El chico del videojuego apareció en mi puerta
Hace dos años y medio yo tenía la cabeza en otro lado. Cursaba el último año de la secundaria técnica en un colegio del barrio sur, vivía con mi madre y mi hermana menor en un departamento de dos ambientes que se nos quedaba chico, y la única certeza de mi vida era que no quería atarme a nadie. Tenía planes. Quería terminar la secundaria, meterme en una tecnicatura en programación y, si la beca lo permitía, después saltar a la universidad. Una pareja, en ese momento, me parecía una distracción que no podía darme.
Lo que sí me podía dar eran las noches.
Un compañero de banco, Tobías, me regaló un visor de realidad virtual usado para mi cumpleaños número diecinueve. Era una unidad vieja, con la espuma despegada y una correa que olía a sudor ajeno, pero funcionaba. Lo conecté a la computadora de mi cuarto y descargué uno de esos juegos sociales que estaban de moda, una especie de Sims pero en primera persona, donde los avatares hablaban por voz, podían bailar, sentarse en sillones y, si uno quería, encerrarse en cuartos privados.
La primera semana entré por curiosidad. La segunda ya tenía un avatar femenino con el pelo rosa, la cintura imposible y un guardarropa que iba renovando cada noche. La tercera empecé a hablar con desconocidos.
Al principio fue inocente. Me sentaba en el bar virtual del lobby principal y escuchaba conversaciones ajenas hasta que alguien me preguntaba la edad y de dónde era. Mentía a medias: decía que tenía veintidós, que vivía sola y que estudiaba diseño. Era más fácil construir un personaje que explicar la realidad.
Después llegaron los chicos.
***
No fueron pocos. Algunos eran lindos, otros tenían esa belleza ordinaria que se vuelve interesante cuando hablan. La mayoría compartía algo: tatuajes en los brazos, ropa cuidada, una forma particular de armar las frases, un humor que no era para todos. Me gustaba esa estética de pibes que pasan demasiado tiempo en internet. Me resultaban familiares.
Y, sí, había tensión. Vibras sexuales que iban y venían incluso a través de avatares torpes con animaciones repetidas. Cuando uno de ellos se me acercaba en el lobby y me proponía pasar a un cuarto privado, yo aceptaba sabiendo lo que iba a pasar: hablar de cualquier cosa al principio, después un silencio largo, después la pregunta inevitable de si tenía micrófono cerca de la boca, si la respiración se escuchaba bien, si quería contarle cómo tenía la mano metida en la bombacha, si me la estaba tocando mientras hablaba, si me estaba haciendo un dedo o dos.
Aprendí rápido la regla más importante de ese mundo. Antes de cualquier intimidad, dejaba clara mi posición.
—Quiero algo casual —decía—. No estoy buscando pareja, ni novio, ni novia digital. Si te sirve para pajearte conmigo tres noches y desaparecer, perfecto. Si no, mejor cortemos acá.
La mitad se quedaba. La otra mitad desaparecía en menos de una semana. Algunos se iban enojados, otros me bloqueaban sin explicación, y unos pocos volvían a aparecer meses después con el mismo discurso de que «esta vez es distinto». Yo aprendí a no contestarles.
Los que aceptaban las reglas cumplieron sus respectivas funciones en mi vida y se fueron tan pronto como llegaron. Me hicieron correr con la voz, me contaron con lujo de detalles cómo me la meterían si me tuvieran adelante, y yo les describí cada vez cómo me abría la concha con dos dedos y me la mojaba con la saliva del otro. Sin escenas, sin reproches, sin promesas rotas. Era la forma de relación más sana que había tenido nunca, y al mismo tiempo la más fría.
Hasta que apareció Mateo.
***
Mateo no se acercó al lobby a buscarme. No me mandó solicitudes de amistad ni me invitó a cuartos privados a la primera. Lo conocí en un evento del juego, una especie de fiesta virtual con música electrónica y avatares saltando en una pista que parpadeaba. Yo estaba apoyada contra una pared, mirando, cuando él se sentó en el suelo a mi lado y me preguntó si me gustaba el techno.
—No mucho —le dije.
—A mí tampoco.
Hablamos dos horas sin movernos del piso. Tenía el avatar masculino más sobrio que había visto en ese juego: jean, remera negra, zapatillas blancas, el pelo oscuro corto. Sin tatuajes virtuales, sin alas, sin colores estridentes. Cuando le pregunté por qué se había puesto algo tan aburrido, me contestó que su avatar era él, sin filtros.
Me cayó bien. Le hice la advertencia de siempre.
—Yo no busco nada serio. Aclarado eso, podemos seguir hablando.
Mateo se rio. Se rio de verdad, no esa risa pregrabada que el juego ofrecía como animación. Era una carcajada real al otro lado del micrófono, gruesa y un poco rota.
—Tranquila —me dijo—. Yo tampoco.
***
Lo que vino después no tenía sentido para alguien que decía buscar solo lo casual. Empezamos a conectarnos a la misma hora todas las noches, después de la cena. Él vivía en otra ciudad, a unos seiscientos kilómetros, en un departamento que compartía con dos amigos. Estudiaba sonido. Trabajaba de mozo los fines de semana. Tenía veinticuatro y una voz que se me metió en la cabeza durante el día, mientras cursaba.
Hablábamos de todo. De las películas que nos gustaban, de las series que abandonábamos a la mitad, de la familia, de las pavadas que pensábamos a las cuatro de la mañana cuando no nos podíamos dormir. A veces el avatar se quedaba parado y el juego nos alertaba que llevábamos veinte minutos sin movernos. Nos importaba poco. Los avatares eran una excusa.
Al mes, los silencios cambiaron de naturaleza.
—¿Estás sola? —me preguntó una noche.
—Mi vieja y mi hermana ya duermen. Sí.
—¿Tenés el visor bien puesto?
Tragué saliva. La animación de mi avatar no captó el gesto, pero él me lo notó en la respiración.
—Sí.
—Cerrá los ojos. Y bajate la bombacha.
Los cerré. Levanté la cadera del asiento y me bajé la bombacha hasta las rodillas de un tirón, con el corazón golpeándome adentro de las costillas. Todavía tenía puesta una remera larga que usaba para dormir, nada más. El aire del cuarto me llegó de golpe entre las piernas y me erizó la piel.
—Ya está —dije.
—Abrite las piernas. Todo. Como si estuviera sentado en el piso mirándote.
Las abrí. Sentí lo mojada que estaba antes incluso de tocarme. Con solo la voz, el hijo de puta ya me había puesto la concha empapada.
—Ahora quiero que te chupes los dedos —me dijo, la voz más baja, más grave, casi al oído—. Los dos del medio. Bien. Mojálos.
Me los metí en la boca. Los chupé como si fuera una verga, con calma, escuchándolo respirar al otro lado. Del otro lado del micrófono se oía un roce lento, rítmico, y no me hizo falta preguntar qué estaba haciendo. Me lo estaba imaginando también: la mano en la pija, dura, subiendo y bajando despacio para durar.
—¿Ya los tenés bien mojados? —preguntó.
—Sí.
—Ahora bajálos. Despacio. Empezá por las tetas, apretate los pezones fuerte, con las uñas, hasta que te duela un poquito. Yo te lo haría con los dientes.
Me pellizqué el pezón derecho hasta que me escapé un gemido corto. Él lo escuchó y se rio, esa risa rota que me hacía apretar los muslos.
—Ahora abajo. Sin tocarte la concha todavía. Rodéala. Pasate los dedos por las ingles, por la parte de adentro de los muslos. Que se te acerquen sin llegar. Quiero que la concha te lata sola pidiéndolos.
Le hice caso. Cada palabra que decía me la hacía yo, con obediencia perra, con las piernas cada vez más abiertas y la cadera moviéndose sola contra el aire. Cuando por fin me dio permiso de tocarme, ya estaba tan mojada que los dedos se me deslizaron sin fricción por los labios hinchados.
—Ahora sí, cerdita —me dijo—. Buscate el clítoris. Movimientos circulares, despacio, como si te lo estuviera chupando yo. Y no te calles. Quiero escuchar cómo se te pone la voz cuando estás cerca de correrte.
Me froté como me pedía, lento primero, y después más rápido cuando la voz me lo indicó. Él me contaba en tiempo real lo que me haría si estuviera ahí: cómo me abriría las piernas con las manos, cómo me pasaría la lengua entera desde el culo hasta el clítoris antes de clavármela, cómo me la metería primero apenas, dos centímetros, para que se la pidiera. Cómo me la iba a hundir después hasta el fondo de una sola estocada para que se me escapara un grito.
—Me estoy por correr —le dije, con la voz temblando.
—Metete dos dedos —ordenó—. Adentro. Bien adentro. Y seguí frotándote el clítoris con la otra mano. Quiero que te vengas escuchándome la voz.
Me metí los dedos hasta los nudillos, sentí la concha cerrarse alrededor con esos espasmos tempranos que anuncian todo, y me corrí con la boca abierta contra el visor, sin dejar de escucharlo respirar pesado al otro lado. La corrida se me escapó por los dedos, me bajó por la mano hasta la muñeca, me manchó la sábana. Escuché su gemido ronco poco después. Se había venido conmigo, sin habernos tocado nunca.
Me corrí sin moverme del asiento, con el pelo pegado a la frente, y me quedé un rato quieta, escuchándolo respirar como si volviera de una carrera.
***
A partir de esa noche, lo virtual no me alcanzó. Empecé a esperar el momento en el que se quitara el visor y prendiera la cámara de la computadora, y a los pocos días se lo pedí.
—Quiero verte la cara.
—¿Estás segura? Una vez que rompemos eso no se vuelve atrás.
—Estoy segura.
Cuando vi a Mateo por primera vez fuera del juego, no era nada parecido a lo que había imaginado. Era más flaco, más pálido, con ojeras profundas y un piercing minúsculo en la ceja. Llevaba una remera vieja con un logo descolorido, el pelo despeinado de costado y los hombros un poco encorvados frente a la pantalla. Era real. Eso fue lo que más me golpeó: que era una persona, con un cuarto desordenado detrás, una taza apoyada al lado del teclado y una luz amarilla que le caía sobre la mitad de la cara.
Me gustó más así. Me gustó tanto que entendí que estaba rompiendo mi propia regla.
Hablamos hasta las cinco de la mañana. La cámara me mostraba todo: el bostezo cuando se cansaba, la forma en la que se mordía el costado del labio cuando pensaba algo que no se animaba a decir, la mano que se pasaba por el pelo cuando se reía. Cuando me dijo «tendría que viajar a verte», yo no le dije que no.
Le dije «cuándo».
***
Llegó un sábado a la madrugada, después de seis horas de micro. Lo esperé en la terminal con un buzo enorme y las manos heladas. Cuando lo vi bajar del colectivo, con una mochila al hombro y la misma cara cansada de la pantalla, sentí que se me caía algo en el estómago. Era él. Era él en persona, con olor, con peso, con manos que se podían tocar.
Lo abracé en silencio. Él se quedó quieto unos segundos y después me apretó tan fuerte que pensé que me iba a romper algo.
—Me cuesta creer que existís —me dijo al oído.
—Yo te puedo decir lo mismo.
Caminamos hasta mi casa sin hablar mucho. Mi madre y mi hermana se habían ido al campo el fin de semana, una coincidencia que no terminaba de sentir como casual. El departamento estaba vacío, ordenado, con las luces bajas que había dejado encendidas para que no entráramos a oscuras. Le ofrecí algo de tomar y él me dijo que no quería nada, que no había aguantado seis horas de viaje para perder tiempo en formalidades.
Me besó en el pasillo. Sin avisar, sin pedir permiso, con las manos a los costados de mi cara y la mochila todavía colgada de un hombro. El primer beso fue lento, cuidadoso, como si los dos estuviéramos midiendo si la otra persona era real. El segundo no. El segundo me metió la lengua hasta el fondo y me apretó contra la pared con la pierna entre las mías, y sentí perfectamente el bulto duro que traía adentro del jean, apretado contra mi pubis.
***
Lo guié hasta mi cuarto sin separarme de él. La mochila cayó en algún lado del living, no me importó. Cuando entramos, cerré la puerta con el pie y me apoyé contra la madera. Él me miró un segundo entero, sin tocarme, y después me agarró de la cintura con las dos manos y me empujó suavemente hacia la cama.
Lo que pasó después no se parecía a nada de lo virtual. Las manos de Mateo eran ásperas, más grandes de lo que parecían en cámara, y sabían exactamente dónde apretar y dónde aflojar. Me sacó la remera con cuidado, me besó el cuello durante minutos enteros, me mordió el hombro con la justa firmeza para que se me escapara un sonido que no había hecho nunca. Yo le saqué la remera de un tirón. No tenía paciencia para nada.
Le desabroché el jean con las dos manos, torpe, apurada, y cuando le bajé el bóxer se le saltó la pija a la mano. Era gruesa, más gruesa de lo que le calculaba por la voz, con el glande morado y una gota espesa asomando en la punta. Me la quedé mirando un segundo, y él me agarró del pelo suavemente, invitándome sin apurarme.
Me arrodillé en el suelo entre sus piernas. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, lento, mirándolo a los ojos, y le limpié la gota con la punta de la lengua. Le tembló el estómago.
—La puta madre —murmuró.
Me la metí en la boca hasta donde pude. Sentí el bulto llegarme al fondo de la garganta, tragué saliva alrededor, y él dejó escapar un gruñido que me apretó la concha. Empecé a mamársela como me gustaba a mí que lo hicieran: con la mano en la base ayudando, la boca subiendo y bajando entera, la lengua trabajando el frenillo cada vez que subía. Le chupé los huevos también, uno primero, después el otro, mientras le hacía una paja lenta con la mano llena de saliva. Se le puso todavía más dura, si eso era posible.
—Vení acá —me dijo con la voz rota—. Vení, que si seguís me vengo en tu boca y no quiero, no todavía.
Me levantó del suelo agarrándome de las axilas y me tiró en la cama de espaldas. Me arrancó los pantalones y la bombacha de un tirón, y antes de que yo pudiera respirar bien ya tenía la cara enterrada entre mis piernas. Me abrió los labios con los pulgares, se me quedó mirando un segundo la concha rosada y empapada, y después bajó la boca.
Me la chupó como si tuviera hambre. La lengua entera pasando por el clítoris, la punta de la lengua entrando y saliendo del agujero, los labios cerrándose alrededor del capullito y tirando suavemente. Me metió dos dedos y los curvó adentro, buscándome un punto que yo no le había explicado que tenía, y cuando lo encontró me arqueé entera contra su cara. Le clavé la mano en el pelo y le apreté la cabeza contra la concha, sin vergüenza, sin medir. Él lo entendió y aceleró.
Me corrí en su boca a los pocos minutos, con las piernas cerrándose alrededor de su cara y un grito que me tapé sola con la otra mano por si algún vecino me escuchaba. Él siguió chupándome despacio mientras yo bajaba, sacándome hasta la última contracción, hasta que le tuve que empujar la cabeza porque el clítoris me estaba dando corriente.
—Vení —le pedí, con la voz temblando—. Cogeme ya.
Subió por mi cuerpo besándome la panza, el ombligo, las tetas. Me chupó un pezón, después el otro, mientras se acomodaba entre mis piernas. Sentí la punta de la pija apoyada en la entrada, resbalándose en lo mojada que estaba, y me la restregó contra el clítoris un par de veces solo para escucharme suplicar.
—Metémela —le dije—. No juegues.
—Pedímela bien.
—Metémela, por favor. Toda. Cogeme fuerte.
Me la clavó de una sola estocada, hasta la base, y los dos gemimos al mismo tiempo. La concha se me estiró alrededor y sentí un ardor breve, delicioso, esa sensación de estar llena hasta arriba que no había sentido nunca así. Él se quedó adentro sin moverse unos segundos, con la frente apoyada en la mía, esperando a que me acostumbrara.
—Movete —le pedí.
Empezó a coger despacio, con estocadas largas y profundas, saliendo casi entero antes de volver a entrar hasta el fondo. Cada embestida me sacaba un gemido corto. Le clavé las uñas en la espalda y le abrí más las piernas, apoyándome los talones contra el culo para que me la metiera todavía más adentro.
—Así, así, no pares —le dije al oído—. Más fuerte.
Aceleró. La cama empezó a chocar contra la pared con un ritmo obsceno, y a mí ya no me importaba nada. Me dio vuelta sin sacármela, me puso en cuatro con las manos apoyadas en la cabecera, y me la volvió a meter desde atrás. Desde ese ángulo entraba distinto, tocaba otras cosas, y a los pocos golpes ya estaba temblando entera. Me agarró el pelo con una mano, me lo enrolló en el puño y me tiró la cabeza hacia atrás.
—¿A quién estás cogiendo? —me preguntó, con la voz ronca contra mi oreja.
—A vos.
—Decilo bien.
—Te estoy cogiendo a vos, Mateo. Rompeme la concha.
Me dio una palmada en el culo, no muy fuerte, y me embistió más rápido. Con la otra mano me buscó el clítoris por debajo y me lo empezó a frotar mientras me la seguía metiendo hasta el fondo. Fue demasiado. Me corrí otra vez, con la concha cerrándose alrededor de la pija en espasmos que le arrancaron un gemido ronco.
—Me vas a hacer venir —me dijo, apretando los dientes.
—Dentro no —le dije—. En la cara.
Salió de mí a los pocos segundos, me dio vuelta rápido y yo bajé de la cama y me arrodillé frente a él. Se la agarró con la mano y se la sacudió tres veces sobre mi boca abierta antes de correrse a chorros. El primero me cayó en la mejilla y en los labios, el segundo dentro de la boca, el tercero se me escurrió por el mentón hasta las tetas. Me tragué lo que me había caído en la lengua, sin sacar la vista de sus ojos, y le limpié la punta con la lengua. Le tembló la pija entera.
—La reputa madre —me dijo, dejándose caer sentado en la cama—. Sos un problema.
Lo monté después, cuando volvió a empalmarse, con las rodillas a los costados de su cadera, y me incliné para volver a besarlo. Él me agarró la cara con las dos manos.
—Mirame —me dijo.
Lo miré. Tenía los ojos negros, y en la luz baja de la lámpara parecían más profundos que en la pantalla.
—No te enamores —me pidió, casi en broma.
—Tarde —le contesté.
Me empalé sobre la pija despacio, sintiéndola volver a entrar centímetro a centímetro, y empecé a moverme encima con las manos apoyadas en su pecho. Él me agarró las tetas, me apretó los pezones entre los dedos, y me miró todo el tiempo sin sacarme los ojos de encima. Me hizo correr una tercera vez así, cabalgándolo yo, con el sudor bajándome por la espalda y la voz ya rota de tanto gemir.
Cuando cayó el sol y nos volvimos a despertar, no habíamos dormido más de dos horas. Me despertó por atrás, con la pija ya dura apoyada entre mis nalgas, y me la metió de costado, con las dos piernas juntas y el pecho pegado a mi espalda. Cogimos así, lento, medio dormidos, hasta que él se corrió adentro con la boca hundida en mi nuca. Después me la sacó y me pasó los dedos por la concha para limpiarme el semen que empezaba a chorrear, y se los llevó a mi boca. Se los chupé sin pensarlo.
—Esto rompe la regla —le dije, después, mientras me abrazaba por la espalda.
—Lo sé.
***
Mateo se quedó tres días. Los tres mejores días que recuerdo de esa época. Cogimos por todos lados: contra la pared del baño mientras el agua caliente nos caía encima, con él arrodillado detrás mientras yo apoyaba las manos en los azulejos; sobre la mesa de la cocina, con las piernas abiertas y él parado con la remera todavía puesta; en el sillón, con la tele prendida como excusa, yo sentada encima suyo mientras me tapaba la boca porque los vecinos escuchaban todo. Cocinábamos juntos, mirábamos series tirados en el sillón, salíamos a comprar facturas a la madrugada porque ninguno de los dos tenía sueño. La última noche, antes de volver a la terminal, me dijo que no podía mudarse, que tenía a su madre enferma y que no podía pedirme que dejara la carrera.
—No te lo iba a pedir —le contesté.
Nos despedimos en la terminal con un beso largo y una promesa que ninguno de los dos creía. Volveríamos a hablar, nos volveríamos a ver, esto no terminaba acá. Tres semanas después, él dejó de conectarse al juego. Una semana más tarde, dejó de contestarme los mensajes. Nunca supe si había vuelto con alguna ex, si su madre se había puesto peor, si simplemente había decidido que era más fácil cortar de raíz.
Me dolió. Me dolió como duele algo que no estaba autorizado a sentir.
***
Pasaron dos años y medio. Terminé la secundaria, entré a la tecnicatura, ahora curso el segundo año con el promedio que necesito para mantener la beca. Sigo sin pareja, no por las mismas razones que antes, sino porque entendí algo nuevo: que las relaciones casuales también te marcan, aunque jures lo contrario. Que el cuerpo recuerda. Que las reglas de oro están para romperse cuando aparece la persona equivocada en el momento equivocado.
A veces, todavía me pongo el visor. Entro al juego, me siento en el bar virtual, miro pasar a los avatares. Algunos chicos se me acercan, me preguntan la edad, me invitan a cuartos privados. A veces acepto y me dejo guiar la mano hasta la concha por una voz desconocida, y me corro sin sacar los ojos del techo. A veces no.
Y a veces, sin esperarlo, escucho una risa rota al otro lado de un micrófono y se me acelera el pulso por un segundo, antes de darme cuenta de que no es él.