Lo que aprendí entre desconocidos en un mundo virtual
Tenía dieciocho años cuando empecé a meterme en aquel videojuego de realidad virtual. Se llamaba Encuentros y era parecido a los Sims, pero con avatares más detallados y conversaciones por voz que se sentían demasiado reales. Lo descubrí en una madrugada de insomnio, después de una pelea boba con mi madre por mis horarios y mis ganas de hacer todo a mi manera.
No buscaba pareja. Nunca la había buscado en serio. Estaba terminando el último año de la secundaria en Mendoza y tenía claro que lo siguiente sería una tecnicatura en programación, después la universidad, después un trabajo de oficina como cualquier adulta funcional. Lo demás —los noviazgos, las cenas con suegras, los compromisos a largo plazo— me parecía un desvío en un camino que apenas estaba abriendo.
Lo casual, en cambio, me servía. Lo casual no me robaba tiempo. Lo casual me dejaba dormir sola y levantarme sin tener que dar explicaciones.
Por eso entré a Encuentros. Por eso, y porque el avatar que diseñé esa primera noche tenía el pelo más largo de lo que yo me animaba a llevarlo en la vida real, los ojos un poco más rasgados, y una falda corta que ninguna de mis primas se hubiera puesto en una reunión familiar.
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El primero se llamaba Iván. O eso decía su perfil. Vivía en algún punto del norte argentino, según me contó, y tenía un brazo entero tatuado con peces koi que se movían cuando flexionaba el bíceps en el juego. Hablábamos a las dos de la mañana, cuando él volvía del turno noche en una panadería y yo apagaba los apuntes de matemática.
—¿Estudiás así de tarde siempre? —me preguntó la tercera noche, con esa voz medio rota por el cansancio que después aprendí a reconocer como una señal.
—Cuando no tengo otra cosa que hacer —respondí.
—¿Y esta noche tenés otra cosa?
Esa fue la primera vez que sentí cómo se afilaba una conversación. No había contacto físico, claro. Solo dos avatares parados en un parque virtual, hablando por el micrófono. Pero hay algo en la voz cuando alguien decide bajar la guardia. Una vibración en el pecho del que escucha. Una contracción en algún lugar más abajo, que uno no sabía que tenía despierto a esa hora.
Le dije que sí, que tenía algo que hacer. Le dije lo que él quería oír. Le dije lo que también yo quería oír mientras me lo decía. Esa noche, con los auriculares puestos y la puerta de mi cuarto trabada con una silla, hicimos por audio lo que ningún vecino del barrio se hubiera imaginado que estaba pasando a metros suyos. Y dormí mejor de lo que había dormido en semanas.
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Aclaré las reglas desde el principio, como mi tía Marta me había enseñado a aclarar todo en la vida: por escrito, con copia, y antes de que la otra parte se ilusione.
Casual. Temporal. Nada de planes a futuro. Nada de buenos días con corazoncito a las siete de la mañana. Nada de fotos de perfil en pareja. Nada de presentarme con la familia, ni con la familia virtual, ni con los amigos del juego.
Algunos lo entendieron. Otros, no.
Iván duró tres semanas. Después empezó a mandarme audios de cinco minutos contándome de su día, de la masa madre que estaba intentando hacer, de una hermana que se le había ido a vivir a España. Yo escuchaba en silencio, sin responderle con la misma intensidad, hasta que una noche me dijo lo que ya estaba esperando:
—Creo que me estoy enamorando.
Le contesté, con toda la dulzura que pude juntar a esa hora, que esa no era la canción que habíamos firmado bailar. Que se cuidara. Que me bloqueara si le hacía bien. Y se fue, con un mensaje corto y un emoji triste que me dejó pensando media hora.
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El segundo fue Damián. Tenía veintitrés y trabajaba en una agencia de diseño en Rosario. El avatar era casi idéntico a él, según me juraba: pelo oscuro, una cicatriz en la ceja derecha, hombros anchos para alguien que pasaba todo el día frente a una pantalla. Hablaba poco. Cuando hablaba, decía cosas que me hacían cerrar los ojos.
Con Damián la dinámica fue distinta desde el principio. Él tampoco quería nada serio. Tenía una ex reciente, decía, y todavía se estaba sacando los pedazos de encima. Lo entendí enseguida. Dos personas con el mismo cartel colgado en la puerta: «no molestar, en reconstrucción».
Una noche me pidió que encendiera la cámara. Me lo pidió como si fuera un favor, no una exigencia. Le dije que sí.
Él hizo lo mismo.
No fue solo lo que hicimos esa madrugada lo que se me quedó pegado, aunque también eso. Fue cómo me miraba antes, después, mientras. Como si estuviera estudiando un mapa que no tenía pensado conservar. Como si supiera que iba a perderlo y eso lo obligara a memorizarlo. Yo, que siempre apagaba la luz para no tener que verme, esa noche dejé encendida la lámpara de la mesita y me dejé mirar entera.
Estuvimos tres meses así. Yo terminé la secundaria en ese tramo. Recuerdo haber rendido el último examen con la marca todavía tibia de lo que él me había dicho dos noches antes. Me senté en el banco con la lapicera y pensé: nadie en esta sala tiene idea de qué clase de palabras estuve escuchando ayer a las cuatro de la mañana.
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Damián se fue como había llegado. Una noche me escribió que tenía que parar. Que no quería parar, pero tenía que parar. Que con su ex había vuelto a hablar y necesitaba ver si quedaba algo que rescatar.
Le deseé suerte. Le di las gracias. No le pedí explicaciones que no me correspondían.
Esa noche me quedé despierta, no por él, sino por mí. Por una sensación rara, como cuando uno termina un libro que estuvo bueno y de pronto el cuarto vuelve a ser solo el cuarto. La regla de oro de estas relaciones la había aprendido bien: no ilusionarse, no enamorarse. Pero nadie me había advertido sobre la otra cara, la de extrañar a alguien que nunca prometiste guardarte.
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Después vino una racha de chicos que no funcionó. Uno que mentía con el avatar y resultó ser quince años mayor. Otro que mandaba mensajes a las cinco de la mañana exigiendo respuesta inmediata. Un tercero que, al darse cuenta de que yo no iba a llamarlo «mi amor», desapareció con un portazo digital que todavía me hizo gracia días después.
Aprendí a filtrar. Aprendí a oler la inseguridad detrás del coqueteo, esa que después se transforma en demanda. Aprendí que un hombre que pide demasiado al principio va a pedir el doble cuando entre en confianza.
Aprendí también lo que valía mi tiempo. Aprendí a cortar conversaciones que no me sumaban, sin culpa, sin discursos largos. Una frase corta. Un «esto no va para donde necesito». Bloqueo. Siguiente.
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Hubo uno, sin embargo, que rompió el molde sin romper las reglas. Se llamaba —o decía llamarse— Tomás. Vivía en Córdoba, estudiaba veterinaria, y tenía la voz más tranquila de todos los hombres con los que había hablado en mi vida. Una voz que no pedía nada, ni siquiera atención.
Con Tomás no hubo cámara. Nunca quiso. Tampoco yo se la pedí. Lo nuestro fue durante medio año puro lenguaje: descripciones, escenas, escenarios que armábamos entre los dos como si estuviéramos escribiendo a cuatro manos. Él me contaba, yo le contestaba. Yo le proponía, él le agregaba un detalle inesperado que me obligaba a quedarme en silencio unos segundos antes de seguir.
Aprendí más con él que con ninguno. Aprendí cuánto se puede hacer con una palabra puesta en el lugar exacto. Aprendí que el cuerpo no necesita estar presente para responder; basta con que la otra persona sepa nombrarlo. Aprendí, sobre todo, que la imaginación es el único territorio donde uno nunca puede mentir del todo.
Tomás también se fue. No se ilusionó. No se enojó. Una noche me escribió que se mudaba al sur, a hacer una pasantía en una reserva, y que iba a estar sin señal varias semanas. Cuando volvió, ya no me buscó. Y yo tampoco a él.
A veces pienso en él. Pienso en si me reconocería si me cruzara en una esquina, qué pasaría si nuestras voces se encontraran de casualidad en otro lado. Pero no lo busco. Las reglas las hicimos los dos.
***
Hoy, dos años y medio después, ya estoy bien adentro de la tecnicatura. Sigo durmiendo sola la mayoría de las noches y me parece bien. El videojuego lo desinstalé hace un tiempo, no por una decisión moral, sino porque dejó de servirme como me servía antes.
A veces, cuando una compañera de cursada me cuenta angustiada de un chico que no le contesta los mensajes, pienso en todo lo que aprendí ahí adentro. Cómo se lee una intención en un silencio. Cómo se sostiene un deseo sin convertirlo en una expectativa. Cómo se acompaña a alguien por una temporada sin firmar un contrato indefinido.
No le digo nada de eso, claro. Cada quien tiene que descubrir sus propias reglas, y las que valen para una no necesariamente valen para otra.
Lo que sí sé es esto: durante esa etapa de mi vida, esos chicos —los que se quedaron, los que se fueron, los que entendieron y los que no— fueron exactamente lo que necesitaba. Ni más, ni menos. Y yo, según creo, fui también lo que algunos de ellos necesitaban en ese momento.
Casual no quiere decir vacío. Temporal no quiere decir mentira. Una noche puede pesar más que un año, si las dos personas saben lo que están haciendo y por qué lo están haciendo.
De todo eso me quedo con una cosa: aprendí a escucharme antes de escucharlos a ellos. Y esa, creo, es la única regla que terminó valiéndome para todo lo que vino después.