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Relatos Ardientes

Volví con él sabiendo que iba a destrozarme otra vez

Me llamo Renata y tengo veintisiete años. Voy a contar algo que no le he dicho a nadie, ni a mi mejor amiga, ni a mi terapeuta, ni mucho menos a mi familia. Es una de esas historias que una guarda en el fondo del pecho porque sabe que si la dice en voz alta, se vuelve real del todo. Y lo que pasó con Emilio fue demasiado real.

Conocí a Emilio un sábado de marzo en un bar pequeño del centro. Yo estaba saliendo de una relación larga, casi tres años con un tipo que me dejó marcas que no se ven. No hablo de golpes, sino de algo peor: esa forma de hacerte sentir que no vales nada, que nadie más te va a querer, que deberías agradecer que alguien se fije en ti. Cuando por fin junté el coraje para irme, llevaba meses sin reconocerme en el espejo.

Emilio era distinto. O eso quise creer.

Tenía la sonrisa fácil, las manos grandes y una manera de mirarme que me hacía sentir que yo era lo único que importaba en la habitación. Empezamos a hablar esa noche y no paramos hasta las cuatro de la mañana, sentados en la acera con los pies en la calle porque el bar había cerrado hacía horas. Me pidió el número y tardó exactamente un día en escribirme.

El problema fue la distancia. Él vivía a casi cuatrocientos kilómetros, en otra ciudad, con otro ritmo, con otra vida. Al principio me dije que era perfecto así. Que necesitaba algo liviano, sin presión, sin la asfixia de tener a alguien encima todo el día. Nos escribíamos por las mañanas, hablábamos por teléfono por las noches y los fines de semana nos mandábamos mensajes que empezaban inocentes y terminaban con la respiración entrecortada y las sábanas revueltas.

La primera vez que nos vimos después de ese bar fue un mes después. Él vino a mi ciudad un viernes por la tarde. Quedamos en un café cerca de mi departamento y cuando lo vi cruzar la puerta con esa chamarra de cuero que le quedaba un poco grande, sentí algo que llevaba años sin sentir: ganas.

No ganas de sexo, que también. Ganas de tocarlo, de olerlo, de confirmar que era real y no solo una voz bonita al otro lado del teléfono.

—Estás más guapa que en las fotos —me dijo sentándose frente a mí.

—Mentiroso.

—Puede ser. Pero en esto no miento.

No terminamos el café. Caminamos hasta mi departamento en silencio, con los hombros rozándose, y cuando cerré la puerta detrás de nosotros, me tomó de la cintura con esa mezcla de firmeza y cuidado que solo tienen los hombres que prestan atención.

—¿Estás segura? —preguntó con los labios a un centímetro de los míos.

No respondí con palabras. Lo besé yo. Despacio al principio, como probando el terreno, como asegurándome de que no iba a romperme si me dejaba llevar. Y luego más fuerte, más hondo, con las manos en su nuca y su cuerpo empujándome contra la pared del pasillo.

Nos fuimos quitando la ropa camino a la habitación. Su chamarra cayó en el recibidor, mi blusa quedó colgada del picaporte. Para cuando llegamos a la cama ya solo quedaban su bóxer y mis bragas, y la tensión acumulada de treinta días de mensajes y llamadas y silencios llenos de promesas.

Emilio tenía una forma particular de tocar. No iba directo al punto, como otros. Recorría con los dedos, con la boca, con la punta de la nariz. Me besó el cuello durante lo que pareció una eternidad, bajando por la clavícula, deteniéndose en ese hueco entre los pechos donde se acumula el calor. Cada vez que yo intentaba apurar las cosas, él me frenaba.

—No hay prisa —murmuraba contra mi piel.

Para ti no, pensé. Yo llevo un mes imaginando esto.

Cuando por fin su boca llegó a mi vientre, yo ya estaba temblando. No de frío, no de nervios. De anticipación pura. Me quitó las bragas con los dientes, despacio, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros que parecían pedir permiso y dar órdenes al mismo tiempo.

Lo que vino después no fue sexo. Fue una conversación sin palabras. Sus manos sabían dónde apretar y dónde soltar, su lengua encontraba los ritmos que yo ni sabía que necesitaba, y cuando finalmente lo sentí dentro de mí, solté un suspiro que llevaba años guardando.

Nos movimos juntos, torpe y perfecto a la vez, como dos personas que se conocen de toda la vida y al mismo tiempo se descubren por primera vez. Cambié de posición, me puse encima, lo sentí más profundo, me agarré de sus hombros mientras él me sostenía de las caderas y encontrábamos un ritmo que era solo nuestro.

—Mírame —me pidió cuando sintió que yo estaba cerca.

Lo miré. Y en ese momento, con su cara debajo de la mía, con el sudor brillando en su frente y esa expresión de estar completamente perdido en mí, cometí el error que me había jurado no cometer.

Me enamoré.

***

Los meses siguientes fueron una montaña rusa. Nos veíamos cada tres o cuatro semanas, siempre con esa hambre acumulada que convertía cada encuentro en una explosión. Cogíamos en hoteles baratos, en el asiento trasero de su coche, una vez en el baño de un restaurante porque no podíamos esperar a llegar a ningún lado.

Pero entre visita y visita, la distancia hacía lo suyo. Los mensajes se espaciaban. Las llamadas se acortaban. Él tenía su trabajo, yo tenía el mío, y había días enteros en los que no sabía nada de él y mi cabeza empezaba a girar en esas espirales oscuras que conozco demasiado bien.

Te está dejando de querer.

Eres demasiado intensa.

Va a hacer lo mismo que el otro.

Me prometí mantener la calma. Me prometí no ser esa mujer que manda veinte mensajes seguidos y revisa la última conexión cada cinco minutos. Me lo prometí y lo cumplí, al menos por fuera. Por dentro estaba deshaciéndome.

Una noche, después de tres días sin saber de él, me escribió un audio largo. Decía que me extrañaba, que el trabajo lo tenía agotado, que quería verme pero no podía ese fin de semana. Su voz sonaba cansada, sincera. Quise creerle. Necesitaba creerle.

—Ven tú —le dije antes de pensarlo—. El viernes. Te espero.

Silencio. Tres puntos que aparecían y desaparecían.

—Ahí estaré.

***

Llegó el viernes a las once de la noche, con el pelo húmedo de lluvia y una mochila pequeña. No dijo nada. Me abrazó en la puerta durante un minuto entero, con la cara hundida en mi cuello, respirándome como si yo fuera oxígeno.

—Perdón por desaparecer —susurró.

—No tienes que pedirme perdón.

—Sí tengo.

Esa noche no fue como las otras. No hubo urgencia ni hambre descontrolada. Fue algo más lento, más denso, como si los dos supiéramos que algo estaba cambiando y quisiéramos agarrarlo antes de que se nos escapara.

Me desvistió en la sala, con la única luz de la lámpara del rincón. Me besó los párpados, la punta de la nariz, las comisuras de los labios. Me fue bajando los tirantes del vestido mientras me miraba como si estuviera memorizando cada centímetro.

Hicimos el amor en el sofá, después en el suelo, después en la cama. Entre una vez y otra hablábamos tumbados boca arriba, con las piernas enredadas y los dedos entrelazados. Me contó cosas que no me había contado nunca: que también había tenido una relación difícil, que le costaba confiar, que a veces se alejaba no porque no quisiera estar cerca sino porque le daba miedo quedarse.

—¿Miedo de qué? —pregunté.

—De necesitarte demasiado.

Me giré para mirarlo. Tenía los ojos brillantes, no de llanto, sino de algo más. Vulnerabilidad. Esa cosa que los hombres esconden como si fuera una vergüenza.

Lo besé suave. Me subí encima de él. Lo sentí endurecerse debajo de mí mientras le recorría el pecho con los labios, bajando por su abdomen, agarrándolo con la mano, sintiendo cómo su respiración se volvía irregular.

—Renata… —dijo mi nombre como si fuera una oración.

Lo guié dentro de mí y empecé a moverme despacio, con las manos apoyadas en su pecho, mirándolo a los ojos. Él me agarró de las caderas pero no marcó el ritmo. Me dejó a mí. Me dejó ir a mi velocidad, subir y bajar como yo quisiera, encontrar el ángulo exacto que me hacía cerrar los ojos y apretar los dientes.

Cuando llegué al orgasmo fue como si algo se rompiera dentro de mí. No solo el placer físico, que fue intenso. Fue algo emocional, una compuerta que llevaba años cerrada y que de pronto se abrió del todo. Terminé llorando sobre su pecho, sin poder explicar por qué, mientras él me acariciaba el pelo y repetía que estaba bien, que todo estaba bien.

***

Pero no todo estaba bien.

La semana siguiente, de vuelta a la rutina y la distancia, los silencios se hicieron más largos. Yo sentía que después de esa noche habíamos cruzado una línea y que ahora teníamos que decidir qué éramos. Él parecía querer retroceder justo cuando yo necesitaba avanzar.

Discutimos por teléfono un martes a las dos de la mañana. No por algo concreto. Por todo y por nada. Por la distancia, por los planes que nunca se concretaban, por las palabras que él no decía y yo necesitaba escuchar.

—No puedo darte lo que necesitas —me dijo con esa calma que me sacaba de quicio—. No ahora.

—¿Y cuándo?

Silencio.

—No lo sé.

Colgué. Lloré. Me dormí abrazada a la almohada que todavía olía a él. Y a la mañana siguiente tomé la decisión que llevaba semanas posponiendo.

Le escribí un mensaje largo. Le dije que lo quería pero que no podía seguir así, que la distancia me estaba comiendo por dentro, que necesitaba cuidar mi salud mental antes que cualquier otra cosa. Le dije que no era un adiós definitivo, que simplemente necesitaba parar. Respirar. Reconstruirme.

Él respondió con cuatro palabras: «Te entiendo. Cuídate mucho».

Y eso fue todo. Cuatro palabras para cerrar algo que me había abierto de par en par.

***

Han pasado seis meses desde ese mensaje. No he vuelto a verlo. Hemos intercambiado un par de mensajes sueltos, cumpleaños, un meme tonto, nada importante. Pero cada noche, antes de dormir, cierro los ojos y lo siento. Su boca en mi cuello. Sus manos en mis caderas. Su voz diciendo mi nombre como si fuera lo único que sabía pronunciar.

A veces me pregunto si hice bien. Si protegerme era más importante que sentir. Si la decisión sensata era realmente la correcta o solo la más cobarde.

No tengo respuesta. Solo tengo esta confesión, estas palabras que escribo a las tres de la mañana porque no puedo dormir, porque mi cuerpo todavía lo recuerda aunque mi cabeza haya decidido olvidarlo.

Y si soy honesta, completamente honesta, sé que si Emilio tocara mi puerta mañana, con el pelo mojado y esa sonrisa que desarma, volvería a caer. Volvería a abrirle. Volvería a romperme.

Porque hay personas que no se superan. Se sobreviven.

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