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Relatos Ardientes

El regalo de aniversario que le di a mi mujer

Llevábamos juntos quince años y aquel iba a ser nuestro mejor aniversario. Lo había planeado durante semanas, con el dueño del local cómplice de mi locura. Carolina no tenía idea de lo que la esperaba, aunque sospechaba que sería algo fuera de lo común.

Conocíamos bien aquel sex shop. Habíamos estado antes, comprado juguetes, incluso nos habíamos encerrado una vez en una de las cabinas privadas a follar sin que nos importara quién pudiera oírnos al otro lado de la puerta. Pero esta noche era distinta.

La llevé minutos antes del cierre, como acordamos. Iba preciosa, el pelo recogido en una coleta alta que le marcaba el cuello largo, una blusa negra con el escote justo, una falda de cuero que le abrazaba las caderas y unos tacones que la hacían crecer diez centímetros. Maquillaje de noche, labios pintados de un rojo intenso que me ponía cachondo solo de mirarlos.

Todo el camino en el coche me había contado, riéndose, las teorías que iba elaborando sobre el regalo. Que si le había comprado un nuevo arnés. Que si era una sesión de masajes con final feliz. Que si me había atrevido por fin a contratar a una chica para que jugara con nosotros.

—Está caliente la cosa, ¿eh? —le dije mientras aparcaba.

—Mucho —respondió, mordiéndose el labio—. Estoy empapada desde que salimos de casa.

***

El dueño nos saludó con un gesto cómplice y nos hizo pasar a la trastienda. Cerró la puerta principal del local y bajó la persiana. Esa fue la señal. Estábamos solos en el edificio, salvo por una persona más cuyo rostro Carolina no vería nunca.

Entramos en una sala sin ventanas que olía a desinfectante y a algo más oscuro, más íntimo. Un sofá tapizado en cuero rojo, un sillón a juego, una pantalla negra apagada en una esquina, la calefacción a tope y una luz cálida que pintaba todo de un tono cobrizo. Acompañé a Carolina hasta la pared del fondo, le rodeé la cintura con un brazo y le susurré al oído.

—Te quiero más que a nada en este mundo, nena. Espero que esto te guste tanto como me ha gustado a mí pensarlo.

Se giró para besarme. Un beso largo, con la lengua, ese tipo de beso que te dice que ya no hay vuelta atrás. Luego miró al frente y se llevó las dos manos a la boca.

En la pared había un agujero perfectamente redondo, los bordes acolchados con cinta de tela negra para que nadie se rozara. Y asomando por ese agujero, oscura contra el rojo de la luz, una polla. Negra, gruesa, todavía a media erección. Circuncidada. Y atada a la base con un lazo dorado de regalo.

Carolina se quedó en silencio. Yo aproveché para explicarle las reglas.

—Este es tu regalo. Y solo hay una norma. Yo me quedo aquí contigo. Esa polla es tuya por esta noche. Haz con ella lo que quieras, lo que se te antoje, lo que siempre hayas tenido ganas de probar. El hombre del otro lado no te verá. Tú no lo verás a él. No sabremos quién es, no lo sabremos jamás. Solo es una polla. Y es tuya.

Me llamó loco. Me llamó cabrón. Me llamó genio. Todo en la misma frase, susurrada, con los ojos clavados en aquel agujero del que ahora colgaba una verga ajena.

***

Nunca habíamos involucrado a otra persona en nuestros juegos de manera real. Habíamos coqueteado por videochat con otra pareja, nos habíamos masturbado a cámara mientras ellos hacían lo mismo, pero todo dentro de la seguridad de una pantalla. Habíamos hablado mil veces de tríos. Habíamos fantaseado con ello en la cama mientras yo le susurraba al oído escenarios cada vez más sucios y ella se corría con mi mano entre las piernas.

Pero hablar es una cosa, y tener delante un trozo de carne extraña, vivo, esperando a que alguien lo tocara, era otra muy distinta.

Carolina avanzó dos pasos. Se quedó mirándola desde más cerca, ladeando la cabeza como quien observa una escultura en un museo.

—¿Puedo tocarla? —me preguntó, sin girarse.

—Es tuya.

Tendió la mano. La retiró. Se rió nerviosa. Volvió a tenderla, esta vez con menos miedo, y rodeó el miembro con los dedos. Me miraba de reojo, riéndose como una niña a la que pillan haciendo una travesura. Yo no me reía. Yo estaba conteniendo la respiración.

Empezó a moverla suavemente, arriba y abajo, con torpeza al principio, encontrando el ritmo después. Aquella polla, que ya en reposo era considerable, comenzó a endurecerse. No creció demasiado en longitud, pero sí en grosor, hasta que la mano pequeña de Carolina apenas la abarcó por completo. Era impresionante. De esas que solo se ven en pantalla, y no siempre.

Se hizo un silencio absoluto en la sala. Yo había dejado de existir, lo entendí en ese instante. Carolina ya no me miraba. Tenía toda su atención fijada en aquel rabo extraño, casi con devoción. Sin darse cuenta, su mano izquierda se posó sobre uno de sus pechos y lo apretó por encima de la blusa.

Al final, en un gesto que pareció costarle, giró la cabeza hacia mí.

—¿Estás seguro? —me preguntó, con la voz un punto más ronca de lo normal—. Si tú no estás cómodo, paramos ahora mismo y nos vamos.

Era ella la que me daba la salida ahora. Era ella la que me ofrecía rendirme. Yo tenía celos, claro que los tenía, sentía un pellizco en el estómago que no sabía si era miedo o excitación o ambas cosas mezcladas. Pero estaba duro como una piedra dentro del pantalón. Asentí con la cabeza, sin palabras. No me salían.

Carolina sonrió. Cogió uno de los extremos del lazo dorado y tiró suavemente. Cayó al suelo, ya inservible. El regalo estaba abierto.

***

Lo que vino después fue una de las cosas más raras y más excitantes que he visto en mi vida. Carolina, mi mujer de quince años, la madre de mis hijos, la que me preparaba el café cada mañana, se concentró en aquel pene anónimo con una dedicación que no le había visto nunca en nada que no fuera mi propio cuerpo.

Lo masturbaba lento, apretando con fuerza al llegar al glande, soltando al volver a la base. De vez en cuando se acercaba el extremo a la cara, lo rozaba contra su mejilla, lo olía. Yo la imaginaba absorbiendo el calor, la textura, el olor de un hombre desconocido, y me sentía a la vez humillado y profundamente excitado.

Se desabrochó dos botones de la blusa. Metió la mano libre por el escote y se acarició el pecho directamente. Nunca llevaba sujetador cuando salía conmigo. Lo sabía y no me lo reprochaba.

El siguiente paso era inevitable. Lo sabíamos los dos. Acercó los labios al glande y solo lo rozó al principio, como una cata, jugueteando con la lengua.

Esa mirada que me clavó en los ojos en ese momento la conozco bien. Me la había dedicado mil veces antes de comerme la polla. La diferencia es que esta vez la polla en su boca no era la mía, sino la de un tipo afortunado al que ni siquiera podía verle la cara. Esa mirada era para él. Y a la vez era para mí. Y los celos y la excitación me partieron en dos.

Abrió bien la boca y se metió la cabeza entera. Tuvo que esforzarse. Aquello no era pequeño, ni cómodo, ni manejable. Babeaba. La saliva le caía por la barbilla, por el cuello, hasta el surco de los pechos. Se sacó la blusa por encima de la cabeza, las tetas le bailaron al moverse, los pezones duros, oscuros. Volvió a la tarea con más espacio.

Encontró un cojín por el suelo, lo colocó debajo de las rodillas y se arrodilló como en una iglesia. Luego se le ocurrió que la falda le estorbaba. Se levantó un segundo, se la bajó por las caderas, se la quitó con un gesto que era ya pura impaciencia. Se quitó también las bragas, y se quedó desnuda salvo por las medias y los tacones, que le subrayaban las pantorrillas.

Volvió al cojín, volvió a la tarea, y esta vez se hundió la polla en la boca hasta la mitad, atragantándose, retirándose un par de centímetros, volviendo a empujar.

Yo me había sacado la mía hacía rato. Me la pajeaba lento, sin prisa, intentando memorizarlo todo. Había un olor nuevo en la sala, mezcla de su perfume, de su saliva, de un sudor que no era el mío. La pantalla seguía apagada y, sin embargo, aquello era el mejor espectáculo erótico que vería en mi vida.

***

Pensé en acercarme y ofrecerle mi polla para una doble mamada. Lo descarté enseguida. Aquel momento era suyo. Yo era el espectador, era el que había firmado el contrato con sus propias manos. Romperlo habría sido robarle el regalo.

Carolina alternaba la boca con la mano. Se la sacaba, la lamía de la base al glande pasando la lengua plana, le chupaba los huevos depilados que asomaban por el agujero, volvía a metérsela. Había encontrado un ritmo casi religioso. Y mientras lo hacía, su otra mano había viajado entre sus piernas. Se tocaba el clítoris con dos dedos, se lo apretaba, se lo frotaba en círculos. A veces se metía un dedo en el coño y volvía a sacarlo brillante.

Me acerqué por fin, pero no para invadir nada. Me arrodillé detrás de ella, le pasé las manos por la espalda, por las caderas, por los muslos. La toqué en todos los sitios donde sé que le gusta que la toquen. Ella seguía con la boca llena, con la mano libre apretándose un pecho, embadurnándolo con la saliva que le caía.

Tuve una idea. Le pedí que se incorporara un poco sobre las rodillas, que abriera más las piernas. Me tendí en el suelo boca arriba debajo de ella, deslizándome hasta que mi cara quedó justo bajo su sexo. Le agarré las nalgas y la atraje hacia mi boca.

Empecé a comerle el coño desde abajo. Carolina seguía mamando aquella verga ajena por encima de mi cara, las tetas le caían como péndulos, las gotas de saliva me salpicaban la frente. Era una imagen surrealista que solo mis ojos vieron, y que recuerdo cada vez que la miro.

Me llené la lengua con su sabor, le succioné el clítoris, le metí la lengua tan adentro como pude. No tardó mucho. Se corrió con la polla del desconocido en la boca y mi cara entre las piernas. No la sacó para gemir. Ahogó el orgasmo en aquel rabo, dejando salir solo unos ruidos guturales que vibraron a través de la carne extraña. Yo recibí su humedad en pleno rostro.

Me parece un milagro que el tipo del otro lado no se corriera ahí mismo.

***

Salí de debajo, me coloqué detrás. Me bajé los pantalones del todo, los pateé a un rincón. Carolina seguía concentrada en su trabajo, había vuelto a la mamada como si no acabara de tener un orgasmo. Le agarré las caderas y le metí la mía hasta el fondo de un solo golpe. Estaba tan empapada que entré sin esfuerzo.

La empecé a follar con ganas. Quería marcar territorio, supongo. Mientras ella se ahogaba con el otro, yo la castigaba con la mía a embestidas largas. Sus jadeos llegaban amortiguados por la carne que tenía en la boca. Las nalgas le sonaban contra mis caderas.

En algún momento me pregunté si la siguiente frontera sería que aquella verga le entrara también por delante, si Carolina querría empalarse con ella. Casi me corro solo de pensarlo. Pero no hubo tiempo para más fantasías. Carolina sacó la boca un segundo y me dijo, jadeando.

—Va a correrse. Lo siento.

Me retiré de inmediato. Quise respetar el rito. Era su regalo. Yo ya me había metido bastante. Me puse de pie a su lado, me pajeé despacio, y la observé.

Carolina se separó un poco, sacó la lengua y apoyó el glande sobre ella. Lo masturbaba a dos manos, con la mirada fija en la punta. La primera oleada le cayó en la lengua, espesa, blanca. Cerró la boca un instante y luego la dejó escurrir entre los pechos, sin tragar.

La segunda fue mucho más violenta. El tipo gimió por primera vez al otro lado, un gemido animal y sordo, y las cuerdas de semen le salpicaron el cuello, las tetas, el vientre, los muslos. Carolina seguía pajeándolo, dirigiendo los chorros donde le daba la gana, embadurnándose como si fuera crema corporal.

Cuando aquella verga dejó de escupir, Carolina apretó suavemente desde la base hasta la punta y sacó la última gota. Esa sí se la llevó a la lengua, despacio, casi con ternura. Soltó la polla, que comenzó a perder la erección segundos después.

***

No tardé yo. Me acerqué decidido y le metí la mía en la boca sin preguntarle. Casi se la follé, agarrándole la nuca, mientras ella se masturbaba a toda velocidad. Me corrí en su garganta un instante antes de que ella tuviera el segundo orgasmo de la noche. No se separó. Esta no la escupió. Esta se la tragó entera.

Se dejó caer en el suelo, agotada, brillante de sudor, saliva, semen ajeno y propio. Me tendí a su lado. Olía a sexo, a aniversario, a quince años de vida juntos y a algo nuevo que acabábamos de inventar entre los dos. Me abrazó sin abrir los ojos.

—Gracias —me susurró—. Loco. Pero gracias.

Miré hacia la pared. El agujero estaba vacío. Nuestro invitado se había marchado en silencio, sin hacerse notar, como habíamos pactado. No supe entonces ni sé ahora quién era. Tampoco quiero saberlo.

Hasta esa noche, no habíamos tenido nada que se le pareciera. Después han venido otras cosas, claro. Pero aquella sigue siendo la confesión que me guardo para los días en que dudo si esta mujer y yo lo hemos vivido todo.

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Comentarios (7)

NicolasMdq

Que regalo tan original jajaja. Nunca se me hubiera ocurrido algo asi, tremendo

Abelmar

Excelente relato!!!

Sindo

Me quede con ganas de saber como reacciono ella despues. Espero que haya segunda parte

HoracioRosario

Me recordo a una fantasia que tengo hace tiempo. Muy bien escrito, se siente real

CamilaLect

jajaja el concepto del "regalo" me mato. Genial

RubenMza

Buen relato, lo fui leyendo de a poco y cada parrafo engancha mas. Seguí publicando!

PatricioV

Lo lei dos veces. Muy bien narrado, se nota que es una historia autentica

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