Morí un martes cualquiera y desperté con una desconocida
Federico Aguirre tenía treinta y cuatro años y la mala costumbre de pensar que los problemas se arreglan apretando un cable. Era electricista freelance en Córdoba, vivía solo en un departamento del barrio General Paz que olía a cigarrillo y a comida recalentada, y trabajaba a destajo en obras donde nadie pedía factura. Medía casi metro noventa, tenía hombros anchos de tanto cargar tableros, una barba descuidada de tres días y una vida sentimental que se reducía a citas de Tinder que rara vez pasaban del segundo encuentro.
La última, Daniela, lo había dejado con una frase que él repetía como si fuera una condecoración: «Vos no querés una novia, querés una compañera de cama». Tenía razón. Federico vivía obsesionado con coger. No con enamorarse, no con armar un proyecto. Con coger. Cuando juntaba unos pesos, invitaba a alguna chica de las apps a su departamento, ponía música baja, abría una cerveza y la noche terminaba siempre igual. Cuando no había con quién, se masturbaba mirando videos caseros en el celular hasta quedarse dormido con la mano sobre la panza.
No era infeliz, pero tampoco se podía decir que estuviera vivo del todo. Soñaba despierto con escenas que nunca se animaba a buscar: orgías improvisadas, encuentros con desconocidos en lugares públicos, situaciones donde no tuviera que pedir permiso ni dar explicaciones. En la práctica, siempre se frenaba. Plata, vergüenza, miedo a que lo señalaran. La fantasía vivía adentro de su cabeza y de su mano derecha.
Esa mañana se había levantado con una erección rabiosa pensando en una clienta casada que el día anterior le había clavado los ojos en el bulto del jean. Se duchó rápido, se hizo una paja sin demasiada inspiración y salió a trabajar al centro. Lo esperaba un cartel luminoso al borde de un edificio viejo, parpadeando como un insecto agonizante. No tenía la menor idea de que en menos de dos horas iba a estar muerto, con el cráneo abierto, tirado contra el borde de una azotea sucia.
Tampoco se imaginaba que la muerte le iba a entregar, en bandeja de mármol negro, exactamente lo que su mano derecha venía pidiendo desde hacía años.
***
Catalina Méndez tenía treinta y dos años, una piel morena que parecía bronceada todo el año y un cuerpo que llamaba la atención sin proponérselo. Era diseñadora gráfica, trabajaba desde su monoambiente del barrio Alberdi, y rodeaba el escritorio de plantas, velas y dos pantallas siempre encendidas. Vivía sola desde su última ruptura, hacía un año largo, y se había prometido no atarse a nadie por un buen tiempo.
La promesa se había convertido en una vida sexual desordenada y feliz. Tenía Tinder, Bumble y dos apps más oscuras. Le gustaba elegir hombres por barrio, por foto, por una frase ingeniosa, y terminar la noche en alguna cama ajena. No buscaba romance. Buscaba ganas. Cuando estaba sola, abría el cajón de la mesa de luz, donde guardaba juguetes que nadie conocía, y se encargaba ella misma de no quedarse con la calentura adentro.
Fantaseaba con escenas que su grupo de amigas habría escuchado escandalizado: tríos, encuentros con varios desconocidos, situaciones en las que pudiera dejar de ser la chica responsable que entregaba archivos en hora. Había probado un trío en una despedida, en un hotel boutique de la calle Independencia, y se había vuelto a casa con la sensación de haber tocado un timbre y querer volver a tocarlo.
Esa mañana se había despertado mojada, sin razón concreta, y había decidido ponerse el vestido más corto del placard. Tenía una reunión rápida en una agencia del centro y, después, pensaba caminar hasta su cafetería favorita, sentarse en la vereda y mirar pasar gente. No imaginaba que un cartel mal sujetado, doce pisos más arriba, iba a decidir el resto de su existencia.
***
El accidente fue tan absurdo que ni siquiera salió en los diarios. El cartel se desprendió con un crujido seco mientras Federico ajustaba los últimos cables. Le aplastó el cráneo contra el borde de la azotea, y una esquina de chapa salió despedida hacia la vereda, justo cuando Catalina pasaba debajo. La esquina hizo el resto del trabajo. Dos muertes, en dos planos distintos, por el mismo objeto, en el mismo segundo. Mala suerte cósmica, sin más.
Cuando Federico abrió los ojos, no estaba en una nube ni en una caverna. Estaba parado, descalzo y desnudo, en una suite que parecía sacada de un catálogo de hotel cinco estrellas en Tokio. Mármol negro, luces cálidas, cama king size con sábanas de seda y un ventanal enorme que daba a un horizonte imposible: nubes rosadas flotando sobre un cielo dorado. Catalina apareció a un metro de él, igual de desnuda, igual de desorientada.
Sentado en un sillón de cuero los esperaba un hombre alto, de traje impecable y sonrisa de vendedor de autos importados.
—Bienvenidos al tránsito —dijo, sin levantar la voz—. No es el cielo ni el infierno. Llamémoslo una sala de espera premium. Aquí van a decidir dónde quieren vivir para siempre. Pueden visitar los dos lados, quedarse semanas, comparar. Sin apuro y sin culpa.
Federico se tocó la cabeza, esperando un dolor que no llegó. Catalina se miró las manos, las giró, se miró las uñas. Ninguno tenía un rasguño. El hombre dejó sobre la mesa una tarjeta negra con un logo dorado.
—Esto los lleva entre los planos. Y diviértanse. El morbo, acá, no tiene límite. Considérenlo una indemnización por colaborar con el equilibrio del universo.
Y se fue, como si tuviera otra cita.
Catalina y Federico quedaron solos. No se conocían de nada. No habían cruzado una palabra en vida. Pero los dos estaban desnudos, vivos en algún sentido raro de la palabra, y el aire de la suite ya estaba cargado de algo eléctrico.
Ella dio el primer paso. Lo recorrió con la vista sin disimular y se detuvo en el lugar donde la sangre, evidentemente, ya estaba haciendo su trabajo.
—Mirá vos —dijo con voz baja—. Apenas nos vimos y ya estás reaccionando.
—Estamos muertos —respondió él—. ¿Para qué disimular?
Catalina se acercó hasta que sus pechos casi rozaron el de él. Levantó la mano, le pasó las yemas de los dedos por el pecho y bajó hasta rozar apenas, con la punta del meñique, el inicio de su erección.
—Si esto es la sala de espera —susurró—, no quiero ni imaginarme lo que viene después.
Federico le tomó la cintura con las dos manos y la besó como si la conociera de toda la vida. Ella le devolvió el beso mordiéndole el labio inferior. La levantó por las piernas, la apoyó contra el ventanal frío y la entró despacio, pegado a su oreja, escuchándola jurar contra el vidrio. Catalina le clavó las uñas en los hombros y le pidió, en voz ronca, que dejara de tratarla como si fuera la primera vez.
El primer encuentro entre dos desconocidos muertos fue largo, ruidoso y poco elegante. Cuando terminaron, se quedaron tirados sobre la alfombra, mirando el techo de mármol, riéndose de la cara que habría puesto el hombre del traje si hubiera vuelto antes.
***
La primera escapada fue al Cielo. La tarjeta negra los depositó en un jardín infinito de flores que parecían iluminadas desde adentro. Había fuentes de agua tibia, mesas con frutas que nadie se molestaba en comer y cuerpos perfectos paseando sin nada encima. Algunos tenían alas, otros no. Nadie miraba con vergüenza. Nadie miraba con culpa.
Una mujer rubia, alta, con una sonrisa que parecía dibujada, se acercó a ellos como quien ofrece un cóctel.
—¿Quieren probar el lugar? —preguntó—. Acá todo es placer puro. Sin condiciones.
Catalina no necesitó más invitación. Se tiró sobre el pasto con la rubia y empezó un beso lento, de los que en la vida real le habría costado animarse a dar. Federico se sumó por detrás, las manos repartidas entre las dos, sin saber bien dónde poner cuál. Lo que siguió duró horas, o tal vez días: en el Cielo, el tiempo era una sugerencia. Hubo grupos de ocho, piscinas tibias, alguien tocando un instrumento que no existía en la Tierra.
Y, sin embargo, después de tres jornadas perfectas, los dos se sintieron raros. Catalina lo dijo primero, masticando una fruta sin sabor:
—Está todo demasiado limpio. Nadie suda. Nadie putea. Nadie te dice una guarangada al oído.
—Falta el sucio —resumió Federico—. Vamos a ver el otro lado.
***
El Infierno olía a tormenta. No a fuego ni a azufre, como prometían los catequistas: olía a pasto mojado, a cuero, a sudor honesto. Cuevas iluminadas por antorchas rojas, salones con cortinas pesadas, terrazas donde la gente fumaba como si todavía pudiera dañarles los pulmones. Los demonios y demonias eran cuerpos esculpidos, con cuernos discretos y miradas largas. Nadie usaba tridentes. Todo el mundo usaba la palabra justa.
Una demonia de pelo negro, uñas largas y una voz baja los recibió en la entrada de una cueva.
—Acá no hay reglas, mortales. Lo único prohibido es aburrirse. Quédense el tiempo que quieran.
Catalina se prendió como un fósforo. La demonia la guió hasta una sala con un altar de piedra tibia y le pidió permiso, con un gesto, antes de tocarla. Federico se quedó mirando, después se sumó. Lo que pasó esa noche tuvo más insultos que palabras dulces, más uñas que caricias, y una intensidad que los dos venían persiguiendo, sin éxito, en los hoteles de la Tierra.
Después vinieron varias jornadas en el mismo plano. Hubo salones donde participaron de rituales colectivos, terrazas donde Catalina se dejó coger por más cuerpos de los que pudo contar, escenas en las que Federico fue el centro y otras en las que fue apenas una pieza más del paisaje. Cogieron en ríos templados, en escaleras de piedra, en habitaciones donde no había puertas. Catalina aprendió que disfrutaba ser mirada. Federico descubrió que no necesitaba ser siempre el que llevaba el ritmo.
Entre escena y escena, hablaban. Desnudos, transpirados, con la respiración entrecortada.
—¿Te imaginabas que la muerte iba a ser así? —preguntaba ella, dibujando círculos con el dedo en el pecho de él.
—Pensaba que iba a ser un sueño largo —respondía Federico—. Esto es otra cosa.
En el Cielo habían probado el placer limpio. En el Infierno, el placer sin filtros. Los dos se dieron cuenta de que querían las dos cosas. Pero, sobre todo, querían seguir cruzándose entre ellos en cualquiera de los dos lugares.
***
Volvieron a la suite del tránsito agotados, y se ducharon juntos sin nada que demostrar. Estaban sentados en la cama, las piernas entrelazadas, cuando el hombre del traje volvió con una carpeta negra bajo el brazo.
—Lamento interrumpir —dijo, con la misma sonrisa—. Llegó el momento de elegir. No pueden vivir para siempre en los dos planos. Tienen que decidir uno como hogar. El otro queda como visita anual: treinta días al año, lo que llamamos «vacaciones eternas». Es la única excepción.
Federico se pasó la mano por la barba. Catalina se acomodó el pelo y respiró hondo.
—¿Si no elegimos? —preguntó ella.
—Las reglas son las reglas. Decidan ahora.
El hombre dejó la carpeta y desapareció.
Se miraron. Se rieron, porque no había mucho más que hacer. Empezaron a discutirlo en serio.
—El Cielo es hermoso —dijo Catalina—. Pero después de tres días empezás a extrañar que alguien te diga algo que no se pueda repetir delante de tu abuela.
—El Infierno es lo nuestro —contestó Federico—. Pero también cansa. Hay momentos en los que necesito quedarme quieto, tomar agua, mirarte sin que haya nadie más en la habitación.
—Entonces elegimos el Infierno como base —resolvió ella—. Y nos guardamos esos treinta días al año como nuestras vacaciones de lujo. Dormir en una nube, coger despacio, no escuchar gritos ajenos.
Federico la besó en el hombro. Era una decisión rara para tomar entre dos personas que ni siquiera se habían cruzado en la calle. Era, también, la más coherente que cualquiera de los dos había tomado en su vida.
—Infierno como casa —repitió él—. Cielo como vacaciones.
Catalina se acomodó encima de él, despacio, sin apuro de ningún tipo. Lo miró a los ojos, esta vez sin desafío, y le acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Sellémoslo —dijo—. Pensando en la eternidad que nos toca.
Federico la agarró de la cintura y empezó a moverse desde abajo. Esta vez no hubo gritos ni mordidas ni espectadores. Hubo, apenas, dos desconocidos que la muerte había puesto en la misma habitación, decidiendo qué hacer con el resto del tiempo. Y el tiempo, ahí, no se terminaba nunca.