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Relatos Ardientes

Lo que hago cuando me imagino que me miras

Tengo dieciocho años y me llamo Mariana. Mientras escribo esto, una mano sostiene el teléfono y la otra está exactamente donde te imaginas. No te conozco, no sé si vas a leerme hasta el final, no sé si estás solo o acompañado al otro lado de la pantalla. Pero ahora mismo, en este instante, soy yo y eres tú. No hay nadie más en este cuarto.

No siempre fui así. Hace seis meses todavía me daba pena tocarme con la luz prendida. Hace tres meses me sentaba frente al espejo del armario, vestida, mirándome y prometiéndome que algún día. Hace una semana lo hice por primera vez sin apagar la lámpara, y me corrí tan fuerte que pensé que me había roto algo por dentro. Desde entonces no la apago.

La luz del techo está encendida. Quiero verme. Quiero que, si te lo cuento bien, también puedas verme tú.

Estoy boca arriba en la cama. Las piernas separadas, las rodillas dobladas, los pies hundidos en una manta vieja que me regalaron hace años. La manta ya tiene una mancha húmeda debajo de mí y todavía no he terminado.

Tengo el pelo corto, rubio, casi platinado. Se me pega a las sienes por el sudor. La frente me arde. El pecho también. Soy de piel muy clara y, cuando me excito, se me marca todo: el cuello rosado, los hombros con manchas rojas, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un kilómetro entero antes de tirarme aquí.

Mis pechos no son pequeños. Son pesados, blandos, con esos pezones rosados que se endurecen al primer roce. Ahora mismo apuntan al techo, sensibles, hinchados. Cuando paso el dorso del dedo por uno, el cuerpo entero me tiembla. Tomo aire. Sigo.

Los muslos los tengo gruesos, suaves. Cuando los aprieto, se rozan y la piel se queda con la marca rosada un rato. Las pantorrillas me las depilé esta tarde, así que están suaves al tacto. Los pies un poco fríos a pesar del calor del resto del cuerpo. Llevo las uñas pintadas de rojo oscuro, un detalle que nadie más ve y que me toca a mí decidir si me gusta o no. Decidí que me gusta.

Te imagino entrando al cuarto y quedándote en la puerta, sin decir nada. Te imagino mirándome sin tocarme. Solo mirándome, durante mucho rato, hasta que me dé vergüenza y, al mismo tiempo, no me dé.

¿Qué pensarías si me vieras así?

El ventilador del techo da vueltas despacio y, cada vez que el aire me roza un pezón, me viene un escalofrío que baja directo a la entrepierna. Tengo el clítoris hinchado, lo siento latir como un corazón pequeño entre los muslos. La piel ahí abajo está caliente, mojada, abierta. Si bajo la mirada y me observo entre las piernas, lo único que veo es brillo. Brillo en los labios, brillo en el vello rubio que me cubre el pubis, brillo bajando por dentro del muslo izquierdo hasta perderse en la sábana.

No tengo prisa. Eso lo aprendí hace poco. Antes me tocaba con la urgencia de quien quiere terminar antes de que alguien la descubra. Ahora me tomo mi tiempo. Me hago durar.

Empiezo siempre por los pechos. Con la palma abierta, primero, dibujando círculos lentos alrededor del pezón sin tocarlo todavía. Cuando finalmente lo pellizco, lo hago con las uñas, despacio, hasta que el dolor se mezcla con el placer y suelto el primer suspiro real de la noche. No es un gemido todavía. Es solo aire saliendo, como si me hubieran clavado algo dulce en el pecho.

Después bajo la mano por la barriga. Tengo el ombligo profundo y, cuando paso el dedo por ahí, recojo sudor. La piel del vientre tiembla con cada respiración. Llevo la mano más abajo, hasta el monte, y meto los dedos entre el vello para sentir el calor que sube de ahí. Es un calor obsceno, casi enfermo. Si me pusieras la mano en la frente, no notarías nada raro; pero si me la pusieras entre las piernas, retirarías la tuya por reflejo.

Te imagino haciendo justo eso. Y me imagino agarrándote la muñeca antes de que la retires.

—Quédate ahí —te diría—. Aguanta el calor un rato.

Y aguantarías. Sé que aguantarías.

Con dos dedos abro los labios para verme entera. Estoy hinchada, los labios internos asoman, rosados oscuros, como una flor que se abrió de golpe. El clítoris está descubierto, brillante, latiendo. Si lo toco directo me corro en treinta segundos, así que lo evito al principio. Trazo círculos a su alrededor, primero anchos, después más cerrados, hasta que mi cadera empieza a moverse sola buscando el dedo. Ese momento me encanta: cuando ya no decido yo, cuando es el cuerpo el que pide.

Meto el dedo medio en la entrada y siento cómo me chupa hacia adentro. Está todo tan mojado que entra sin esfuerzo, hasta el fondo. Me detengo ahí, dejando que las paredes se cierren alrededor de mi propio dedo, sintiendo cómo palpitan. Después meto otro. Después un tercero, doblándolos ligeramente hacia la pared de adelante, buscando ese punto rugoso que solo me encuentro cuando estoy realmente excitada.

Cuando lo encuentro, gimo por primera vez. Un gemido bajo, ronco, que no parece mío.

Quiero que ese gemido lo escuches tú.

Sigo con tres dedos adentro y la otra mano vuelve al clítoris. Pero esta vez no son círculos: son golpecitos suaves, rítmicos, con la yema del dedo índice. Como si tocara una puerta muy pequeña. Toc, toc, toc. El cuerpo se me arquea solo. Los talones se hunden más fuerte en la manta. Las nalgas se me tensan y, cuando bajo la cadera, mis dedos se hunden todavía más adentro.

El ruido del cuarto cambia. Antes solo se oía el ventilador. Ahora se oye el chapoteo de mi propia humedad, mi respiración entrecortada, y de vez en cuando una palabra que se me escapa sin permiso. A veces es tu nombre, aunque no lo sepa. A veces es solo un «por favor» dicho a nadie.

Levanto las caderas y veo cómo se forma un hilo brillante entre mis dedos y la entrada cuando los retiro un segundo para mirar. Los huelo. No me da vergüenza decirlo. Huelen a mí, a noche, a algo dulce y salado al mismo tiempo. Y mientras los huelo, sigo dándome golpecitos en el clítoris con la otra mano.

Si estuvieras aquí, te haría olerlos también.

Vuelvo a meter los dedos. Esta vez no aguanto el ritmo lento. Mi mano sube y baja, las uñas de la otra rascan suavemente el clítoris, los muslos me empiezan a temblar. Cierro los ojos y te invento. Te invento de espaldas anchas, con la camisa todavía puesta, las mangas remangadas hasta los codos. Te invento serio, con el ceño fruncido como cuando uno se concentra en algo importante. Te invento sin decir mi nombre porque no lo sabes, llamándome solo «vos» o «tú» o «esa boca», cualquier cosa que me rebaje un poco y me excite mucho. Te invento subiéndote a la cama lentamente, separándome las rodillas con las dos manos, mirándome muy de cerca. Te invento sin tocarme todavía, solo mirándome. Y mirándome es como me hago venir.

Y entonces siento que me vengo.

El primer orgasmo me agarra como una ola que rompe en la espalda baja. Me sube hasta el pecho. Me llega a las orejas, que se ponen calientes y rojas. Aprieto los muslos contra mis manos sin querer. Las paredes internas se contraen tan fuerte alrededor de los dedos que me cuesta sacarlos. Y cuando los saco, sale más líquido del que esperaba: un chorrito tibio que cae sobre la manta y se extiende rápido.

—Ay —digo en voz alta, a nadie y a ti—. Ay, qué rico.

Me río un poco después, como me río siempre cuando me corro la primera vez. Es una risa boba, agradecida, casi de niña. Me limpio los dedos en la cintura del pijama tirado a un lado. Respiro.

Me quedo así un rato, con la mano todavía manchada y el cuarto en silencio salvo por el ventilador. Pienso en cosas tontas. Pienso en si mañana tengo clase. Pienso en si dejé el café preparado. Pienso que esto es ridículo, este momento de paz absurda después de algo tan obsceno. Y me río otra vez, sola. Después estiro la mano hacia la mesita, agarro la botella de agua, bebo un trago largo. Sigo desnuda, sigo abierta. Nadie me ve y, sin embargo, me siento mirada.

Pero no termino. Una vez nunca alcanza.

***

Después del primer orgasmo me quedo unos minutos quieta, con las piernas todavía abiertas, sintiendo el aire entrar por todas partes. La piel me arde menos, pero el clítoris sigue latiendo, ahora más sensible. Si lo rozo, doy un saltito.

Ahí es cuando empieza la fantasía larga.

Pienso en ti otra vez, pero ya no como un espectador. Pienso en ti como alguien que decide. Que decide cuándo me toca y cuándo no. Que decide qué me dice y qué se calla. Que me pone la mano en la mandíbula y me obliga a mirarlo a los ojos cuando me corro la segunda vez.

—Mírame —me dirías—. No cierres los ojos.

Y no los cerraría. Aunque me costara.

Vuelvo a tocarme, pero esta vez más despacio. Una mano abierta sobre la barriga, midiéndola subir y bajar. La otra entre las piernas, primero con palmadas suaves contra los labios mojados, una y otra, hasta que el sonido ese me hace sonrojar. Después dos dedos otra vez, deslizándose con lentitud, sintiendo cómo todo está más sensible que antes.

El segundo orgasmo siempre me cuesta más. Tengo que concentrarme. Tengo que pensar cosas más sucias. Tengo que dejar de pensar en lo que me parece bonito y empezar a pensar en lo que me parece prohibido.

Pienso, por ejemplo, en que me ves. Que sin que yo lo sepa, has estado leyéndome todo este rato. Que tú también tienes una mano donde yo te imagino. Que cuando termines de leer este párrafo, vas a apagar el teléfono y vas a respirar hondo y vas a maldecirme entre dientes.

Pienso en eso y aprieto los muslos otra vez.

El clítoris responde rápido. Los dedos se mueven solos. La cadera se me sube de la cama y se queda en el aire un segundo, suspendida, antes de caer otra vez. Me muerdo el labio inferior tan fuerte que me lo dejo rojo. Me agarro un pecho con la mano libre, lo aprieto, me pellizco el pezón sin piedad.

—Otra vez —susurro—. Otra vez, otra vez.

Y vuelvo. Esta vez más lento, más profundo. Un orgasmo que no rompe en la espalda sino en la boca del estómago, que se queda ahí girando como un nudo de calor. Las piernas me tiemblan tanto que tengo que dejarlas caer abiertas sobre la cama. Una lágrima se me escapa del ojo izquierdo, sin razón. Me la limpio con el dorso de la mano.

***

Y aquí estoy, escribiéndote todavía. Con la manta empapada, los pechos manchados de sudor, la respiración todavía rara. El cuarto huele a mí. La luz del techo me sigue dando de lleno y yo sigo sin querer apagarla.

Esto no es una invitación. O sí lo es, no sé. Es una confesión, en todo caso. Una fantasía erótica que prefiero contarte así, en palabras, antes que en un mensaje de voz que me daría vergüenza al día siguiente. Pero la fantasía está completa: tú al otro lado, yo aquí, los dos pensando en lo mismo y sin tocarnos. Por eso funciona.

Me llamo Mariana, tengo dieciocho años, y acabo de venirme dos veces seguidas pensando en alguien que no existe. O que sí existe, pero no me conoce. O que me conoce y nunca lo va a admitir. Cualquiera de las tres me sirve.

Si llegaste hasta acá, gracias por leerme. La próxima vez te cuento la fantasía donde sí me tocas.

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Comentarios (7)

CamilaCba

Increible, me dejo sin palabras. Esperando mas!!!

Martin_Cba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas jaja

NocheRara99

Que manera de arrancar un relato... me atrapo desde la primera linea y no pude soltar el telefono. Muy bien escrito, de verdad

Vale_2024

buenisimo!!!

RenatoFdz

Hacia tiempo que no leia algo tan bien contado. Felicitaciones

SofiaRoca

Me recordo a algo que me paso a mi jajaja, demasiado real esto

Tomas_88

Esperando ansioso el proximo, saludos desde cordoba

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