Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi confesión: la noche que me mostré a extraños

Hay noches en las que el cuerpo no atiende a razones. La mía empezó así: tumbada en la cama, con la luz del monitor reflejada en el techo y una calentura que llevaba horas creciendo sin pedirme permiso.

Había vuelto del gimnasio sobre las nueve, había cenado poco y me había metido entre las sábanas sin pensarlo demasiado. Pero en cuanto apagué la lámpara, supe que no iba a dormir. Conozco lo suficiente al cuerpo para saber cuándo no hay forma de engañarlo.

Empecé como siempre, abriendo una de esas páginas que tengo guardadas. Videos donde mujeres se dejan coger sin disimulo, donde chupan vergas grandes hasta el fondo, donde gimen con la garganta abierta. Iba mirando con una mano dentro del pantalón corto, la otra apretándome un pezón sobre la camiseta. Movía las caderas en círculos, despacio, dejando que la humedad creciera.

Tardé poco en llegar al primer orgasmo. Fue uno de esos rápidos, casi de calentamiento, de los que ya sabes que no van a apagar nada. Cuando terminé estaba más excitada que antes. El clítoris me latía como un corazón aparte, el coño hinchado, las piernas inquietas. Necesitaba más.

Quería que me follaran con los dedos, quería hacerme cosas. Quería, sobre todo, que alguien me viera.

***

Cambié de pestaña y entré en X. Hacía meses que no abría esa cuenta secundaria, la que tengo solo para mirar perfiles fuertes y reenviarme cosas. Esa noche quería más que mirar.

Busqué cuentas de hombres que tuvieran la verga como foto de perfil. De esas que ni se molestan en disimular, que la enseñan dura, sudada, recién sacada del pantalón. Elegí cinco al azar y a todos les escribí lo mismo.

«Hola, vi tu perfil y me pone caliente que un desconocido me vea el coño y me diga qué tal.»

Pulsé enviar a los cinco. Después me quedé mirando la pantalla con el corazón en la boca, esperando un piloto verde, una notificación, lo que fuera. No llegó nada. Imagino que tendrían los mensajes cerrados, o que pensaron que era un bot, o que estaban dormidos como personas normales a las dos de la mañana. Daba igual. Me había puesto más cachonda solo de pulsar el botón.

Entonces me acordé de una página para adultos donde tenía una cuenta vieja, abandonada hacía un año. Me metí, cambié la foto de perfil por una mía. Una en la que se me ve el coño desde abajo, abierto con dos dedos. Sin cara. Solo eso.

En menos de cinco minutos empezaron a llegar los comentarios.

«Yo quiero que me cojas, mami.» «Déjame ser tu puta.» «Qué rica verga te metería ahí, papi.» «Te abriría a mordiscos.» «Mándame un privado y te enseño lo que tengo.»

Iba leyendo y respondiendo a cada uno con el dedo en el clítoris. Cualquier mensaje me servía, cualquier idiotez. La sensación era saberme mirada, saberme deseada por hombres que no conocía y que no iba a conocer nunca. La promesa de ser una desconocida para todos ellos. Volví a mojarme.

Empecé a seguir a varios, los que parecían más insistentes. Uno me devolvió el follow casi al instante. En el perfil tenía dos videos suyos masturbándose. Verga gruesa, oscura, con la cabeza siempre brillante. Me bastó.

Le abrí un chat directo.

***

—Hola —escribí.

—Hola, preciosa —contestó al segundo.

Le mandé un video corto. Veinte segundos en los que me veía pasarme dos dedos por encima del clítoris, separando los labios, dejando que el flash mostrara cuánto estaba mojada.

—Uy, mami. Te estaba esperando —escribió.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Me encanta. Te mamaría esa panocha hasta dejarte temblando. ¿Te enseño la mía?

—Sí, por favor.

Tardó un par de minutos. Llegó la foto. La verga le quedaba apenas dentro del marco, con la mano izquierda agarrándose la base. Era grande, gruesa, con una vena bien marcada por encima. Justo el tipo de foto que necesitaba en ese momento.

—Qué ganas de metértela sin condón, papi —le respondí—. De que resbale dentro y te corras hasta el fondo.

—No me digas eso que me pongo a mil —escribió.

Yo ya estaba a mil. Apoyé el móvil contra la almohada, abrí las piernas y volví a hacer lo del video. Despacio, masajeándome los labios, dejando que los dedos se llenaran del fluido que no paraba de salir. Metí dos hasta el fondo y los giré como si los moviera otra mano. Imaginé que era él, imaginé que era cualquiera. Imaginé que era una habitación llena de hombres mirándome.

El segundo orgasmo me pilló con los dedos dentro y los ojos cerrados. Llegó rápido y fue más profundo que el primero, pero cuando se fue, otra vez la calentura intacta. Esa noche el cuerpo no se rendía.

***

Sabía que necesitaba algo más grueso. No tengo dildos, nunca los he tenido. Siempre digo que voy a comprarme uno y nunca lo hago. Esa noche me arrepentí mucho de no haberlo hecho.

Miré alrededor. En la mesita de noche estaba el desodorante, el de barra grande, el que me regalan en el trabajo cada Navidad. Lo agarré, le quité la tapa y me quedé mirándolo. La forma era cómoda, no demasiado largo. Bajé a la cocina descalza, sin encender luces. En el armario tengo una botella de vidrio pequeña, de las de jarabe, vacía y limpia. La cogí y volví corriendo a la habitación.

Tenía un lubricante con sabor a fresa que había pedido por curiosidad y que apenas había usado. Bañé la botella en lubricante hasta que goteaba, hice lo mismo con el desodorante. Me coloqué bocarriba con dos almohadas debajo de las caderas y empecé a meterme la botella por el culo.

La primera vez que la cabeza pasó di un brinco. Era más ancho de lo que esperaba. Pero el lubricante hizo su trabajo y la botella entró centímetro a centímetro, despacio, mientras yo soltaba el aire en jadeos cortos. Cuando estuvo dentro, levanté las caderas y la moví un poco. Se sentía rarísimo y delicioso a la vez. Una presión que no había tenido nunca.

Después agarré el desodorante, me lo puse contra el coño y empujé. Entró fácil, como si lo hubiera estado esperando. Dejé las dos cosas dentro, quietas, y me quedé mirando el techo intentando no correrme todavía. Quería estirarlo. Quería que durara.

***

Volví al móvil. Joaco, así se hacía llamar, seguía escribiendo.

—¿Sigues ahí, mami? Cuéntame qué estás haciendo.

—Tengo dos cosas dentro —respondí—. Una en el coño, otra en el culo.

—Joder. Estoy a punto de correrme solo de leerte.

No le contesté más. Dejé el móvil bocabajo en la cama y agarré el vibrador, ese pequeño que sí tengo, el que me regaló una amiga en una despedida y al que le tengo cariño. Lo encendí en la velocidad media y me lo apoyé directamente contra el clítoris.

Y entonces empezó lo bueno.

***

Empecé a fantasear sin freno. La cabeza se me iba sola. Pensé en Mateo, un compañero de trabajo al que llevo meses mirándole las manos cada vez que se sienta enfrente en la sala de reuniones. Manos grandes, dedos largos, un anillo plateado en el meñique. Siempre me ha dado curiosidad cómo coge un hombre con esas manos. Esa noche supe exactamente cómo lo imagino. Lo imaginé agarrándome del cuello mientras me metía la verga hasta el fondo y me decía al oído cosas que en la oficina no se dicen.

De Mateo salté a otra fantasía. Me imaginé pagándole la carrera a un taxista con el cuerpo. Subiéndome al asiento de delante, abriéndole el pantalón en el semáforo, dejando que me follara contra el capó en una calle vacía. Lo imaginé con la cara que tenía el último taxista que me había llevado a casa: un hombre callado, mayor, que me miró por el espejo retrovisor con una calma que me había desarmado.

De ahí pasé al gangbang. Tres, cuatro, cinco hombres rodeándome en una habitación cualquiera. Yo a cuatro patas, dejándome usar, con una verga en la boca, otra en el coño y manos por todas partes apretándome los pezones. Hombres que no se conocían entre ellos, que solo coincidían allí para vaciarse dentro de mí.

De los hombres pasé a una mujer. Una mujer comiéndome el coño en una cama estrecha, con la lengua dentro, mientras yo le comía el suyo al revés. Frotándonos después clítoris contra clítoris hasta que las dos terminábamos a la vez.

De la mujer volví a los desconocidos del chat. A todos los que en ese momento estaban viendo mi foto de perfil. Me imaginé a cada uno de ellos pajeándose con mi coño en la pantalla. Me imaginé cuántos serían. Diez, veinte, cincuenta. La idea de tantos hombres tocándose por mí me hizo apretar los muslos contra el vibrador.

Y volvió a aparecer Mateo. Mateo y yo en el baño de la oficina, con el cierre echado, él levantándome la falda contra el espejo.

***

Cambié de postura. Me puse de rodillas en el suelo, apoyada con los codos sobre el colchón, para que el peso del cuerpo me ayudara a mantener dentro la botella y el desodorante sin que se movieran. Empecé a botar despacito sobre las dos cosas, con el vibrador apretado entre el clítoris y el borde de la cama.

Me toqué los pezones con la mano libre, los pellizqué fuerte, me los retorcí como si fueran de otra. Imaginé que era Mateo el que me los mordía. Imaginé bocas pegadas a los dos a la vez. Imaginé a una desconocida chupándomelos mientras un hombre me cogía por detrás.

Empecé a jadear con la boca abierta, sin contener el sonido. Vivo sola, en un piso interior. Nadie me oye. Nadie iba a oírme.

Pero pensé en que sí. Pensé en abrir la ventana del salón, encender la luz, ponerme contra el cristal y dejar que los vecinos del edificio de enfrente me vieran masturbándome. Imaginé a un hombre cualquiera, cinco pisos al otro lado, levantándose para servirse agua y encontrándose con eso. Imaginé que se quedaría mirando, se bajaría el pantalón, se haría una paja sin apartar los ojos.

Esa imagen me llevó al borde.

***

Aceleré el vibrador. Subí dos velocidades. Empecé a moverme sobre la botella y el desodorante con más fuerza, sin importarme ya que el ruido del cuerpo contra la cama se escuchara por toda la habitación. Me apreté los pezones hasta que dolió. Cerré los ojos. Volvieron todas las imágenes juntas: Mateo, el taxista, los desconocidos del chat, la mujer, los vecinos, la habitación llena de hombres.

Me corrí con un grito.

Fue un orgasmo de los que recuerdas durante semanas. Las piernas me temblaban tanto que tuve que dejarme caer hacia delante sobre la cama. Sentí que algo me bajaba por los muslos, calentito, mucho más líquido de lo normal, y después escuché el ruido del fluido cayendo al suelo. Había mojado el parquet. Había mojado las sábanas. Me había mojado yo entera.

Me quedé un rato así, con la cara hundida en el colchón, las dos cosas todavía dentro, el vibrador zumbando contra el clítoris hasta que tuve que apartarlo porque ya no aguantaba.

***

Tardé quince minutos en levantarme. Me saqué con cuidado el desodorante, después la botella. Lo dejé todo en el suelo del baño, a oscuras. No quería verlo. Mañana ya me ocuparía.

Cuando volví a la cama miré el móvil. Joaco había seguido escribiendo. Veinte mensajes seguidos. El último decía: «¿Sigues viva? Acabo de correrme dos veces.»

Le mandé un emoji y bloqueé la cuenta. Cerré la página, cerré el navegador, apagué la pantalla. No quería volver a saber nada de él, ni de los otros, ni de los comentarios de la foto. Mañana borraría la cuenta entera.

Me quedé bocarriba, todavía sin sábanas, con el cuerpo agotado y el coño latiendo. Pensé en Mateo. Pensé en cómo iba a mirarlo el lunes sin que se me notara nada. Pensé que probablemente lo miraría exactamente igual y que él no sospecharía jamás.

Me dormí así, con esa idea en la cabeza, y con el desodorante todavía oliendo a fresa en el suelo del baño.

Valora este relato

Comentarios (7)

SabrinaK23

increible!!! me dejo con muchas ganas de mas

Fercho22

Que final mas abierto... necesito una segunda parte urgente jaja. Muy buen relato!

DiegoRsAs

La tension que se siente en todo el relato es increible, muy bien narrado. Felicitaciones

Nico_MZA

jajaja esa sensacion de punto de no retorno... todos la conocemos de alguna forma 😂 me enganche de principio a fin

lektor22

Muy bien escrito, se nota que es una confesion real. Me mantuvo enganchado hasta el final, espero que sigas contando mas historias asi

CarlitosBA

buenisimo!!!

patri88

Me recordó a algo que me pasó hace tiempo... esa mezcla de miedo y adrenalina lo retrataste muy bien. Sigue asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.