Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Volví con él sabiendo que iba a destrozarme otra vez

3.8(21)

Me llamo Renata y tengo veintisiete años. Voy a contar algo que no le he dicho a nadie, ni a mi mejor amiga, ni a mi terapeuta, ni mucho menos a mi familia. Es una de esas historias que una guarda en el fondo del pecho porque sabe que si la dice en voz alta, se vuelve real del todo. Y lo que pasó con Emilio fue demasiado real.

Conocí a Emilio un sábado de marzo en un bar pequeño del centro. Yo estaba saliendo de una relación larga, casi tres años con un tipo que me dejó marcas que no se ven. No hablo de golpes, sino de algo peor: esa forma de hacerte sentir que no vales nada, que nadie más te va a querer, que deberías agradecer que alguien se fije en ti. Cuando por fin junté el coraje para irme, llevaba meses sin reconocerme en el espejo.

Emilio era distinto. O eso quise creer.

Tenía la sonrisa fácil, las manos grandes y una manera de mirarme que me hacía sentir que yo era lo único que importaba en la habitación. Empezamos a hablar esa noche y no paramos hasta las cuatro de la mañana, sentados en la acera con los pies en la calle porque el bar había cerrado hacía horas. Me pidió el número y tardó exactamente un día en escribirme.

El problema fue la distancia. Él vivía a casi cuatrocientos kilómetros, en otra ciudad, con otro ritmo, con otra vida. Al principio me dije que era perfecto así. Que necesitaba algo liviano, sin presión, sin la asfixia de tener a alguien encima todo el día. Nos escribíamos por las mañanas, hablábamos por teléfono por las noches y los fines de semana nos mandábamos mensajes que empezaban inocentes y terminaban con la respiración entrecortada, la mano metida entre las piernas y las sábanas revueltas. Me hacía masturbarme por WhatsApp, describiéndome con detalle cómo me iba a follar cuando por fin nos viéramos, dónde me iba a poner la lengua, cuánto tiempo iba a estar chupándome el coño antes de metérmela.

La primera vez que nos vimos después de ese bar fue un mes después. Él vino a mi ciudad un viernes por la tarde. Quedamos en un café cerca de mi departamento y cuando lo vi cruzar la puerta con esa chamarra de cuero que le quedaba un poco grande, sentí algo que llevaba años sin sentir: ganas.

No ganas de sexo, que también. Ganas de tocarlo, de olerlo, de confirmar que era real y no solo una voz bonita al otro lado del teléfono.

—Estás más guapa que en las fotos —me dijo sentándose frente a mí.

—Mentiroso.

—Puede ser. Pero en esto no miento.

No terminamos el café. Caminamos hasta mi departamento en silencio, con los hombros rozándose, y cuando cerré la puerta detrás de nosotros, me tomó de la cintura con esa mezcla de firmeza y cuidado que solo tienen los hombres que prestan atención.

—¿Estás segura? —preguntó con los labios a un centímetro de los míos.

No respondí con palabras. Lo besé yo. Despacio al principio, como probando el terreno, como asegurándome de que no iba a romperme si me dejaba llevar. Y luego más fuerte, más hondo, con las manos en su nuca y su cuerpo empujándome contra la pared del pasillo. Sentí su polla dura contra mi vientre a través del pantalón, gruesa, insistente, y solté un gemido dentro de su boca que no supe si era de sorpresa o de hambre.

Nos fuimos quitando la ropa camino a la habitación. Su chamarra cayó en el recibidor, mi blusa quedó colgada del picaporte. Le desabroché el cinturón con las manos temblorosas y él me bajó el sostén sin quitármelo del todo, dejándome las tetas fuera, y se agachó ahí mismo, en medio del pasillo, a chupármelas. Me mordió los pezones despacio, con los dientes apenas, y después con más fuerza, hasta hacerme arquear la espalda contra el marco de la puerta. Para cuando llegamos a la cama ya solo quedaban su bóxer marcándole la erección y mis bragas empapadas, y la tensión acumulada de treinta días de mensajes y llamadas y silencios llenos de promesas.

Emilio tenía una forma particular de tocar. No iba directo al punto, como otros. Recorría con los dedos, con la boca, con la punta de la nariz. Me besó el cuello durante lo que pareció una eternidad, bajando por la clavícula, deteniéndose en ese hueco entre los pechos donde se acumula el calor. Cada vez que yo intentaba apurar las cosas, cada vez que le agarraba la mano para llevármela entre las piernas, él me frenaba.

—No hay prisa —murmuraba contra mi piel.

Para ti no, pensé. Yo llevo un mes imaginando esto.

Cuando por fin su boca llegó a mi vientre, yo ya estaba temblando. No de frío, no de nervios. De anticipación pura. Me quitó las bragas con los dientes, despacio, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros que parecían pedir permiso y dar órdenes al mismo tiempo. Estaban tan mojadas que se le pegaron a la piel al arrastrarlas por mis muslos.

—Mírate cómo estás —murmuró abriéndome las piernas con las dos manos—. Empapada.

—Cállate y cómemelo.

Se rió bajito contra mi muslo y bajó. Me lamió despacio de abajo hacia arriba, con la lengua plana, recogiendo todo lo que yo tenía escurriéndome. Después me abrió los labios del coño con los pulgares y se quedó ahí, mirándome, respirando encima de mí, hasta que le agarré el pelo y le empujé la cara. Entonces sí. Entonces me chupó el clítoris con hambre, chupándolo como si fuera una fruta madura, alternando lengüetazos rápidos con succiones largas que me hacían levantar el culo de la cama. Me metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando ese punto, y cuando lo encontró supo que lo había encontrado porque yo grité.

—Ahí no pares, ahí no pares, ahí no pares —repetía yo, agarrada a las sábanas.

No paró. Siguió chupándome y follándome con los dedos hasta que me corrí en su boca, con las piernas cerrándose alrededor de su cabeza y el coño palpitándole en la lengua. Él no se apartó. Se quedó ahí, lamiéndome despacio mientras yo bajaba, recogiendo la corrida como si le diera pena desperdiciarla.

Cuando levantó la cara tenía la barbilla brillante y una sonrisa de cabrón satisfecho. Se limpió con el dorso de la mano y se acomodó entre mis piernas, y yo se la agarré antes de que hiciera nada más. Le bajé el bóxer y le saqué la polla, dura, gruesa, con la punta ya mojada. Me la llevé a la boca sin dejar de mirarlo, la chupé entera de una sola vez, hasta la garganta, y él soltó un gemido ronco que me llenó de un poder que llevaba años sin sentir.

—Joder, Renata…

Le mamé la polla despacio, con la lengua envolviéndosela, jugándole con las bolas con la mano libre. La sacaba, le lamía la punta, se la volvía a meter hasta atragantarme. Él me agarró del pelo pero no empujó. Me dejó marcarle el ritmo, como si supiera que yo necesitaba justo eso, sentir que mandaba yo.

—Ven acá —dijo por fin, tirándome del pelo hacia arriba—. Te quiero coger.

Me tumbó de espaldas y se colocó entre mis piernas. Se la agarró y me la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, mojándose la punta, rozándome el clítoris con la cabeza hasta que yo levanté las caderas buscándolo.

—Métemela ya.

Me la metió de una embestida, hasta el fondo, y solté un suspiro que llevaba años guardando. Me llenó entera, hasta un lugar al que hacía tiempo nadie llegaba. Se quedó quieto unos segundos, con la frente pegada a la mía, dejándome sentirla toda dentro.

Después empezó a moverse. Nos movimos juntos, torpe y perfecto a la vez, como dos personas que se conocen de toda la vida y al mismo tiempo se descubren por primera vez. Me la clavaba despacio y hondo, sacándola casi entera para volver a metérmela de golpe, y cada embestida me sacaba un gemido que ni intentaba callar. Cambié de posición, me puse encima, lo sentí más profundo, me agarré de sus hombros mientras él me sostenía de las caderas y encontrábamos un ritmo que era solo nuestro. Le cabalgué la polla con las tetas rebotando frente a su cara, y él estiró el cuello para chuparme los pezones sin dejar de embestirme desde abajo.

—Date la vuelta —me pidió con la voz rota.

Me puse a cuatro patas y él se colocó detrás. Me la metió otra vez de una sola vez y me agarró del pelo, tirándomelo hasta hacerme arquear la espalda. Me follaba duro, con las manos clavadas en mis caderas, y cada embestida hacía que mis tetas se sacudieran contra el colchón. Me dio una nalgada, después otra, y yo le gemí que sí, que más, que no parara. Alargó la mano por debajo y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos mientras me la metía, y yo supe que no iba a aguantar mucho más.

—Mírame —me pidió cuando sintió que yo estaba cerca.

Giré la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Y en ese momento, con su cara detrás de la mía, con el sudor brillando en su frente y esa expresión de estar completamente perdido en mí, cometí el error que me había jurado no cometer.

Me corrí otra vez, con el coño apretándole la polla en espasmos, y él aguantó dos, tres embestidas más antes de sacarla y correrse encima de mi culo, con un gemido largo, marcándome la espalda baja con chorros calientes de semen.

Me enamoré.

***

Los meses siguientes fueron una montaña rusa. Nos veíamos cada tres o cuatro semanas, siempre con esa hambre acumulada que convertía cada encuentro en una explosión. Cogíamos en hoteles baratos, con las cortinas sin cerrar del todo, en el asiento trasero de su coche con mis bragas colgando de una rodilla y su polla dentro de mí mientras pasaban los faros de otros coches por las ventanas empañadas, una vez en el baño de un restaurante porque no podíamos esperar a llegar a ningún lado: me subió el vestido, me arrancó la tanga, y me la metió contra el lavabo mirándome la cara en el espejo mientras yo me mordía la mano para no gritar.

Pero entre visita y visita, la distancia hacía lo suyo. Los mensajes se espaciaban. Las llamadas se acortaban. Él tenía su trabajo, yo tenía el mío, y había días enteros en los que no sabía nada de él y mi cabeza empezaba a girar en esas espirales oscuras que conozco demasiado bien.

Te está dejando de querer.

Eres demasiado intensa.

Va a hacer lo mismo que el otro.

Me prometí mantener la calma. Me prometí no ser esa mujer que manda veinte mensajes seguidos y revisa la última conexión cada cinco minutos. Me lo prometí y lo cumplí, al menos por fuera. Por dentro estaba deshaciéndome.

Una noche, después de tres días sin saber de él, me escribió un audio largo. Decía que me extrañaba, que el trabajo lo tenía agotado, que quería verme pero no podía ese fin de semana. Su voz sonaba cansada, sincera. Quise creerle. Necesitaba creerle.

—Ven tú —le dije antes de pensarlo—. El viernes. Te espero.

Silencio. Tres puntos que aparecían y desaparecían.

—Ahí estaré.

***

Llegó el viernes a las once de la noche, con el pelo húmedo de lluvia y una mochila pequeña. No dijo nada. Me abrazó en la puerta durante un minuto entero, con la cara hundida en mi cuello, respirándome como si yo fuera oxígeno.

—Perdón por desaparecer —susurró.

—No tienes que pedirme perdón.

—Sí tengo.

Esa noche no fue como las otras. No hubo urgencia ni hambre descontrolada. Fue algo más lento, más denso, como si los dos supiéramos que algo estaba cambiando y quisiéramos agarrarlo antes de que se nos escapara.

Me desvistió en la sala, con la única luz de la lámpara del rincón. Me besó los párpados, la punta de la nariz, las comisuras de los labios. Me fue bajando los tirantes del vestido mientras me miraba como si estuviera memorizando cada centímetro. Cuando el vestido cayó al suelo yo estaba sin sostén, y él se quedó quieto unos segundos, mirándome las tetas como si fuera la primera vez, antes de agacharse a besármelas despacio, un pezón y luego el otro, dándoles vueltas con la lengua hasta que se me pusieron duros.

Me arrodillé frente a él y le desabroché el pantalón. Se la saqué del bóxer, ya semidura, y me la metí en la boca sin dejar de mirarlo. Se la mamé despacio, saboreándosela, sintiendo cómo se le ponía dura contra mi lengua. Le agarré las bolas con una mano y la base de la polla con la otra, y le fui marcando un ritmo lento, hondo, mientras él me acariciaba el pelo con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.

—Ven aquí —dijo por fin, tirándome hacia arriba.

Me tumbó en el sofá y se acomodó entre mis piernas. Me lamió el coño largo rato, sin prisa, alternando la lengua con los dedos, sacándome dos orgasmos seguidos antes de metérmela. Cuando por fin la sentí entrar fue distinto a las otras veces. Más despacio. Más hondo. Como si quisiera dejarla ahí para siempre.

Cogimos en el sofá, con mis piernas alrededor de su cintura y su boca en la mía, tragándose mis gemidos. Después me llevó al suelo, sobre la alfombra, y me puso boca abajo con un cojín debajo de las caderas para metérmela desde atrás, apoyándose en mí con todo el peso, mordiéndome el hombro cuando se le escapaba algún gemido. Después a la cama, donde me pidió que me pusiera encima otra vez, que le cabalgara despacio, mirándolo.

Entre una vez y otra hablábamos tumbados boca arriba, con las piernas enredadas y los dedos entrelazados, con la piel todavía brillante de sudor y su semen escurriéndoseme por dentro. Me contó cosas que no me había contado nunca: que también había tenido una relación difícil, que le costaba confiar, que a veces se alejaba no porque no quisiera estar cerca sino porque le daba miedo quedarse.

—¿Miedo de qué? —pregunté.

—De necesitarte demasiado.

Me giré para mirarlo. Tenía los ojos brillantes, no de llanto, sino de algo más. Vulnerabilidad. Esa cosa que los hombres esconden como si fuera una vergüenza.

Lo besé suave. Me subí encima de él. Lo sentí endurecerse debajo de mí mientras le recorría el pecho con los labios, bajando por su abdomen, agarrándolo con la mano, sintiendo cómo su respiración se volvía irregular. Se la saqué a medias y le lamí la punta, jugando con ella, hasta que la tuve dura otra vez. Me la llevé a la boca entera y se la chupé despacio, hasta el fondo, con las manos apoyadas en sus muslos.

—Renata… —dijo mi nombre como si fuera una oración.

Volví a subirme. Me la guié dentro de mí y empecé a moverme despacio, con las manos apoyadas en su pecho, mirándolo a los ojos. Él me agarró de las caderas pero no marcó el ritmo. Me dejó a mí. Me dejó ir a mi velocidad, subir y bajar como yo quisiera, encontrar el ángulo exacto que me hacía cerrar los ojos y apretar los dientes. Me la clavaba yo sola, hasta el fondo, sintiendo cómo me llegaba a un sitio que dolía y gustaba a la vez.

Me incliné hacia adelante hasta que mis tetas le rozaron la cara, y él sacó la lengua para lamérmelas mientras yo seguía moviéndome. Le agarré una mano y me la llevé al clítoris. Él entendió y empezó a frotármelo con el pulgar, en círculos, sin dejar de embestirme desde abajo con la cadera.

Cuando llegué al orgasmo fue como si algo se rompiera dentro de mí. No solo el placer físico, que fue intenso, un placer que empezó en el coño y me subió por la columna hasta la nuca en oleadas. Fue algo emocional, una compuerta que llevaba años cerrada y que de pronto se abrió del todo. Sentí cómo él se corría también, cómo su polla se sacudía dentro de mí, cómo me llenaba caliente hasta el fondo. Terminé llorando sobre su pecho, sin poder explicar por qué, mientras él me acariciaba el pelo y repetía que estaba bien, que todo estaba bien, con su semen todavía escurriéndoseme entre los muslos.

***

Pero no todo estaba bien.

La semana siguiente, de vuelta a la rutina y la distancia, los silencios se hicieron más largos. Yo sentía que después de esa noche habíamos cruzado una línea y que ahora teníamos que decidir qué éramos. Él parecía querer retroceder justo cuando yo necesitaba avanzar.

Discutimos por teléfono un martes a las dos de la mañana. No por algo concreto. Por todo y por nada. Por la distancia, por los planes que nunca se concretaban, por las palabras que él no decía y yo necesitaba escuchar.

—No puedo darte lo que necesitas —me dijo con esa calma que me sacaba de quicio—. No ahora.

—¿Y cuándo?

Silencio.

—No lo sé.

Colgué. Lloré. Me dormí abrazada a la almohada que todavía olía a él. Y a la mañana siguiente tomé la decisión que llevaba semanas posponiendo.

Le escribí un mensaje largo. Le dije que lo quería pero que no podía seguir así, que la distancia me estaba comiendo por dentro, que necesitaba cuidar mi salud mental antes que cualquier otra cosa. Le dije que no era un adiós definitivo, que simplemente necesitaba parar. Respirar. Reconstruirme.

Él respondió con cuatro palabras: «Te entiendo. Cuídate mucho».

Y eso fue todo. Cuatro palabras para cerrar algo que me había abierto de par en par.

***

Han pasado seis meses desde ese mensaje. No he vuelto a verlo. Hemos intercambiado un par de mensajes sueltos, cumpleaños, un meme tonto, nada importante. Pero cada noche, antes de dormir, cierro los ojos y lo siento. Su boca en mi cuello. Sus manos en mis caderas. Su polla clavándome contra el colchón. Su voz diciendo mi nombre como si fuera lo único que sabía pronunciar. Me toco pensando en él más veces de las que voy a admitir, con dos dedos metidos hasta el fondo intentando imitar lo que él me hacía, y siempre me corro pero nunca es igual.

A veces me pregunto si hice bien. Si protegerme era más importante que sentir. Si la decisión sensata era realmente la correcta o solo la más cobarde.

No tengo respuesta. Solo tengo esta confesión, estas palabras que escribo a las tres de la mañana porque no puedo dormir, porque mi cuerpo todavía lo recuerda aunque mi cabeza haya decidido olvidarlo.

Y si soy honesta, completamente honesta, sé que si Emilio tocara mi puerta mañana, con el pelo mojado y esa sonrisa que desarma, volvería a caer. Volvería a abrirle. Volvería a arrodillarme en el pasillo a mamársela antes de que cerrara la puerta. Volvería a romperme.

Porque hay personas que no se superan. Se sobreviven.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

3.8(21)

Comentarios(10)

Lucho_BA

increible!!! me dejo sin palabras. Que bien escrito todo

MarisolK

Por favor una segunda parte!!! me quede con muchas ganas de saber que paso despues del amanecer

NachoCba

hay algo muy honesto en este relato que te atrapa. Uno sabe como va a terminar y aun asi vuelve... muy real

RositaB

lo lei de un tiron, se hizo cortisimo!!

vane_mtz

ese primer parrafo me engancho al instante. Muy bueno!

PatricioK

las confesiones son mi categoria favorita y esta es de las mejores que lei. Gracias por compartirla :)

Miguelito77

jaja esa sensacion de 'se que es mala idea pero igual voy'... la reconozco bien, muy real

ClaraMdz

que buena narracion, se siente que lo viviste de verdad. Espero leer mas de vos

turista

Tremendo relato!!! sigue publicando

slipper

me recordó a una situacion similar que viví hace unos años. Es exactamente asi como funciona eso, uno vuelve igual

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.