Lo que aprendí entre desconocidos en un mundo virtual
Tenía dieciocho años cuando empecé a meterme en aquel videojuego de realidad virtual. Se llamaba Encuentros y era parecido a los Sims, pero con avatares más detallados y conversaciones por voz que se sentían demasiado reales. Lo descubrí en una madrugada de insomnio, después de una pelea boba con mi madre por mis horarios y mis ganas de hacer todo a mi manera.
No buscaba pareja. Nunca la había buscado en serio. Estaba terminando el último año de la secundaria en Mendoza y tenía claro que lo siguiente sería una tecnicatura en programación, después la universidad, después un trabajo de oficina como cualquier adulta funcional. Lo demás —los noviazgos, las cenas con suegras, los compromisos a largo plazo— me parecía un desvío en un camino que apenas estaba abriendo.
Lo casual, en cambio, me servía. Lo casual no me robaba tiempo. Lo casual me dejaba dormir sola, con la mano metida entre las piernas si me pintaba, y levantarme sin tener que dar explicaciones.
Por eso entré a Encuentros. Por eso, y porque el avatar que diseñé esa primera noche tenía el pelo más largo de lo que yo me animaba a llevarlo en la vida real, los ojos un poco más rasgados, las tetas dos números más grandes que las mías, y una falda tan corta que ninguna de mis primas se la hubiera puesto en una reunión familiar.
***
El primero se llamaba Iván. O eso decía su perfil. Vivía en algún punto del norte argentino, según me contó, y tenía un brazo entero tatuado con peces koi que se movían cuando flexionaba el bíceps en el juego. Hablábamos a las dos de la mañana, cuando él volvía del turno noche en una panadería y yo apagaba los apuntes de matemática.
—¿Estudiás así de tarde siempre? —me preguntó la tercera noche, con esa voz medio rota por el cansancio que después aprendí a reconocer como una señal.
—Cuando no tengo otra cosa que hacer —respondí.
—¿Y esta noche tenés otra cosa?
Esa fue la primera vez que sentí cómo se afilaba una conversación. No había contacto físico, claro. Solo dos avatares parados en un parque virtual, hablando por el micrófono. Pero hay algo en la voz cuando alguien decide bajar la guardia. Una vibración en el pecho del que escucha. Una contracción en algún lugar más abajo, en el coño, que uno no sabía que tenía despierto a esa hora.
Le dije que sí, que tenía algo que hacer. Le dije lo que él quería oír. Le dije lo que también yo quería oír mientras me lo decía. Trabé la puerta de mi cuarto con una silla, me metí en la cama con los auriculares puestos y le pedí que me contara qué me haría si estuviera ahí.
—Te bajaría la bombacha con los dientes —me dijo, con esa voz medio rota metida directo en la oreja—. Y no te la sacaría del todo. La dejaría enganchada en un tobillo, para que te acordás de que sos vos la que se está dejando hacer.
Me mordí el labio. Me metí dos dedos abajo de la remera, me agarré una teta y me pellizqué el pezón con la fuerza justa para que doliera un poco.
—¿Y después? —le dije, con la voz ya baja, ronca.
—Después te separo las piernas y te miro. Te miro un rato largo, hasta que te dé vergüenza. Hasta que empieces a moverte sola pidiéndome.
—Ya me estoy moviendo sola.
Se rió. Escuché el ruido de una hebilla del otro lado, la respiración cambiándole, y entendí que él también se la estaba agarrando. Metí la otra mano abajo del pantalón del pijama, encontré el clítoris hinchado y empecé a girar los dedos en círculos lentos, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Mojada —le dije en el micrófono.
—Chupate los dedos y contame a qué te sabés.
Le hice caso. Me metí los dos dedos en la boca, con el gusto salado y ácido del coño mío pegado a la lengua, y le hice ruido a propósito para que lo escuchara.
—A mí —le dije—. Me sé a mí.
—Puta hermosa. Meté tres ahora. Bien adentro. Como si fuera mi verga.
Los metí. Me arqueé en el colchón sin querer, con los tres dedos hasta el fondo, y él del otro lado empezó a masturbarse más fuerte. Escuchaba la mano suya subiendo y bajando por la polla, un ritmo húmedo, seco, húmedo otra vez.
—Decime cómo me la meterías —le pedí.
—De costado. Primero de costado, despacio, para que la sintas entrar de a poco. Después boca abajo, con la mano en la nuca, cogiéndote fuerte, hasta que se te vaya el aire. Después arriba mío, para que te muevas vos y te vea las tetas rebotando.
—Me estoy por venir.
—Vení. Vení fuerte. Que te escuche.
Me vine con la boca abierta contra la almohada, meneando la pelvis contra la mano, con espasmos que me duraron una eternidad. Del otro lado él gimió corto, apretado, y después el silencio de alguien que acaba de acabar en su mano y no sabe todavía qué decir.
Esa noche dormí mejor de lo que había dormido en semanas.
***
Aclaré las reglas desde el principio, como mi tía Marta me había enseñado a aclarar todo en la vida: por escrito, con copia, y antes de que la otra parte se ilusione.
Casual. Temporal. Nada de planes a futuro. Nada de buenos días con corazoncito a las siete de la mañana. Nada de fotos de perfil en pareja. Nada de presentarme con la familia, ni con la familia virtual, ni con los amigos del juego. Coger, hablar de cualquier pavada media hora, y a dormir.
Algunos lo entendieron. Otros, no.
Iván duró tres semanas. Después empezó a mandarme audios de cinco minutos contándome de su día, de la masa madre que estaba intentando hacer, de una hermana que se le había ido a vivir a España. Yo escuchaba en silencio, sin responderle con la misma intensidad, hasta que una noche me dijo lo que ya estaba esperando:
—Creo que me estoy enamorando.
Le contesté, con toda la dulzura que pude juntar a esa hora, que esa no era la canción que habíamos firmado bailar. Que se cuidara. Que me bloqueara si le hacía bien. Y se fue, con un mensaje corto y un emoji triste que me dejó pensando media hora.
***
El segundo fue Damián. Tenía veintitrés y trabajaba en una agencia de diseño en Rosario. El avatar era casi idéntico a él, según me juraba: pelo oscuro, una cicatriz en la ceja derecha, hombros anchos para alguien que pasaba todo el día frente a una pantalla. Hablaba poco. Cuando hablaba, decía cosas que me hacían cerrar los ojos y apretar los muslos abajo del escritorio.
Con Damián la dinámica fue distinta desde el principio. Él tampoco quería nada serio. Tenía una ex reciente, decía, y todavía se estaba sacando los pedazos de encima. Lo entendí enseguida. Dos personas con el mismo cartel colgado en la puerta: «no molestar, en reconstrucción».
Una noche me pidió que encendiera la cámara. Me lo pidió como si fuera un favor, no una exigencia. Le dije que sí.
Él hizo lo mismo.
Apareció en la pantalla sin remera, con la mano ya adentro del boxer, esperándome. Yo estaba en una camiseta vieja y bombacha, con la lámpara de la mesita encendida a propósito.
—Sacate todo —me dijo, sin saludar, sin preámbulo.
Me saqué la camiseta primero. Las tetas me caían chiquitas y firmes contra el pecho, los pezones ya duros de saber que él estaba mirando. Después la bombacha, despacio, con dos dedos, hasta engancharla en un pie y patearla afuera de cuadro.
—Abrite —me pidió.
Me abrí de piernas apoyando los pies contra el respaldo de la cama. Él se sacó el boxer de un tirón y le vi por primera vez la verga entera: dura, gruesa, con una vena que le subía por la cara de abajo. Se agarró la polla con la mano derecha y empezó a pajearse lento, mirándome fijo.
—Chupate los dedos —me ordenó.
Me metí el mayor y el índice en la boca, los mojé bien, y los bajé al clítoris. Empecé a frotarme en círculos, con el coño mostrándole a la cámara, sin cerrar las piernas ni siquiera cuando el placer me hacía querer cerrarlas.
—Metételos —me dijo.
Los metí. Uno primero, después los dos. La cámara me tomaba entera, desde las tetas hasta la mano cogiéndome, y él seguía cascándosela del otro lado con la respiración cada vez más fuerte.
—Damián, me la quiero comer —le dije, con la voz medio quebrada—. Quiero tenerla en la boca.
Se acercó más a la pantalla. Me la mostró en primer plano, brillosa de saliva y de lo que se le escapaba de la punta. Yo saqué los dedos del coño, me di vuelta en la cama, me arrodillé y le mostré el culo a la cámara. Miré por encima del hombro.
—Cogeme como si te la estuviera dando —le pedí.
Empezó a pajearse más rápido. Yo me hundí la cara en la almohada, levanté más el culo, me metí tres dedos del coño hasta la muñeca y empecé a mover las caderas contra la mano como si fuera él. La cama chirriaba. Él gemía bajito, contenido, como si tuviera a alguien durmiendo del otro lado de la pared.
—Voy a acabar —me avisó.
—Acabame encima. Decime dónde me acabás.
—En el culo. Te acabo entero el culo. Después te lo bajo con la lengua.
Me vine ahí, con esa imagen en la cabeza, mordiendo la almohada para no despertar a mi madre. Escuché el gemido corto de él, el ruido húmedo de la corrida cayéndole en la mano, y después su risa cansada.
—Estás loca —me dijo.
—Vos también.
No fue solo lo que hicimos esa madrugada lo que se me quedó pegado, aunque también eso. Fue cómo me miraba antes, después, mientras. Como si estuviera estudiando un mapa que no tenía pensado conservar. Como si supiera que iba a perderlo y eso lo obligara a memorizarlo. Yo, que siempre apagaba la luz para no tener que verme, esa noche dejé encendida la lámpara y me dejé mirar entera, con el semen imaginario todavía tibio en la espalda.
Estuvimos tres meses así. Yo terminé la secundaria en ese tramo. Recuerdo haber rendido el último examen con la marca todavía tibia de lo que él me había dicho dos noches antes, mientras me hacía acabar dos veces seguidas contra el borde del escritorio. Me senté en el banco con la lapicera y pensé: nadie en esta sala tiene idea de qué clase de palabras estuve escuchando ayer a las cuatro de la mañana, ni de cuántas veces me corrí con esas palabras metidas en la oreja.
***
Damián se fue como había llegado. Una noche me escribió que tenía que parar. Que no quería parar, pero tenía que parar. Que con su ex había vuelto a hablar y necesitaba ver si quedaba algo que rescatar.
Le deseé suerte. Le di las gracias. No le pedí explicaciones que no me correspondían.
Esa noche me quedé despierta, no por él, sino por mí. Por una sensación rara, como cuando uno termina un libro que estuvo bueno y de pronto el cuarto vuelve a ser solo el cuarto. La regla de oro de estas relaciones la había aprendido bien: no ilusionarse, no enamorarse. Pero nadie me había advertido sobre la otra cara, la de extrañar a alguien que nunca prometiste guardarte.
***
Después vino una racha de chicos que no funcionó. Uno que mentía con el avatar y resultó ser quince años mayor. Otro que mandaba mensajes a las cinco de la mañana exigiendo respuesta inmediata. Un tercero que, al darse cuenta de que yo no iba a llamarlo «mi amor», desapareció con un portazo digital que todavía me hizo gracia días después.
Aprendí a filtrar. Aprendí a oler la inseguridad detrás del coqueteo, esa que después se transforma en demanda. Aprendí que un hombre que pide demasiado al principio va a pedir el doble cuando entre en confianza.
Aprendí también lo que valía mi tiempo. Aprendí a cortar conversaciones que no me sumaban, sin culpa, sin discursos largos. Una frase corta. Un «esto no va para donde necesito». Bloqueo. Siguiente.
***
Hubo uno, sin embargo, que rompió el molde sin romper las reglas. Se llamaba —o decía llamarse— Tomás. Vivía en Córdoba, estudiaba veterinaria, y tenía la voz más tranquila de todos los hombres con los que había hablado en mi vida. Una voz que no pedía nada, ni siquiera atención.
Con Tomás no hubo cámara. Nunca quiso. Tampoco yo se la pedí. Lo nuestro fue durante medio año puro lenguaje: descripciones, escenas, escenarios que armábamos entre los dos como si estuviéramos escribiendo a cuatro manos. Él me contaba, yo le contestaba. Yo le proponía, él le agregaba un detalle inesperado que me obligaba a quedarme en silencio unos segundos antes de seguir.
Una noche me hizo acabar cuatro veces sin tocarme una sola vez, sin que él se tocara tampoco. Me hizo empezar vestida, con la mano sobre la ropa. Me hizo describirle cómo tenía los pezones abajo del corpiño. Me hizo mojarme el índice con la boca y pasarlo por encima de la bombacha, sin meterlo. Me hizo esperar cinco minutos con el clítoris latiéndome contra la tela mientras él me contaba, con esa voz de siesta, cómo me chuparía el coño si lo tuviera enfrente.
—Te chuparía despacio —me decía—. Primero por afuera. Te pasaría la lengua entera de abajo hacia arriba, apenas rozándote el clítoris. Sin apretar. Para que te quedes con ganas.
—Tomás, por favor.
—Después te separo los labios del coño con los dedos. Te dejo abierta, mojada, a la vista. Y te soplo. Nada más te soplo.
Me venía sin permiso, gimiendo bajito contra el micrófono, con la bombacha empapada, con la mano quieta a un costado porque él no me había dado permiso para tocarme. Después me pedía que me la sacara, que me metiera dos dedos, que se los describiera cómo entraban. Y volvía a hacerme acabar. Y otra vez. Hasta que le decía basta y me reía porque no me quedaba aire.
—¿Y vos? —le preguntaba después.
—Yo estoy bien. Escucharte alcanza.
Y no le creía nada, pero también le creía todo.
Aprendí más con él que con ninguno. Aprendí cuánto se puede hacer con una palabra puesta en el lugar exacto. Aprendí que el cuerpo no necesita estar presente para responder; basta con que la otra persona sepa nombrarlo. Aprendí que el coño obedece más a la voz que a los dedos. Aprendí, sobre todo, que la imaginación es el único territorio donde uno nunca puede mentir del todo.
Tomás también se fue. No se ilusionó. No se enojó. Una noche me escribió que se mudaba al sur, a hacer una pasantía en una reserva, y que iba a estar sin señal varias semanas. Cuando volvió, ya no me buscó. Y yo tampoco a él.
A veces pienso en él. Pienso en si me reconocería si me cruzara en una esquina, qué pasaría si nuestras voces se encontraran de casualidad en otro lado. Pero no lo busco. Las reglas las hicimos los dos.
***
Hoy, dos años y medio después, ya estoy bien adentro de la tecnicatura. Sigo durmiendo sola la mayoría de las noches y me parece bien. El videojuego lo desinstalé hace un tiempo, no por una decisión moral, sino porque dejó de servirme como me servía antes.
A veces, cuando una compañera de cursada me cuenta angustiada de un chico que no le contesta los mensajes, pienso en todo lo que aprendí ahí adentro. Cómo se lee una intención en un silencio. Cómo se sostiene un deseo sin convertirlo en una expectativa. Cómo se acompaña a alguien por una temporada sin firmar un contrato indefinido. Cómo se acaba con la voz de un desconocido metida en la oreja y al día siguiente se lo saluda como si nada.
No le digo nada de eso, claro. Cada quien tiene que descubrir sus propias reglas, y las que valen para una no necesariamente valen para otra.
Lo que sí sé es esto: durante esa etapa de mi vida, esos chicos —los que se quedaron, los que se fueron, los que entendieron y los que no— fueron exactamente lo que necesitaba. Ni más, ni menos. Y yo, según creo, fui también lo que algunos de ellos necesitaban en ese momento.
Casual no quiere decir vacío. Temporal no quiere decir mentira. Una noche puede pesar más que un año, si las dos personas saben lo que están haciendo y por qué se están cogiendo.
De todo eso me quedo con una cosa: aprendí a escucharme antes de escucharlos a ellos. A escuchar mi propio coño antes que la voz de ninguno. Y esa, creo, es la única regla que terminó valiéndome para todo lo que vino después.