Mi confesión en la arena lo cambió todo entre nosotros
Era nuestro tercer aniversario y Tomás había reservado una cabaña de madera frente al mar, una de esas construcciones blancas con persianas azules que parecen flotar cuando el sol cae sobre el agua. Yo no pedí nada extravagante. Solo quería caminar descalza por la arena mojada, beber vino tinto en la galería y dormirme con el ruido de las olas filtrándose por la ventana entornada.
Después de cenar bajamos a la playa. La luna estaba en cuarto creciente y la arena conservaba el calor del día por debajo, aunque la superficie ya estaba fresca. Caminamos un rato sin hablar, con los dedos entrelazados, hasta que él se detuvo y me miró con esa intensidad que todavía me agarra desprevenida después de tanto tiempo.
—Prometámonos algo —dijo.
—Lo que quieras.
—Honestidad. Total. Sin filtros.
Sonreí, porque sonaba a una de esas frases solemnes que se dicen en las películas. Pero también porque sabía que él lo decía en serio.
—Hagámoslo de verdad —propuse, tonta y valiente al mismo tiempo—. Cada uno confiesa una fantasía sexual que el otro no conoce. Y cómo nació. Para medir si nos animamos a tanto.
Tomás se quedó callado tres segundos largos. Después rio bajito, asintió, se sentó en la arena y me jaló de la mano para que me sentara con él. La luna iluminaba las gotas de sal todavía pegadas a mi clavícula. Yo llevaba un vestido de algodón mojado en el ruedo, sin sostén, y el viento me lo recordaba.
—Tú primero —dijo.
Respiré hondo. Las palabras salieron en un torrente, como si llevaran años apretadas detrás de los dientes.
—La primera vez que sentí algo parecido al deseo tenía siete años. Estábamos jugando a las escondidas en la casa de mi abuela con mi prima Renata y mi primo Sebastián, los dos de mi edad. Cuando le tocó buscarnos a ella, corrí a esconderme bajo la cama del cuarto del fondo. Sebastián entró al rato y se metió conmigo. Olía a tierra de patio y a galleta dulce.
Hice una pausa, no por pudor, sino porque la imagen volvía con una nitidez incómoda.
—No pasó casi nada. Me abrazó por detrás, me besó la mejilla, después el cuello. Pasó la lengua por encima de mi ropa interior, por encima del vestido. Yo no entendía qué era esa cosquilla caliente que se me extendía hasta las rodillas, pero supe, ahí mismo, que iba a buscar esa sensación toda la vida.
Tomás no se movió. Su pulgar empezó a dibujar círculos lentos sobre el dorso de mi mano.
—Después estuvo Damián, mi ex. La primera vez fue en el baño del estudio donde trabajábamos los dos. Me empujó contra la puerta del cubículo, me bajó la falda hasta los tobillos y se arrodilló sin decir una palabra. Yo me tapé la boca con una mano para que nadie afuera escuchara. La segunda vez fue en su auto, en un mirador donde pasaban los aviones bajos. Pero ninguna de esas veces marcó nada importante. Lo que de verdad me cambió fue una tarde contigo, ¿te acuerdas? Aquella tarde del partido.
Lo miré. Sus ojos eran dos pozos brillantes en la oscuridad.
—Tus amigos gritaban en la sala —seguí—. Tú me llevaste a la cocina porque dijiste que ibas a buscar más cervezas. Me sentaste sobre la mesada, me corriste el vestido hacia arriba, y mientras tú me besabas el cuello yo te desabrochaba el pantalón. Te tomé en la boca por primera vez ahí, con el ruido del televisor de fondo y el riesgo de que cualquiera entrara a buscar hielo. Y mientras lo hacía, pensé en otra cosa.
—¿En qué?
—En lo que sería hacerlo al revés y al mismo tiempo. Sentir tu lengua entre mis piernas mientras yo te seguía teniendo en la boca. Sin descanso. Sin prisa. Hasta dejarnos los dos sin voz.
Solté el aire que no sabía que estaba aguantando.
—Desde entonces fantaseo con eso casi todas las noches. Solo contigo. Es lo único que se me viene a la cabeza cuando me toco sola en la regadera.
El silencio que cayó después fue raro. No incómodo. Pesado, más bien. Como si el mar hubiera bajado el volumen para escuchar mejor.
Tomás soltó un suspiro largo y se rio bajito.
—Joder, Lucía.
—¿Te asusté?
—No. Estoy intentando no abalanzarme sobre ti acá mismo.
Le clavé la mirada y me solté el pelo. La risa nerviosa se me escapó.
—Te toca.
***
Tomás miró el océano como si las olas fueran a tragarse lo que estaba por decir. Sentí el momento en que se decidió. Su mano apretó la mía un poco más fuerte.
—La mía es más rara que la tuya. Empezó con Carolina, mi novia de la facultad. Cuando estábamos en la cama, ella decía cosas. Cosas muy específicas. Tenía una boca tremenda, en todos los sentidos.
Asentí para que siguiera, aunque sentí un pinchazo en el estómago al imaginar la escena. No de celos exactamente. De algo más curioso.
—Una noche, mientras me la chupaba, me dijo: «me encanta tu polla; me pone imaginar que se la estoy chupando a ti y a otro al mismo tiempo, los dos en mi boca». Lo dijo entre dientes, sin parar. Yo terminé en treinta segundos. Me quedó esa frase grabada como una espina.
Lo escuchaba con la respiración cortada. La arena se sentía menos fría debajo de mí.
—Después, cuando empezamos lo nuestro, esa imagen se me empezó a transformar —siguió—. Empecé a fantasear con verte a ti así. Tú arrodillada en el centro. Yo de un lado, otro hombre del otro. Tú decidiendo a quién atender primero, sin apuro. Yo viéndote, no haciendo, viéndote. Eso es lo que más me calienta. La parte de mirar.
—Te gustaría mirar.
—Me gustaría mirar y, en algún momento, tocarte mientras él te besa. Como si el placer tuyo fuera lo único importante de la noche y nosotros dos fuéramos los engranajes para conseguirlo.
Lo miré con la boca entreabierta. La brisa me secaba el labio inferior y yo no me lo humedecía. Quería procesar bien lo que acababa de decir.
—¿Y quién sería el otro? —pregunté, intentando que la voz no me temblara.
—No lo sé. No tengo a nadie en la cabeza. Solo sé que tendría que ser alguien que entendiera que el centro eres tú. Nada que te corresponda decidir esta noche.
Me quedé quieta. Las olas seguían rompiendo en una cadencia obstinada. Una espuma fina llegó hasta la planta de mis pies y se retiró.
—Es curioso —dije por fin.
—¿Qué?
—Que las dos fantasías son la misma idea contada al revés. Las dos terminan con dos hombres y una mujer. La mía vista desde abajo, la tuya vista desde afuera.
Tomás se quedó pensando. Después se rio con una mezcla de alivio y vértigo.
—Tienes razón.
—Quizás eso quiere decir algo.
—Quizás quiere decir que estamos hechos para esto.
Apoyé la cabeza en su hombro. Olía a sal, a vino tinto y al perfume cítrico que se ponía solo cuando me quería gustar. La camisa se le había pegado a la espalda con la humedad de la noche.
—No tenemos que hacerlo —murmuré.
—No.
—Pero tampoco tenemos que descartarlo.
—No.
***
Volvimos a la cabaña sin hablar más, las manos enredadas, los pies arrastrando arena hasta el primer escalón de la galería. Yo entré primero. Él cerró la puerta con el hombro porque seguía sin soltarme la mano.
No prendimos la luz. La luna entraba por la ventana entornada y caía sobre la cama como un mantel plateado. Me quité el vestido de algodón húmedo de un tirón. Él se quedó mirándome unos segundos con una calma que no le había visto antes.
—Quiero hacerte algo —dijo.
—Lo que quieras.
—Lo que confesaste hace un rato. Lo que pensaste aquella tarde y nunca te atreviste a pedir.
El estómago me dio un vuelco. Me tendí en la cama. Él se acostó al revés, su cabeza entre mis piernas, las suyas cerca de mi cara. Yo entendí. Yo siempre entendía con él.
Lo tomé en la boca despacio, sin afán, mientras su lengua se demoraba en el lugar exacto. Era la primera vez que lo hacíamos así. Yo siempre había imaginado que iba a ser un caos, que no iba a poder concentrarme en darle placer mientras lo recibía. Fue al revés. El placer compartido le quitó la urgencia. Cada caricia que le daba con la lengua me volvía como un eco más intenso desde abajo. Cada vez que él me hacía respirar fuerte, yo apretaba mejor los labios alrededor de él.
No hablamos. No hizo falta. La fantasía que yo había guardado durante años cabía perfecta en esa habitación de la cabaña, sin un tercero, sin una sala con televisor de fondo, sin nada. Solo nosotros dos, encajados como dos piezas que llevaban todo este tiempo buscando la posición correcta.
Cuando terminamos, los dos casi al mismo tiempo, me quedé un rato apoyada en su pecho oyendo cómo se le acompasaba el corazón. Las olas seguían rompiendo afuera, indiferentes.
—Feliz aniversario —murmuró.
Reí contra su piel.
—Falta una semana.
—Por eso. Una semana para pensar lo otro.
—¿Lo otro?
—La parte de mirar. La parte tuya. La parte mía.
Cerré los ojos. La habitación olía a sal, a vino y a sudor de los dos. No le contesté. Pero antes de quedarme dormida, me sorprendí pensando que sí, que quizás sí, que en algún momento iba a tener ganas de hablarlo en serio. No esa noche. Tal vez en la próxima escapada. Tal vez en otro aniversario.
Por primera vez en mucho tiempo, una fantasía dejaba de vivir solo en mi cabeza.