Lo que hice esa noche en el hotel nunca lo conté
Habíamos quedado a las nueve, pero salí de casa a las ocho y media. Quería caminar despacio, sentir cómo se me iba secando la garganta y cómo el latido se me iba acomodando en el cuello. No me había puesto perfume; quería que me reconociera por mi propia piel, por la voz, por todo lo que habíamos prometido durante semanas sin podernos rozar.
Tomás había venido desde el norte para pasar dos noches conmigo. Yo no había salido de mi ciudad. Habíamos elegido un hotel cualquiera del centro, uno de esos sitios donde los recepcionistas saben mirar hacia otro lado cuando una mujer entra sola pasadas las nueve y nadie hace preguntas si uno paga la habitación con tarjeta y firma con un nombre que se parece al de cualquiera.
Iba con un vestido blanco, corto, mucho más corto de lo que cualquier amiga me habría aconsejado. Lo había comprado esa misma tarde, en una tienda en la que nunca había entrado antes, y lo había guardado en el armario hasta que se hizo de noche, casi como si fuera algo de lo que pudiera arrepentirme si lo miraba antes de tiempo. Debajo no llevaba casi nada. Un tanga minúsculo, negro, que ya estaba húmedo antes de salir del portal. Nada de sujetador. Los pezones se me marcaban contra la tela cada vez que el aire me rozaba, duros como dos piedritas, y me picaban de una manera que solo se me quitaba apretándomelos entre el pulgar y el índice a través del vestido, en la esquina de mi calle, fingiendo que me colocaba una arruga.
No quería pensar. No quería preguntarme si era apropiado, si lo que me había imaginado durante semanas se iba a parecer a lo real, si Tomás iba a ser exactamente como en sus fotos o si en persona resultaría un poco menos. Hacía meses que no me preguntaba nada cuando se trataba de él. Lo había decidido la primera vez que me llamó tarde, con la voz baja, y me dijo que estaba pensando en mí mientras se masturbaba. Que se la estaba pajeando pensando en cómo me correría la lengua por el coño, palabra por palabra, y que quería oírme decir que me la iba a chupar entera la próxima vez que nos viéramos. Esa noche colgué, me metí dos dedos en el coño empapado y me corrí en menos de un minuto mordiendo la almohada. Me quedé dormida con el sabor metálico de mi propia respiración y con los dedos todavía dentro.
Caminé las seis cuadras que me separaban del hotel cruzando las piernas en cada paso, balanceando las caderas. Sabía que el vestido se me subía con cada zancada. Sabía que la gente miraba. Me daba igual. Que miren, pensé. Yo voy a otra cosa. Yo voy a que me follen la boca.
Al entrar en el hotel, los empleados levantaron la vista. La recepcionista, una mujer mayor con el pelo corto y las uñas pintadas de rojo, me siguió con los ojos hasta el ascensor sin decir una palabra. El portero contuvo una sonrisa. Por un segundo me pregunté si me confundirían con una de esas chicas que cobran por hora; al segundo siguiente me di cuenta de que tampoco me importaba mucho la diferencia. Que piensen lo que quieran, me dije. Soy peor de lo que se imaginan. Voy a subir a esa habitación y voy a chupar una polla hasta que se me caiga la mandíbula, y ninguno de estos se lo va a imaginar bien.
El ascensor olía a desinfectante y a alfombra vieja. Apreté el botón del cuarto piso y me miré en el espejo. Tenía las pupilas dilatadas y los labios hinchados. Me había mordido el inferior sin darme cuenta durante toda la caminata. Me lo lamí. Me arreglé el pelo. Me bajé un poco más el escote y me apreté un pezón, solo para comprobar que seguía tan duro y sensible como en la calle. Me tuve que morder la lengua para no gemir en el ascensor vacío.
Habitación 407. Lo sabía de memoria desde la mañana, desde que me había escrito el número en mayúsculas con un punto al final, como una orden.
El pasillo estaba en silencio. La moqueta absorbía el sonido de mis tacones; sentía el roce sobre la planta del pie pero no oía las pisadas, y eso me hacía sentir que avanzaba dentro de un sueño. Pasé tres puertas, cuatro, cinco. Conté en voz baja, como si fuera una niña a la que mandan a buscar algo y necesita una excusa para no salir corriendo.
La 407 estaba al final del pasillo, a la izquierda. La puerta entreabierta, igual que habíamos quedado. Una rendija de luz amarilla cortaba la moqueta y se abría sobre la pared de enfrente como una invitación. Era una manera de decir no quiero hablar antes, ya hablamos demasiado, entra y haz lo que has venido a hacer.
Respiré hondo. La empujé despacio.
***
Ahí estaba.
Tomás, desnudo sobre la cama, con los muslos abiertos y la espalda apoyada en el cabecero. La luz de la lámpara de la mesilla le caía oblicua sobre el cuerpo, dejándole la mitad de la cara en sombra. Tenía la mirada fija en la puerta, esperándome desde quién sabe cuánto. La polla erguida, dura, apuntando hacia el techo, con una vena gruesa que le subía por el lado derecho hasta el capullo hinchado y morado. Los cojones pesados, colgando entre los muslos, tirantes de tanto esperar. En la punta ya le brillaba una gota de líquido preseminal que le resbalaba lenta por el glande.
Era más grande de lo que había imaginado. Más todo. Los muslos eran columnas de gimnasio que podían cerrarse sobre mi cabeza sin esfuerzo. Ojalá se cierren, pensé. Ojalá me ahoguen. El estómago se le marcaba a medias, no de forma de revista sino de hombre real que se cuida lo justo. La piel del cuello le brillaba. Llevaba esperándome demasiado tiempo y se notaba: la polla le latía sola contra el aire, como si tuviera un corazón propio ahí abajo.
Cerré la puerta detrás de mí con el codo. Dejé caer el bolso al suelo. No dije nada. No quería romper el silencio con un saludo banal cuando todo lo que quería estaba a tres pasos.
Caminé hacia él midiendo cada paso. Frené al borde de la cama, calculé la distancia, me dejé caer de rodillas entre sus piernas. Me quedé mirándole la polla un instante, como una niña que se planta delante del helado que llevaba pidiendo desde la mañana. La sentí latir contra el aire, sin tocarla todavía. Era un latido lento, profundo, que parecía venir desde más abajo, desde un lugar que aún no había explorado. Se me hizo la boca agua. Literalmente. Tragué saliva y sentí cómo se me juntaba otra vez, gruesa, viscosa, preparándose sola para lo que venía.
Solté la goma del pelo, lo dejé caer sobre los hombros, lo sacudí. Después lo recogí otra vez, esta vez bien tirante, una coleta alta que me dejaba la cara despejada y la nuca al aire. Quería que me viera bien. Quería que tuviese una asa para agarrar cuando ya no aguantara más. Quería verme yo en el espejo de la cómoda, justo enfrente, en esa ventana involuntaria a mí misma: una mujer de rodillas, con el vestido subido hasta las caderas y el culo al aire, a punto de comerse una polla hasta el fondo.
—Llegaste —dijo, ronco.
—Llegué —contesté, y lo miré desde abajo—. Y vengo con hambre.
Apoyé una mano en su muslo, en esa columna gruesa que me habría podido aplastar la cabeza si hubiera querido. La otra la deslicé hacia su polla, la rodeé con los dedos por la base, la moví con suavidad. Era pesada. Me faltaba dedo para abarcarla del todo. La piel suave por encima de algo que no lo era. Sentí el pulso bajo las yemas, ese ritmo terco que tienen las pollas cuando llevan un rato esperando. La bajé un poco, tirando la piel hacia atrás, y le apreté la base con dos dedos como si fuera un torno. La cabeza se le puso todavía más morada.
La acerqué a mis labios sin tocarla. Saqué la lengua y dejé que apenas la rozara. Una gota brillante apareció en la punta. Me vi reflejada en ella un segundo, una versión diminuta y deformada de mí, una mujer arrodillada con los ojos enormes. Me reí por dentro. Sacaba la lengua y la recogía, arrastrando el hilo pegajoso, saboreándolo. Salado, un poco amargo, con ese fondo a hombre limpio y caliente que se me metió directo entre las piernas. Sentí el tanga pegárseme al coño, empapado ya del todo.
La lamí desde la base hasta el capullo, despacio, con la lengua plana, como si fuera un helado que se le estuviera derritiendo en la mano. Subí, bajé, volví a subir. Le rodeé la corona con la punta de la lengua, buscando ese reborde sensible bajo el glande, y lo sentí temblar bajo mi mano. Le besé la punta una vez, dos, tres. Cada beso era una invitación a abrir un poco más la boca, a tragar un poco más, a perder un poco más el control. Cada beso era también una promesa: esto no va a ser amable. Te voy a mamar la polla hasta que me supliques que pare, y ni así voy a parar.
El olor de la habitación me golpeó entonces. Olía a piel encerrada, a sábanas calientes, a hombre que llevaba horas pensando en mí, a cojones sudados y a esa nota agria y viva que sale del pubis de un tío empalmado. Respiré hondo y me lo quedé dentro como si fuera un trago de algo fuerte. Bajé la cara hasta enterrarla en el vello del pubis, contra la base de la polla, y aspiré. Se me contrajo el coño solo con el olor.
—Hace meses que pienso en esto —murmuré contra su capullo—. En chupártela así. En tenerla toda dentro.
—Y yo —dijo él—. Joder, y yo. Métetela.
Bajé la cabeza. Me la metí entera en la boca, sin avisar, sin pedir permiso. Sentí cómo se le tensaban los muslos contra mis hombros, cómo se le iba el aire. La empujé más adentro, contra el paladar primero, después buscando el fondo. La cabeza me chocó contra el fondo de la garganta y me revolvió las tripas, pero no paré. Aflojé la mandíbula, relajé la lengua, tragué con la polla dentro. La sentí abrirse paso, forzando el músculo, hasta que me chocó la barbilla contra los testículos y la nariz contra el pubis. Me quedé ahí. Sin respirar. Saboreando. Sintiendo el latido de la vena en la garganta, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
Me retiré despacio, arrastrando los labios apretados por toda la longitud. Un hilo de saliva quedó colgando entre mi boca y su glande. Tomé aire. Volví a meterla, esta vez más rápido, más profundo. Saqué. Volví a meter. Saqué. Cogí ritmo, un vaivén constante, casi mecánico, que me dejaba el cuello tirante y los ojos llorosos. Cada vez que llegaba al fondo tragaba, y cada vez que tragaba se le escapaba un gemido sordo desde el pecho.
No me gustaba que me empujaran la cabeza. Nunca me había gustado. No necesitaba que nadie marcara el tiempo: yo sabía cuándo subir y cuándo bajar, cuándo aflojar y cuándo apretar la garganta hasta que los ojos se me llenaran de lágrimas. Lo había aprendido a fuerza de equivocarme con otros que pensaban que esto era un trabajo en equipo en el que ellos llevaban el mando.
Tomás lo entendió rápido. Dejó las manos colgando a los lados, los dedos crispados sobre las sábanas, sin atreverse a tocarme la nuca. Bien. Que aprendiera a esperar. Que descubriera que podía perder el control sin necesidad de tomarlo.
Hacía ruidos al tragarlo, ruidos que en otra circunstancia me habrían dado vergüenza. Arcadas, un gorgoteo sordo desde el fondo de la garganta, un chapoteo húmedo cada vez que la sacaba y volvía a metérmela, una respiración entrecortada cada vez que me retiraba. Me ponía colorada. Las lágrimas me corrían por las mejillas y se mezclaban con la saliva que me bajaba por la barbilla, gotas gordas que caían sobre mis tetas y sobre el vestido blanco, dejándolo transparente. El maquillaje, de existir, ya estaba arruinado.
No me importaba.
Metí una mano bajo el vestido, aparté el tanga a un lado, me clavé dos dedos en el coño. Estaba tan mojado que entraron sin resistencia hasta los nudillos. Un gemido ahogado se me escapó con la polla dentro, y él lo sintió: la vibración le recorrió el glande y le arrancó una maldición.
—Joder —dijo él, casi sin voz—. Joder, mírate. Te estás tocando mientras me la comes.
Saqué la polla con un sonido húmedo y la sostuve en alto, brillante de saliva, un hilo grueso colgando de la punta a mi labio inferior. Me la pasé por la cara. Por las mejillas, por la frente, por los labios cerrados. La golpeé contra mi mejilla, una vez, dos, tres, y a cada golpe me parecía sentirla más dura, como si la tuviese rabia. Pégame con eso, pensé. Hazme una marca que tarde días en irse. Saqué la lengua y dejé que me la palmeara encima, plana contra la lengua, sonoro, obsceno.
—Sí —susurré—. Así. Pégamela ahí.
Bajé hasta los testículos. Los tomé con la lengua, los acaricié con los labios, los chupé despacio uno por uno. Uno primero, entero dentro de la boca, apretándolo con la lengua contra el paladar. El otro después, con más cuidado, casi con reverencia. Apreté. Los oí latir contra mi boca. Se los sostuve mientras le lamía el perineo hacia arriba, esa franja sensible que va del culo a los cojones, y él pegó un espasmo con toda la pelvis. Me los metí lo más adentro que pude, los dos a la vez, y los dejé ir con un sonido sordo, cargados de saliva. Volví a la polla, le di unos pajazos lentos, apretando en el capullo con cada subida, contemplándola, como quien admira algo que ha conseguido por mérito propio.
—Vas a matarme —murmuró.
—Esa es la idea —contesté.
Metí los dedos de la otra mano hasta el fondo del coño, los saqué empapados, se los pasé por los labios. Se los metió en la boca sin pensarlo, chupándomelos con los ojos cerrados, y yo aproveché para volver a montarme la polla en la boca.
Volví arriba. Volví a clavármela en la garganta, esta vez sin descanso. Una y otra vez, sin pausa, sin pensar, sin respirar más que lo justo para no desmayarme. La lengua le rodeaba el tronco por debajo en cada bajada, los labios le apretaban al subir. Escupí sobre la polla, sobre los cojones, la saliva le corría por todo el pubis y le mojaba las sábanas. Me metí otra vez los dos dedos en el coño y me froté el clítoris con el pulgar mientras la mamaba, y sentí cómo se me iba acercando el orgasmo, gordo, pesado, casi doloroso. Dejé de oír mis propios ruidos. Dejé de oír los suyos. Solo existía la polla y mi boca y mis dedos y la determinación de sacarle lo que había venido a buscar.
Lo sentí venir antes de que me lo dijera. Se le tensó todo. Los muslos se le pusieron de piedra contra mis hombros. Los cojones se le encogieron contra el cuerpo. La polla se le hinchó dentro de mi boca, latiendo con un pulso más fuerte, y en ese instante se me cruzó por la cabeza la idea absurda de que podía ahogarme y de que tampoco me importaría. Subí hasta la punta, abrí la boca, saqué la lengua, la sostuve por la base con la mano derecha y me la agité contra la lengua abierta. Lo miré a los ojos.
—Dámela —le dije—. Toda en la boca. No me dejes ni una gota.
Y me la dio.
Un chorro espeso, caliente, que me llegó al fondo de la garganta antes de que pudiera prepararme. Tosí. Tragué. Otro chorro, este contra el paladar, salado y grueso. Otro, más flojo, sobre la lengua. Algo me cayó por los labios, blanco y viscoso, colgando de la barbilla. Volví a tomar la polla, la masturbé contra mis labios para sacarle todo lo que le quedara, exprimiéndola desde la base hasta la punta como un tubo de pasta. Otra gota. Otra. La última la recogí con la lengua, despacio, como quien rebaña el plato cuando ya nadie mira. Cerré la boca. Le mostré la lengua llena, cargada, con la corrida bailándome encima como mercurio, y después tragué, despacio, para que me viera hacerlo. Al mismo tiempo me apreté el clítoris con el pulgar y me corrí yo, en silencio, con la polla todavía en la mano y la garganta ardiendo. Un temblor me subió desde el coño hasta el cuero cabelludo, y sentí los muslos empaparse todavía más.
Me quedé un rato así, con las mejillas pegadas a su muslo, oyéndole respirar. Le pasé la lengua por la pelvis, por el bajo vientre, por cada centímetro donde hubiera podido caer una gota. No quería dejar nada. No había venido para dejar nada. Le lamí la base de la polla, blanda ya pero todavía sensible, y él pegó un respingo. Le chupé los cojones una vez más, sin urgencia, casi con cariño. Sentía el sabor de él en el paladar, debajo de la lengua, en una zona profunda de la garganta donde no llegaba la saliva. Me lo quería quedar lo más posible.
***
Subí a la cama. Me tumbé a su lado sin desvestirme. El vestido se me había arrugado y me quedaba a la altura de la cadera, con manchas oscuras de saliva y de corrida a la altura del pecho; me daba igual. El tanga seguía apartado a un lado, empapado, y no me molesté en acomodarlo. Apoyé la cabeza en su hombro y le pasé la mano por el pecho. Le notaba el corazón a través de la piel, todavía acelerado, todavía sin recuperar.
—¿Era lo que te imaginabas? —pregunté.
—Era peor —dijo, y sentí la sonrisa en su voz—. En el mejor sentido. Nadie me la había mamado así en la vida.
Me reí bajito. Tenía la garganta áspera. Tenía el sabor de él en toda la boca, en el paladar, debajo de la lengua. Sentí cómo se me iba aflojando el cuerpo, cómo el cansancio venía detrás del placer como un perro detrás de su dueño.
—Descansa un rato —le murmuré contra el cuello, mordisqueándoselo—, porque a la segunda quiero que me folles el coño hasta que no pueda caminar. Y a la tercera, el culo.
Lo sentí temblar bajo mi mano. La polla, blanda contra el muslo, dio un tirón pequeño, un signo de vida temprano.
—Quédate —dijo después de un rato.
Lo pensé. Pensé en mi cama, en la rutina que me esperaba al día siguiente, en todo lo que había dejado fuera de aquel cuarto solo para entrar. Pensé en los recepcionistas, en la mujer de las uñas rojas, en la cara que pondrían si me viesen salir a las siete de la mañana con el pelo deshecho, el vestido manchado y todavía más arrugado, y el olor de una noche entera de follar pegado a la piel.
—Me quedo —contesté.
Y antes de quedarme dormida le pasé la lengua otra vez, despacio, sobre el pecho, bajando hasta el ombligo, hasta el vello del pubis. Por si acaso. Por si quedaba algo. Le di un beso en la polla dormida, un beso largo, con la boca abierta, marcando territorio para cuando despertara.
Si le contase esto a alguien, a mi mejor amiga, a mi terapeuta, a mi madre el día que se muriese, no me creerían. Ni siquiera la parte de que no me arrepentí. Y esa es, quizá, la parte que más necesito que se sepa.