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Relatos Ardientes

La visita a mi amiga que no debería contar

Valeria y yo nos conocíamos desde la universidad. Más de diez años de amistad, de esas que sobreviven a mudanzas, parejas nuevas y distancias largas. Se casó con Marcos hace cuatro años, un ingeniero que trabajaba en plataformas petrolíferas frente a la costa. Cada rotación lo sacaba de casa dos o tres meses. Al principio ella lo llevaba bien. Salía con el grupo, organizaba cenas, aparecía en todos los planes. Pero cuando nació el bebé, hacía ya ocho meses, dejamos de verla.

Sabíamos que estaba ahí, claro. Mandaba fotos del niño al grupo de WhatsApp, respondía con emojis, a veces dejaba un audio largo contando que no dormía. Pero no salía. Y nadie iba a verla, porque todos teníamos la vida llena de cosas que parecían más urgentes.

Un sábado por la mañana me escribió por privado. «Si no vienes tú, no viene nadie», decía el mensaje. Marcos se había ido a otra rotación dos semanas antes. Ella llevaba catorce días sola con el niño, sin más compañía que las llamadas de su madre y algún audio suelto del grupo. Le dije que pasaba después de comer. Compré un peluche ridículo en una tienda de camino y me presenté en su puerta a las cuatro de la tarde.

Me abrió con el bebé apoyado en la cadera y el pelo recogido en un moño que se le caía por un lado. Llevaba una camiseta gris que le resbalaba por un hombro y unos shorts de algodón desteñidos. No iba maquillada. No hacía falta. Valeria siempre tuvo ese tipo de belleza que funciona mejor sin adornos: pómulos altos, ojos oscuros, una boca que sonreía con facilidad y que te hacía sentir que eras la persona más importante del lugar. Después del embarazo su cuerpo había cambiado, pero no a peor. Tenía las caderas algo más anchas, los pechos más llenos, la piel con ese brillo particular que da la maternidad reciente.

—Pasa, pasa, que tengo café hecho —dijo apartándose de la puerta.

La casa olía a colonia de bebé y a algo dulce que no supe identificar. Dejó al niño en la hamaquita del salón y me sirvió dos tazas sin preguntarme cómo lo quería. Nos sentamos en el sofá, cada uno en una esquina, como habíamos hecho cientos de veces. Pero algo era distinto. Había un silencio nuevo entre nosotros, un espacio que antes llenaban los otros amigos, las conversaciones cruzadas, la música de fondo, y que ahora estaba vacío.

La conversación empezó por donde siempre empieza: el niño, el trabajo, los chismes del grupo, quién se había liado con quién en la última cena a la que ella no fue. Pero poco a poco fue bajando a capas que normalmente no tocábamos. Me habló de las noches en vela, del agotamiento que no se quita con ninguna siesta, de cómo sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Y después me habló de Marcos.

—Cuando llama, solo pregunta por el niño —dijo mirando el fondo de su taza—. Cuánto ha comido, si ha dormido bien, si tiene fiebre. De mí no pregunta nada. Ni cómo estoy, ni qué necesito, ni si me siento sola.

—Seguro que lo da por hecho. Que estás bien, digo.

—Ese es el problema. Que lo da por hecho.

Se quedó callada un momento, pasándose el pulgar por el borde de la taza.

—A veces pienso que me he vuelto invisible —añadió sin mirarme—. Que soy un electrodoméstico más de esta casa. Útil, funcional, pero que nadie ve.

No supe qué responder a eso. Le puse la mano en la rodilla y se la apreté un segundo, un gesto que entre nosotros siempre había sido inocuo, de consuelo. Pero esta vez ella me miró con una expresión que no le había visto nunca. No era tristeza exactamente. Era algo más profundo, más hambriento. Como si llevara meses sin que nadie la tocara de esa forma tan simple, y ese contacto mínimo le hubiera abierto una grieta que no sabía que tenía.

El bebé empezó a removerse y a lloriquear. Valeria lo levantó de la hamaquita, lo acunó un momento contra su pecho y me miró con algo de duda.

—Tengo que darle el pecho. ¿Te importa?

—Claro que no. Estás en tu casa.

—Ya, pero hay gente que se pone rara con estas cosas.

—No soy esa gente —dije—. Me parece lo más natural del mundo. Y si te tengo que ser sincero, estás en una forma increíble para lo que llevas encima estos meses. Así que no te preocupes por mí.

Algo cambió en su mirada cuando dije eso. Un destello breve, casi imperceptible, como cuando empujas una puerta que esperabas cerrada y cede.

Se quitó la camiseta por la cabeza con un solo movimiento y la dejó caer sobre el respaldo del sofá. No llevaba sujetador. Fue un gesto tan fluido, tan sin drama, que tardé un par de segundos en procesar que estaba sentada frente a mí con el torso completamente desnudo. Sus pechos eran generosos, llenos, con la piel tirante y las areolas oscurecidas por la lactancia. El niño le buscó el pezón con la boca abierta y se enganchó al instante. Valeria soltó un suspiro de alivio.

—Menos mal —dijo con tono cansado—. Estoy harta de tener que cortarme en mi propia casa por lo que puedan pensar los demás.

Intenté mantener los ojos en su cara. No lo conseguí del todo. Ella se dio cuenta.

—No me mires así —dijo con media sonrisa, sin levantar la vista del niño.

—¿Así cómo?

—Como si no hubieras visto tetas en tu vida.

Me reí. Ella también. La tensión se aflojó un momento, pero debajo del humor había algo que no se deshacía. Algo cálido y pesado que se había instalado entre los dos sin pedir permiso.

—Estás muy bien, en serio —dije—. Parece mentira que hayas tenido un bebé hace ocho meses.

—Eso es porque no me ves las ojeras de cerca.

—Las ojeras te dan un punto interesante.

Se le colorearon las mejillas. Hacía mucho que nadie le decía algo así, y se le notaba en la forma en que desvió la mirada, en cómo se mordió el labio inferior para no sonreír demasiado. Sentí que le había dado algo que necesitaba más que el café o la conversación: la certeza de que alguien la estaba mirando como mujer, no como madre.

El bebé se soltó del pecho derecho y ella lo cambió al izquierdo. Un hilo fino de leche le bajó por la curva del pecho que había quedado libre. Se lo limpió con el dorso de la mano, pero no del todo. La gota le resbaló hasta la parte baja del pecho y se perdió en el pliegue de la piel.

No debería estar mirando esto así.

Pero no podía dejar de hacerlo. Y ella lo sabía.

—¿Qué pasa? —dijo con un tono que ya no era casual—. ¿Tú también quieres probar?

Lo dijo medio en broma. Pero sus ojos no bromeaban. Había una invitación disfrazada de humor, lanzada al aire, esperando a ver si yo la recogía o la dejaba caer como si nada.

—¿Me dejarías? —respondí, y mi voz sonó más grave de lo normal.

No contestó con palabras. Se agarró el pecho libre con la mano y me lo ofreció, sosteniéndome la mirada sin pestañear.

Me acerqué despacio, dejándole tiempo para echarse atrás. No se echó atrás. Le cubrí el pezón con los labios y lo primero que sentí fue la leche, tibia, con un dulzor suave que no se parecía a nada que pudiera describir. Succioné con cuidado y la leche me llenó la boca, me desbordó, me escurrió por la comisura de los labios y me bajó por la barbilla hasta el cuello.

—Qué desastre —dijo riéndose, pero su mano ya estaba en mi nuca, empujándome contra ella.

Le pasé la lengua alrededor de la areola. La apreté entre los labios. La mordí despacio, apenas un roce de dientes, y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo contenía el aire. El bebé se había quedado dormido en su otro brazo, con la boca entreabierta y la respiración profunda. Valeria se levantó con cuidado, lo depositó en la hamaquita, lo tapó con la manta y comprobó que seguía dormido. Cuando se volvió hacia mí, ya no había rastro de broma ni de duda en su expresión.

Se sentó a mi lado. Pegada. Con una rodilla sobre el sofá y el torso todavía desnudo. Me puso la mano en el muslo y la fue subiendo sin prisa, sin dejar de mirarme.

—Y a mí, ¿no me vas a dar nada? —dijo en voz baja.

La frase quedó flotando entre nosotros un segundo. Noté la presión de su mano en la ingle y la sangre latiéndome en los oídos. Llevaba duro desde hacía rato. Desde antes de tocarle el pecho. Quizá desde que me abrió la puerta con esa camiseta que se le caía del hombro. Sin pensarlo más, me desabroché el pantalón y me la saqué.

Valeria bajó la mirada. Se relamió. Se inclinó sobre mí y me agarró con una mano en la base. Empezó con un lametón lento desde abajo hasta la punta, tomándose su tiempo, reconociendo el terreno. Cerró los labios alrededor de la cabeza y succionó una vez, dos, probando. Después se la metió entera, con un movimiento fluido que me hizo agarrarme al cojín del sofá.

Sabía exactamente lo que hacía. Alternaba entre succiones profundas y recorridos largos con la lengua plana, su mano acompañando lo que los labios no alcanzaban. Respiraba por la nariz, con ritmo, sin prisa, como si tuviera toda la tarde por delante y ninguna intención de desperdiciarla.

Le aparté el pelo de la cara para verla mejor. Tenía los ojos cerrados y una concentración en el gesto que me resultó tremendamente erótica. Le acaricié la mejilla con el pulgar y abrió los ojos para mirarme desde abajo, con los labios estirados alrededor de mi polla y una expresión que mezclaba deseo y desafío. Esa imagen sola casi me termina.

La dejé marcar el ritmo al principio, disfrutando de cada variación, de cada pausa calculada, de cada succión que me recorría el cuerpo entero. Pero llegó un momento en que algo cambió dentro de mí. Le sujeté la cabeza con la mano y empecé a mover las caderas hacia ella, despacio al principio, después con más intención. Valeria no se retiró. Aflojó la mandíbula, cerró los ojos y me dejó follarle la boca a mi ritmo. Cada embestida un poco más profunda. Cada gemido suyo una vibración que me recorría de arriba abajo.

—Me voy a correr —le avisé, dándole la oportunidad de apartarse.

No se apartó. Aceleró. Sentí cómo me apretaba la base con la mano mientras su boca me tragaba hasta el fondo, y me corrí con un espasmo largo, vaciándome en su garganta. Ella lo recibió todo sin un gesto de incomodidad, tragando con naturalidad, sin dejar de succionarme hasta que dejé de temblar. Cuando me soltó, se limpió la comisura del labio con el pulgar y se recostó en el sofá como quien acaba de terminarse un café.

***

Me quedé un momento quieto, con las manos en los muslos, intentando que la respiración volviera a un ritmo normal. El niño seguía dormido en la hamaquita. El reloj de la cocina hacía su tic-tac de siempre. Por la ventana entraba la misma luz dorada de media tarde. Todo estaba exactamente igual que antes, y los dos sabíamos que ya no lo estaba en absoluto.

Fui al baño. Me eché agua fría en la cara y me miré en el espejo sin saber muy bien qué estaba buscando. Cuando volví al salón, Valeria se había puesto la camiseta y estaba sirviendo otra ronda de café. Me preguntó si había visto la última temporada de una serie que los dos seguíamos. Le dije que no. Me la recomendó. Hablamos de un restaurante nuevo que habían abierto en el barrio y de un viaje que el grupo estaba organizando para el puente de octubre.

Como si los últimos veinte minutos no hubieran existido.

Me acompañó a la puerta cuando me fui. El bebé seguía dormido en la hamaquita con la boca entreabierta y los puños cerrados. Nos miramos un segundo más de la cuenta.

—Ven más a menudo —dijo apoyándose en el marco de la puerta—. Me hace bien tener compañía.

—Cuando quieras —respondí.

Y lo decía absolutamente en serio.

Bajé las escaleras sin mirar atrás. En el coche me quedé un par de minutos con las manos en el volante, sin arrancar el motor, mirando la fachada de su edificio. No sentía culpa. Tampoco sentía que hubiera cruzado una línea. Sentía que esa línea nunca había existido del todo entre nosotros, que llevaba años dibujada con tiza en el suelo, y que esa tarde de sábado simplemente dejamos de fingir que estaba ahí.

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