El castigo que dos desconocidos no vieron venir en la cala
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Me vestí simple y acepté el paseo sin imaginar que esa tarde, rodeada de hombres que me doblaban la edad, descubriría hasta dónde era capaz de llegar.
Mi marido salía a las seis de la mañana. Él llegaba a las siete. Esa hora de diferencia fue todo lo que necesité para empezar a engañarlo sin culpa.
Le había prometido un regalo distinto: ese fin de semana yo no decidiría nada. Él llevaría las riendas y yo solo tendría que obedecer y dejarme llevar.
Era julio, estaba arruinada y desesperada. Crucé el jardín de mi hermana buscando ayuda; mi sobrino me esperaba junto a la piscina con una sonrisa que no supe leer a tiempo.
La rabia la empujó a bajarse del auto en plena carretera. Lo que no imaginó fue que terminaría la noche en la cabina de un camionero al que acababa de conocer.
Crucé la puerta esperando una fiesta normal. Encontré un patio lleno de chicas en bikini, ningún otro hombre y una anfitriona con una sonrisa que no era amable.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Cada Navidad escondíamos nuestro secreto bajo ropa recatada. Este año abrí la puerta con mi mujer arrodillada y atada en el salón, esperando a los invitados.
Llevaba un año tragándome sus burlas en silencio. Esa tarde, cuando me sujetó de la camisa para humillarme, mi mano encontró dónde apretar.
Nunca había confesado esa atracción. Hasta que la vi apoyada en la barra, envuelta en pelaje sintético, mirándome como una depredadora elige a su presa.
Marina sabía exactamente dónde tocar para que el cuerpo de Lucía dejara de obedecerle. Esa noche, en la penumbra del hotel, decidió averiguar hasta dónde llegaba su curiosidad.
Veinte años separaban a Mariana de su maestra, pero cuando aquella mano se detuvo en su cadera durante el ensayo, supo que ya no la miraba igual.
Desde los quince guardé en silencio las ganas de besarla. Ahora, sentada frente a mí con esa sonrisa de siempre, no pensaba dejar pasar la oportunidad otra vez.
Llevaba cinco años con su novio y nunca había dudado. Hasta que aquella mujer de ojos negros la miró fijo en el andén y algo se rompió por dentro.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Llevaba una pistola escondida en la media y una misión imposible: acercarse a la mujer más peligrosa del salón sin que el deseo la delatara antes de tiempo.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Volví al cuarto sin hacer ruido para no despertarlo, y lo encontré con mi ropa interior entre los dedos y la sábana levantada como una tienda de campaña.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.