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Relatos Ardientes

Espié a mi madre con sus dos amantes desde el armario

Voy a contarlo así, sin adornos, porque ya estoy cansada de guardarme estas cosas. Mi madre tenía dos amantes y yo lo sabía todo. No me lo contó ella; lo descubrí espiándola, y después no pude parar.

Esa noche en particular, ella se había encerrado con Esteban en el penthouse de al lado. Yo había vuelto temprano de mis clases y, en lugar de meterme en la cama, me había quedado en el pasillo, sentada en el suelo, con la oreja pegada a la puerta. Al principio solo escuché sonidos apagados, jadeos finos, algo que podía haber sido cualquier cosa. Después llegó el primer quejido largo de mamá, una mezcla de queja y entrega que me dejó claro lo que estaba pasando. Y mi curiosidad, en vez de calmarse, se encendió todavía más.

Me levanté en puntas de pie y crucé hasta el estudio de mi abuelo. Él tenía cámaras escondidas en el penthouse vecino; nunca quise saber para qué. Esa noche, simplemente, las usé.

***

Cuando se encendió la pantalla, el cuadro era nítido. Esteban tenía a mamá apoyada de rodillas sobre la cama, la espalda arqueada, y la enculaba con un ritmo brutal. Ella gemía y gritaba pidiendo más, con esa voz aguda que solo le sale cuando pierde el control. Esteban, convencido de que ya nadie los miraba, había vuelto a hablarle como un patán: la trataba de fácil, de puta, de cualquiera. Y mamá, lejos de molestarse, sonreía con la cara medio aplastada contra el colchón.

—¿Tu negro te coge así? —le decía él, agarrándola del pelo desde la nuca—. ¿Te abre como te abro yo? Te voy a dejar el culo tan suelto que cuando vuelva se va a dar cuenta de la putita con la que está.

Mamá levantó la cara hacia la cámara, no porque supiera que estaba ahí, sino por la fuerza con la que él le tiraba del pelo. Y vi una cosa que no esperaba: estaba feliz. No humillada, no rota, feliz. Le brillaban los ojos. Sollozó pidiéndole que no parara, que ella era su puta, que él era el dueño de su culo, que no le importaba si Jordan la dejaba con tal de seguir teniendo eso.

Esteban se rió de la súplica y se la sacó de golpe. La dejó arrodillada, con las nalgas levantadas, moviendo las caderas en el aire como buscando algo que ya no estaba. Después se acercó a su maleta y sacó un consolador negro enorme, con vena marcada y testículos de plástico colgando.

—Acá tenés a tu negro —le dijo, acercándole la punta a la boca.

Mamá se rió con esa risita traviesa que le sale cuando está perdida, y empezó a chuparlo despacio, mirándolo a los ojos. Después tomó el juguete con su mano, se lo apoyó en la entrada de la vagina y, sin pausa, se lo metió completo de una sola vez, hasta que solo le quedaron afuera los huevos falsos.

—Vení, cogeme por atrás —pidió ella, ya con la voz quebrada—. Quiero sentirlos a los dos.

Esteban se acomodó de costado detrás de ella y volvió a metérsela en el culo. Mamá movía el consolador con su propia mano, simulando que Jordan también estaba ahí, llenándola por delante. Era una escena que yo no había visto nunca, ni siquiera en los videos que había encontrado por accidente en la computadora del estudio.

Y mientras la miraba, mi cabeza empezó a divagar. Imaginé cómo sería si la fantasía de mamá fuera de verdad: ella, que apenas pasa el metro sesenta, en el medio de los dos. Esteban con su cuerpo blanco y compacto detrás; Jordan, gigante, con esa presencia de armario, adelante. Imaginé cómo se moverían, cómo la sostendrían, cómo se mirarían entre ellos por encima del cuerpo de mi madre. No era una imagen agradable. Era otra cosa. Una cosa que me incomodó y que, sin embargo, no podía dejar de mirar.

Un grito nuevo me devolvió a la pantalla. Mamá temblaba, atravesada por Esteban, y un chorro le salió de la vagina con tanta presión que el consolador saltó volando hasta la alfombra. Esteban la sostenía por la cintura, le apretaba un pecho, y siguió embistiendo sin piedad hasta que se vino dentro de ella. Después la dio vuelta, le abrió las piernas y terminó de descargar lo que le quedaba en el coño, con la cara hundida en su cuello, diciéndole cosas que la cámara no llegaba a captar.

Apagué la pantalla. Tenía sueño y al otro día había clase. Por primera vez, decidí no hacerle caso a la curiosidad. Volví a mi cuarto y me dormí enseguida, con un cosquilleo raro en el estómago que tardé bastante en identificar.

***

La luna de miel con Esteban duró unos días más. Él se quedaba a dormir; mamá le preparaba el desayuno, lo incluía en nuestra rutina como si fuera lo más natural del mundo. Jordan, mientras tanto, seguía de gira por el Caribe. Cada vez que llamaba, ella le cortaba a los pocos minutos con cualquier excusa.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar.

Una semana y media después, una noche, Esteban tenía una reunión de trabajo. Mamá lo esperaba para llevárselo a la cama. Recuerdo perfectamente cómo estaba vestida porque la vi pasar por el pasillo: una tanga blanca tan fina que se le marcaba todo, un sostén transparente del mismo conjunto, una loción de coco y piña que olía hasta mi habitación. Eran casi las nueve y ella miraba el reloj cada dos minutos.

Cuando golpearon la puerta, salió corriendo descalza. Yo me asomé desde el pasillo, escondida en la oscuridad. La oí abrir y, después, la oí enmudecer.

No era Esteban. Era Jordan, dos semanas antes de lo previsto, completamente borracho. Después me enteré de que había tomado pastillas para los nervios en el avión y, al aterrizar, había seguido bebiendo con su mánager. Quería darle una sorpresa. Vaya sorpresa.

Mamá tartamudeó algo, le preguntó qué hacía ahí, por qué no había avisado. Él, con la lengua espesa, le respondió que la extrañaba, que la sentía fría por teléfono. Por suerte para ella, estaba tan ido que ni siquiera le miró el conjunto. La abrazó torpemente, la besó con violencia y empezó a manosearla contra el marco de la puerta.

Mamá no lo separó. No sé si por la sorpresa, por el miedo o porque, en el fondo, no quería. Le respondió los besos sin demasiadas ganas al principio y, en pocos segundos, ya estaba cediendo terreno.

Jordan no llegó al dormitorio. La arrastró hasta el sillón del living, se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones hasta las rodillas y se sentó. Después la atrapó por la cintura y la sentó sobre él. La tanga le estorbaba, así que se la rompió de un tirón. Le acomodó la punta entre las piernas y, antes de que ella pudiera decir nada, la dejó caer hasta el fondo.

Mamá soltó un quejido que era todo menos de incomodidad. Él la abrazó por la cintura y empezó a subirla y bajarla como si no pesara nada. Desde el pasillo yo veía la cara de mi madre, la boca abierta, la respiración cortada, los ojos apretados. Pensé que en algún momento se iba a desmayar.

Por suerte para ella, Jordan venía de muchos días sin tocarla y no tardó demasiado. Le clavó la verga hasta el fondo, la abrazó con las dos manos para que no se le escapara y se vino adentro. Después le murmuró que la quería, que no podía vivir sin ella, que nunca más se iba a ir tanto tiempo. Casi lloraba.

Y ahí pensé que mi madre iba a echarlo. Lo pensé en serio. Pero hizo todo lo contrario.

***

Se levantó del sillón, le sacó la chaqueta, la camisa, la corbata. Lo besó en el cuello, le bajó los besos por el pecho y se arrodilló adelante. La verga le seguía dura, embarrada con su propio semen y los fluidos de ella. Mamá la miró un par de segundos —yo creo que dudó—, y después se la metió en la boca como si fuera lo único que había comido en una semana.

Le hizo una mamada larga. Le agarraba los testículos con una mano, lo masturbaba con la otra, lo miraba a los ojos. Jordan tenía la mirada perdida en el techo. Cuando se vino otra vez, ella se tragó todo y siguió chupando un rato más, asegurándose de no dejar nada. Algo de eso era ternura, pero había también un cálculo que yo todavía no entendía del todo.

Después se incorporó, le tomó la cara con las dos manos y le hizo una pregunta que no esperaba.

—¿Vos me perdonarías si te hubiera sido infiel?

Jordan, alcoholizado, abrió los ojos como si se hubiera despertado de golpe.

—No —dijo—. Yo no te comparto con nadie. Si alguien se mete con vos, yo lo mato.

Mamá sonrió. Le pasó la lengua por el labio inferior y le dijo, con una voz de nena que yo conocía muy bien, que ella lo quería mucho, pero que él hacía meses no la satisfacía. Que si quería exclusividad, se la iba a tener que ganar. Antes de que él pudiera responder, lo besó otra vez para callarlo, lo ayudó a terminar de desnudarse y lo llevó al dormitorio de la mano.

Yo crucé el pasillo en puntas de pie y me metí en el armario de mamá, mi escondite favorito de toda la vida.

***

Apenas entraron, Jordan ya quería cogerla otra vez. Mamá lo frenó. Sacó del cajón de la mesa de luz un tubito de lubricante —el que había aprendido a usar con Esteban— y le untó la verga entera, después se untó ella la entrada del culo. Acomodó dos almohadas debajo de las caderas, se abrió las nalgas con las manos y le pidió que la enculara despacio, que la primera no se la metiera de golpe.

Jordan, claro, no la escuchó. Se trepó encima, le erró la entrada un par de veces y, antes de que se pusiera violento por la torpeza, mamá le guió la punta con la mano. Apenas estuvo apoyada, él empujó. Se le metió a la cuarta embestida y mamá soltó un grito desgarrador. Lo escuché desde el armario y por un segundo pensé en salir.

No salí.

Desde mi escondite tenía una vista cruda del culo de mi madre y de Jordan moviéndose encima sin ninguna consideración. Ella le suplicó piedad un buen rato. Él parecía un animal: lo único que le importaba era terminar lo que había empezado. Como quince minutos de quejidos y patadas hasta que mamá empezó a respirar distinto. Y de los quejidos pasó a las puteadas, y de las puteadas a los pedidos.

—No pares, no pares —le decía—. Si no podés conmigo, voy a buscar otro que sí.

Casi una hora después, Jordan le clavó la verga hasta el fondo, la abrazó por las tetas y se vino dentro con un gruñido que me retumbó en el pecho. Mamá soltó un chorro largo desde la vagina que mojó las almohadas. Él se desplomó al lado y, en menos de tres minutos, estaba dormido como un tronco.

***

Pensé que mamá se iba a acostar y yo iba a poder escapar. No lo hizo. Se levantó, se puso una bata cerrada hasta el cuello y empezó a abrir cajones del armario. Por un segundo me asusté: estaba a dos metros de mí. Pero no buscaba ahí donde yo estaba. Buscaba la ropa de Esteban. Sacó todo —camisetas, una afeitadora, un par de zapatillas— y lo metió en una bolsa.

Después salió. Por la mirilla de la puerta del cuarto, quince minutos más tarde, la vi volver del penthouse vecino con la bolsa vacía. Esteban se iba a despertar al día siguiente con sus cosas adentro de su propia casa, sin entender nada.

Volvió al cuarto, dejó caer la bata y se metió en la cama desnuda al lado de Jordan. Lo besó hasta despertarlo y le habló con esa voz de nena, con las palabras que él le había enseñado: que su negrita todavía tenía hambre, que su bollito quería más. Lo enredó en el cobertor, le subió las caderas con las suyas y volvió a tenerlo dentro.

Esa última vez no la vi. Solo escuché. Me arrastré hasta mi cuarto sin hacer ruido y me dormí pensando en mamá, en Esteban, en Jordan y en mí, que no era ni una víctima ni una testigo: era una cómplice.

***

A la mañana siguiente, mamá me despertó nerviosa. Tardó un rato en pedirme lo que me quería pedir: que no le contara a Jordan nada. La dejé sufrir un rato antes de decirle que sí, que no se preocupara. Esa misma tarde me enteré de que Esteban se había mudado a la casa de Ariel.

La relación con Jordan duró unos meses más. Él insistía en que mamá se fuera con él a alguna parte —Panamá, Curazao, Santo Domingo, nunca terminó de aclararlo— y mamá le daba largas. Con Esteban, mientras tanto, mantenía una clase de complicidad discreta: cuando ella tenía ganas, él aparecía. Cuando él tenía ganas, también.

Hasta que llegó Sebastián.

Sebastián fue el único que la domó de verdad. No por bruto. Por todo lo contrario: porque la entendió mejor que ningún otro. Tenía la verga que ella necesitaba, sí, pero también tenía la cabeza. Y la embarazó. Eso fue lo único que se me escapó de las manos: yo no sabía cómo evitarlo, y tampoco estoy segura de haber querido.

Hoy hay planes de boda. Y yo, que fui cómplice, testigo y a veces casi arquitecta de toda esta historia, la cuento ahora porque ya no me sirve guardarla.

En algún lugar de Venezuela vive una morena exuberante, de culo enorme y tetas gigantes, con una hija curiosa que aprendió todo lo que sabe del sexo espiándola. Y todo, aunque no parezca, es real.

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Comentarios (5)

SergioBsAs

que tension! me tuve que releer el final dos veces jajaja. excelente!!

lectora_ansiosa

Por favor necesito saber como termino todo eso. Siguio espiando o salio corriendo? Quiero la segunda parte!!!

NostalgicoPas

Me recordo a una situacion de cuando era chico, ese momento en que te das cuenta que tus viejos tienen su propia vida... lo contaste muy bien, sin exagerar nada.

MarcoV_Cba

tremendo!!

Caro_BsAs

Increible como transmitiste esa mezcla de susto y morbo. Se siente real, eso vale mucho en un relato de confesiones.

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