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Relatos Ardientes

Mi confesión: la noche que descubrí mi bisexualidad

Durante años me convencí de que era una etapa. Que mirar a Camila en el vestuario del gimnasio era curiosidad, nada más. Que detenerme en la boca de Andrea cuando hablaba era apreciación estética. Que soñar con manos de mujer sobre mi cintura era un eco residual de alguna película mal vista. Me lo repetí tantas veces que casi lo creí.

Tengo treinta y un años, una pareja de seis, un trabajo en una agencia de publicidad y una gata que se llama Hierba. Por fuera, todo en orden. Por dentro, una pregunta que me erosionaba cada vez que cerraba los ojos antes de dormir.

La noche en cuestión cayó un jueves de octubre. Mateo estaba en Mendoza por trabajo hasta el lunes. Yo había cenado mal, una ensalada que no terminé, y caminaba por el living con esa inquietud que se siente cuando una sabe que tiene algo pendiente con sí misma y no se anima.

Cerré con llave. Apagué el celular. Hierba dormía en el sillón sin importarle nada de nada.

Subí al cuarto, encendí la lámpara de pie del rincón —esa que tira luz amarilla— y dejé el resto a oscuras. Puse un disco viejo de Caetano Veloso sin letras que entendiera. Saqué del cajón un aceite de almendras que me había regalado mi hermana y que llevaba meses sin abrir. Me senté en la cama con la espalda contra la pared.

Hoy no voy a juzgarme.

Eso fue lo único que me dije antes de empezar. Hoy no voy a corregirme cada vez que mi cabeza se vaya a un lugar que no debería. Hoy no voy a interrumpirme con un «pero a mí me gustan los hombres». Hoy voy a dejar que la cabeza vaya donde tenga que ir y que el cuerpo conteste sin filtros.

Empecé por la respiración. Tres minutos, tal vez cuatro. Inhalar despacio, sentir cómo el aire bajaba hasta el fondo del estómago, soltarlo por la boca. Después me toqué la cara, el cuello, los brazos. Sin intención, sin destino. Solo redescubriéndome, como si fuera la primera vez que esa piel era mía.

***

La primera imagen que me vino fue la de Mateo. Su forma de empujarme contra la mesada de la cocina cuando llegaba de mal humor del trabajo. Su barba de tres días raspándome el lado izquierdo de la mandíbula. La presión de su mano sobre mi cadera, marcándome.

Dejé que esa escena creciera. Le agregué detalles que no habían pasado nunca: él arrancándome los botones de la blusa de un tirón, mordiéndome un pezón por encima del corpiño hasta hacerme gemir, yo desabrochándole el cinturón sin mirarlo a los ojos, metiéndole la mano en el pantalón y agarrándole la polla ya dura por encima del calzoncillo. En la fantasía me arrodillaba ahí mismo, en el piso frío de la cocina, le bajaba el pantalón de un tirón y le sacaba la verga afuera. Se la chupaba entera, hasta el fondo, hasta sentirle el glande golpeándome contra la garganta. Él me agarraba del pelo con las dos manos y me la metía y me la sacaba a su ritmo, diciéndome cosas al oído que en la vida real nunca me decía —«chupámela toda, puta, no pares»— mientras yo me tocaba el coño por encima de la bombacha, sintiendo cómo se me empapaba la tela de tanto ganas.

La excitación apareció rápido, conocida, casi automática. Mi mano izquierda bajó por mi vientre y empezó a moverse despacio entre mis piernas, todavía por encima de la ropa interior. Presioné con dos dedos sobre el clítoris, en círculos lentos, mientras la fantasía seguía: Mateo levantándome del piso, dándome vuelta contra la mesada, subiéndome la pollera, arrancándome la bombacha de un tirón. La cabeza del glande contra mis labios mojados, resbalándose arriba y abajo, hasta que empujaba de una y me la metía entera. Yo gritando contra la fórmica, él sosteniéndome de las caderas y follándome duro, sin ternura, hasta hacer temblar los platos del secaplatos.

Y entonces hice algo distinto: no me dejé llegar.

Cuando sentí que la imagen empezaba a empujarme hacia el final, paré. Respiré. Dejé que Mateo se desvaneciera como un humo que sale por la ventana. Quedó en mí solo el calor, el latido entre las piernas, la respiración un poco más alta, la bombacha empapada pegándoseme al coño. Vacié la cabeza para ver qué venía después si yo no decidía nada.

***

Lo que vino después no lo invoqué. Llegó.

Camila —la del gimnasio, la que el último martes me había sostenido la mirada dos segundos más de lo necesario mientras yo ajustaba la barra— estaba sentada al borde de mi cama. No la vi entrar. Estaba ahí, con esa remera de tirantes finos que siempre usa, sin corpiño debajo, los pezones marcándose contra la tela, la piel apenas mojada de un sudor que no era de gimnasio.

Me acerqué con la mano. Sentí la curva de su hombro. La piel de una mujer no se parece a la piel de un hombre, eso lo había leído mil veces, pero descubrirlo en mi propia imaginación fue otra cosa. La textura era más suave, sí, pero lo que me cortó la respiración fue otra cosa: la falta de prisa. Camila no me agarraba como Mateo. Me esperaba.

Me incliné hacia su boca. En mi cabeza, ella entreabrió los labios apenas y me pasó la lengua por el labio inferior antes de morderlo despacio. Mi mano derecha, la real, viajó del pecho hacia abajo y la otra subió a mi cuello. Me toqué imaginando que eran los dedos de ella. Despacio, circulares, sin urgencia, como si tuviéramos toda la noche.

La imaginé sacándose la remera por arriba de la cabeza. Dos tetas chicas, firmes, con los pezones rosados y parados. Me imaginé chupándoselos, uno y después el otro, sintiendo cómo se le endurecían contra mi lengua, escuchándola suspirar bajito, sin gemir teatral —solo un suspiro genuino que me hizo apretar los muslos en la cama real. Yo nunca había chupado una teta en la vida, pero mi boca sabía perfectamente lo que quería hacer, como si me lo hubiera guardado en algún lado durante años esperando la orden.

El cuerpo me respondió de una manera que no esperaba. No era la excitación de Mateo, intensa y directa, como un golpe contra una pared. Era una excitación que crecía desde abajo, lenta, envolvente, como si me estuviera disolviendo en el colchón.

Me bajé el pantalón del pijama. Me quedé en bombacha. Sentí el aire fresco del cuarto en los muslos y un escalofrío que no era de frío. Me llevé la mano a la entrepierna por encima de la tela y estaba tan mojada que los dedos se me quedaron pegajosos. Me metí la mano por dentro y me pasé la yema del dedo del medio por toda la raja, de atrás hacia adelante, y me estremecí entera cuando toqué el clítoris hinchado.

***

Camila —la imaginaria— me besaba el cuello sin dejar marca. Sus manos eran más pequeñas que las de Mateo y por alguna razón eso me parecía obsceno, parecía un secreto más grande. Yo me acariciaba los pechos por encima del corpiño, después por debajo, después me lo saqué del todo y lo tiré al piso. Los pezones se me habían puesto duros como piedritas. Me los pellizqué imaginando que era su boca, tironeándolos apenas, y sentí una descarga que me bajó directo al coño.

En la fantasía, ella me acostaba boca arriba y bajaba con la boca. Me besaba entre los pechos, después el ombligo, después la cadera, después el interior del muslo. Se tomaba su tiempo. Me hacía esperar. Cuando por fin me abrió las piernas con las dos manos y me pasó la lengua entera desde abajo hasta el clítoris, yo grité en la vida real —un gemido corto, apagado contra la almohada— y me metí dos dedos de una.

Me imaginé cómo comía. Despacio, minucioso, con la punta de la lengua alrededor del clítoris, después chupándolo entero, después bajando y metiéndome la lengua adentro. Sus manos me sostenían los muslos abiertos. Yo le agarraba la cabeza con las dos manos, le hundía la cara contra mi coño, le pedía más. Y ella me daba más. Y más. Sin apuro, sin cansarse, como si comerme fuera lo único que quería hacer esa noche.

Lo que descubrí ahí, en ese cuarto medio a oscuras, fue que mi cuerpo respondía distinto a la energía de cada fantasía. Con Mateo me apretaba, me ponía rígida, lo recibía. Con Camila me abría, me alargaba, la invitaba. Era el mismo cuerpo. Era la misma mano. Pero era un placer con otro idioma.

Y la pregunta que tantas veces me había hecho —¿esto es real o me lo invento?— se contestó sola. El cuerpo no se inventa. El cuerpo responde o no responde. Y el mío, sin pedirme permiso, estaba respondiendo. Los dedos se me hundían con un ruido húmedo que llenaba el cuarto, mezclándose con la voz de Caetano.

Bajé la mano al fin del todo. Me toqué donde estaba caliente y húmeda y temblaba. Me metí tres dedos ahora, curvándolos hacia adentro buscando ese punto que solo yo me sé encontrar, mientras con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos rápidos. No me apuré. Quería estirar ese descubrimiento todo lo que pudiera.

***

En algún momento dejé de decidir entre uno y otra. Dejé que las dos imágenes se mezclaran. Mateo de pie detrás de mí, la polla dura entrándome y saliéndome del culo despacio, sosteniéndome contra la cintura con una mano. Camila al frente, arrodillada entre mis piernas, comiéndome el coño mientras Mateo me cogía por atrás. Los dos pares de manos recorriéndome al mismo tiempo desde lugares distintos. Una boca en mi nuca, otra entre mis pechos. Camila subiendo a besarme la boca con los labios mojados de mí, dejándome probarme en su lengua, mientras Mateo me la metía más fuerte y me susurraba guarradas al oído.

Me imaginé a Camila sentándose sobre mi cara. Su coño depilado bajando despacio hasta apoyarse en mi boca. Yo abriendo la lengua, probándola por primera vez, descubriendo un sabor que no era como me lo había imaginado —más limpio, más suave, más mío. Chupándole el clítoris con hambre atrasada de años, sintiéndola temblar arriba mío, escuchándola gemir bajito «así, así, no pares» mientras Mateo me seguía cogiendo por atrás y me la metía hasta el fondo.

La sensación de estar en el medio de algo que no tenía un nombre claro me tenía al borde. En la cama real, mis tres dedos entraban y salían de mí a un ritmo que ya no controlaba, el pulgar dándome vueltas al clítoris sin descanso, la otra mano estrujándome un pecho, tironeándome el pezón hasta el borde del dolor.

No me asusté. No me detuve a pensar si estaba traicionando a Mateo, si estaba inventando algo que no me correspondía, si esto significaba que mi pareja se iba a terminar. Esos pensamientos vinieron, todos vinieron, pero los dejé pasar como autos en la avenida cuando una está esperando un colectivo. No me subí a ninguno.

El placer subió como una marea que no avisa. Aceleré los dedos. Sentí las primeras contracciones en el vientre, ese tirón que empieza adentro y sube buscando el aire. El coño se me apretaba alrededor de los dedos, chupándomelos, y sentí un chorro caliente que me mojó la palma y las sábanas. Me dejé ir.

El orgasmo no fue uno solo. Fueron tres, cuatro ondas seguidas, cada una un poco más larga que la anterior. En la primera me arqueé y grité contra la almohada. En la segunda saqué los dedos porque no aguantaba el roce y me quedé apretándome el clítoris con la palma abierta, temblando. La tercera me vino sola, sin mano, con un espasmo largo que me sacudió desde la punta de los pies hasta el cuello. La última me dejó sin aire. Me arqueé contra las almohadas, abrí la boca y no salió ningún sonido —solo un suspiro largo, casi de alivio.

***

Después no me moví. Me quedé como estaba: piernas abiertas, una mano sobre el vientre pegajosa de mí misma, la otra contra el colchón, la mancha húmeda debajo de mi culo enfriándose despacio. Hierba ronroneaba lejos, en el living. Caetano seguía cantando en portugués cosas que no entendía y que sonaban a despedida y a otra cosa al mismo tiempo.

Lo que sentí en ese silencio no fue culpa. No fue miedo. Fue una claridad rara, casi luminosa. Como cuando una termina de armar un rompecabezas que llevaba años desparramado en una mesa.

No, no me había gustado más Camila que Mateo. No, no me había gustado más Mateo que Camila. Las dos imágenes me habían movido cosas distintas, profundas y reales, las dos. Eso era todo. Y eso era todo lo que necesitaba saber.

Soy bisexual.

Lo pensé así, en voz interna, sin teatralidad. Lo pensé como quien dice «llueve» mirando por la ventana. Una constatación, no una declaración.

***

No sé qué voy a hacer con esto. No sé si se lo voy a decir a Mateo —no esta semana, quizás nunca, quizás el mes que viene en la mesa de un café—. No sé si algún día voy a tocar a una mujer de verdad o si me va a alcanzar con saber que la fantasía existe y es mía. No sé tampoco si la próxima vez que vea a Camila en el gimnasio voy a poder mirarla a los ojos sin que se me note todo.

Lo que sí sé es que esa noche dejé de mentirme. Después de años de tratar de convencerme de que era una etapa, de que era curiosidad, de que era la cuenta de Instagram de alguna actriz que me tenía confundida, esa noche cerré con llave y le dije la verdad a la única persona que importaba: a mí.

Y descubrí que la verdad no me hizo ni más ni menos. Me hizo, simplemente, más entera.

Hoy escribo esto desde la misma cama, una semana después. Hierba dormita a mis pies. Mateo vuelve mañana de Mendoza. La lámpara amarilla sigue encendida. Mañana le voy a hacer la cena que le gusta y voy a decidir, en algún momento, si le cuento algo o no.

Pero esta vez ya no va a ser desde el miedo. Va a ser desde otra parte.

Porque el cuerpo no se inventa. Y el mío, esa noche de octubre, me dijo todo lo que necesitaba escuchar.

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Comentarios(10)

RodriS_22

increible, me dejo pensando bastante. Muy bien escrito

Pamela_72

Me identifique mucho con esto. Hay etapas que no sabemos como nombrar hasta que alguien las pone en palabras. Gracias por animarte a contarlo.

thefloki

buenisimo!!!

PatricioR

la parte de apagar la luz me mato jajaja, muy real todo

VickyBsAs

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue

DiegoCba_91

Excelente relato, se nota que es genuino. Saludos desde BA

confes_fan

De los mejores que lei en esta categoría, espero que sigas escribiendo

LunaNocturna

Valiente contar algo así. Me gustó mucho la honestidad, no es fácil escribir sobre estas cosas.

Marcos91

Muy bueno, me engancho desde el principio y no pude parar

NadiaMqz

¿vas a escribir mas sobre esto? me encantaria saber que paso despues

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