Empecé modelando bikinis y terminé filmando porno
A los veintidós años estaba a dos meses de terminar mi licenciatura en comunicación y de perder la beca que me había permitido vivir lejos de casa. La sola idea me apretaba el pecho. Para distraerme, salía a caminar todas las tardes por el campus de la universidad.
Una de esas tardes un chico se cruzó en mi camino.
—Hola, ¿podemos hablar un momento? Me llamo Daniel, soy técnico industrial y tengo veintiocho años.
Estiró la mano. Mientras se la estrechaba sin entusiasmo, respondí:
—Yuna. Estudio aquí.
—¿Vienes de Corea?
—Mis padres. Yo nací aquí.
Me recorrió con la mirada y soltó:
—¿Y por qué una chica como tú anda tan sola?
—Porque me gusta estar sola. Tengo cosas en las que pensar.
—¿Y te puedo acompañar a pensar?
Sonreí a mi pesar.
—Si no te molesta caminar al lado de alguien treinta centímetros más baja que tú.
—No me molesta. Sobre todo si esa alguien tiene cara de muñeca.
Después de aquel primer encuentro nos vimos varias tardes en el campus. Hablábamos de tonterías, de planes, de miedos. Más de un mes después le confesé que cuando me dieran el diploma tendría que volver a casa de mis padres en otra ciudad. Daniel se quedó callado un rato y luego me contó que él trabajaba como modelo en una agencia, que con eso pagaba el alquiler de su departamento, su auto y un ahorro para abrir algún día su propio taller.
—En la agencia buscan chicas para modelar trajes de baño. Si quieres, te llevo.
—Nunca he modelado nada.
—Posarías perfecto. ¿O te da vergüenza un bikini?
—Si lo uso en la playa, no veo por qué no frente a una cámara.
Esa misma noche fuimos a una mansión a las afueras donde hacían las sesiones. El director, un hombre flaco de gafas pequeñas, me miró sin recato durante un par de minutos y dijo:
—Quítate el vestido. Quiero verte en lencería.
Dudé. Pero el necesitado va por todas, y la presencia de Daniel a mi lado me dio el último empujón. Al quedar en panty y sostén, me pidió que girara despacio. Cuando me detuve, le habló a Daniel sin mirarme.
—Me gusta. Pero quiero ver qué dice la cámara. Mañana hacemos pruebas.
Al día siguiente me maquillaron y una mujer de unos cuarenta años se presentó como la encargada de imagen. Encendió una recortadora frente a mi pubis y me dijo, con la naturalidad de quien ofrece café, que tenía que arreglar el vello para el bikini, y que mejor lo afeitara entero si quería posar en tanga. Aquel viernes salí de la mansión con un sobre en la mano y una promesa de contrato.
Las semanas siguientes me dejé fotografiar en bikinis de marca, dentro y fuera de la piscina, junto a flores de plástico y palmeras tropicales. La última sesión fue con un bikini de tanga blanco. Cuando me metí al agua y volví a salir, el conjunto se había vuelto casi transparente. Sentí pánico al notar el rosa de mis labios y mis pezones marcándose bajo la tela. Pero Daniel estaba detrás de las cámaras, y verlo allí me devolvió el aire.
—Sube por la escalera. Lentamente.
Subí. Posé. Cobré. Mientras volvíamos en el auto, le conté lo emocionada que estaba con los doscientos dólares que tenía en el bolso, y enseguida le confesé que aun así no me alcanzarían. La semana siguiente me darían el diploma y tendría que dejar el campus.
—Vente a mi departamento mientras te organizas —dijo, sin apartar los ojos de la calle—. Como amigos. Tú en tu cuarto, yo en el mío.
Mis padres viajaron para mi ceremonia, les dije que me quedaría una temporada en casa de una amiga buscando trabajo, y al día siguiente me mudé al pequeño departamento de Daniel.
***
Vivir con él era extrañamente cómodo. Yo cooperaba comprando lo que podía. Seguía modelando lencería y bikinis. Pero una tarde lo descubrí mirándome demasiado fijo desde el sofá.
—¿Pasa algo?
—Pensaba que con el cuerpo y la cara que tienes podrías ganar mucho más.
—¿Pornografía? —solté, sin pensarlo.
—Erotismo —respondió, indiferente.
—¿Y cuál es la diferencia?
—La pornografía es cuando hay sexo. El erotismo es posar desnuda en posturas provocativas. Nada más.
—Posar desnuda… No sé. No creo poder.
—Se paga bien. La pornografía paga mucho mejor —añadió, y se rio—. Te lo digo por experiencia.
Lo miré sin saber si reír o asustarme.
—Pero hay que coger con quien te digan.
—No es coger —insistió—. Cuando coges es porque quieres a la otra persona o porque te gusta. La pornografía es un trabajo. Lo haces y se acaba.
—Como las putas, entonces.
—Las putas trabajan para satisfacer a alguien. Esto se vende para que otros lo vean. Es distinto.
—Sigo sin entenderlo.
—Piénsalo así: en la guerra el soldado mata porque es su trabajo, no porque sea un asesino.
—Y como la pornografía es trabajo —dije con sarcasmo—, no coges cuando coges. Déjame pensarlo.
Una semana después, tras una entrevista de trabajo más en la que me habían dicho que no, llegué al departamento, me senté a su lado en el sofá y le solté sin preámbulos:
—Si tú estás en el set, me animo a desnudarme.
Me dio un beso en la mejilla.
—Tengo que estar. Eres mi chica.
Lo entendí en ese instante. Daniel me había llevado a aquella mansión sabiendo perfectamente cómo terminaría la historia. Sentí rabia y vergüenza, pero también la certeza de que ya no iba a echarme atrás.
—¿A cuántas más vendiste haciéndote pasar por su amigo?
—No regenteo a nadie, Yuna. Sólo intento ayudarte. Lo de «mi chica» fue un decir.
No le creí del todo. Pero ya no importaba.
***
El director me llamó a su oficina al terminar una sesión.
—Daniel me dice que aceptas hacer fotos desnuda. ¿Algo más picante también?
Respiré hondo.
—Necesito el dinero.
—Empezamos por desnudos. Si funciona, hacemos un video. Pero antes tienes que pasar revisión médica y empezar con anticonceptivos. Es la regla.
Acepté todo. Daniel me llevó al médico de la agencia, me hicieron análisis y comencé a tomar la pastilla. El día del casting me llevaron a una habitación de la casa y me pidieron que me desvistiera muy despacio mientras dos cámaras disparaban. Después me hicieron acostarme bocabajo, mirar a un lente, doblar las piernas, abrir mis labios para que el zoom recorriera todo. Junto al director estaba un hombre mayor que no había visto antes. Comentaba en voz alta a quien quisiera oír.
—Tiene buenas piernas. Cadera muy sensual. Va a vender. Está tan estrecha que podría pasar por virgen.
Cuando me dejaron vestirme y volví a la oficina, el director me esperaba con una propuesta nueva.
—El que estaba a mi lado es el dueño. Quiere que hagas un video completo hoy mismo.
—¿Completo?
—Sexo hasta el final. Te ponemos a Daniel de pareja para que sea más fácil.
Acepté. Me llevaron a un anexo de la mansión que reproducía un piso pequeño. Me maquillaron, me vistieron con un baby doll blanco y me explicaron «la trama» del video: el clásico cobro del alquiler. Yo abriría la puerta, Daniel exigiría el dinero, yo le ofrecería pagarle con mi virginidad. La cámara se acercaría hasta casi tocarme cuando él me abriera los labios y descubriera que era cierto.
—Cuando llegue el momento —siguió el director—, gime, grita, convéncenos. Y al final, cuando él esté listo, le pides «ven» con voz baja. Termina dentro. La cámara filma el semen saliendo de tu vagina.
Asentí. Sonó la voz de «corre cámara». Cuando Daniel se desnudó frente a mí, no necesité actuar la cara de admiración: entendí en ese momento por qué se ganaba la vida así. Después de los primeros besos forzados, cerré los ojos para olvidarme del set. Tuve un orgasmo verdadero, del que reaccioné cuando una cámara se acercó a mi rostro. Daniel siguió hasta que su pene se endureció más, asintió con la cabeza para que diera el pie, y al escucharme decir «ven» se vació dentro de mí.
Era la primera vez que un hombre terminaba dentro. Cuando él abrió los ojos me sonrió y susurró «qué linda eres». Una cámara se aproximó para filmar el semen escurriendo. Después gritaron «corte», me pasaron pañuelos y una bata, terminé de actuar el final y me fui a duchar.
***
En la oficina, el director me preguntó qué significaba mi nombre.
—Calma —mentí. Significaba luz, pero no quise decirlo.
—No me gusta. Demasiado dulce. Te presentamos como «Soju», la coreana de pechos jugosos. Suena sucio y se acuerda fácil.
De vuelta en el auto, Daniel evitaba el tema. No tocó lo que habíamos hecho ni siquiera al cerrar la puerta del departamento. Me molestó.
—¿Cómo haces para mantenerla dura entre tantas cámaras y tanta gente?
No respondió.
—Acabamos de coger y no puedes decirme nada.
—No vinimos de coger, Yuna. Vinimos de trabajar.
Una semana más tarde me citaron para hacer fotos del video. El director me entregó un sobre con más dinero del que esperaba.
—¿Quieres probar algo lésbico? La gente enloquece con esos videos.
—¿Pagan igual?
—Tal vez más.
Me presentaron a una rubia llamada Tiffany. «Déjate llevar», me dijo el director. Y eso hice. Por primera vez en mi vida besé a una mujer en la boca, junté nuestras lenguas, le mamé los pechos, le lamí entre las piernas. Cuando terminamos, ella se acercó al oído y me confesó que le había gustado de verdad.
De regreso al departamento, Daniel me preguntó qué prefería.
—Una mujer sabe dónde tocarte. Pero no hay nada como un buen pene dentro.
—Quieren que hagas algo especial. ¿Un negro bien dotado?
—Si pagan, acepto.
Dos días después conocí a Jamal. Era altísimo, casi dos metros, de piel oscura y carácter dulce. El director planeaba un video en blanco y negro sobre un profesor y una alumna que cambiaba sexo por aprobar. Cuando Jamal se desnudó delante de mí, me quedé muda. Daniel estaba bien dotado, pero aquello era otra cosa. El director me dio lubricante extra, Jamal apoyó su sexo sobre mi pubis y descubrí que llegaba hasta mi ombligo. Cuando me penetró sentí dolor y placer en la misma proporción, esa mezcla rara que sólo puedo comparar con un dolor de muelas que no quieres que se vaya. Terminé teniendo dos orgasmos pequeños que intenté disimular hasta que él se vino dentro y me susurró al oído «me encantaste, chiquita».
Aprendí que casi todos los hombres con los que trabajé hacían lo mismo al terminar: se acercaban y, en voz baja, me decían algo bonito. «Eres lo máximo». «Me encantó hacerlo contigo». Una caballerosidad rara en un mundo que parecía no tenerla.
***
Después vinieron meses muy intensos. Filmé un trío con un actor que hacía de mi marido y otro que hacía de su amigo, fotos con Tiffany y un latino musculoso al que llamaban Marco, una orgía estudiantil en la que Daniel era uno de mis tres compañeros, y un video de garganta profunda en el que el chico nuevo se excitó tanto que se vino dentro de mi boca antes de tiempo. En vez de cortar la escena, abrí la boca para mostrarla llena y me lo tragué. En el set aplaudieron.
Esa misma noche, en casa, Daniel me felicitó con una cerveza.
—Así es el trabajo —dije, y cambié de tema—. Tú debes ser un don juan con tus amigas. ¿A cuántas te has acostado?
Me miró muy serio.
—A ninguna. Aunque no me creas, soy muy tímido. Por eso me dedico a esto: aquí no tienes que pedirlo y nadie te puede rechazar.
—¿Te da miedo el rechazo?
—Pánico.
Se levantó, me dio las buenas noches y se encerró en su habitación. Me quedé un rato sola, dándole vueltas a la idea de que tal vez Daniel tenía razón y lo nuestro frente a las cámaras era exactamente eso, un trabajo sin emociones. Recordé con nostalgia el nerviosismo y el deseo que había sentido la primera vez que mi novio del último año de instituto se puso un preservativo delante de mí. Aquella ternura no aparecía en ningún set.
***
Pasaron varios meses más. Mis ahorros crecieron lo suficiente como para mudarme a mi propio departamento. Una noche, durante la cena, se lo dije a Daniel.
—Creo que ya es momento de buscar un lugar para mí.
Asintió en silencio. Más tarde, cuando ya estaba acostada lista para dormir, escuché la puerta de mi cuarto. Daniel encendió la luz, se acercó al borde de la cama y dijo:
—No hace falta que te vayas.
—Ya hiciste suficiente. Llevo demasiado tiempo viviendo de tu hospitalidad.
—No quiero que te vayas, Yuna.
—¿Por qué?
No contestó con palabras. Mostró las manos hacia mí, hacia mi cuerpo, como quien señala lo evidente.
—¿Quieres acostarte conmigo?
Tampoco contestó. Se sentó en la cama, acercó su cara y, cuando nuestros labios se rozaron, abrí la boca para besarlo de verdad por primera vez. Aquello no se parecía a nada de lo que habíamos hecho frente a las cámaras. Sus manos temblaron cuando me desnudó. Bajó por mi cuerpo besándome la piel con una calma que me erizó cada centímetro. Cuando su boca se apoderó de mi sexo, gemí distinto, más hondo, más mío. Murmuró «no sabes lo mucho que te he deseado todo este tiempo».
Cuando terminé no me dejó devolverle el favor con la boca. Se acomodó a mi lado, levantó una de mis piernas, me miró a los ojos y entró despacio. Suspiré con todo el cuerpo. En la postura de misionero, con sus manos por debajo de mis nalgas, sentí cómo mi vientre se endurecía y mis ojos se iban hacia atrás. El orgasmo fue largo, profundo, distinto. Cuando abrí los ojos, él me miraba.
—Te quiero, Yuna.
Me hizo girar la cara para besarme. Volvió a entrar de lado, abrazado a mi pierna, y al venirse dentro de mí lo dijo otra vez. Después me acomodó contra su pecho, apoyado contra mi espalda.
—¿De verdad? ¿Después de verme hacer todo lo que hice?
—Eso no me importa, y tú lo sabes —murmuró, besándome el cuello—. Esta es la primera vez que te veo hacer el amor.
A partir de aquella madrugada empezamos a dormir juntos. Como amantes, no como compañeros de departamento.
***
Pasó lo que tenía que pasar. Verlo trabajar con otras chicas se me volvió insoportable, y a él le pasaba lo mismo conmigo. Discutimos hasta cansarnos. Una noche le pedí que dejáramos todo aquello. A la semana siguiente nos casamos en una oficina pequeña, sin invitados, y compramos pasajes a Mallorca, donde él tenía un primo viviendo. Allí abrió un pequeño taller de vehículos y yo, gracias a la carrera que terminé pero nunca usé, conseguí un puesto en un hotel de la costa.
Hoy tengo veintiocho años y llevo cinco casada con Daniel. Estoy embarazada de nuestra primera hija. A veces algún turista me mira como si me reconociera, no se atreve a decir nada, simula estar buscando otra cara y vuelve a su mesa. Yo le sostengo la mirada el tiempo justo. Sé exactamente lo que está intentando recordar. Y sé que tengo todo el derecho de no devolvérselo.