Lo que descubrí sobre mi tío a las tres de la mañana
Si me vieras caminar por la calle, lo primero que notarías de mí serían mis pechos. Grandes, redondos, siempre luchando por escaparse de cualquier blusa o vestido que me ponga. Pero sé perfectamente que no son ellos lo que realmente te haría perder la cabeza.
Lo que te obsesionaría de mí sería mi culo.
Da igual qué ropa lleve puesta. Dos esferas firmes y prominentes que se mueven con un vaivén hipnótico a cada paso. Tengo la cintura estrecha, las caderas anchas y la espalda ligeramente arqueada de forma natural. Esa combinación hace que mis nalgas parezcan imposibles desde cualquier ángulo. Como si mi cuerpo hubiera sido diseñado específicamente para atraer miradas hacia esa parte de mi anatomía.
Empecé a desarrollarme muy pronto. A los catorce ya tenía un trasero que generaba una atención incómoda, sobre todo de hombres adultos. Cada vez que salía a cualquier lugar era lo mismo: miradas largas en el supermercado, comentarios supuestamente inocentes de conocidos de la familia, manos que por accidente rozaban mis nalgas al pasar junto a mí. Recuerdo cómo algunos esperaban con impaciencia a que me diera la vuelta para clavar los ojos en mi culo sin el menor reparo por mi edad.
Otro problema constante es que cuando conozco a un hombre, siempre llega ese momento incómodo. Observo cómo su mirada desciende lentamente hasta posarse en mis nalgas, y algo cambia en sus ojos. Ya no me ven como Camila, la chica simpática o la compañera de clase. Me convierto en un objeto de deseo, en una fantasía que quieren cumplir a toda costa.
Soy originaria de Guadalajara, Jalisco. Mi familia tuvo cierto nombre y prestigio en la ciudad, pero mi padre —que en paz descanse— dilapidó casi todo lo que mi madre había heredado entre el juego y la bebida. No estamos en la miseria, pero el dinero no sobra. Por eso trabajo desde que tuve edad para hacerlo.
Me llamo Camila Herrera, tengo veintitrés años y estudio la licenciatura en Ciencias de la Comunicación.
Mi sueño es presentar un noticiero o conducir mi propio programa en alguna televisora local. Mientras tanto, trabajo como modelo en eventos y presentaciones. Me pagan bien, aunque el precio emocional a veces es demasiado alto.
Soy de piel clara, ojos grandes color avellana, cabello castaño que me llega justo por debajo de los hombros. Nariz pequeña, labios finos pero expresivos. Lo que realmente me ha abierto puertas en el medio, sin embargo, son mis medidas. Mi cara transmite elegancia. Mi cuerpo, en cambio, exuda algo completamente distinto: una sensualidad desbordante que no puedo controlar ni atenuar por más que lo intente.
Nada de esto es gratis. Me mato dos horas diarias en el gimnasio y sigo una dieta estricta para mantener este físico. Entreno glúteos con obsesión porque sé que son lo primero que la gente nota de mí, lo que me consigue contratos y lo que me condena al mismo tiempo.
Trabajar como modelo en eventos es agotador por razones que nada tienen que ver con el esfuerzo físico. Ya sea que esté repartiendo folletos, parada en un stand o presentando un producto, siempre siento las miradas. Algunos ni siquiera intentan disimular. Me desnudan con los ojos como si tuvieran derecho, como si mi presencia en ese lugar les otorgara permiso para fantasear en voz alta.
Las cosas que me dicen son repugnantes:
—¡Qué nalgotas, mamacita! ¿Cuánto cobras por dejarte probar ese culito? Apuesto a que aprietas bien sabroso.
—Ese trasero seguro está hecho para el pecado, güerita. Déjame invitarte a cenar y te demuestro lo que te pierdes.
—¿Te gusta por atrás o todavía te haces la difícil? Con esas nalgas, algún día vas a tener que aceptar lo que eres.
Los más educados llegan con sonrisas ensayadas y tarjetas de presentación. Según ellos, me ofrecen oportunidades en televisión o publicidad. Pero siempre con la misma condición implícita: una cena privada, un viaje a la playa y la promesa no dicha de que tendré que entregarles lo que realmente quieren de mí.
Incluso en la universidad me pasó una vez.
Cuando recién había entrado a la carrera, un profesor de Producción Audiovisual me citó en su despacho un viernes por la noche, cuando el edificio ya estaba vacío. Su propuesta fue directa: yo no tendría que asistir a sus clases ni entregar un solo trabajo. Él me garantizaría la calificación perfecta. A cambio, yo tendría que dejarme, en sus palabras, disfrutar por detrás. Además, podía interceder con otros profesores para que me dieran el mismo trato.
Apreté las piernas por instinto mientras él hablaba. Salí de ese despacho temblando, con las mejillas ardiendo de vergüenza y rabia. Nunca volví a esa materia y cambié de grupo al semestre siguiente.
A veces siento que no soy más que un pedazo de carne. Que mis sueños, mi inteligencia, todo lo que soy como persona no vale nada frente a este cuerpo y, sobre todo, frente a este par de nalgas que cargo conmigo a todas partes como una maldición.
Lo más doloroso es darme cuenta de que la inmensa mayoría de los hombres solo quieren una cosa de mí. Como si mi cuerpo estuviera diseñado específicamente para despertar esa obsesión oscura y primitiva. Y lo más confuso de todo es que esa obsesión no empezó con los desconocidos en la calle ni con los hombres de los eventos.
Todo empezó con la persona que más me protegió después de que mi padre falleció.
Mi tío Ramón.
***
Cuando mi padre murió, yo tenía quince años. El mundo se me derrumbó de un día para otro. Mi tío Ramón, el hermano mayor de mi papá, se convirtió en mi refugio. Tenía alrededor de cincuenta y cinco años en ese entonces: un hombre corpulento, de voz grave y manos grandes, pero siempre cariñoso conmigo. Me acompañó en cada momento importante. Iba a mis partidos de voleibol, me ayudaba con los trabajos de la escuela, me consolaba cuando lloraba por las deudas que había dejado mi padre.
—Yo siempre voy a estar aquí para cuidarte, Camilita —me decía, abrazándome fuerte contra su pecho.
Y yo le creía. Lo quería como al padre que ya no tenía.
Cuando cumplí dieciocho, participé en un certamen de belleza juvenil que se organizaba entre preparatorias del estado. Yo no tenía un peso para cubrir los gastos, pero mi tío Ramón se hizo cargo de todo sin que yo tuviera que pedírselo.
Pagó el viaje a la sede del evento, el hotel, la comida, los vestidos, el peinado. Todo. Durante los tres días que duró la competencia estuvo siempre presente, sentado en primera fila con esa sonrisa orgullosa que me hacía sentir la chica más afortunada del mundo.
Y fue él quien más celebró cuando gané.
En realidad, el concurso fue casi sencillo para mí. Durante la pasarela en traje de baño y los vestidos de gala, las miradas terminaban siempre en el mismo lugar. Mi trasero, prominente y redondo, robaba la atención de jueces y público sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Para la coronación llevaba un vestido blanco perlado tipo sirena, ajustado como una segunda piel. Sin tirantes, con un corpiño que abrazaba mis pechos con firmeza pero los resaltaba de forma provocativa. La tela se ceñía a mi cintura estrecha y descendía con descaro sobre mis caderas. Una abertura lateral dejaba ver la piel de mis muslos al caminar.
Pero lo que realmente capturó todas las miradas —y probablemente la decisión del jurado— fue la forma en que el vestido moldeaba mis nalgas. La tela se tensaba al límite con cada paso, y mis glúteos rebotaban suavemente bajo ese brillo sedoso, creando un movimiento que parecía hipnotizar a la sala entera.
Después de la ceremonia, mi tío Ramón me esperaba a la salida. Me abrazó con fuerza, me levantó del suelo y me felicitó como un padre orgulloso. Para celebrar, me llevó a cenar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Durante todo el camino no dejó de repetirme lo orgulloso que estaba, que si mi papá viviera estaría igual de feliz. Yo, todavía con la adrenalina disparada, le contaba cada detalle emocionada: la preparación, lo que sentí en el escenario, los nervios antes del veredicto.
Ya pasada la medianoche volvimos al hotel. Mi tío iba algo pasado de copas, pero se comportó como siempre: amable, protector, paternal. Me acompañó hasta la puerta de mi habitación, me dio un beso en la frente y se fue a la suya.
Ya sola, me cambié para dormir. Me puse una camiseta blanca de tirantes finos y unos shorts rojos bastante cortos que se me ajustaban mucho al trasero. Me apretaban un poco, pero me gustaba cómo me quedaban. Caí en la cama exhausta, aunque todavía vibrando por dentro con la emoción de todo lo vivido.
***
Debían ser las tres de la mañana cuando un ruido me despertó.
Una respiración. Agitada. Pesada. Muy cerca de mí.
Abrí los ojos todavía medio dormida y el corazón me dio un vuelco brutal. Me quedé completamente paralizada, incapaz de moverme, incapaz de gritar, incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Mi tío Ramón estaba de pie junto a mi cama. Completamente desnudo. Su miembro erecto sobresalía pesado, hinchado, con las venas marcadas bajo la piel tensa. Lo sujetaba con una mano y se acariciaba despacio, con movimientos largos y deliberados, mientras me observaba con una intensidad que jamás le había visto.
Sus ojos tenían algo que no reconocí. Un hambre primitiva, oscura, salvaje. Como si la persona que me había cuidado durante años hubiera desaparecido y en su lugar hubiera quedado algo animal, algo que llevaba mucho tiempo contenido y que ya no podía seguir controlando.
Su mirada no estaba en mi cara. Ni en mis pechos.
Estaba clavada en mis nalgas.
Yo estaba acostada de lado, con los shorts rojos subidos y apretados contra la curva de mi trasero. Desde su posición, debía tener una vista completa de cada centímetro de esa parte de mi cuerpo que obsesionaba a todo el mundo. La misma parte que me había dado el concurso. La misma que me perseguía como una condena.
No él, pensé. Él no. Por favor, él no.
Cerré los ojos con fuerza y fingí seguir dormida. Escuchaba su respiración acelerarse, el sonido húmedo de su mano moviéndose, un gemido grave que intentaba contener apretando los dientes. Sentía su presencia a centímetros de mi piel, el calor de su cuerpo demasiado cerca.
No sé cuánto tiempo duró. Pudieron ser cinco minutos o una hora. Cada segundo fue una eternidad de terror, confusión y algo que me niego a llamar por su nombre. Cuando por fin escuché sus pasos alejarse y la puerta cerrarse con cuidado, solté el aire que llevaba conteniendo y las lágrimas empezaron a caer sin control.
No dormí el resto de la noche.
A la mañana siguiente, mi tío Ramón apareció en el desayunador del hotel con su sonrisa de siempre. Me preguntó cómo había dormido, me sirvió jugo de naranja y bromeó sobre el vestido que me había puesto la noche anterior.
—Estoy muy orgulloso de ti, Camilita —dijo, con la misma voz cálida y paternal de siempre.
Yo asentí en silencio. Sonreí. Desayuné. Subí al coche con él para el viaje de regreso a Guadalajara. Cuatro horas de carretera en las que actuó como el tío perfecto, el hombre que me había rescatado cuando más lo necesitaba.
Y yo no dije nada.
No dije nada porque una parte de mí todavía quería creer que lo había soñado. Que la adrenalina del concurso, el cansancio y la oscuridad de la habitación me habían jugado una mala pasada. Que el hombre que vi junto a mi cama no podía ser el mismo que ahora cantaba rancheras desafinadas mientras conducía por la autopista.
Pero yo sabía la verdad. Sabía lo que había visto. Sabía lo que había escuchado. Y sobre todo, sabía exactamente hacia dónde estaban dirigidos sus ojos mientras se tocaba en la oscuridad.
Ese fue el día en que entendí algo que todavía me cuesta aceptar: que este cuerpo mío, estas nalgas que tanto llaman la atención, no discriminan. No distinguen entre el desconocido vulgar de un evento, el profesor abusivo de la universidad y el tío que se supone debía protegerme del mundo.
Para todos soy lo mismo.
Y esa noche, mientras fingía dormir y sentía la respiración de mi tío Ramón a centímetros de mi piel, entendí que la persona en quien más confiaba también me veía exactamente así: como un deseo oscuro, como una obsesión que ya no podía seguir escondiendo.
Eso fue hace cinco años. Desde entonces, cada vez que mi tío me abraza en las reuniones familiares, siento sus manos detenerse una fracción de segundo más de lo necesario en mi cintura. Cada vez que me agacho a recoger algo, percibo su mirada bajar a donde siempre baja. Y cada vez que me dice lo orgulloso que está de mí, escucho algo debajo de esas palabras que nadie más puede oír.
Nunca se lo he contado a nadie. Hasta ahora.