La pillé tocándose y ninguno de los dos se detuvo
Andrés giró la llave con cuidado. El departamento de Valeria estaba en silencio, o eso creyó durante los primeros segundos. Había salido temprano del taller —un cliente canceló la cita de las cuatro— y decidió pasar a dejar las cervezas para la noche. Valeria no volvería hasta las siete.
Lo que no esperaba era encontrar a Camila.
La vio desde el pasillo que conectaba la entrada con la cocina. Estaba sentada en una de las sillas del comedor, de espaldas a él, con el cabello castaño oscuro cayéndole sobre los hombros desnudos. Unos auriculares blancos inalámbricos le cubrían las orejas, demasiado grandes para su cabeza. Vestía una camiseta holgada de tirantes y unos shorts de jean cortados que dejaban ver sus piernas pálidas cruzadas bajo la mesa.
Andrés dejó la bolsa en el suelo sin hacer ruido. Iba a decir algo, a anunciar su presencia, pero un movimiento lo detuvo. Algo en la forma en que Camila se inclinaba sobre la mesa, entre pilas de apuntes universitarios, los ojos cerrados, la cabeza moviéndose levemente hacia adelante y hacia atrás.
En su mano derecha sostenía un plátano pelado. Pero no lo estaba comiendo.
Sus labios, entreabiertos y húmedos, envolvían la fruta con una lentitud que no tenía nada que ver con el hambre. La deslizaba hacia adentro y la sacaba despacio, su lengua dibujando un recorrido visible sobre la pulpa. Un hilo fino de saliva le bajó por la comisura de la boca hasta la barbilla.
Andrés dejó de respirar. El mundo se comprimió en ese rectángulo de cocina iluminado por la luz de la tarde. Entonces lo notó: la mano izquierda de Camila había desaparecido bajo el borde de sus shorts. El botón estaba abierto. Sus dedos se movían con un ritmo circular, firme, que acompañaba el balanceo casi imperceptible de sus caderas contra la silla.
Tengo que irme, pensó. Pero sus piernas no se movieron.
Camila compartía departamento con Valeria desde hacía un año. Hasta ese momento, Andrés solo la conocía como la chica que estudiaba diseño y dejaba tazas de café sin lavar en el fregadero. Ahora la veía desde otro ángulo, literalmente, y algo dentro de él se encendió con una violencia que lo asustó.
Un gemido suave se filtró por debajo de los auriculares, lo suficientemente bajo como para que ella creyera que solo existía dentro de su cabeza. Su espalda se arqueó. La fruta desapareció entre sus labios hasta que casi no quedó nada visible.
Andrés sintió la erección formarse contra la tela del pantalón. Apretó los puños. Se quedó ahí, paralizado entre la culpa y una curiosidad que le quemaba el pecho.
***
Camila abrió los ojos para acomodarse en la silla. Lo vio.
No gritó. No se cubrió. Lo miró con los labios todavía separados, un rastro brillante de saliva en la barbilla, el plátano a medio camino entre su boca y la mesa. Hubo un segundo eterno donde ninguno de los dos se movió.
—¿Cuánto llevas ahí? —preguntó. Su voz sonó ronca, pero no asustada.
—Lo suficiente —admitió él. No encontró otra respuesta.
Camila se lamió el labio inferior. No retiró la mano de sus shorts. Lo estudió como si estuviera calculando algo, midiendo el riesgo y la recompensa con la frialdad de quien ya ha tomado una decisión.
—¿Y te quedaste mirando? —Una sonrisa mínima, cómplice.
Andrés no supo qué decir. El silencio fue más elocuente que cualquier excusa.
Camila se reacomodó en la silla, abrió un poco más las piernas y retomó el movimiento de su mano bajo la tela, sin dejar de mirarlo. Era un desafío. Una invitación disfrazada de provocación.
—No me voy a disculpar —dijo ella—. Si querías que parara, te hubieras ido.
***
Andrés cruzó la cocina en tres pasos. Le quitó el plátano de la mano. Camila levantó la barbilla para mirarlo; desde la silla, él le sacaba medio metro. La pulpa todavía estaba tibia por su boca, brillante de saliva. Andrés se la llevó a los labios y la mordió sin apartar los ojos de ella. Masticó despacio, tragó. Lo que quedó de la fruta lo terminó en dos bocados más. Un trozo de pulpa amarilla le quedó pegado en la comisura; lo limpió con la lengua, lento, deliberado.
—Ahora me toca a mí —dijo en voz baja.
El sonido metálico de la hebilla del cinturón cortó el silencio de la cocina. Andrés se desabrochó el pantalón y lo dejó caer hasta los tobillos. Se lo sacó junto con los zapatos. Su erección quedó expuesta, tensa, con la punta húmeda reflejando la luz que entraba por la ventana. Camila bajó la mirada y la mantuvo ahí. Su mano, entre sus piernas, se aceleró.
Andrés tomó lo que quedaba de la cáscara del plátano, todavía pegajosa, y la pasó a lo largo de su erección. La pulpa residual, blanda y viscosa, dejó un rastro brillante y aromático sobre la piel. Se acarició una vez, dos veces, tres, con la mirada clavada en ella.
—¿Te gusta lo que ves? —Su voz salió grave, casi irreconocible.
Camila asintió. Un movimiento breve, apenas perceptible. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en la mano de él recorriendo su propio cuerpo.
—Mira lo que me hiciste —dijo Andrés, y dio un paso adelante. La punta de su erección quedó a centímetros de la boca de Camila—. Abre la boca.
***
Camila obedeció. Sus labios se separaron despacio y su lengua asomó por instinto para tocarlo. Él no entró de inmediato. Primero frotó la punta contra sus labios, mojándolos, mezclando su propio fluido con el sabor residual de la fruta. El contraste entre lo salado y lo dulce le arrancó a Camila un sonido gutural que vibró contra la piel de él.
—Termina lo que empezaste —susurró Andrés.
Y la guio hacia adentro.
Camila sintió cómo su boca se adaptaba al volumen, a la textura. Cerró los ojos y se concentró en las sensaciones: el peso sobre su lengua, la piel tirante y caliente, el sabor que era a la vez desconocido y adictivo. Empezó a moverse, primero con cautela, después con más confianza. Ya no era un ensayo con fruta. Era algo vivo que pulsaba y respondía a cada pasada de su lengua.
—No sé si entra toda —alcanzó a decir entre respiraciones.
Él le enredó los dedos en el pelo y empujó con suavidad pero sin detenerse. Camila sintió la presión en la garganta, una arcada breve que reprimió con un esfuerzo que le llenó los ojos de lágrimas. Pero no retrocedió. Algo en esa rendición la encendía más que cualquier caricia.
Su boca se convirtió en ritmo. Húmeda, caliente, insistente. Su lengua recorría cada centímetro con una destreza que la sorprendió a ella misma. Ya no era la chica practicando a solas con una fruta en la cocina; era alguien entregado a un acto que la hacía sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo. La saliva le cubría la barbilla, espesa, brillante. Hilos translúcidos se estiraban entre sus labios y la punta de él cada vez que retrocedía, rompiéndose solo para volver a formarse.
El sonido llenaba la cocina. Un compás de succiones húmedas, jadeos entrecortados y el golpe sordo de su nariz contra el vientre de él en cada embestida profunda.
Pero su boca no era lo único que trabajaba.
Su mano derecha había vuelto a deslizarse bajo la tela de los shorts con urgencia renovada. Sus dedos encontraron un calor ardiente, una humedad que la empapaba por completo. Se frotaba al mismo ritmo que él marcaba en su boca. Cada vez que la llenaba hasta el fondo, ella presionaba su clítoris y una corriente eléctrica le erizaba la piel de los muslos hasta los hombros. Gemía alrededor de la carne que la ocupaba, y la vibración lo hacía a él apretar los dientes y tirarle del pelo con más fuerza.
—Así —gruñó él, obligándola a mirarlo—. Tócate toda. Quiero verte acabar mientras me la chupas.
***
Camila no necesitó que se lo pidiera dos veces.
El universo se redujo a dos puntos de fuego: la presión en su garganta y la presión entre sus piernas. Sus dedos se movían frenéticos, circulares, aplastando su clítoris hinchado contra el hueso con cada embestida que recibía en la boca. Los shorts de jean, desabrochados y empapados por dentro, ya no servían de nada. Con la mano que le quedaba libre se aferró al muslo de él para no perder el equilibrio.
Cada retroceso de él le daba un instante para respirar por la nariz, para recoger aire antes de que volviera a llenarla. Y en ese instante, aflojaba la presión de sus dedos y los deslizaba por toda su extensión húmeda, recogiendo su propia excitación para lubricar el siguiente asalto contra su punto más sensible.
Sintió la tensión crecer como una cuerda que alguien giraba en su interior. Los dedos de los pies se le curvaron dentro de las zapatillas. Su espalda se arqueó, empujando el pecho contra la tela fina de la camiseta. Una corriente caliente le subió desde el vientre hasta la nuca.
Él lo notó. Notó cómo los gemidos de ella se volvían repetitivos, rítmicos, involuntarios. Cómo su cuerpo entero temblaba. Cómo el brazo de ella se convulsionaba bajo la tela gastada de los shorts.
—Quiero verte acabar —ordenó con la mandíbula apretada—. Ahora.
Esa palabra fue el detonante.
La tensión se rompió de golpe. Una ola de calor partió desde el centro de su cuerpo y se expandió como una detonación silenciosa que se apoderó de cada músculo, cada nervio. Camila se convulsionó en la silla, un espasmo incontrolable que le sacudió los hombros y las caderas. Un grito intentó escapar de su garganta pero murió ahogado, transformado en una vibración larga y profunda que recorrió toda la extensión de él y le arrancó un gruñido animal.
Las piernas de Camila se abrieron y cerraron sin que ella pudiera controlarlo, atrapando su propia mano en el lugar exacto. Las lágrimas que le rodaban por las mejillas no eran de dolor. Eran de un placer tan agudo que bordeaba lo insoportable.
Su mente se vació. Blanca. Limpia. Solo quedó el latido entre sus piernas y el peso en su boca.
***
Poco a poco, como alguien que emerge de aguas profundas, Camila volvió en sí. La ola se retiró y la dejó temblando, débil, con la mandíbula dolorida y los músculos de los muslos ardiendo. Aflojó la presión de su boca pero no se apartó del todo. Su lengua siguió recorriéndolo con lamidas lentas, perezosas, como quien saborea lo último que queda de algo dulce.
Su mano, bañada en su propia humedad, se quedó quieta, palpitando al ritmo de los latidos que todavía le retumbaban por dentro. Había llegado al orgasmo sola, mientras era usada, y esa contradicción la había llevado a un lugar que no sabía que existía.
Él la miraba desde arriba, con el pecho agitado y una expresión que mezclaba asombro y hambre. Camila levantó los ojos hacia él, enrojecidos, brillantes.
—Trátame con cuidado —susurró. Su voz sonó áspera, gastada—. Por favor. Quiero sentirte adentro.
Y sin dejar de mirarlo, se deslizó hacia el borde de la silla. Con las manos todavía temblorosas, se bajó los shorts por las piernas hasta que cayeron entre sus zapatillas blancas y el piso de la cocina. Los pateó lejos con un movimiento torpe. Quedó desnuda de la cintura para abajo, su sexo enrojecido e hinchado por el orgasmo, brillante bajo la luz de la tarde que entraba por la ventana.
Andrés la miró. Luego miró el reloj de la cocina. Valeria no llegaba hasta las siete.
Todavía tenían tiempo.