Confesión del trío al que me sumé por desear a mi mejor amiga
Conocía a Marta desde el instituto. Quince años de amistad sin mancha, quince años queriendo besarla y aguantando las ganas porque nunca encontré el momento, ni la valentía, ni la mirada cómplice que esperaba de su parte. Cuando me escribió aquella tarde, todavía estaba digiriendo su ruptura con Mario, un imbécil de manual con el que llevaba dos años perdiendo el tiempo. «Necesito salir, sacarme a este tipo de la cabeza. ¿Vienes?», me dijo. No lo dudé ni dos segundos.
Quedamos a las once en un bar del centro de Valencia, uno de esos sitios con luces moradas, música incómodamente alta y demasiada gente para el espacio que tenía. Marta llegó con una falda corta y una blusa abierta hasta el segundo botón. La vi y se me secó la boca, como siempre. Le di dos besos largos y le pedí una copa.
—Estás guapísima —le dije, sabiendo que sonaba a tópico.
—Cállate, idiota —se rio, dándome un golpe suave en el brazo.
Bebimos. Bailamos. Hablamos de Mario, del trabajo, de Roma, que era nuestro próximo viaje pendiente desde hacía tres años. Cada vez que ella se acercaba a hablarme al oído por culpa del volumen, yo cerraba los ojos un instante y me prometía que esa vez sí, que esa vez se lo iba a decir. Y cada vez se me pasaba el momento.
Llevábamos la cuarta copa cuando empecé a notar algo raro. Marta se reía con todo lo que yo decía, pero su mirada se desviaba constantemente hacia algún punto detrás de mí. Aproveché un giro para mirar disimuladamente. Eran dos chicos, los dos más altos que yo, los dos al menos diez años más jóvenes que nosotros, que estábamos a punto de cumplir treinta y cinco. La miraban sin pudor. Y Marta, lo noté entonces, se contoneaba un poco más al bailar, sonreía con un poco más de ganas, sabiendo perfectamente que la observaban.
Pues vaya. Otra vez voy a salir de aquí solo.
—Espérame aquí —me dijo Marta de pronto, soltándome la copa en la mano.
Y se fue hacia ellos. Con la naturalidad de la cuarta copa y de la rabia post-ruptura. Desde mi rincón los vi reír, vi cómo el más alto le ponía la mano en la cintura, cómo el otro le decía algo al oído. Me sentí un imbécil con el vaso en la mano. Cinco minutos después volvió, pero no sola.
—Mira, te presento a Hugo y a Bruno —dijo, acelerada—. Nos vamos a tomar la última en mi casa. ¿Vamos?
No me dio tiempo a contestar. Me agarró del brazo y me arrastró al guardarropa. Bruno y Hugo nos esperaban en la puerta, con una sonrisa que no me gustó nada.
—Marta, ¿quiénes son estos? ¿Los conoces de algo? —le susurré mientras buscaba mi chaqueta.
—Tú confía en mí, ahora te lo explico —contestó sin mirarme.
***
En el taxi yo iba delante. Ellos detrás. Marta en medio. Por el espejo retrovisor veía cómo le ponían las manos en los muslos y cómo ella, entre risas, se las apartaba a medias, más por puro teatro que por molestia. Le hablé del tiempo al taxista para no oír los susurros del asiento de atrás. Cuando llegamos al portal, Hugo le pagó la carrera con un billete enorme y le dijo al conductor que se quedara con la vuelta. El gesto del nuevo rico funcionó. Marta se rio.
Subimos al cuarto. Marta abrió la puerta con la mano temblándole un poco, del alcohol o de los nervios, no lo sé, y nos invitó a Bruno y Hugo a pasar al salón.
—Sentaos donde queráis. Pongo música.
Los chicos se dejaron caer en el sofá. Yo iba a hacer lo mismo cuando Marta me agarró del codo.
—Tú no. Tú vienes conmigo.
Me llevó a su dormitorio y cerró la puerta. Antes de que pudiera articular una pregunta, ya se estaba quitando la blusa. Se la sacó por la cabeza con una prisa rara, casi infantil, como quien tiene que llegar a un sitio antes de cambiar de opinión. Se quedó en sostén, un sostén negro de encaje, y se desabrochó la falda sin dejar de mirarme.
—Marta, ¿qué…? ¿Qué estás haciendo?
—Daniel, te conozco desde los catorce años —dijo, dejando caer la falda al suelo—. Sé perfectamente que tú alguna vez has estado con tíos. Me lo contaste en aquella cena de Nochevieja, te acuerdas o no. No te hagas el tonto ahora. Lo vamos a pasar bien los cuatro.
Lo de los tíos era cierto. Tres veces, en realidad, todas en una época rara de la facultad, todas empujadas más por la curiosidad que por otra cosa. Nunca pensé que aquella confesión a las tres de la mañana iba a volver para usarse así.
—Marta, espera —empecé.
—No tengo tiempo para esperar —cortó ella, agarrándome la camisa por el cuello.
Me besó. Fue rápido, sin profundidad, casi de pasada, pero sentí cómo me bajaba la presión hasta los pies. Quince años de imaginármelo y duraba menos que un anuncio. Mientras me besaba, sus dedos me desabrochaban los botones de la camisa. Antes de que yo pudiera reaccionar, ya me había bajado los pantalones de un tirón y me arrastraba de la mano hacia el salón.
No retiré la vista de su culo. La media luna negra del tanga, el contoneo apenas controlado, esa espalda larga que llevaba quince años deseando tocar. Hubiera dado lo que fuese por que aquello hubiera pasado solos los dos, sin nadie esperando en el sofá. Pero entonces ya no había vuelta atrás.
***
Hugo y Bruno se levantaron a la vez, como si lo hubieran ensayado en el taxi. Bruno fue directo a Marta y le pasó las manos por la cintura. Hugo se detuvo delante de mí. Me miró de arriba abajo con una mezcla rara de excitación y desprecio. Me puso las manos en los hombros y empujó hacia abajo con firmeza.
Caí de rodillas sin oponer resistencia. Para esto te ha traído, me dije. Esta es la moneda.
Hugo se desabrochó los vaqueros frente a mi cara. Tenía la polla todavía blanda cuando la sacó de los calzoncillos. La agarré sin pensarlo demasiado y me la metí en la boca. Quince años deseando a Marta y la noche acababa así, succionando a un desconocido para que ella pudiera tener a otro. Cerré los ojos. Hugo se endureció rápido, en menos de un minuto. Me agarró la nuca con las dos manos y empezó a marcar el ritmo.
De vez en cuando entreabría los ojos para mirar de reojo. Bruno había tirado a Marta sobre el sofá y le había arrancado el tanga de un movimiento. Le abrió las piernas y se hundió entre ellas con la lengua. Marta soltó un gemido largo y ronco, agarrándose el pelo con las dos manos. Lo que estaba haciendo Bruno tenía que ser bueno, porque ella se arqueó sobre los cojines como si la estuvieran electrocutando.
Yo seguía con Hugo en la boca, oyendo a Marta gemir a un metro escaso. Cualquier otra noche eso me habría destrozado. Aquella noche, no sé por qué, me ponía más.
—Chicos, ¿por qué no nos folláis ya un poquito? —dijo Marta de pronto, incorporándose.
Se puso de rodillas en el sofá, con los antebrazos sobre el respaldo y el culo en pompa, en la altura exacta para que Bruno la penetrara desde atrás. Yo, todavía de rodillas en la alfombra con la polla de Hugo en la mano, la miré desde abajo. Ella me hizo un gesto con la barbilla, como diciendo «ven». Hugo se dio cuenta. Me tiró del brazo, me puso de pie y me empujó hasta el sofá. Me colocó al lado de Marta, en la misma postura.
—Quítate eso —ordenó.
Me bajé los bóxers. Hugo me lanzó un escupitajo entre las nalgas y lo extendió con el pulgar. Yo no pensaba en eso. Pensaba en que Marta estaba a treinta centímetros de mí, desnuda al fin, con esos pechos pequeños y firmes que tantas veces había imaginado, y la cara cambiándole por segundos. Ella giró la cabeza, me guiñó un ojo y susurró:
—Disfrútalo, cariño.
Lo dijo con una ternura impropia de la situación, como quien le promete a un niño que el dentista no va a doler. Me hizo gracia y se me cerró la garganta a la vez. Le iba a contestar algo, pero no llegué.
Bruno la penetró con un golpe seco. Marta abrió la boca de par en par, apretó los ojos y soltó un grito que se le quedó a medias. Y un segundo después sentí a Hugo presionando mi entrada.
Cedió. Fue lento al principio. Doloroso, eso sí, pero el dolor venía mezclado con algo más, una especie de vértigo que me obligaba a seguir respirando despacio. Cuando Hugo terminó de meterla entera, me agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestirme con todo. No podía hablar. No podía protestar. Cada golpe me cortaba el aire.
A mi lado, Marta gemía con una cara que no le había visto nunca. Tenía la boca abierta, los ojos en blanco a medias, el pelo cayéndole sobre la frente. Aprovechaba los momentos en que Bruno disminuía el ritmo para mirarme y reírse, una risa medio histérica, medio pícara. De vez en cuando alargaba la mano y me apretaba un pezón. Yo le devolvía el gesto, agarrándole los pechos pequeños que se movían con cada empujón. Era una conversación muda entre dos amigos que jamás habían tenido este idioma, hablándolo por primera vez con dos desconocidos dentro.
Hugo me azotó. Bruno se rio y me dio una palmada también. No se hablaban entre ellos, pero estaban en la misma onda: estaban disfrutando de joder a dos amigos al mismo tiempo, de rebajarnos juntos. Yo seguí en silencio, aguantando, mirando a Marta cada vez que podía.
***
—Cambio —dijo Bruno, separándose de Marta con un gemido.
Hugo salió de mí. Mi cuerpo entero protestó por el vacío repentino. Marta giró la cabeza, vio a Bruno acercarse a ella por el otro lado y me hizo un gesto de aprobación con las cejas, casi divertido. Yo también me giré, esperando a Bruno. Y entonces vi su polla.
Era enorme. Con razón gemía así la cabrona, pensé, con una mezcla de envidia y resignación. Bruno notó cómo se la miraba.
—¿Te gusta, eh, perra? —dijo, sonriendo de medio lado.
No contesté. Tampoco me dio tiempo.
—Pues vas a flipar cuando la tengas dentro, zorra.
Se puso un preservativo y me embistió sin esperar nada. Me crujió todo. Las piernas casi no me sostuvieron. Sentí que me partía y, al mismo tiempo, una oleada de algo, no sé llamarlo placer porque todavía no lo era, era otra cosa, una rendición, me invadió de arriba abajo. Bruno me agarró del pelo y empezó a follar como si tuviera prisa, como si tuviera algo que demostrar. Yo no opuse resistencia. Solo cerré los ojos y me dejé.
Marta, a mi lado, recibía a Hugo con menos entusiasmo del que había puesto con Bruno. Se notaba que después de la primera polla, la segunda le sabía a plato de relleno. Me miraba de reojo, regodeándose de cómo estaban reventando a su mejor amigo. Entre embestida y embestida intentaba sostenerme con un brazo para tocarle un pecho con el otro. Le pellizcaba los pezones con más fuerza de la necesaria, en una venganza tan boba que ella la entendió perfectamente y se rio.
Bruno empezó a respirar más fuerte.
—Me corro, me corro —avisó.
Marta reaccionó como si llevara toda la noche esperando el aviso. Se levantó del sofá, cayó de rodillas en la alfombra y apartó a Bruno de mí de un manotazo. Él se quitó el condón sin quejarse y descargó en su boca. Mientras tanto, Marta le hizo un gesto a Hugo para que se acercara también. Hugo terminó de masturbarse encima de su cara. El primer chorro le pintó la frente, el segundo y el tercero le entraron en la boca abierta.
Yo me había sentado en el sofá, con las piernas todavía temblando, mirando la escena como si no fuera mía. Y entonces Marta hizo lo que jamás hubiera esperado.
Se levantó, se acercó a mí, me agarró la cara con las dos manos y me besó. Con lengua. Con todo lo que tenía dentro. Pasándome la mezcla caliente y salada de Hugo y Bruno desde su boca a la mía. Me obligó a tragarla. Hugo soltó un «joder» en voz baja. Bruno, parado a un metro, miraba con la boca medio abierta.
Marta se separó, me limpió la barbilla con el pulgar, sonrió como si fuéramos cómplices de algo enorme y se dejó caer entre mis piernas. Me la metió en la boca con una desesperación que no le había visto en toda la noche, una mamada de las que te imaginas mil veces y nunca son lo que esperas, pero esta sí lo era. Yo no aguanté nada. Fui a avisar y ella ya estaba subiéndose, ofreciendo el pecho. Le cubrí los pezones con todo lo que llevaba dentro.
Bruno y Hugo nos miraban con una mueca a medias entre el asco y el desconcierto.
—Sois unos guarros los dos —soltó Bruno, ya buscando los calzoncillos por el suelo.
Marta se rio. Una carcajada larga, fuerte, como si llevara semanas guardándola. Les señaló la ropa con el dedo, sin levantarse de mi regazo.
—Coged vuestras cosas y largaos —les dijo, sin dejar de sonreír—. Gracias por el polvo, chicos.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Marta me miró, todavía sentada encima de mí, con la cara medio cubierta y el pelo revuelto. No dijo nada. Yo tampoco. Quince años de amistad y la última hora valía por todos los besos que no me había atrevido a darle.
Me fui a casa al amanecer. No volvimos a hablar de aquella noche. Pero los dos sabemos que pasó. Y, si soy sincero, no me arrepiento. Pagué un precio absurdo por estar dentro de una fantasía que llevaba toda la vida ensayando. Lo volvería a pagar.