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Relatos Ardientes

La amiga del grupo entró en mi habitación esa noche

Mauro y Lautaro habían propuesto la juntada el lunes por el grupo: un asado para festejar el primer fin de semana caluroso del año, en mi quinta de Pilar. Acepté sin pensarlo. Hacía meses que no veía a la mitad de esa gente, y la otra mitad ni siquiera la conocía. Eran cruces de amigos de amigos, parejas nuevas, alguno que se había mudado al sur y volvía de visita. Daba la sensación de que la primavera nos había agarrado a todos con ganas de mostrarnos al mundo otra vez.

Llegaron temprano los más cercanos. Encendieron el fuego, repartieron las primeras cervezas y empezaron a meterse en la pileta. Yo me quedé un rato afuera con ellos, riéndome de las anécdotas viejas que vuelven a aparecer cuando juntás a un grupo que no se ve seguido. Después miré la hora y caí en que faltaban vasos, hielo y, sobre todo, una ducha rápida para sacarme el calor que tenía encima.

—Voy a entrar a bañarme un toque —avisé—. Si llega alguien, díganle que pase.

Caminé descalza por el pasto hasta la galería. Adentro, la casa estaba en penumbra y el silencio era casi un alivio después del bullicio del jardín. Dejé la ropa elegida sobre la cama, agarré una toalla limpia y me metí debajo del agua. La presión fría me hizo cerrar los ojos.

No sé bien en qué momento empecé. Tal vez fue el calor. Tal vez la conversación que había habido en la pileta sobre la noche anterior de alguien. Tal vez fue una mirada que mi cabeza había registrado sin permiso y que ahora no quería soltar. La cuestión es que terminé apoyada contra los azulejos, con una mano entre las piernas, mordiéndome el labio para no hacer ruido. No me dejé llegar. Salí antes, todavía hirviendo por dentro, con la respiración corta.

Me envolví en la toalla y crucé al cuarto. Cerré la puerta. La idea era ponerme algo cómodo, secarme el pelo y volver afuera como si nada. Mientras buscaba la ropa interior en el cajón, escuché que alguien decía mi nombre desde el pasillo.

—¡Estoy en la pieza, ya bajo! —grité—. ¡Agarren lo que necesiten!

La voz no respondió. Lo que hizo, en cambio, fue empujar la puerta.

Me di vuelta de golpe y la toalla se me resbaló hasta los pies. Por un segundo me quedé ahí, desnuda, sin atinar a nada. Era Mariana. La había conocido esa misma tarde: una chica del grupo de Lautaro, alta, de pelo oscuro recogido en un rodete flojo, vestido largo color crema que le caía hasta los tobillos. Llevaba puestos unos aros que tintineaban cada vez que movía la cabeza.

—Perdón —dije, agachándome a buscar la toalla—. ¿Pasó algo?

Ella no se movió. Cerró la puerta detrás de sí, despacio, sin sacarme los ojos de encima.

—Te estaba buscando —contestó—. Quería decirte una cosa antes de que volvieras a salir.

Me enderecé con la toalla apretada contra el cuerpo. Algo en su tono me cortó la respuesta. No era la voz de alguien que viene a pedir hielo o a preguntar dónde está el baño. Era otra cosa.

—Decime —pude decir.

—Es que no sé cómo decírtelo —murmuró.

Avanzó dos pasos. Yo no retrocedí. Me apoyó una mano en el cuello, suave, y me besó. Fue un beso corto, casi una pregunta. Cuando se separó unos centímetros para mirarme la cara, yo todavía no había procesado nada. Sentía el latido en la garganta, en las sienes, entre las piernas.

Nunca había estado con una mujer.

Pero seguía mojada de antes, seguía caliente del agua y de lo que no me había dejado terminar, y el cuerpo me ganó. La besé yo también, esta vez con la boca abierta, y dejé que la toalla cayera otra vez al piso.

***

Mariana me llevó hacia la cama caminando hacia atrás, sin dejar de besarme. Me empujó suave hasta que quedé sentada en el borde. Se arrodilló entre mis piernas y me besó el cuello, la clavícula, el hueco entre los pechos. Cuando llegó al pezón izquierdo, lo lamió primero, después lo mordió despacio. Yo me agarré del cubrecama para no hacer ruido.

—Bajá la voz —me susurró, sonriendo contra mi piel—. Están todos del otro lado.

Asentí. Apreté los dientes. Pero cuando subió una mano por la cara interna del muslo y pasó dos dedos entre mis labios, no pude. Se me escapó un gemido corto. Ella levantó la cabeza, divertida.

—Estás empapada —dijo en voz baja—. Te estabas tocando en la ducha, ¿no?

No le contesté con palabras. Le agarré la nuca y la volví a besar. Sus dedos siguieron ahí, entrando y saliendo en un ritmo lento que me hacía abrir más las piernas. La habitación se llenó de un sonido húmedo que me daba vergüenza y me prendía al mismo tiempo.

—Date vuelta —me pidió.

Me puse de rodillas en la cama, con la cara contra la almohada y el resto del cuerpo levantado para ella. Sentí su mano otra vez. Después sentí cómo se incorporaba detrás de mí. Y después, cuando le pregunté en un susurro si me iba a dejar terminar, escuché el ruido del vestido cayendo al piso.

—¿Querés que te la meta? —preguntó.

Tardé un segundo en entender. Cuando entendí, giré apenas la cabeza para mirarla por encima del hombro. Mariana estaba parada detrás de mí, desnuda, y entre las piernas tenía algo que yo no esperaba encontrar ahí. Me sostuvo la mirada como dándome tiempo a decir que no.

—Sí —dije, sin dejar de mirarla—. Por favor, sí.

Se inclinó sobre mi espalda y me besó la nuca. Me corrió el pelo a un lado. La sentí apoyarse y entrar despacio, milímetro a milímetro, cuidándome. Era gruesa. La sentí más adentro de lo que esperaba, y a la vez con una paciencia que no había encontrado nunca en otros cuerpos.

Cómo sabe.

No fue casualidad. Era como si ella supiera exactamente cómo me gustaba. Empezó lento, midiendo cada empuje, dejándome que yo le fuera marcando el ritmo con la cadera. Cuando me escuchó respirar más rápido, aceleró. Yo enterré la cara en la almohada para amortiguar los gemidos. Ella se inclinó otra vez y me agarró de las caderas con las dos manos.

—No te quedes callada —me dijo al oído—. Bajito, pero no te quedes callada.

Le hice caso. Solté la voz, sin gritos, en un hilo entrecortado que se mezclaba con su propia respiración. La cama crujía apenas. Afuera se escuchaba la música y las risas, lejanas, irreales. Por un segundo pensé en lo absurdo de la escena: estaba todo el mundo del otro lado del jardín mientras yo me dejaba coger por una mujer que había visto por primera vez tres horas antes. La idea, en lugar de frenarme, me empujó al borde.

Me di vuelta antes de terminar. Quería verla. Le pedí que se sentara en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Me la metí en la boca despacio, agradeciéndoselo con la lengua, recorriéndola entera, besando la punta como si fuera la cosa más delicada del mundo. Mariana cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Su cara, en esa luz tibia que entraba por la cortina, era lo más excitante de toda la noche.

***

Sentí que me volvía a calentar mientras la chupaba. Sin pensarlo, empecé a tocarme. Una mano entre las piernas, la otra subiendo por mi pecho, jugando con el pezón. Mariana abrió los ojos y me miró desde arriba. Se mordió el labio.

—Vení acá —dijo.

Me levantó de los brazos y me acostó en la cama, ella encima. Esta vez fue más rápido, más hondo. Yo tenía sus pechos contra los míos, su boca contra mi cuello, y la sentía entrar hasta donde no había llegado nadie. Le tomé la cara con las dos manos y la besé mientras me cogía. Me acabé así, mordiéndole el labio inferior para no gritar, con todo el cuerpo en tensión y los muslos apretándole la cintura. Ella terminó adentro, dos o tres empujes después, escondiendo el gemido en mi hombro.

Nos quedamos así un minuto largo. Respirando. Las dos sudadas, las dos riéndonos en voz baja, sin saber bien de qué.

—Tenemos que bajar —dijo al final.

—Sí.

Nos metimos juntas a la ducha. El agua nos cayó encima y nos sacó el olor a sexo del cuerpo. Ella me enjabonó la espalda, yo le enjuagué el pelo. Nos miramos en el reflejo empañado del espejo y no nos dijimos nada. Las manos se nos cruzaron un par de veces buscando seguir, pero las dos sabíamos que no había más tiempo. Nos limitamos a darnos besos largos debajo del agua.

Salimos, nos secamos, nos vestimos. Yo me puse el vestido suelto que tenía planeado desde la mañana. Ella se acomodó el suyo, se rearmó el rodete, se pintó los labios delante de mi espejo como si nada. Me guiñó un ojo cuando terminó.

—Bajá vos primero —me dijo—. Yo voy en cinco minutos.

Bajé. Crucé la galería con la bandeja de vasos en las manos, tratando de poner cara de nada. Lautaro me preguntó por qué había tardado tanto. Le dije que se me había trabado el secador. Nadie sospechó. Mariana apareció después, fresca como si no hubiera pasado nada, y se sentó del otro lado de la mesa.

Nuestras miradas se cruzaron una sola vez en toda la noche. Eso fue suficiente.

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Comentarios (7)

NadiaSol77

tremendo, me atrapo desde la primera linea!

Ramiro27

Por favor seguí con esto!! quedé con ganas de saber qué pasó después. Segunda parte!!!

LuzMarina_R

Me recordó una noche parecida con una amiga del grupo... hay noches que te cambian sin avisarte jaja

Curiosa_99

Eso fue real? porque se siente muy autentico, nada forzado. Gran confesion

PabloCba91

la toalla como punto de partida jajaja clasico. Pero en serio muy bueno el relato

Marcos_Lee

excelente!!! una de las confesiones mas creibles que lei en mucho tiempo

elena_lectora

Me gusto mucho como lo contás, con morbo pero sin ser ordinario. Gracias por compartirlo

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