de la casa: una galería cubierta con luz que se filtraba entre los listones de madera del techo, una palmera pequeña en el rincón y un sillón de hierro forjado tapizado con cojines anchos de color arena. Allí me sentaba los domingos a leer cuando quería que el mundo dejara de existir por un rato.

Lo hice sentar. Me senté encima de él, de frente, con las piernas a sus lados. Le miré un momento sin decir nada.

—¿Qué quieres de mí? —le pregunté. Era también una pregunta que me hacía a mí misma, sin haberme atrevido a formularla así hasta ese momento.

—Todo lo que me quieras dar —respondió, con calma—. Y si no me quieres dar nada, me quedaré aquí igualmente hasta que me lo digas bien.

Le busqué la boca. El beso empezó con cuidado, despacio, como si los dos tuviéramos miedo de romper algo. Luego fue más. Sus manos bajaron de mi cintura hasta el culo y me apretaron contra él, y sentí de golpe el bulto duro entre sus piernas empujando contra mí a través de la ropa. Solté un jadeo en su boca sin poder evitarlo. Empecé a frotarme contra su polla por encima del pantalón, moviendo las caderas en círculos lentos, sintiendo cómo se me humedecía el coño con cada roce.

Lisboa puede esperar, pensé. Y enseguida: Qué fácil me resulta siempre tomar la decisión equivocada con él.

Me metió las manos por debajo de la falda y me agarró el culo directamente, sin la tela de las bragas de por medio salvo por una franja de encaje. Me arrancó un gemido cuando me apretó las nalgas y me guio con más fuerza sobre su regazo. Yo le mordí el labio inferior, se lo chupé despacio, y me quedé quieta un momento, mirándole, con la respiración ya rota.

Luego me puse de pie frente a él.

Levanté la falda hasta la cintura. Enganché los pulgares en el elástico de las bragas y me las bajé con calma, sin prisa, muslo abajo, hasta que cayeron al suelo de baldosa. Las aparté con el pie. Me quedé así un momento, sin moverme, con la falda subida y el coño mojado y desnudo a la altura de sus ojos, mirándole.

Él me miraba con los ojos oscuros, la boca entreabierta, las manos apoyadas en los brazos del sillón, sin moverse tampoco. Vi cómo tragaba saliva.

—Ven aquí —dijo con la voz ya ronca.

No me acerqué todavía. Me subí más la falda, me pasé dos dedos por el coño, despacio, de arriba abajo, para que viera lo empapada que estaba. Los saqué brillando y se los acerqué a la boca. Me los chupó sin apartar la mirada, con la lengua enroscada alrededor, y yo sentí el tirón entre las piernas como si me estuviera lamiendo directamente el clítoris.

Volví a sentarme, de frente, con las piernas abiertas sobre las suyas. Sin nada entre nosotros salvo la tela de su pantalón. Empecé a moverme sobre él con calma, sintiendo cómo respondía bajo la tela, cómo la polla se le ponía más dura despacio mientras yo seguía moviéndome, con los ojos fijos en los suyos.

—¿Eso es lo que quieres? —preguntó, con la voz más baja que antes.

—Quiero que me folles —le dije al oído—. Aquí. Ahora. Como cuando no piensas.

Se desabrochó el cinturón y se desabotonó el pantalón sin apartar la vista de mí. Le bajé los calzoncillos justo lo necesario y la polla saltó fuera, dura, gruesa, con la punta ya brillante. La envolví con la mano. La apreté despacio de la base a la punta, sintiendo cómo latía, y le pasé el pulgar por el glande, extendiéndole la gota de líquido que le había asomado.

—Joder —murmuró él, con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo.

Me deslicé hacia abajo. Me arrodillé entre sus piernas en las baldosas frías y le agarré la polla con las dos manos. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, en un solo movimiento largo, y él soltó un gemido apretado, agarrándose a los brazos del sillón. Le rodeé el glande con los labios, chupé la punta, jugué con la lengua sobre esa zona sensible justo debajo, hasta que sentí que las caderas se le movían buscando más.

Me la metí entera. Todo lo que pude. Sentí el fondo de la garganta y me quedé ahí un segundo, tragando alrededor, antes de subir despacio. Bajé otra vez. Otra. Encontré un ritmo, empapándole la polla de saliva, oyéndole respirar cada vez más entrecortado encima de mí. —Para, para —dijo, apartándome con suavidad de los hombros—, o me corro ya en tu boca.

Le sonreí desde abajo, con los labios brillantes, y me limpié la comisura con el dorso de la mano. Me puse de pie. Volví a montarme sobre él, esta vez agarrándole la polla, apoyándomela entre los labios del coño sin metérmela, solo frotándola arriba y abajo. Deslicé la humedad sobre su verga sin meterla todavía, dejando que el glande resbalara sobre el clítoris con cada pasada. Me encantaba ese momento. La anticipación. Verle hacer fuerza para no agarrarme por las caderas y clavarme de una, dejándome llevar el ritmo sin intervenir.

Seguí así hasta que ya no pude más.

Me coloqué la punta en la entrada y bajé. Despacio pero sin pausas. La polla me abrió centímetro a centímetro, llenándome, y solté el aire de golpe con los ojos cerrados cuando la tuve entera dentro. Me quedé quieta un segundo, sintiéndole latir dentro de mí, y luego empecé a moverme.

Subía y bajaba, apoyando las manos en sus hombros, sintiendo cada centímetro entrar y salir. Él me sujetaba las caderas con las manos, sin forzar, dejando que yo pusiera el ritmo, pero cada vez que bajaba del todo empujaba un poco hacia arriba para clavármela hasta el fondo. Me bajó el escote del vestido de un tirón, me sacó las tetas fuera y se me metió un pezón en la boca. Chupó, mordió despacio, tiró con los labios. Yo eché la cabeza atrás y aceleré el ritmo, cabalgándole con más fuerza, el ruido de mi coño mojado tragándole la polla mezclándose con el crujir del sillón.

—Así, joder, así —susurré—, no pares de chuparme las tetas.

El sol tamizado de la galería me calentaba los hombros. La mañana era silenciosa. Solo el ruido lejano de los pájaros en el patio, el crujir del sillón y el chapoteo de nuestros cuerpos.

Me corrí con la polla clavada hasta dentro, abrazada a su cuello, con la cara enterrada en su hombro, mordiéndole la piel para no gritar más de lo que ya gritaba. Sentí los espasmos apretándole la verga en oleadas, y él me sostuvo hasta que terminé del todo, con las manos firmes en mi espalda, sin moverse, dejándome acabar sobre él.

***

—Espera —dijo, cuando intenté seguir moviéndome.

Levantó las manos con suavidad. Me indicó que me pusiera de pie. Me puse, con las piernas todavía temblando y su polla saliendo de mí con un ruido húmedo. Me giró despacio, me hizo apoyar las manos en el respaldo del sillón, con las piernas un poco separadas y el culo hacia fuera. Sentí sus manos en las nalgas, moviéndose despacio, separándomelas con cuidado, dejando el culo abierto a su vista.

—Qué guarra eres —murmuró detrás de mí, y me dio un azote seco que me hizo saltar.

Se arrodilló detrás de mí. Sentí su boca. La lengua, lenta y precisa, empezó por el coño, lamiéndome de atrás adelante, chupándome los labios uno por uno, metiéndose dentro. Subió al culo. Me pasó la punta de la lengua sobre el otro agujero, en círculos, sin prisa, y me la metió despacio, apenas la punta, mientras me buscaba el clítoris con los dedos por delante. Se tomaba su tiempo como si no hubiera nada más urgente en el mundo que eso. Cerré los ojos y apoyé más el peso en los brazos, dejando que hiciera lo que sabía hacer. Mi cuerpo todavía vibraba del orgasmo anterior, y eso lo hacía todo más intenso, más directo, como si tuviera la piel un poco más fina de lo normal.

—Marcos —dije, y no supe si era una advertencia o un ruego.

Se metió dos dedos en el coño mientras seguía lamiéndome el culo, y yo eché las caderas hacia atrás buscando más. Los sacó brillando de mí y me los pasó despacio por el otro agujero, mojándomelo bien, deslizando un dedo dentro poco a poco. Solté un gemido largo, agarrando el hierro del respaldo con las dos manos.

Se incorporó. Escuché el ruido de saliva mientras se escupía en la mano, y luego lo sentí pasarse la palma por la polla, empapándola. Apoyó una mano en mi cadera y guio la punta a la entrada del coño. Empujó con suavidad al principio, sin forzar, esperando que mi cuerpo cediera.

Cedió.

El primer sonido que se me escapó fue involuntario. No era dolor, o no solo eso. Era la mezcla, la sensación de estar llena de otra manera, la presión en lugares distintos. Siguió adelante, despacio primero, dejando que me acostumbrara, y luego con más ritmo, marcando un compás que yo seguía moviéndome hacia él, encontrándole a mitad de camino, echando el culo atrás contra sus caderas cada vez que él empujaba hacia delante.

—Más fuerte —le pedí, con la voz ronca—. Fóllame más fuerte.

Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme en serio. La polla entraba y salía haciendo un ruido húmedo, obsceno, que se mezclaba con el golpeteo de sus muslos contra mi culo. Se inclinó sobre mí, me pasó una mano por delante y me buscó las tetas primero, apretándomelas, pellizcándome los pezones, y luego bajó al clítoris.

—Tócame mientras —le pedí—. Por favor.

Sus dedos encontraron el clítoris y empezaron a moverse al mismo ritmo que sus caderas. Eso fue demasiado. Demasiadas sensaciones en demasiados sitios a la vez: la polla dándome hasta el fondo, los dedos apretándome el clítoris en círculos rápidos, su aliento caliente en mi nuca, su otra mano subida a mi pelo agarrándome un puñado. Empecé a gemir sin poder controlarlo, con los nudillos blancos sobre el respaldo de hierro, con la boca abierta contra el brazo.

—No pares —murmuré—. Así, no pares. Me voy a correr otra vez.

No paró. Aceleró. La polla me golpeaba el fondo con cada embestida, y los dedos no cedían ni un segundo sobre el clítoris. Escuché su respiración volverse irregular, cortada, y sentí cómo se le tensaban los muslos contra los míos.

—Me corro —dijo, con la voz tensa—. Me corro contigo. Dentro. ¿Dentro?

—Dentro —le respondí sin aire—. Córrete dentro, joder, lléname.

Y lo hizo. Sentí la polla clavarse hasta el fondo y ponerse aún más dura un segundo antes del primer chorro. El calor llenándome por dentro en oleadas mientras sus dedos seguían el mismo ritmo implacable sobre mí, y me dejé ir también, apretándole la verga con el coño en espasmos largos, con todo el cuerpo temblando, aferrada al respaldo del sillón, con las piernas flojas y la cabeza completamente en blanco. La sentí latir dentro hasta la última gota.

Nos quedamos quietos un momento. Él salió despacio y sentí un hilo tibio de su semen bajarme por la cara interna del muslo. Apoyó la frente en mi hombro, respirando fuerte. Yo no me moví. Los pájaros volvieron a sonar en algún rincón del jardín, ajenos a todo.

***

Más tarde, sentados en el patio con el café que había recalentado y que ninguno de los dos terminó, me preguntó cuándo era el vuelo.

—El domingo —dije.

Asintió. No añadió nada más. Ese era Marcos: nunca presionaba, nunca reclamaba, nunca me daba razones para enfadarme con él. Era mucho más difícil alejarse de alguien que simplemente te deja ir.

—Puedo cambiar la fecha —dije, sin mirarlo. Lo dije a la taza, como si no fuera una cosa importante.

—No tienes por qué hacerlo —respondió—. Pero si la cambias, aquí voy a estar.

Le miré. Tenía esa expresión de siempre, tranquila, sin urgencia. El sol ya había subido lo suficiente para calentar los cojines del sillón, y la palmera hacía una sombra larga sobre las baldosas.

—Eres muy poco complicado para lo complicado que es todo esto —le dije.

Sonrió sin responder.

Cogí el teléfono. Abrí la aplicación de la aerolínea. Busqué el vuelo del domingo y lo cambié para el miércoles siguiente, sin decir nada, sin explicaciones.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Él tampoco preguntó.

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4.2(18)

Comentarios(9)

Ricardo_77

Que final tan inesperado!!! Me quedé con la boca abierta, muy buen relato

PepaRivera

Por favor seguí escribiendo, justo cuando se ponia bueno cortaste jaja. Esperando mas!

Marcos_B

Me recordó tanto a una situacion que viví hace unos años. Esa sensación de tener todo decidido y que una sola mirada lo tire abajo... muy bien captado, de verdad.

Sandra1282

Muy bien escrito, se siente real. Esperando la segunda parte con ansias!

NocheEnPaz

Emotivo y caliente a la vez, no es facil lograr eso. Gracias por compartir

Fran_ba

Se me hizo corto!!! Quiero mas

Dany_Bcn

La descripcion del momento cuando abre la puerta... uf, se siente en el pecho. Muy buen relato

ElCurioso99

Que bueno que no cogió ese avion jaja. De los relatos que se disfrutan de principio a fin, enhorabuena

LuisaM

Alguien mas quedo pensando que paso despues?? jajaja quiero saber la continuacion

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