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Relatos Ardientes

La noche que descubrí lo que mi cuerpo me ocultaba

Tenía treinta y dos años cuando por fin me permití escucharme en silencio. Y digo «por fin» porque hasta esa noche había vivido tapando una pregunta con ruido: la radio en el coche, los podcasts en la ducha, las series en bucle hasta caer dormida. Cualquier cosa con tal de no quedarme a solas con lo que pensaba.

Estaba casada con un hombre bueno. No quiero ser injusta con Tomás. Era cariñoso, estable, predecible en el sentido amable de la palabra. Llevábamos siete años juntos y cuatro casados, y nunca le había dado motivos para dudar. Tampoco él me los había dado. Y sin embargo, había una zona de mí que él no conocía. Una zona que ni yo misma me atrevía a recorrer.

Esa noche él se había ido al norte por trabajo. Tres días, dijo. Cuatro, con el viaje de vuelta. La casa quedaba mía, el silencio quedaba mío, y por primera vez en años no tenía pretexto para esquivarme.

Me preparé una copa de vino tinto y la dejé sobre la mesa de noche sin tocarla. Apagué el teléfono. Bajé la persiana. La habitación quedó en una penumbra suave, naranja, casi de tarde de invierno, aunque eran las once de la noche y afuera caía una lluvia densa que golpeaba los cristales como si tuviera prisa.

Me senté en el borde de la cama y respiré.

Hoy no me voy a mentir.

Eso fue lo único que me dije. No fue un plan elaborado ni una promesa solemne. Fue casi una rendición. Un cansancio acumulado de años fingiendo que no me pasaba lo que me pasaba.

***

Empecé por la respiración, porque había leído en algún sitio que la respiración era el puente. Inhalaba por la nariz contando cuatro tiempos, retenía dos, exhalaba seis por la boca. Después de unos minutos sentí cómo los hombros se me iban aflojando, cómo la mandíbula se desencajaba, cómo una zona del pecho que llevaba apretada desde hacía meses empezaba a abrirse.

Me toqué primero los brazos. Sin ningún propósito. Pasé las yemas de los dedos por la cara interior del antebrazo, por la curva del codo, por la muñeca. La piel reaccionó de una manera que me sorprendió, como si me estuviera redescubriendo un terreno que conocía de memoria pero nunca había mirado bien.

Subí por el cuello, despacio. Detrás de la oreja, en ese hueco diminuto donde los pelos cortos se erizaban. Y entonces, sin avisar, vino la primera imagen.

***

Carolina.

La nueva diseñadora del estudio. La conocí en febrero, en la fiesta de bienvenida. Tenía el pelo castaño rojizo y una risa grave que parecía salirle del estómago. Llevaba unos botines viejos y un suéter de lana gruesa que le quedaba enorme. Hablamos veinte minutos junto al ventanal sobre un libro que las dos habíamos leído ese verano. Cuando se rio de algo que dije, me apoyó la mano en el antebrazo y la dejó ahí dos segundos más de lo necesario.

Yo me reí también. Cambié de tema. Bebí un trago largo de vino. Y al llegar a casa esa noche, me pasé media hora bajo la ducha tratando de no pensar en cómo le brillaba la clavícula bajo la luz de la cocina.

Durante meses fingí que no había pasado nada. Nos cruzábamos en el pasillo, hablábamos de proyectos, ella me invitaba a almorzar y yo siempre encontraba una excusa. La excusa era el miedo, pero el miedo nunca se llamaba por su nombre. Se llamaba «estoy hasta arriba», «llevo el almuerzo», «tengo una llamada».

Esa noche, sola en la cama, dejé que Carolina entrara. Sin filtros. La imaginé apoyada en el marco de la puerta de mi habitación, con esa media sonrisa que ponía cuando le caía bien alguien. La imaginé acercándose despacio, sentándose en el borde del colchón, pasándome el dorso de la mano por la mejilla. La imaginé inclinándose y rozándome la boca con la suya.

El estómago se me contrajo. Pero no de culpa. De deseo.

***

Me di cuenta entonces de algo que llevaba años negando. No era curiosidad. No era una fase. No era el alcohol de aquella fiesta. Era deseo, en estado puro, dirigido a una mujer concreta con una clavícula concreta y una manera concreta de mirar.

Bajé las manos. Me toqué los pechos por encima de la camiseta, despacio, como si fuera ella quien lo hiciera. La camiseta me molestó y me la saqué. La piel quedó al aire. La piel respondió.

Pero entonces, casi sin querer, la imagen cambió.

***

Ya no era Carolina. Era Marcos, un compañero de la universidad con el que perdí contacto hacía más de una década. Yo no estaba enamorada de Marcos en aquel entonces. Era amigo, nada más, uno de esos amigos con los que se estudia hasta las cuatro de la mañana antes de un examen y que después se duermen en tu sofá. Pero recordé una madrugada concreta, en su apartamento, cuando él estaba descalzo y con una sudadera vieja calentando café. Yo lo miré desde el sofá y pensé, sin permitirme decirlo, que tenía unas manos preciosas. Manos largas, fuertes, de huesos marcados.

Me había pasado la vida diciéndome que esa madrugada no había significado nada. Y ahí estaba, doce años después, recordándola con todo el cuerpo.

Imaginé esas manos sobre mi vientre. Una de ellas subiendo por el costado, posándose en la parte baja de las costillas. La otra, bajando hacia adentro de mi muslo, despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Imaginé el peso de su cuerpo encima del mío y el modo en que su barba sin afeitar me raspaba el cuello.

El deseo me golpeó de otra manera. Con Carolina había sido una succión suave hacia adentro, una atracción que tiraba de mí. Con Marcos era un peso, una presión, algo que empujaba.

Las dos cosas eran reales.

Las dos cosas eran mías.

***

Llevaba tantos años eligiendo bandos que no sabía vivir sin elegir. En la adolescencia me había enamorado de un chico, y entonces decidí: soy heterosexual, asunto resuelto. A los veintidós, una compañera de piso me besó en la cocina después de una fiesta y me dijo al día siguiente que había sido un error. Yo le dije que sí, que claro, que había bebido demasiado, y la borré del problema. A los veintiséis conocí a Tomás y la pregunta se cerró del todo, con candado y todo.

Pero las preguntas no se cierran porque uno se case. Se cierran cuando uno las contesta.

Esa noche entendí que mi deseo no era una balanza con dos platos donde había que cargar más peso de un lado. Era un río. Cambiaba de cauce, de profundidad, de temperatura. A veces venía con forma de mujer, a veces con forma de hombre, a veces con una mezcla que no necesitaba etiqueta. Y todas esas formas eran agua del mismo río.

***

Volví a Carolina. Esta vez no fue un beso. Fue ella besándome el cuello mientras Marcos —en alguna parte de mi cabeza, sin lógica posible— me sostenía las muñecas por encima de la cabeza. La escena no tenía sentido en el mundo real y no me importó. La fantasía no tenía que rendirle cuentas a la lógica. La fantasía existía para enseñarme algo que la realidad había estado enmascarando.

Me toqué entre las piernas con una mano, mientras la otra subía y bajaba por el costado. Quise sentir ternura y firmeza al mismo tiempo. La piel respondió a las dos. Cuando los dedos eran suaves, despacio, casi rozando, mi cuerpo se acercaba hacia adentro y se ablandaba. Cuando la presión era más firme, más directa, mi cuerpo se arqueaba hacia arriba como pidiendo más.

Llevaba años masturbándome rápido y a oscuras, casi como un trámite. Sacarme la tensión y dormir. Esa noche fue diferente. Esa noche no había prisa, ni culpa, ni escenas prefabricadas tomadas de cualquier video que me sonrojara. Esa noche éramos yo y mis dos ríos.

***

El primer orgasmo me sorprendió porque no estaba persiguiéndolo. Vino solo, mientras imaginaba la mano de Carolina deslizándose por debajo de mi camiseta y la voz baja de Marcos diciéndome al oído que respirara. Fue largo, fue ancho, no fue solamente entre las piernas. Me llegó al pecho, a la garganta, a las plantas de los pies.

Cuando terminó, no me moví. Me quedé ahí tirada, con el pelo pegado a la sien, escuchando la lluvia. Pensé que iba a llorar y me sorprendí cuando no lloré. Estaba en paz. Por primera vez en mucho tiempo, no había nada en mi cabeza intentando convencerme de algo que no era.

***

Esa madrugada no llegué a una conclusión definitiva sobre quién era ni qué iba a hacer con todo eso. No supe si algún día se lo contaría a Tomás. No supe si Carolina volvería a tocarme el antebrazo en una fiesta y yo me quedaría quieta, dejándome tocar. No supe si volvería a pensar en Marcos o si esa madrugada del apartamento se quedaría guardada para siempre, dándome calor en otras noches solitarias.

Lo único que supe fue esto: mi deseo era mío. No era de la sociedad que me había enseñado a tenerle miedo. No era de la familia que me había enseñado a clasificarme. No era de los hombres con los que había estado ni de las mujeres que había evitado. Era mío, y por primera vez en treinta y dos años podía mirarlo de frente sin necesidad de llamarlo de otra manera.

Me dormí cerca del amanecer, con la luz gris filtrándose por la persiana. Soñé con un río. En el sueño yo estaba sentada en la orilla, descalza, y el agua me pasaba por encima de los tobillos. No tenía prisa por cruzar.

***

Han pasado dos años desde aquella noche. Sigo casada con Tomás. Carolina dejó el estudio en agosto y se fue a vivir a otra ciudad; nunca volví a tocarle el brazo, ni ella el mío, pero me escribe a veces para recomendarme libros y yo le respondo con calma. Hay cosas que ocurren solo en una habitación a oscuras y no por eso son menos verdaderas.

A veces vuelvo a esa práctica que improvisé esa noche. Apago el teléfono, bajo la persiana, respiro. Me dejo ir hacia donde el cuerpo quiera ir, sin dirigir el tráfico. Algunas noches aparece una mujer desconocida con voz grave. Otras, un hombre que nunca conocí. Otras, las dos cosas a la vez, mezcladas, sin contradicción.

No le he contado esto a nadie. Lo escribo aquí porque alguien necesita leerlo y entender que se puede vivir entera sin obligarse a partirse en dos. Que el deseo no es traición. Que mirarse a una misma sin censura es la única forma de saber con qué materia están hechos los sueños.

Si esta noche estás sola en tu cuarto, con la luz apagada y una pregunta dándote vueltas, hazte un favor: no la contestes con miedo. Respira. Tócate. Escúchate. Lo que descubras va a ser tuyo, y va a ser real, aunque nadie más lo sepa nunca.

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Comentarios (7)

SolMza

Que lindo relato, me llegó al corazon de verdad. Gracias por animarte a contarlo.

NocheSuave

Por favor seguí contando cómo continuó todo, me quedé con ganas de mas!!

MarcelaF_Cba

Esto me recordó tanto a mi misma hace unos años... esa sensación de soltar algo que venías cargando sola es increible. Muy valiente.

PabloM_Cba

Muy buen relato, emotivo y bien escrito

SandraLec88

Se me hizo un nudo en la garganta leyendo esto. Se nota que es real. Seguí escribiendo!

Daniela22

Cuantos años le habrá costado llegar a ese momento jajaja... ojalá haya valido la pena :)

lector87

tremendo!!!

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