Mi secreto con mi mejor amiga detrás de un coche
Esto pasó una noche de viernes cualquiera, hace ya unos cuantos años, en Granada, en pleno Realejo, cuando todavía se podía beber tranquilo en la calle y el barrio entero hervía hasta las tantas.
Yo tenía novia entonces. Marina tenía novio. Éramos amigos desde el primer año de carrera, de esos amigos que se cuentan absolutamente todo, menos lo único que ninguno se atrevía a decir en voz alta. Siempre hubo entre nosotros una tensión rara: una mano que se quedaba dos segundos de más sobre la espalda, un abrazo que duraba un poco más de lo normal, miradas que se cruzaban en mitad de una conversación de grupo. Los dos lo ignorábamos. Los dos hacíamos como que no pasaba nada.
Esa noche tampoco tenía nada de especial. Estábamos casi todos: seis o siete del grupo de siempre, con botellas compradas en el supermercado de la esquina. Las conversaciones se solapaban, alguien se reía demasiado fuerte, alguien se besaba con su pareja contra una pared. Lo de cada finde.
Y lo de cada finde era que, en algún momento, la vejiga pasaba factura.
—Voy a buscar un baño —dije—. No aguanto más.
—Te acompaño —respondió Marina sin levantar la vista del vaso—. Yo también me estoy meando.
Caminamos por un callejón estrecho buscando un bar abierto, pero todo estaba a tope. La gente se amontonaba en las puertas, vasos en alto, gritos por encima de la música. Seguimos dos calles más. Marina perdió la paciencia antes que yo.
—¿Qué bar ni qué bar? —dijo—. Por ahí, que ya no aguanto. Entre dos coches o donde sea.
Y en ese instante algo se me cruzó por dentro. El alcohol, me dije después, pero sé que no era solo el alcohol. Llevaba siete años pensándolo. Siete años apartando la mirada cada vez que ella se inclinaba hacia delante con una camiseta que se le abría por el escote. Siete años aguantándome la pregunta cada vez que se quedaba dormida en mi hombro al volver del cine. Siete años fingiendo.
Y ahora me estaba diciendo que iba a bajarse los pantalones a un metro de mí, en una calle vacía, a las dos y pico de la madrugada. Algo dentro de mi cabeza hizo clic.
—Marina —dije, medio en broma, medio sin broma—, como te bajes los pantalones delante de mí, te juro que me pongo cachondo.
Esperaba un insulto. Esperaba una carcajada y un «gilipollas». Pero ella sonrió. Una sonrisa pequeña, torcida, que no le había visto nunca en todos esos años.
—Eso lo dices porque sabes que no me voy a atrever —contestó.
—Pruébame —dije.
Caminamos otra calle más. Una callecita lateral, sin gente, mal iluminada. Había un coche blanco aparcado entre una furgoneta vieja y una pared llena de pintadas. Marina miró a un lado, después al otro, y al final me clavó la mirada a mí.
—Vigila —ordenó—. Y date la vuelta.
Me di la vuelta. Oí el clic del botón, el roce de la tela bajándole por las piernas, su respiración. Oí el sonido inconfundible. Y aguanté unos segundos antes de mirar de reojo, porque era inevitable.
Ella me pilló al instante.
—Eres un cerdo —dijo, con una voz que era la primera vez que le oía. No era enfado. Era una voz baja, cómplice, casi divertida.
—Como si no lo supieras —respondí, sin moverme.
Acabó. Se limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo del abrigo. Y entonces vino la parte que todavía me cuesta entender, después de tanto tiempo. No se subió los pantalones. Se quedó ahí, medio agachada, con los vaqueros y la ropa interior a la altura de las rodillas, y me miró desde abajo.
—¿Qué? ¿Querías mirar?
Tardé un segundo en reaccionar. Solo uno. Y después di un paso hacia ella.
—Yo no quería mirar, Marina —dije, en voz muy baja—. Te he dicho que quería comértelo.
Se quedó congelada. La sonrisa pequeña se le abrió un poco más. Me miró sin pestañear. Y antes de que pudiera arrepentirse, le pasé la mano por el brazo, la giré contra el capó del coche y le apoyé la mejilla en la chapa fría.
—Espera —dijo, casi sin voz—. Espera, por dios, que nos pueden ver.
—Pues date prisa —contesté.
Le subí la camiseta hasta los hombros. Le pasé las manos por la cintura, por las caderas, por el culo, despacio, como si llevara años memorizando cada centímetro y por fin tuviera permiso para tocar. Se le erizó la piel desde la nuca hasta el final de la espalda; lo vi, aunque no había casi luz. Notaba su respiración acelerarse cada vez que la palma se quedaba quieta en una zona nueva, como si le estuviera enseñando un mapa que ella misma no se había permitido mirar nunca.
Y me arrodillé.
No hace falta que entre en detalles de cada movimiento. Solo diré que durante los minutos siguientes no pensé en nada. Ni en mi novia, ni en su novio, ni en el grupo esperándonos a tres calles, ni en que estábamos en mitad de un callejón a las dos y media de la madrugada. Solo pensé en su sabor, en cómo se le doblaban las rodillas, en cómo intentaba pedirme que parara con una voz que decía exactamente lo contrario.
Cada «para» sonaba más a «sigue». Cada «que nos van a ver» sonaba más a «no te atrevas a quitarme la boca de ahí».
Y no se la quité.
Sentí que estaba cerca por cómo se le tensaron los muslos contra mi cara. Apreté el ritmo. Le clavé los dedos en las caderas para que no se escapara. Y se corrió ahí mismo, contra el coche, contra mi boca, mordiéndose el dorso de la mano para no hacer ruido. Todavía me acuerdo del sabor. Todavía me acuerdo del temblor.
Cuando me incorporé, ella seguía con la cara apoyada en el capó, respirando como si hubiera corrido un kilómetro. Tardó en girarse. Cuando lo hizo, me miró con una expresión nueva, algo entre el reproche y el asombro. Tenía el pelo pegado a la sien por el sudor y los ojos brillantes de una manera que no le había visto nunca, ni siquiera la noche de su cumpleaños cuando bebimos demasiado y casi nos besamos en el ascensor.
—Eres un gilipollas —dijo—. Eres un cerdo y un gilipollas.
Y me besó.
Me besó con todo su sabor en mi barba, sin importarle nada, mordiéndome el labio inferior, agarrándome la nuca con una mano y bajándome la cremallera con la otra. Me apretó por encima del bóxer. Me notó duro, claro. Llevaba duro desde que oí el clic del botón de sus vaqueros.
Y entonces se puso en cuclillas.
—Ahora me toca a mí —dijo.
No se anduvo con rodeos. No miró a ningún lado para ver si venía alguien. Me la sacó y se la metió en la boca como si llevara días esperando ese momento. Y a lo mejor llevaba años, igual que yo. La miré desde arriba, intentando no perder el detalle de su pelo, de sus manos en mis muslos, de su boca subiendo y bajando con una confianza que no le había visto nunca.
Le aparté un mechón que se le metía en el ojo. Le acaricié la mejilla. Cuando notó que no aguantaba, me agarró las caderas y me empujó hacia ella.
Y me corrí sin avisar. No me dio tiempo. Tampoco me lo pidió.
Siguió chupando hasta el último temblor, mirándome a los ojos como si quisiera que recordara esa mirada el resto de mi vida. Lo conseguí: no se me ha olvidado. Cuando estuvo segura de que ya no salía nada más, separó la cara y, sin levantarse, dejó caer el resto al suelo. Justo donde había meado un rato antes. Si lo hizo a propósito o no, todavía no se lo he preguntado.
Se levantó. Se subió las bragas y los vaqueros con una calma que no tenía sentido, como si volviera del baño en lugar de volver de la primera vez. Yo me abroché. Nos miramos en silencio durante unos segundos, los dos con la respiración entrecortada, los dos sabiendo que no había vuelta atrás de aquello.
—Esto va a tener que ser nuestro secreto —dijo al fin, todavía con la voz ronca—. Por si queremos repetir.
—¿Vamos a repetir? —pregunté.
—Eso depende de ti —contestó—. Yo ya he hecho mi parte.
***
Cuando volvimos al grupo, casi treinta minutos después, ya teníamos preparada la excusa: que los bares estaban a tope, que tuvimos que ir a uno concreto que conocía Marina, que estaba todavía más lejos. Mi novia ni siquiera se molestó en preguntar. El novio de Marina estaba demasiado borracho para acordarse de nosotros. Volvimos a nuestras conversaciones, a nuestras parejas, a nuestras vidas paralelas.
Nadie sospechó nada. Nadie sabe nada todavía.
Pero esa madrugada, cuando me quité la ropa antes de meterme en la cama, me llevé la mano a la barba y todavía estaba ella.
Repetimos. Más veces de las que voy a contar aquí. Durante meses. Hasta que cada uno acabó dejando a su pareja por motivos que no tenían nada que ver con esto y, sin embargo, tampoco acabamos juntos. Pasamos de aquella tensión de años a una intimidad rara, a un vínculo nuevo que no encajaba en ninguna categoría conocida. Ahora ya casi no nos vemos. Cada uno tiene su vida.
Pero a veces, cuando me cruzo con un coche blanco aparcado en una calle estrecha, vuelvo allí en un segundo. Y todavía me acuerdo del sabor.