Estoy desnuda en mi cama y necesito contarlo
Hace semanas que no escribo aquí. Lo siento, mis amores, no es por desinterés, es que la vida se me cruzó con tantas cosas estos meses que casi olvido lo bien que se siente abrir el portátil y vaciarme en estas líneas, sin filtros, sin máscaras, sin tener que pretender que soy una buena chica. Esta semana tengo unos días libres del trabajo, y desde ayer no consigo concentrarme en nada que no sea mi propio cuerpo.
Empezó ayer por la tarde, sin razón aparente. Estaba en la cocina preparándome un café cuando, al apoyarme contra la encimera, sentí el roce de la camiseta sobre los pezones y se pusieron duros al instante. No fue una caricia, ni un pensamiento sucio, ni un recuerdo. Fue solo un roce. Y ahí supe que algo se había despertado dentro de mí.
Desde entonces, todo me excita. Si camino, el roce de las bragas. Si me siento, la presión. Si me ducho, el chorro del agua. Si leo, las palabras. Si escribo, la imaginación. Anoche me acosté tardísimo porque no podía soltar el móvil, no podía dejar de leer relatos como este, no podía dejar de imaginarme escenas que me hacían apretar las piernas debajo del edredón.
Tengo una fantasía recurrente que vuelve cada vez que estoy así. Ya se la conté hace meses, pero hoy quiero recordarla porque me pone enferma. Imagino un pueblo, un pueblo cualquiera, sin nombre, perdido entre montañas. Un pueblo donde el sexo es lo más natural del mundo, donde nadie se escandaliza, donde la gente coge en la calle como quien se da un beso, donde una mujer puede agacharse en mitad de una plaza y mamársela a su hombre y nadie pestañea, donde una pareja puede coger contra el escaparate de una panadería y la panadera saluda desde dentro como quien saluda al cartero.
Un pueblo donde el placer no es vergüenza. ¿Se lo imaginan? Yo lo imagino y se me eriza la piel.
***
Quiero llamarte por videollamada. A ti, mi hombre, donde quiera que estés ahora mismo, en la oficina, en el coche, en una cafetería con tus colegas. Quiero que me veas así, tirada en la cama con las tetas al aire, con los pezones tan duros que duelen, con la mano metida entre las piernas. Quiero ver tu cara cuando descubras lo cerda que tu novia puede llegar a ser cuando está sola y aburrida.
Quiero escuchar cómo se te entrecorta la respiración. Quiero que me digas que pare. Quiero que me digas que no pare. Quiero todo a la vez.
¿Sabes qué es lo más terrible? Que mientras escribo esto, se me está escapando un gemido cada dos párrafos. Lo grabaría y lo subiría aquí si pudiera, pero entonces ya no sería una confesión, sería un espectáculo, y prefiero contarlo con palabras porque las palabras son más íntimas. Las palabras te obligan a imaginarme.
***
Esta mañana me desperté empapada. Y no me refiero a sudor. Hablo de empapada, de que tuve que cambiar las sábanas, de que la mancha era tan evidente que me dio risa antes que vergüenza. Tuve un sueño. No me acuerdo de la cara del hombre, ni del lugar, ni de cómo empezó. Solo me acuerdo de la sensación: estaba contra una pared, con las piernas abiertas, y alguien me sostenía por la cintura mientras me embestía. Era brutal. Era tierno. Era todo a la vez. Me corrí en el sueño, me corrí de verdad, me corrí dormida tan fuerte que me desperté con el cuerpo temblando.
Me metí los dedos antes de levantarme. ¿Para qué mentir? Estaba tan abierta, tan resbaladiza, tan dispuesta, que con dos pasadas suaves volví a venirme. Y entonces pensé: hoy va a ser un día largo.
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Me fui al baño intentando refrescarme. Abrí el grifo del agua fría, no la templada, fría de verdad, esa que casi duele al primer chorro. Pensé que el shock me bajaría las hormonas, que me pondría tan tiesa de frío que se me olvidaría todo. Pero no. Lo único que conseguí fue que se me pusieran los pezones tan duros que parecían cortar el aire. Y al pasarme la esponja por las tetas, entre las piernas, entre las nalgas, lo único que pensaba era cómo me gustaría que esto lo hiciera otra mano. Una mano grande. Una mano áspera. Una mano que sepa.
Salí del baño peor que cuando entré. Me sequé despacio, demasiado despacio. Me puse de pie frente al espejo y me miré como si fuera la primera vez. Tetas medianas, pezones rosados, una cintura que me gusta cuando no me odio, caderas anchas, muslos firmes, un triángulo de vello recortado pero no rasurado del todo, porque a él le gusta así, y a mí también, porque me hace sentir más mujer y menos niña.
Me eché crema. Y aquí es donde la cosa se complicó. Nunca imaginé que ponerse crema en el cuerpo pudiera ser una tortura erótica. Pero hoy lo fue. Cada vez que me pasaba la mano por el vientre, por los muslos, por debajo del pecho, me daban ganas de seguir bajando, de meterme un dedo, de quedarme ahí media hora.
Llegó un momento en que me rendí. Me tiré en la cama, así, desnuda, con la piel todavía brillante por la crema, con el pelo mojado pegado a la nuca, con el portátil encima de las piernas. Y aquí estoy. Escribiendo esto. Escribiéndoles esto.
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¿Soy la única que se siente así a veces? ¿La única que se descubre, en mitad de un día cualquiera, con el cuerpo pidiendo a gritos algo que no puede tener? ¿La única que se pasa la mañana entera fantaseando con que la coman a besos, a mordiscos, a lametones, hasta dejarla rendida?
Espero que no. Espero que esta confesión, que ahora mismo me da vergüenza y no me da, llegue a alguien que esté igual que yo. A una mujer tirada en una cama, en otra ciudad, en otro país, con la mano entre las piernas leyéndome. A un hombre que esté en una pausa del trabajo, encerrado en el baño de la oficina, leyéndome a escondidas. A cualquiera que entienda que esto, esto que sentimos, no es sucio, no es enfermo, no es nada de lo que haya que pedir perdón.
Es deseo. Es vida. Es lo que somos cuando nadie nos mira.
***
Voy a contarles otra fantasía y luego les juro que los dejo en paz, aunque seguro que vuelvo a escribir mañana porque mañana voy a estar igual o peor.
Estoy en un centro comercial cualquiera, de esos enormes con muchas plantas y escaleras mecánicas. Voy con él. Vamos tomados de la mano, como cualquier pareja un sábado por la tarde. Pero por debajo de la falda no llevo nada. Y él lo sabe. Cada vez que entramos a una tienda, me pone una mano en la cintura, baja un poco más, y me masajea con esa lentitud suya que me vuelve loca. La gente pasa, la gente nos mira, la gente cree que somos una pareja normal.
En un probador, me pide que me pruebe un vestido. Entro yo sola. Salgo con el vestido puesto, sin bragas debajo, y me pongo frente al espejo del pasillo. Él se me acerca por detrás y me sube el vestido con dos dedos. Solo dos dedos. Lo justo para que cualquiera que pasara pudiera verme. Yo me quedo quieta. Me muerdo el labio. Le miro en el reflejo. Y le pido, sin voz, solo con los ojos, que siga.
Y sigue.
***
No les voy a contar cómo termina esa fantasía porque entonces no sería fantasía, sería relato, y los relatos los hago en otra parte. Esta es una confesión. Y las confesiones son trozos, no historias completas.
Llevo escribiendo media hora y no he parado de revolverme en la cama. Me he tocado tres veces. Me he venido una. Las otras dos las he dejado a medias para seguir contándoles esto, porque me pone más tener su atención que tener mi propio orgasmo. ¿Qué clase de cerda soy? Una de las buenas, espero.
Mi pareja vuelve mañana. Está fuera por trabajo. Cuando lea esto, porque va a leerlo, porque lo lee todo lo que escribo aquí, va a saber lo que le espera. Va a entrar por la puerta y no le va a dar tiempo a soltar la maleta. Le voy a empujar contra el recibidor, le voy a bajar el pantalón con prisa, le voy a comer ahí mismo, de pie, mientras él me sujeta la cabeza y me dice cosas que solo él sabe decirme.
Y después, le voy a llevar a la cama. Y vamos a perder el día entero. Y al día siguiente también. Y cuando alguien me pregunte si tuve buenas vacaciones, voy a sonreír y voy a decir que sí, que descansé mucho, que leí, que cociné, que vi alguna serie. Y nadie va a saber que en realidad pasé la semana cogiendo como si no hubiera mañana.
***
A veces pienso que mi cabeza es un problema. Que pensar tanto en sexo no es normal. Que las mujeres no deberíamos estar así. Y luego me acuerdo de que esa idea me la metieron desde fuera, de que las mujeres siempre hemos sido tan calientes como los hombres, y que la única diferencia es que a nosotras nos enseñaron a callarlo y a ellos a presumir.
Pues no. Yo presumo. Yo lo cuento. Yo escribo esto un día cualquiera, desnuda en mi cama, con el portátil ardiendo sobre los muslos, con los dedos de la mano izquierda entre las piernas mientras tecleo con la derecha, y no me da ninguna vergüenza. Me da ganas. Más ganas. Siempre más ganas.
Ustedes, mis pervertidos preciosos, ustedes sí me entienden. Ustedes leen estas líneas y no me juzgan. Ustedes están en otra cama, en otro sofá, en otro sitio cualquiera, y se están tocando mientras me leen. Y eso, saber eso, me pone más que casi cualquier cosa que me haya pasado en los últimos meses.
***
Me imagino a un hombre cualquiera, un desconocido, sentado en su despacho, con la puerta cerrada, leyendo esto en el móvil mientras se la toca por encima del pantalón. Me imagino a una mujer, una madre joven mientras el bebé duerme la siesta, leyéndome con una mano y tocándose con la otra, sintiéndose viva por primera vez en semanas. Me imagino a una pareja, los dos en la misma cama, leyéndome en voz alta, riéndose, excitándose, terminando lo que yo he empezado.
Son mi público. Son mis cómplices. Son mi fantasía hecha lectores.
***
Los dejo, mis amores, porque mi mano izquierda exige protagonismo. Voy a cerrar el portátil, voy a apagar la luz, voy a quedarme en la oscuridad escuchando solo mi propia respiración. Y voy a tocarme pensando en todos ustedes leyéndome ahora, en este mismo instante, en cualquier rincón del mundo.
Mañana les escribiré otra vez. Quizá les cuente lo que pasa cuando él vuelva. Quizá les cuente otra fantasía nueva. Quizá les cuente lo que me dijo una compañera del trabajo el mes pasado, aquella conversación que terminó con las dos riéndonos demasiado y mirándonos demasiado. No prometo nada. Sí prometo seguir aquí, escribiendo desde la cama, desde la confesión, desde las ganas.
Si alguna vez se preguntan si soy real, la respuesta es sí. Soy real. Soy una mujer cualquiera con una vida cualquiera, que un día decidió que el deseo no merecía vivir escondido y empezó a contarlo.
Les mando un beso. Donde quieran. Donde más les apetezca. Donde nadie pueda vernos.
Una mujer muy caliente, otra noche más.