Mi confesión: lo que pasó en la sala de cera
Lo cuento porque nunca se lo conté a nadie y necesito sacármelo de adentro. Llegué a ese centro de estética un jueves de octubre, con el bolso colgado del hombro y una decisión que llevaba semanas postergando. Me llamo Camila, tengo treinta y dos años, y lo único que quería esa tarde era depilarme con cera para sentirme distinta. Salí de ahí con la sensación rara de no reconocerme a mí misma.
El lugar estaba escondido en un edificio antiguo del centro. Subí dos pisos por una escalera angosta, y al abrir la puerta me recibió un olor a coco tibio y a algo más herbal que no supe identificar. Las paredes pintadas en color arena, la luz baja, una música instrumental sin estridencias. La chica de la recepción me sonrió como si supiera algo que yo no.
—Hoy te atiende Mateo —dijo mientras anotaba mi nombre en la planilla—. Es nuestro especialista en zonas íntimas. Tranquila, es muy profesional.
Me dejó en una sala chica al fondo del pasillo. Camilla cubierta con una sábana blanca, una mesita con frascos de aceite y bolsas de cera, un perchero. Me cambié detrás del biombo. Toalla en la cintura, nada debajo. Cuando me senté en el borde de la camilla, las piernas me temblaban un poco.
Mateo entró sin tocar la puerta. Eso fue lo primero que registré. Lo segundo, que era más alto de lo que esperaba. Calculé cuarenta años, tal vez cuarenta y dos. Hombros anchos, el pelo corto con algunas canas en las sienes, los antebrazos descubiertos por las mangas dobladas del uniforme. Tenía las manos grandes. Me fijé en eso porque no podía dejar de mirarlas.
—Camila —dijo, y mi nombre sonó distinto en su voz—. Vas a estar muy cómoda. Yo te voy guiando, tú solo respira.
Me explicó el procedimiento con una voz baja, casi confidencial. Que la cera estaba a temperatura controlada, que iba a sentir un calor agradable primero y un tirón corto después, que la zona quedaba enrojecida unos minutos y por eso el masaje calmante al final era importante. Mientras hablaba, preparaba los materiales sin mirarme, y yo aprovechaba para mirarlo a él.
—Recuéstate y abre las piernas en los apoyos —pidió—. Quita la toalla cuando estés lista.
Hice lo que me dijo. La sábana fría contra la espalda, los talones en los apoyos acolchados, las rodillas separadas. Me sentí más expuesta de lo que esperaba. Él se puso los guantes y se acercó con la espátula. Cuando sus dedos rozaron la parte interna de mi muslo para tensar la piel, sentí una corriente que me bajó hasta la planta de los pies.
—Respira hondo —dijo en voz baja.
La primera tira fue rápida. Apreté los dientes, contuve el grito y solté el aire de golpe. Él esperó un segundo, me miró a los ojos por primera vez en toda la sesión, y siguió. El calor de la cera, el tirón, el ardor, el alivio. Una secuencia repetida que empezó a tener algo de ritmo, casi de coreografía.
No sé en qué momento dejé de pensar en el dolor y empecé a pensar en otra cosa. Tal vez fue cuando me pidió que levantara una pierna para acceder a la zona del pliegue. Tal vez cuando su mano libre se apoyó en mi cadera para mantenerme quieta y la dejó ahí más tiempo del necesario. Tal vez fue mucho antes, cuando entró sin golpear y me llamó por mi nombre.
—Estás haciendo todo bien —dijo después del cuarto tirón—. Te queda esta zona y terminamos.
Pero la zona que faltaba era la más íntima, la línea que sigue desde el monte hasta el principio del pliegue. Me separó los labios con dos dedos enguantados, con una delicadeza que no parecía solo técnica. Cuando la cera tibia me tocó ahí, una vibración me atravesó. No era dolor. Era exactamente lo opuesto.
—Mateo —dije, y no supe qué iba a decir después.
—Lo sé —contestó él, sin levantar la vista—. Pasa. Es normal. La zona está muy sensible.
Tiró la última tira y por un instante el mundo se redujo a un solo punto de mi cuerpo. Cuando abrí los ojos, él se estaba sacando los guantes despacio, mirándome.
—Ahora viene el masaje calmante. Es con aceite tibio. Si en algún momento te incomoda, me lo dices y paramos. ¿De acuerdo?
Asentí. No confiaba en mi voz.
***
Vertió el aceite en sus manos y las frotó para repartirlo. Lo escuchaba, no lo veía, porque había cerrado los ojos. Cuando esas manos grandes y tibias se apoyaron sobre mi pubis recién depilado, dejé escapar un sonido que no había planeado. Suave, contenido, pero un sonido al fin.
—Tranquila —murmuró—. Respira normal.
Sus palmas hicieron círculos amplios al principio, después más chicos, después en el límite mismo de la zona. El aceite resbalaba, calentaba, encendía. Cuando un dedo se deslizó entre mis labios mayores, fue casi accidente. Casi.
Dile que pare, pensé. Dile que pare ahora.
No le dije nada.
—Estás muy mojada —dijo él, en voz tan baja que parecía pensar en voz alta más que hablarme—. ¿Quieres que siga?
—Sigue.
Su dedo me recorrió despacio, de arriba abajo, con esa suavidad medida de alguien que sabe lo que hace. Cuando rozó mi clítoris, me arqueé sin querer. La camilla crujió debajo de mí. Él se rio, apenas, un sonido bajo y cálido en la garganta.
—Camila, mírame.
Abrí los ojos. Me estaba mirando con una concentración que no se parecía a nada que hubiera visto antes en un hombre. No era apuro, no era ansiedad. Era atención total.
—Dime si quieres que pare en cualquier momento.
—No quiero que pares.
Hundió un dedo en mí, despacio, y yo dejé de respirar. Después un segundo. Empezó a moverlos con un ritmo lento, calculado, mientras el pulgar trazaba círculos exactos sobre mi clítoris. Me agarré del borde de la camilla con las dos manos. Sentí que algo se rompía adentro, una represa que llevaba tiempo conteniendo.
—Así —murmuró—. Así está bien.
Me vine de una manera que no recordaba. No fue una explosión rápida, fue una marea que subió por etapas, cada una más alta que la anterior. Cuando llegó la cresta, me mordí el dorso de la mano para no gritar. Él no aceleró ni cambió el ritmo. Esperó a que terminara, sostuvo el último temblor con la palma abierta sobre mi vientre, y sonrió.
—Falta el final del tratamiento —dijo.
***
Se inclinó entre mis piernas. El primer roce de su lengua fue una descarga, porque la zona estaba sensible por la cera y todo se sentía amplificado. Lamió con paciencia, sin urgencia, alternando entre lengua plana y la punta sobre el clítoris. A veces se detenía, soplaba apenas, y volvía. Fue una tortura prolija.
—No me hagas esto —supliqué.
—Es exactamente esto lo que te voy a hacer.
El segundo orgasmo me sorprendió antes de que pudiera prepararme. Le clavé los talones en los hombros, me arqueé entera, y esta vez sí grité. No me importó. La sala estaba al fondo del pasillo, las paredes parecían gruesas, y aunque hubieran sido de cartón tampoco habría podido contenerme.
Cuando se incorporó, me senté de golpe y le agarré la cara con las dos manos. Lo besé. Sabía a aceite y a mí. Le metí la lengua en la boca con un hambre que no sabía que tenía. Él me devolvió el beso con la misma intensidad y me empujó suavemente para que volviera a acostarme.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Quítate la ropa.
Se desabrochó el uniforme con una calma que me desesperó. Tenía el pecho marcado pero no exagerado, una línea de vello que bajaba hasta el ombligo y seguía más abajo. Cuando se sacó el pantalón, vi que estaba duro desde hacía rato. Tomé un preservativo de mi cartera —siempre llevo, una costumbre que aquella tarde agradecí más que nunca— y se lo pasé.
Se lo puso mirándome a los ojos. Después se acomodó entre mis piernas. Cuando entró, lo hizo despacio, milímetro a milímetro, como si quisiera que registrara cada parte del recorrido. Me llenó de a poco. Cuando llegó al fondo, los dos nos quedamos quietos un instante, respirando.
—Mateo.
—Aquí estoy.
Empezó a moverse con el mismo ritmo paciente del masaje. Salida lenta, entrada lenta, una pausa al fondo. Yo le rodeé la cadera con las piernas y empecé a moverme contra él, queriendo más, queriendo todo. Él aumentó el ritmo en respuesta. La camilla crujía con cada embestida, las manos grandes sostenían mis caderas, su respiración se mezclaba con la mía.
—Mírame —dijo otra vez.
Lo miré. Me miró. No cerré los ojos cuando llegué por tercera vez, y vi cómo se le tensaba la mandíbula cuando me sintió contraerme alrededor de él. Aguantó unos segundos más, los suficientes para que yo terminara de venirme entera, y después se hundió hasta el fondo y se dejó ir con un sonido grave que me quedó grabado.
***
Después del silencio, lo único que se escuchaba era nuestra respiración acompasándose despacio. Él se inclinó y me besó la frente, un gesto tan tierno que me descolocó. Se levantó, se vistió en silencio, me alcanzó una toalla limpia.
—¿Quieres un té? —preguntó—. Tenemos en la sala de espera.
Casi me reí. Era la pregunta más absurda y al mismo tiempo la más necesaria.
—Quiero un té.
Me vestí despacio, sintiendo todavía el ardor leve de la cera y un cansancio agradable en cada músculo. Cuando salí a la recepción, la chica de la entrada me sonrió igual que antes, como si todo lo que había pasado fuera parte normal del servicio. Tal vez lo era. No pregunté.
Mateo me dejó la tarjeta del local en el bolsillo del abrigo cuando me ayudó a ponérmelo.
—Mi turno está los jueves —dijo en voz baja—. Por si quieres volver.
Bajé las escaleras tratando de no pensar. En la calle, el aire frío me golpeó la cara y por primera vez en horas pude respirar profundo. Caminé hasta la esquina, me apoyé en la pared y me empecé a reír sola, una risa que era nervios y alivio y algo más que todavía no tenía nombre.
Volví un jueves. Y otro. No es lo que hubiera imaginado de mí misma. Tampoco es lo que voy a contarle a nadie que me conozca. Por eso lo escribo aquí, donde nadie sabe quién soy. Porque hay cosas que necesitan salir, aunque sea entre desconocidos, aunque sea como confesión.