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Relatos Ardientes

El cantante cubano que despertó a mi esposa

Lorena llevaba casi tres años apagada. No es que no sonriera, no es que no me hablara, no es que no compartiéramos la mesa cada noche. Era otra cosa. Era una luz que se le había escondido en algún lugar del pecho después de aquellos meses duros con nuestro hijo, y ninguno de los dos sabía cómo hacerla volver. Pintaba menos. Reía sin convicción. Y cuando creía que no la veía, se quedaba mirando un punto fijo en la pared, como esperando algo que no terminaba de llegar.

Reservé la cena de aniversario en un hotel pequeño del sur de la ciudad, uno con un salón íntimo y música en vivo los sábados. Nada espectacular. Solo un lugar bonito, con luces tibias y manteles blancos, donde pudiéramos brindar sin la sombra de la rutina encima.

—No tenías que reservar nada —me dijo cuando entramos. Pero le brillaron los ojos un segundo, y eso ya valía la noche.

Pedimos vino, pedimos pescado, hablamos de tonterías. A las once, las luces bajaron un grado más y un hombre alto, vestido con camisa color crema, se subió al pequeño escenario del fondo. Era cubano. Lo supe antes de que abriera la boca, por la forma de moverse, por esa manera lenta y segura de acomodarse frente al micrófono. Y cuando empezó a cantar, entendí que la noche dejaba de ser mía.

La voz era grave, cálida, con esa rasposidad que solo tienen ciertos hombres del Caribe. Atacó con baladas viejas, las que sabe cantar quien las ha vivido. Lorena dejó la copa sobre la mesa muy despacio. Apoyó el mentón en la mano. Yo la miraba a ella, no al cantante. Vi cómo sus labios se entreabrían un poquito, cómo la punta de la lengua salía a humedecerlos sin que ella misma se diera cuenta. Vi que le subía color a las mejillas. Vi cómo, al llegar la tercera canción, se le escapó una lágrima que no llegó a derramarse del todo. Vi también, y no me hice el tonto, cómo apretaba los muslos por debajo del mantel, cómo respiraba más hondo, cómo se le marcaban los pezones contra la tela del vestido.

El cantante se llamaba Yandel. Lo supe después de la última canción, cuando se acercó a las mesas a saludar. Cuando llegó a la nuestra, hizo una pequeña reverencia, le tomó la mano a Lorena y le besó los nudillos sin apartarle la mirada. Ella tardó dos segundos de más en recuperar la mano. Yo lo noté. Él también.

—Acompáñanos a una copa —le ofrecí.

Aceptó con una sonrisa de marfil. Se sentó frente a Lorena, no a mi lado, y empezó a contarnos cosas. Que llevaba seis años fuera de la isla. Que cantaba en bares pequeños porque las salas grandes le ahogaban la voz. Que extrañaba el malecón los días de lluvia. Lorena lo escuchaba como si le estuvieran leyendo en voz alta una novela que ya conocía de memoria.

—Estuve allá una vez —dijo ella, casi en un susurro—. Hace muchos años. Con unas amigas.

—Entonces ya sabés —contestó él, y le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

El bar empezó a vaciarse. Yandel pidió otra copa. La música pasó a un hilo de fondo, algo lento, algo brasileño. Sin pensarlo mucho, le dijo a ella:

—¿Bailamos uno?

Lorena giró la cara hacia mí. No me pidió permiso con palabras. Me lo pidió con los ojos, con esa urgencia silenciosa de quien lleva años pidiendo algo y no ha encontrado cómo nombrarlo. Le besé la frente.

—Andá, mi amor.

Los miré desde la mesa. Al principio él la sostuvo a distancia, con educación, con esa elegancia que tienen los hombres acostumbrados a no asustar a nadie. Pero la canción los llevó. La mano de Yandel le subió por la espalda hasta posarse en la nuca. Lorena cerró los ojos. Y entonces se acomodó contra él como quien encuentra, después de mucho tiempo, un lugar donde apoyarse. Desde mi silla vi cómo la mano libre de él bajaba por la cintura, se detenía en la curva del culo, la apretaba una vez, dos veces, sin apuro. Vi cómo Lorena se pegaba más a su cuerpo, cómo movía apenas la cadera contra la de él, cómo dejaba que Yandel se le fuera armando la polla entre las piernas mientras bailaban. No apartó la cara. No se corrió un centímetro. Se restregó despacito, con una descaro tranquilo, y cada tanto abría los ojos y me miraba a mí, para asegurarse de que yo también lo estaba viendo.

***

Subimos los tres a la habitación. No hubo discusión. No hubo conversación. Hubo una mirada de Lorena, una pregunta sin sonido, y una respuesta mía que también fue solo gesto. Cuando entramos, ella se metió un momento en el baño y salió con una solera de seda clara, sin nada debajo. Le marcaba la espalda como cuando éramos novios, y por delante los pezones ya duros le levantaban la tela como dos botones.

Yandel había puesto algo suave en el equipo. Le ofreció la mano. Volvieron a bailar, esta vez sin público, esta vez sin distancia. Yo me acomodé en el sillón con una copa, y entendí muy temprano que mi rol esa noche era otro. No el de protagonista. El de testigo. El de guardián. El de marido que ofrece, sin perder nada, a la mujer que ama.

Yandel le levantó el mentón con dos dedos y la besó. Despacio, sin prisa, como si tuvieran toda la noche para ese beso. Y la tenían. Lorena le devolvió el beso con un hambre que yo no le conocía desde hacía años. Le metió la lengua en la boca sin vergüenza, le mordió el labio de abajo, le pasó las manos por el cuello, por el pelo corto y áspero, le acarició los hombros por encima de la camisa. Después bajó una mano y le apretó la verga por encima del pantalón, sopesándola, midiéndola, y se le escapó un sonido chiquito por la garganta cuando entendió lo que tenía entre los dedos. Cuando se separaron, ella tenía los ojos brillantes y la respiración corta.

—Quiero verte —le dijo él.

Lorena se desabrochó la solera por el hombro y la dejó caer hasta la cintura. Se quedó así, a media luz, con los pechos pequeños y firmes que siempre habían sido lo más bonito de su cuerpo, los pezones parados, oscuros, tensos. Yandel se arrodilló frente a ella. La besó en el esternón, le rodeó un pezón con la lengua, se lo dejó puntiagudo y brillante de saliva, lo mordió con el cuidado de quien sabe que cada mujer es un instrumento distinto. Después el otro. Se los chupó largo, alternando, hasta que a ella se le empezaron a doblar las rodillas. Lorena echó la cabeza atrás y dejó escapar un sonido que llevaba años atragantado.

—Mirame, amor —me dijo ella, sin abrir los ojos—. Quedate ahí y mirame.

Y me quedé. Y la miré.

Yandel le bajó la solera del todo. Le besó el vientre, las caderas, la cara interna de los muslos. Se tomó tiempo. La trataba como si fuera la primera mujer que tocaba en su vida. Le abrió las piernas con las dos manos, sin apuro, y se quedó un segundo mirándole el coño, respetuoso, como quien mira algo que le acaban de regalar. Lorena estaba mojada. Se le notaba el brillo entre los pelos oscuros, se le notaba en la cara interna de los muslos donde el flujo ya le había bajado un poco. Yandel se acercó, apoyó los labios sobre los labios de ella y le dio un beso largo ahí, con la boca cerrada, como al principio. Después sacó la lengua.

Cuando le pasó la lengua por primera vez, entera, plana, desde abajo hasta el clítoris, Lorena soltó un quejido bajo, ronco, muy distinto a los suyos de siempre. Le clavó las manos en el pelo. Le pidió, en voz muy baja, que no parara.

No paró. La trabajó largo, con una paciencia que yo no había tenido en años. Le buscaba el ritmo, se lo cambiaba, le subía el pulso y se lo bajaba justo antes del final. Le chupaba el clítoris entre los labios y lo soltaba. Le metía la lengua dura adentro y se la sacaba mojada. Le pasaba dos dedos por la entrada del coño, se los mojaba en ella y se los metía despacio hasta el nudillo, buscándole el punto por dentro mientras seguía chupándola por fuera. Lorena se retorcía en el sillón, se mordía la mano, miraba al techo y volvía a mirarme a mí. Le costó terminar, pero cuando terminó, terminó con un grito largo y abierto que yo creí que ya no estaba en su cuerpo, apretándole la cabeza contra ella con las dos manos, pegándole la cara al coño, sacudiéndose entera con los dedos de él todavía adentro.

Después se quedó quieta unos minutos, todavía temblando, con la boca abierta, tratando de recuperar el aire. Yandel le besó la cara interna del muslo, le lamió despacio el flujo que le había bajado, la limpió con la lengua, y recién ahí subió a abrazarla. Le acarició el pelo. No le dijo nada. Solo la sostuvo.

—Vení —le susurró ella a él, después de un rato.

Lo desnudó despacio. Le sacó la camisa, le besó los hombros, le besó las tetillas, le pasó la lengua por el vientre, le bajó el pantalón. Cuando lo tuvo desnudo del todo, lo miró un segundo largo, como reconociéndolo. La tenía dura, larga, más oscura que el resto del cuerpo, curva hacia arriba, con la punta ya brillante. Lorena la agarró con una mano, la pesó otra vez, se la pasó por la mejilla. No dijo lo que cualquiera diría en una novela barata. No habló del tamaño, no habló del color, no convirtió el momento en nada vulgar. Solo bajó la cabeza y empezó a probarla, despacio, con el respeto de quien sabe que está recibiendo algo importante.

Le dio primero un beso en la punta. Le sacó la lengua, la lamió desde la base hasta la cabeza, se la metió en la boca hasta la mitad y la volvió a sacar, húmeda y brillante. Se la trabajó con la lengua rodeándole la corona, se la tragó de a poco, cada vez un poco más adentro, hasta que la sentí golpearle contra la garganta y ella no se apartó. La chupó así un buen rato, ayudándose con la mano en la base, jugando con los huevos con la otra, mirándolo a él desde abajo con los ojos húmedos. Yandel le acariciaba la cara con una mano, le retiraba el pelo del frente, le murmuraba en cubano cosas que yo no alcanzaba a entender pero ella sí. "Así, mami", le decía. "Así, mi vida, qué rico me lo hacés." En algún momento ella se la sacó entera de la boca, la sostuvo brillante contra su cachete, y le pidió, casi como una nena:

—Acostate.

Él se acostó. Ella se subió encima. Buscó la postura, se acomodó, se agarró la polla con la mano y la pasó por los labios del coño, mojándola, empapándola, sin meterla todavía. Lo miró otra vez. Yandel le sostuvo las caderas con las dos manos, sin empujar, dejándola elegir el ritmo. Lorena bajó muy despacio. Cerró los ojos. Soltó el aire mientras se le iba abriendo el cuerpo. La verga le entró de a poco, centímetro a centímetro, y a mí me la mostró toda: cómo se le iba metiendo, cómo se le estiraban los labios del coño alrededor, cómo desaparecía adentro de ella hasta que se sentó del todo, con los huevos de él pegados al culo. Y se quedó así, quieta, sintiéndolo, como si necesitara reconocer el cuerpo nuevo antes de moverse.

—Estoy bien, amor —me dijo a mí, sin abrir los ojos—. Estoy bien. Me llena entero.

Empezó a moverse despacio. Subía casi hasta el borde y volvía a bajar, tragándosela otra vez, apretando cada tanto los muslos alrededor de él. Después menos despacio. Después sin pensar en nada. Empezó a montarlo con ganas, con las manos apoyadas en el pecho de él, dando saltos cortos, húmedos, que se oían en toda la habitación. Yandel la dejó hacer todo el primer rato. Le acariciaba las tetas, se las apretaba, le pellizcaba los pezones entre dos dedos y ella lloriqueaba de gusto. Le subía las manos por el cuello, le retiraba el pelo de la cara cuando se le caía adelante. La trataba con un cuidado raro, una cosa de hombre experimentado que no necesita demostrar nada.

Después se sentó él, todavía adentro de ella, y la abrazó muy fuerte contra su pecho. La besó largo, mordiéndole la boca. Empezó a moverla él, despacito, agarrándola del culo con las dos manos, subiéndola y bajándola sobre la verga con esa fuerza calmada de los hombres grandes. Cada vez que la bajaba, se oía el golpe seco de las caderas, el ruido mojado del coño abriéndose alrededor de él. Lorena se aferró a su cuello con las dos manos, escondió la cara en su clavícula, y la oí llorar bajito mientras seguía moviéndose. No era llanto de dolor. Era otro llanto. Era el llanto de algo que llevaba mucho tiempo encerrado y por fin salía.

—Estoy acá, mi amor —le dije desde el sillón—. Estoy acá.

Ella levantó una mano sin dejar de moverse y la estiró hacia mí. Me acerqué. Me arrodillé al lado del sillón. Le tomé la mano. Le besé los nudillos como había hecho él horas antes. Y nos quedamos así los tres, ella en el regazo de Yandel, él sosteniéndola contra el pecho, cogiéndosela de abajo con embestidas cortas y hondas, yo agarrándole la mano y besándole el hombro cada tanto. La miré de cerca terminar. Vi cómo se le tensaba todo, cómo se le abría la boca sin sonido, cómo Yandel apretaba los dientes debajo de ella tratando de aguantar. Le clavó los dedos en la espalda y se sacudió sobre él, apretándole la verga adentro con espasmos que yo le sentí desde afuera, mordiéndome los dedos para no gritar. Yandel aguantó unos segundos más y después la abrazó todavía más fuerte y se corrió adentro, gimiendo grave contra su cuello, empujando hacia arriba con las caderas mientras Lorena seguía moviéndose despacio, ordeñándolo, sacándole hasta la última gota.

Se quedaron quietos un rato, pegados, jadeando. Ella no se levantó enseguida. Se quedó sentada sobre él, con la verga todavía adentro, respirando contra su cuello, dejando que el cuerpo bajara del todo antes de moverse. Cuando por fin se separó, se la sentí salir con un ruido chiquito, húmedo, y le vi bajar por el muslo un hilo blanco. No se lo limpió. Me miró a mí, con los ojos brillantes, y me sonrió muy despacio.

***

Yandel se quedó cerca de una hora más. La acostó en la cama. Le pasó un paño tibio entre las piernas con una delicadeza que me sorprendió. La tapó con la sábana. Se vistió en silencio. Antes de irse, se acercó a mí, me dio la mano, me miró a los ojos y me dijo, con un acento que se había vuelto más suave:

—Cuidala bien. Vale mucho.

—Lo sé —le contesté.

Cuando se cerró la puerta, me metí en la cama detrás de ella. Lorena tenía los ojos cerrados pero no estaba dormida. Le pasé un brazo por la cintura. Le besé la nuca, ese hueco donde nace el pelo, mi rincón favorito de su cuerpo desde los veinte años.

—No estés triste, amor —me dijo, sin darse vuelta.

—No estoy triste.

—Yo te amo —dijo después de un silencio—. Esto no cambia nada de eso. No cambia nada.

—Ya lo sé.

—¿Estás seguro?

—Más seguro que nunca.

Se dio vuelta. Me miró largo, en la penumbra. Tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto, un rastro de él todavía en la piel y entre las piernas. Y estaba más hermosa que el día que me casé con ella.

—Volví —me dijo, con una sonrisa muy chiquita—. ¿Te das cuenta? Volví.

Le acaricié la cara. Le besé los párpados, uno y después el otro. No dije nada porque no me hacía falta. Se acomodó contra mi pecho, suspiró largo y se quedó dormida casi al instante, con esa respiración honda que no le oía desde antes de los meses malos.

Esa noche entendí algo que no me habían enseñado en ningún lado. Que el amor, cuando es de verdad, no se mide por lo que uno guarda. Se mide por lo que uno es capaz de regalar. Y que a veces la persona que más amás necesita una voz que no es la tuya, unas manos que no son las tuyas, un cuerpo que no es el tuyo, para volver a encontrar el suyo. Y vos, si la querés bien, no te ponés en el medio.

Te quedás cerca. Le sostenés la mano. Y agradecés, en silencio, al desconocido que vino a devolverte a tu mujer.

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Comentarios(8)

Carmencita_mx

Que historia tan bonita, me llego al corazon. Gracias por compartirlo!

Marcos_77

Increible como lo contaste, se siente autentico. Quiero mas relatos asi!!!

Roberto_BA

La musica tiene ese poder que la gente subestima. Me recordo a algo que vivi hace años con mi pareja. Muy bien narrado.

pepe_mdq

Buenisimo!!!

RosaV88

Que voz habia que tener ese cubano jaja, se entiende todo. Excelente relato, sigue escribiendo!

MartinBaires

Me gusto mucho el tono, no es burdo sino emotivo. Hay algo en las confesiones reales que no tienen los relatos inventados.

Valentina_Cba

Ojala mas relatos con ese fondo de emocion verdadera, no solo la parte picante. Muy bueno!!

NicoLector

El principio me engancho enseguida y no pude parar. Esperando tu proximo relato!!

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