Lo que pasó del otro lado del puente esa noche
Me llamo Carolina, tengo veintisiete años y trabajo en una mutual de Rosario contestando llamados que a nadie le interesan. Soy de cuerpo lleno, con curvas que algunos días me hacen evitar los espejos y otros me dan ganas de salir con un vestido ajustado. Soltera por elección, más por aburrimiento que por convicción. Cuento esto porque sin esos detalles lo que viene a continuación pierde sentido.
Mi primo Damián y su esposa Lucila me invitaron a viajar con ellos hasta la frontera. Iban a llevar la camioneta nueva a un taller de Encarnación para que le hicieran el carrozado interno: en Paraguay sale la mitad y el trabajo es bueno. La excusa formal era esa, además de aprovechar el viaje largo para asentar el motor. La excusa real, al menos para mí, era despegarme una semana de la oficina y de mi mamá llamándome todos los días.
Salimos un domingo a la noche. Damián manejaba con la radio puesta en una FM de cumbia que ninguno escuchaba en serio, Lucila iba de copiloto pasándole mate, y yo atrás, con las piernas cruzadas sobre el asiento. Llegamos a Posadas el lunes a media tarde, agotados, con la espalda transpirada y olor a pueblo nuevo. Nos metimos en un hotel barato sobre la avenida costanera, con piscina chica y aire acondicionado ruidoso. Al día siguiente cruzamos el puente.
Encarnación es otra cosa. Comercios uno al lado del otro, vendedores ambulantes que te tiran ofertas en guaraní y en español al mismo tiempo, perfumes truchos, electrónica, ropa de marca dudosa. Compramos repuestos para la combi, asientos, una heladera chica, y yo me dejé llevar: un teléfono nuevo, auriculares con cancelación, dos vestidos que en Argentina no me hubiera comprado ni borracha. Para no tener problemas con la aduana, cualquier comerciante te ofrece un pasador, alguien que tiene arreglo con los aduaneros y te cruza la mercadería sin que te toquen los bolsos. El último negocio donde compré llamó al de ellos y me dijeron que esa misma noche el tipo me dejaría todo en el hotel de Posadas.
Volvimos a media tarde. Cenamos algo rápido y los dos cayeron rendidos enseguida. A las once menos cuarto sonó el teléfono de la habitación. Recepción avisaba que había llegado mi paquete. Bajé en pijama corto, una remera grande sin corpiño porque hacía un calor pegajoso. Pensé que iba a firmar y subir.
El tipo era una pared. Casi un metro noventa, hombros de quien carga bolsas todo el día, brazos llenos, manos del tamaño de mi cabeza. Piel oscura, pelo cortado al ras, una sonrisa que se reía de algo antes de que vos hablaras. Se presentó como Ramón, treinta y siete años, paraguayo. Cuando me dio las bolsas me rozó los dedos a propósito.
—¿Todo bien con las compras, che? —dijo arrastrando las eses—. Si querés revisalas tranquila, no me voy.
Le contesté algo torpe, gracias, te firmo el remito, lo de siempre. Pero él no se movía. Me fue tirando preguntas: si era la primera vez que pasaba por la zona, si pensaba volver a Encarnación al día siguiente. Yo le contestaba con monosílabos, consciente de que la remera dejaba ver demasiado y de que él lo sabía.
—Si querés, mañana temprano te llevo a mostrar la parte que los turistas no ven —me dijo de golpe—. Un río lindo, chipa recién hecha, lugares tranquilos. Después te dejo de vuelta antes del mediodía.
Tendría que haber dicho que no. Tenía que haber subido a la habitación. Le pasé mi número.
***
Al día siguiente le mentí a Damián. Le dije que quería caminar sola por la costanera de Posadas, despejarme, comprar cosas para mi mamá. Lucila me miró con cara de no me creo nada, pero no preguntó. Crucé el puente caminando, con los documentos en la cartera y el pulso en la garganta. Ramón me esperaba del otro lado, apoyado contra una moto grande y vieja, con anteojos negros y una camiseta blanca que le marcaba todo.
Subí atrás. Le agarré la cintura y sentí cómo se le tensaba el abdomen cuando arrancó. Me llevó por callecitas de tierra, por un mercado que olía a fruta madura, por un mirador sobre el río donde el agua bajaba marrón y ancha. Me convidó tereré de un termo viejo y comimos chipa caliente comprada en una esquina. Hablaba bajito, contaba anécdotas de pasadores, de aduaneros que cobraban en dólares, de un dueño de comercio que una vez intentó cagarlo y al que después tuvo que ir a buscar a su casa. Yo lo escuchaba mirándole la boca.
Cuando paramos en otro mirador vacío, me bajó de la moto agarrándome de la cintura y me dejó la cara a centímetros de la suya.
—Sos linda, Carolina —dijo—. Tenés cuerpo de mujer, no de chiquilina. Eso me gusta.
Me besó duro, sin preguntar. Me agarró la nuca con una mano y la cintura con la otra. Sentí su lengua, el sabor del tereré, la barba incipiente. Cuando me apretó las tetas por encima de la remera me di cuenta de que estaba mojada hacía rato.
—Vamos a casa —murmuró contra mi oreja.
***
Vivía a quince minutos, en un barrio de calles sin asfaltar. Una casita pintada de celeste, patio chico con un limonero, una pieza con cama matrimonial y ventilador de techo. Cerró la puerta y me llevó contra la pared antes de que yo pudiera dejar la cartera.
Me sacó la remera de un tirón. Esto está pasando, esto está pasando de verdad, pensé mientras él me chupaba un pezón con tanta fuerza que dolía. Me bajó los shorts hasta las rodillas, metió la mano entre mis piernas y se rió bajito.
—Estás empapada, che. Hace rato que estás así.
Me hizo terminar contra la pared, parada, con dos dedos suyos adentro y el pulgar trabajándome el clítoris en círculos lentos. Me mordí el antebrazo para no gritar. Cuando aflojé las rodillas él me sostuvo y me llevó a la cama medio en brazos.
Le saqué la camiseta, le bajé el jean. Lo que le salió cuando le bajé el calzoncillo me dejó muda. No exagero: era más gruesa que mi muñeca, larga, con venas marcadas, pesando sobre su abdomen. Pensé en irme. Pensé en que no iba a entrar. Pensé, sobre todo, en cómo iba a entrar.
—Probá —dijo, agarrándome del pelo con suavidad—. Despacito.
La metí en la boca lo que pude. Lo lamí, lo chupé, le besé los huevos pesados. Él no me empujaba la cabeza, pero me guiaba, me decía qué le gustaba, me felicitaba con palabras que en otro contexto me hubieran dado vergüenza. Y a mí me gustaba que me las dijera ahí, en esa pieza, con el ventilador girando lento sobre nosotros.
Me tiró de espaldas en la cama y me abrió las piernas. Se quedó mirando un segundo, como reconociendo terreno, antes de empezar a entrar. Lo hizo despacio, escupiendo en su mano, lubricándose, pidiéndome que respirara hondo. Aun así grité cuando entró del todo. No de dolor puro: de una sensación rara, de estar partida, de tener algo demasiado grande adentro. Él esperó. Cuando empezó a moverse fue lento al principio, después acelerando.
—Sentila toda —repetía—. Toda adentro tuyo.
Me cambió de posición varias veces. De espaldas, en cuatro patas, sentada encima de él con las manos contra su pecho. Me dio nalgadas que me dejaron las nalgas calientes, me agarró las caderas con esas manos enormes, me clavó las uñas. Me hizo terminar dos veces más, una de ellas tan fuerte que se me llenaron los ojos de lágrimas sin saber por qué.
Cuando me dijo que quería entrar por atrás dudé. Le dije que era muy grande, que me iba a doler. Él me besó la nuca, escupió en su mano y entre mis nalgas, y empujó la cabeza muy lentamente. Dolió como un infierno los primeros segundos, un ardor que me hizo querer salir corriendo. Pero también algo más, una presión rara que con los segundos empezó a darme placer. Cerré los ojos, me agarré de las sábanas y dejé que avanzara.
Me cogió así un largo rato, despacio, después más fuerte. Yo me escuché pidiéndole que no parara. Hasta que sentí algo distinto, una humedad que no era saliva. Le dije que parara. Cuando se retiró y miró se le borró la sonrisa.
—Te abrí, Carolina. Está sangrando.
Me ayudó a vestirme con una delicadeza que no le había visto en toda la tarde. Me llevó en moto a una salita de primeros auxilios a tres cuadras, sin pedirme permiso ni preguntarme si quería ir a otro lado.
***
La salita era una pieza con olor a desinfectante y un ventilador de pie que apenas movía el aire caliente. Me hicieron pasar a una camilla. Yo temblaba un poco, no de miedo, de cansancio. La doctora era una mujer de unos cuarenta y pico, paraguaya, pelo negro recogido en una cola tirante, guardapolvo blanco que le marcaba las caderas. Estela, decía el cartelito.
—Bajate el pantalón y la bombacha, gurisa —me dijo sin levantar la vista—. Acostate de costado, rodillas al pecho.
Mientras me acomodaba me preguntó qué había pasado. No sé por qué se lo conté todo. Tal vez porque ella tenía ese tono de yo ya vi de todo. Tal vez porque necesitaba sacármelo. Le conté lo de Ramón, lo del mirador, lo de la casita, lo del tamaño de él, lo de las posiciones, lo de que en algún momento yo misma le había pedido que no parara. Le conté que cuando entendí que estaba sangrando me dio más miedo lo que iba a pensar mi primo que el dolor en sí.
Estela se puso guantes, me abrió las nalgas con cuidado y empezó a revisar. Sentí gel frío y después su dedo palpando con cuidado de profesional.
—Fisura aguda —dijo—. Clásica de cogida bruta sin lubricante. Te abrió bien, nena. ¿Cuánto duró la cosa?
—No sé —contesté—. Una hora. Capaz más.
Se rió bajito mientras me untaba una crema fría que aliviaba el ardor.
—Ramón es famoso por acá —dijo—. La mitad de mis pacientes vienen con algo suyo. La otra mitad miente y dice que se cayó. Vos al menos sos honesta.
Me quedé callada, mirando la pared. Ella siguió trabajando y después agregó, en voz más baja:
—No te avergüences. Yo sé de lo que hablás más de lo que parece.
Levanté la cabeza. Ella siguió con la vista en lo que estaba haciendo.
—Mi marido es camionero —me dijo—. Pasa semanas afuera. Una se aburre, vo'. Hace cuatro años que un colega del hospital grande, un ginecólogo, se ocupa de mí. Andrés, casado también. Nos vemos en su consultorio después de hora. Me pone en la camilla, me sube los estribos, me lubrica con esos geles caros que no se consiguen acá. Empieza despacio y termina como una bestia. Y a mí me encanta. Nunca le digo que no.
Me untó otra capa de crema. Yo no sabía si reírme, si llorar, si agradecerle.
—Aprendés trucos con el tiempo —siguió—. Lubricante de silicona, baños de asiento con manzanilla, ejercicios para que cierre bien después. Mi marido no se entera nunca. Después de Andrés camino con cuidado uno o dos días, evito que me toque ahí cuando estamos en la cama, y listo.
Me terminó de vendar, me ayudó a subirme el pantalón con la misma delicadeza con la que me había abierto las nalgas un rato antes, y me dio una receta. Antiinflamatorios, una crema más fuerte, dos días sin sentarme demasiado.
—Y nada de cogida por atrás hasta que cierre —agregó, con media sonrisa—. Aunque conociéndote, gurisa, no sé si me vas a hacer caso.
Me guiñó un ojo y me dio una palmada suave en el hombro.
***
Crucé el puente caminando despacio, con un caminar raro que iba a tener que disimular toda la vuelta. Cuando llegué al hotel le dije a Damián que me había torcido un tobillo paseando por la costanera. Lucila me miró otra vez con esa cara, pero no dijo nada.
Esa noche, boca abajo en la cama del hotel, repasé todo. La pija de Ramón llenándome, sus manos en mis caderas, el ardor mezclado con placer cuando entró por atrás. La voz de Estela contándome lo de Andrés con la naturalidad con la que se cuenta una receta de cocina. El alivio raro de saber que no era la única.
Volvimos a Rosario al día siguiente. Damián manejaba, Lucila pasaba mate, yo iba atrás mirando por la ventanilla los campos quemados del verano. Traía la combi terminada, las compras intactas y un secreto que todavía me cuesta contar entera. Hace meses de aquello y todavía pienso en volver. No sé si para que Ramón me dé otra dosis, o para que Estela me cuente más cosas, o para conocer a su Andrés. Por ahora sigo en la oficina contestando llamados, pero algo dentro mío se acomodó distinto desde aquella noche del otro lado del puente.