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Relatos Ardientes

La sesión de fisioterapia que no pude controlar

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Nunca pensé que un ejercicio de rehabilitación pudiera ponerme la polla tan dura que me arruinara la vida. Llevaba tres meses yendo al centro de fisioterapia por una cifosis que me tenía la espalda hecha un desastre, y lo único que me mantenía motivado no era exactamente la promesa de una columna vertebral recta, sino la verga que se me ponía como una piedra cada vez que entraba a esa sala.

El centro quedaba en la segunda planta de un edificio antiguo, encima de una farmacia. Tenía dos salas de tratamiento, un pequeño gimnasio con máquinas oxidadas y dos fisioterapeutas: Carmen y Sofía. Carmen era una mujer de unos cincuenta años, robusta, casada con tres hijos, y trataba cada sesión como si fuera un castigo divino. Sofía tenía veintisiete, era soltera, delgada, con el pelo castaño siempre recogido en una coleta que dejaba al descubierto un cuello largo y pecoso que daban ganas de morder. Tenía unas tetas pequeñas pero respingonas que se le marcaban bajo la camiseta de trabajo, y un culo redondo y firme de mujer que pisa el gimnasio cinco veces por semana.

Mi rutina consistía en ejercicios de estiramiento, fortalecimiento y una serie en la camilla de rehabilitación que era, sin exagerar, lo más parecido a una tortura erótica que he experimentado en mi puta vida.

El ejercicio funcionaba así: yo me tumbaba boca abajo en la camilla, con los brazos extendidos hacia delante. La terapeuta se colocaba de pie justo detrás de mí, apoyaba sus caderas contra la parte posterior de mis muslos, me agarraba de las muñecas y tiraba de mis brazos hacia ella mientras empujaba con la pelvis. El objetivo era estirar la zona dorsal de la espalda. El resultado, al menos cuando lo hacía Sofía, era que yo terminaba con la polla tan dura que podría haber partido la camilla por la mitad, con el coño de ella empujándome el culo a cada repetición como si me estuviera follando despacio con la ropa puesta.

Con Carmen la cosa era diferente. Ella lo hacía con la delicadeza de un camión de mudanzas. Tiraba fuerte, rápido, y si notaba que algo se movía donde no debía, me aplastaba los huevos con la rodilla sin ningún tipo de aviso ni compasión. Una vez le pregunté si eso era parte del tratamiento. Me miró como si hubiera insultado a su madre y dijo que sí.

Sofía, en cambio, lo hacía despacio. Muy despacio. Colocaba su coño con cuidado, como si estuviera buscando el ángulo exacto para que se notara cada centímetro de su pubis contra mis muslos. Cuando me agarraba las muñecas, sus dedos eran suaves pero firmes. Y cada vez que tiraba de mí, podía sentir la presión del montículo de su pelvis empujando contra mi culo, el calor de su entrepierna filtrándose a través de la tela como si me estuviera marcando. A veces notaba el roce de sus medias contra mi piel desnuda. A veces, cuando la tracción era más intensa, un suspiro corto y húmedo escapaba de sus labios, tan cerca de mi nuca que me erizaba todo el vello del cuerpo y me hacía gotear la punta de la verga contra la camilla.

No pienses en su coño. No pienses en sus tetas. No pienses en eso.

Me lo repetía como un mantra cada vez que ella empezaba. Intentaba pensar en Carmen. En la rodilla de Carmen. En la cara de Carmen cuando le pregunté si destrozarme los huevos era parte del protocolo. Cualquier cosa que me bajara la erección antes de que se me marcara como un poste contra el acolchado.

Pero con cada sesión se volvía más difícil. Sofía había empezado a usar un perfume nuevo, algo cítrico que se mezclaba con el olor limpio de la sala y me llegaba justo cuando se inclinaba sobre mí. Sus manos, que al principio me agarraban solo por las muñecas, habían empezado a deslizarse un poco más arriba, hasta los antebrazos. Y la presión de su coño contra mis piernas ya no era solo funcional. Notaba cómo se acomodaba, cómo se recolocaba milímetro a milímetro hasta que el hueso del pubis quedaba clavado justo donde podía sentirlo entero. O eso quería creer yo, porque la alternativa era demasiado peligrosa para pensar en ella.

Las noches después de las sesiones con Sofía eran las peores. Llegaba a casa con los huevos hinchados y la verga rozándome la cremallera del pantalón a cada paso. Me encerraba en mi habitación, me bajaba los calzoncillos y me quedaba tumbado en la cama con la polla apuntando al techo y la imagen de sus manos agarrándome las muñecas grabada a fuego en la memoria. Repasaba cada detalle: la forma en que su coño se apoyaba un milímetro antes con la cadera derecha que con la izquierda, el sonido de su respiración cuando hacía fuerza, la pequeña pausa que hacía entre cada repetición como si ella también necesitara recuperarse de algo, como si se estuviera frotando el clítoris contra mi culo y necesitara controlar el temblor.

Me imaginaba dándome la vuelta en la camilla. Me imaginaba arrancándole los leggings de un tirón, hundiendo la cara entre sus muslos pecosos y comiéndole el coño hasta que se le doblaran las rodillas. Me imaginaba metiéndole la verga hasta el fondo y follándola contra esa misma camilla, los muelles chirriando, ella gimiendo mi nombre con la voz rota mientras yo le mordía el cuello y le manoseaba las tetas por debajo de la camiseta de trabajo. Mi mano terminaba siempre en el mismo sitio, subiendo y bajando por la polla con la otra apretándome los huevos, y me corría a chorros sobre el abdomen pensando en cómo le quedaría mi corrida pintada por la barbilla y el escote. No me enorgullecía, pero tampoco podía evitarlo. A veces me la pajeaba dos veces seguidas y aun así me iba a dormir con la verga todavía caliente.

Un jueves de noviembre llegué a mi cita de las seis de la tarde. Hacía frío y el centro estaba casi vacío. Carmen se había ido temprano porque su hijo tenía fiebre, así que Sofía cubría las últimas dos horas sola. Cuando entré en la sala, estaba sentada en la camilla leyendo algo en el teléfono. Llevaba unos leggings negros que se le pegaban al coño y al culo como una segunda piel, y una camiseta de tirantes gris que dejaba ver la línea del sujetador deportivo y un escote pecoso que invitaba a ahogarse en él.

—Hola, Marcos —dijo guardando el teléfono—. Hoy estamos solos. ¿Empezamos con la camilla y terminamos con las máquinas?

Normalmente era al revés. Primero máquinas para calentar, luego camilla. Pero asentí sin pensarlo, como si mi cerebro hubiera decidido que la prudencia no era bienvenida esa tarde y que la polla, no la cabeza, iba a llevar el timón.

Me quité la sudadera y me tumbé boca abajo. La camilla estaba fría y el contacto me estremeció la piel del abdomen. Ya tenía la verga medio dura solo de saber que estábamos solos. La acomodé contra el muslo lo mejor que pude antes de que ella se acercara. Sofía se tomó su tiempo. La escuché acomodar algo en el carrito de materiales, abrir y cerrar un cajón, tarareando algo entre dientes que no logré identificar. Después sentí sus pasos acercándose, lentos, deliberados, como una gata que ya sabe que la presa no se va a mover.

—Vamos a hacer tres series de diez, ¿vale? —su voz sonaba más cerca de lo normal—. Hoy voy a aumentar un poco la intensidad.

Mala idea. Malísima idea. Esto va a terminar con mis huevos vacíos y mi dignidad por el suelo.

Sentí su coño apoyarse contra la parte trasera de mis muslos. Pero esta vez era diferente. Se había acercado más de lo habitual. Notaba la curva entera de su pelvis, los labios mayores marcados a través de los leggings, clavados contra mis corvas con una precisión que no dejaba nada a la imaginación. Sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y empezó a tirar.

El primer estiramiento fue lento, profundo. Mi espalda crujió en dos puntos y solté un gemido involuntario que sonó más a polvo que a alivio. Sofía mantuvo la tracción unos segundos, su cuerpo inmóvil contra el mío, su coño apretado contra el dorso de mis muslos, como si quisiera que cada fibra de mi espalda absorbiera la posición. Después me soltó despacio. Antes de la siguiente repetición, ajustó la posición de las caderas. Se pegó más. Pude sentir la tela suave de sus leggings rozando mi piel, el calor de su entrepierna atravesando las dos capas que nos separaban, y juraría que noté la línea exacta de su raja contra el borde de mi culo.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —mentí.

No estaba bien. Mi cuerpo había respondido al primer contacto con una rapidez humillante. La polla se me había puesto durísima en cuestión de segundos y me dolía aplastada contra la superficie acolchada de la camilla. La punta ya me chorreaba presemen contra el calzoncillo, una mancha húmeda y caliente que solo iba a empeorar. Intenté moverme un poco para aliviar la presión, pero cada movimiento solo empeoraba las cosas porque me frotaba la verga contra la tela de mis pantalones cortos y eso, en lugar de calmarme, me hacía gemir por dentro como un perro en celo.

Sofía continuó. Segundo estiramiento. Más lento que el primero. Esta vez, cuando tiró de mis brazos, su coño empujó hacia delante y sentí algo que me hizo cerrar los ojos con fuerza: la suavidad de su vientre bajo contra mis muslos, la presión rítmica de su pelvis al tirar y soltar, tirar y soltar, exactamente como si me estuviera follando con la ropa puesta. Era como si me estuviera meciendo. Como si me estuviera montando despacito mientras fingía que solo hacía su trabajo. El mundo se redujo al punto exacto donde su coño tocaba el dorso de mis muslos, y a la polla goteando que se me clavaba en el acolchado.

Para la segunda serie yo ya estaba en otro planeta. Mi respiración se había acelerado y no podía disimularlo. Un sudor fino me cubría la frente y las palmas de las manos. Cada vez que ella tiraba de mí, su coño se frotaba contra mi culo de una forma que mi cerebro había dejado de procesar como terapia hacía rato. Mi imaginación había tomado el control por completo: ya no estaba en una camilla de rehabilitación, estaba debajo de ella desnudo, con su coño chorreando bajándome por la espalda, y cada tracción era una embestida, cada suspiro suyo era un gemido de puta, cada pausa era el instante antes de que volviera a clavármela hasta el fondo. Me imaginaba dándome la vuelta de golpe, tirándola sobre la camilla y enterrándole la cara en el coño hasta hacerla correrse contra mi lengua.

—Marcos, estás muy tenso —dijo Sofía. Su voz era suave, sin alarma, pero con un tono nuevo que no le había oído nunca—. ¿Necesitas que pare?

—No, sigue —dije con la voz ronca, apenas reconocible.

Para. Dile que pare. Te vas a correr encima como un crío.

Pero no podía. No quería. El placer había superado cualquier capacidad racional que me quedara. Sofía empezó la tercera serie y algo cambió en su ritmo. Se volvió aún más lento, más profundo, como si estuviera saboreando cada repetición, como si estuviera midiéndome el aguante. La presión de su coño contra mi culo era constante, y sus dedos apretaban mis muñecas con una firmeza que bordeaba lo íntimo. Sentí que sus muslos se cerraban ligeramente alrededor de los míos, atrapándome. Podía oír su respiración, más pesada que al principio, casi un jadeo, y el perfume cítrico mezclado con un olor cálido que ya no era de colonia me envolvía como una droga. Era olor a mujer caliente, y mi polla lo reconoció antes que mi cabeza.

Fue en la sexta repetición de la tercera serie. Sofía tiró de mis brazos con una fuerza suave pero sostenida, empujando su pelvis contra mi culo al mismo tiempo, y mantuvo la presión un segundo más de lo necesario, casi restregándose. Todo mi cuerpo se tensó de golpe, cada músculo contraído. La fricción de la polla contra la camilla, la presión del coño de ella contra mí, el roce de la tela en los huevos, su perfume, el sonido de su respiración pesada justo encima de mi nuca, el calor acumulado de semanas de pajas pensando en ella. Todo se acumuló en la base de la polla en un nudo que explotó sin previo aviso.

—¡Joder, joder, joder! —jadeé mientras mi cuerpo se convulsionaba.

No pude contenerlo. El orgasmo me recorrió entero, violento, incontrolable, como una descarga eléctrica que empezó en los huevos y se extendió hasta las puntas de los dedos. Mis caderas se movieron contra la camilla por voluntad propia, embistiéndola, mientras la verga me palpitaba dentro de los pantalones cortos y soltaba el primer chorro de leche caliente. Luego otro. Y otro. Sentí cómo la corrida me empapaba el calzoncillo entero, espesa, abundante, deslizándose hacia los huevos y escurriéndose entre la tela y la piel del muslo. Mi culo seguía moviéndose solo, frotándose contra el coño de Sofía como si todavía pudiera sacar más, y ella no se apartó. Duró varios segundos interminables, vaciándome a borbotones como un puto adolescente sin remedio, y cuando terminó, el silencio de la sala era tan espeso que podía oír el zumbido del fluorescente y el goteo de mi propia corrida contra el acolchado.

Sofía no se movió. Sus manos seguían en mis muñecas, inmóviles. Su coño seguía pegado a mi culo. Después, muy lentamente, las soltó y se apartó un paso. Pude jurar que la oí tragar saliva.

—Marcos... —empezó a decir.

—Lo siento —la interrumpí sin girarme. Tenía la cara hundida en la camilla y no pensaba levantarla jamás—. No he podido evitarlo. Me he corrido. Lo siento mucho.

Hubo una pausa larga. Demasiado larga. Después la escuché soltar una risa breve, nerviosa, que intentó convertir en tos sin demasiado éxito.

—Oye, no pasa nada —dijo, y su tono era una mezcla extraña de profesionalidad forzada y diversión genuina—. Estas cosas pasan. No es la primera vez que un paciente tiene una reacción física durante el tratamiento.

¿Una reacción física? Acabo de llenarte la camilla de semen, joder.

—Pero vas a tener que girarte en algún momento —añadió, y juraría que había una nota de risa contenida en la voz.

Me giré despacio, con los ojos clavados en el techo como si fuera lo más interesante que había visto en mi vida. No necesité mirar hacia abajo para saber lo que ella estaba viendo: una mancha húmeda y pegajosa que se extendía por la parte delantera de mis pantalones cortos grises y que seguía creciendo, oscureciendo la tela en un círculo enorme que no dejaba lugar a dudas sobre la cantidad de leche que acababa de soltar. La verga, todavía medio dura, se me marcaba debajo de la mancha como un puto monumento a la humillación.

—Hostia —dijo Sofía, mirando la mancha con los ojos muy abiertos. Se llevó una mano a la boca y se mordió el labio inferior—. Vale, eso es... vale. No puedo dejarte ir así por la calle.

Le sostuve la mirada un segundo y me pareció ver que se le sonrojaban las orejas, que se le ponían duros los pezones contra el sujetador deportivo. O quizás eran imaginaciones mías. O quizás no.

Se dio la vuelta y abrió el armario del fondo de la sala. La escuché rebuscar entre telas y perchas durante lo que me pareció una eternidad. Volvió con un conjunto deportivo en las manos y me lo extendió con una sonrisa que no supe interpretar.

—Toma. Es mío, pero debería quedarte bien. Puedes cambiarte en el baño.

Miré el conjunto. Camiseta y pantalón. Los dos eran de un rosa chicle tan intenso que prácticamente brillaban bajo la luz fluorescente de la sala. Un rosa que gritaba, que llamaba la atención desde cualquier ángulo, que no podía pasar desapercibido ni en la oscuridad.

—¿No tienes algo de otro color? —pregunté con la poca dignidad que me quedaba.

—Es lo que hay —se encogió de hombros, divertida—. A menos que prefieras ir por la calle con eso.

Señaló mi entrepierna empapada. Tenía razón.

Me cambié en el baño. Al bajarme los pantalones cortos y el calzoncillo, vi el desastre completo: una capa espesa y blanca pegada a la tela, hilos de semen estirándose entre la prenda y la piel de los huevos, la verga todavía húmeda y manchada. Me limpié como pude con papel y agua, intentando no pensar en que Sofía sabía exactamente lo que tenía allí abajo. El pantalón rosa me quedaba ajustado en los muslos y se me marcaba el bulto de los huevos como si los llevara expuestos. La camiseta me marcaba todo el torso. Me miré en el espejo y vi a un tipo disfrazado de chicle con la cara del color de un tomate maduro y la verga aún sensible rozándole la cremallera. Metí mi ropa empapada en una bolsa de plástico que Sofía me dio sin hacer ningún comentario, aunque la comisura de sus labios temblaba con una risa que no se permitió soltar.

—¿Mismo horario la semana que viene? —preguntó mientras yo salía por la puerta, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.

—Sí —dije sin mirarla.

—Marcos —me llamó cuando ya estaba en el pasillo. Me giré—. La próxima vez, trae ropa de repuesto.

La próxima vez. Había dicho la próxima vez.

Caminé hasta casa a paso rápido, rezando por no cruzarme con nadie conocido. El rosa del conjunto era visible desde dos manzanas de distancia y el pantalón me marcaba el paquete de una forma que llamaba aún más la atención. Un par de chavales en la esquina me silbaron y un señor que paseaba a su perro me miró con una mezcla de confusión y lástima. Cuando metí la llave en la cerradura ya había ensayado tres excusas diferentes, pero ninguna incluía ni remotamente la verdad.

Mi madre estaba en el salón viendo la televisión. Me vio entrar y tardó exactamente medio segundo en fijarse en mi ropa. Conocía esa secuencia: primero los ojos se abrían, después la boca, después la voz subía una octava.

—Marcos, ¿qué haces llegando tan tarde? —procesó lo que veía y su expresión cambió por completo—. ¿Y esa ropa? ¿Qué es esa camiseta rosa?

—Mamá, por favor, no empieces.

—¡No me digas que no empiece! —se levantó del sofá con una velocidad que desmentía sus problemas de rodilla—. Mi hijo llega a las ocho de la noche vestido de rosa de la cabeza a los pies y me dice que no empiece.

—Es ropa de deporte. Me la prestaron en la clínica porque las mías se ensuciaron.

Pero mi madre ya no escuchaba. Tenía esa expresión que ponía cuando construía una teoría conspirativa a partir de evidencia circunstancial. Vi cómo sus ojos iban de la camiseta rosa al pantalón ajustado, del pantalón ajustado a la bolsa de plástico que llevaba en la mano, y de la bolsa de plástico a una conclusión que le cambió la cara por completo.

—Marcos, hijo, ¿hay algo que quieras contarme?

—No.

—Porque si lo hay, yo te quiero igual, ¿eh? —su voz se había suavizado de golpe, lo que era infinitamente peor que los gritos—. Pero necesito que seas honesto conmigo.

—Mamá, no es lo que piensas.

—¿Y qué es lo que pienso? —me desafió con las manos en las caderas.

No contesté. Cualquier explicación real era peor que lo que ella estaba imaginando. No podía decirle que me había corrido a chorros encima de la camilla de la fisioterapeuta mientras ella me restregaba el coño contra el culo, y que me había vestido con su propia ropa rosa porque la mía estaba empapada de semen. Entre esa verdad y la conclusión de mi madre, la opción menos humillante era, sin duda, la de mi madre.

—Me voy a duchar —dije, y cerré la puerta de mi habitación antes de que pudiera responder.

A través de la pared, la escuché llamar a mi tía por teléfono. Solo alcancé a oír fragmentos sueltos entre susurros: «rosa entero», «de pies a cabeza», «ajustadísimo», «yo lo quiero igual, pero una madre tiene derecho a saber».

Me senté en el borde de la cama, todavía con el conjunto rosa puesto, y miré el techo. La polla, increíblemente, se me empezaba a poner dura otra vez solo de recordar el peso del coño de Sofía contra mis muslos. En algún lugar de la ciudad, ella estaría cerrando la clínica, guardando la camilla y limpiando la mancha que yo había dejado. Me pregunté si estaría riéndose. Me pregunté si estaría pensando en mi corrida mientras la limpiaba con un paño. Me pregunté si de verdad había dicho «la próxima vez» con la intención que yo quería creer, o si simplemente era su forma de quitarle peso a la situación más bochornosa de mi vida.

Mi teléfono vibró. Un número desconocido.

«Hola, soy Sofía. Tu número estaba en la ficha del paciente, espero que no te moleste. Solo quería decirte que no te preocupes por lo de hoy. De verdad. Y que mañana trabajo sola otra vez por la tarde, por si quieres adelantar la sesión de la semana que viene. Besos.»

Leí el mensaje tres veces. Cuatro. Sentí cómo la verga me daba otro tirón contra la tela rosa. Después miré la puerta cerrada de mi habitación, detrás de la cual mi madre probablemente ya estaba buscando en internet señales de que tu hijo es gay.

No tenía ni puta idea de lo equivocada que estaba.

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3.7(38)

Comentarios(10)

CarlosM77

increible como lo contaste, me dejo sin palabras!!!

lalectora_tucuman

Dios mio, la tension que fuiste construyendo es tremenda. Me enganche desde la primera linea y no pude parar. Se nota que sabes escribir!!

PepeSantander

segunda parte porfavor!!! me quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

Romina_84

me recordo a una situacion parecida que me paso a mi, jaja. Los nervios que se sienten en ese momento... lo captaste perfecto

MatiasG

Excelente relato. Muy bien narrado y creible, que es lo que mas me gusta de la categoria confesiones

SofiaKB

Uy con ese nombre me senti un poco aludida jajaja. Muy bueno, muy real todo

Flavio Romano

La fisioterapia ya no va a ser lo mismo despues de leer esto. Tremendo.

noche_loca22

que bien escrito, se nota que no es inventado. Sigue subiendo mas!!

KiloWatts88

Me pregunto si Sofia sabia exactamente lo que estaba haciendo... o si fue sin querer. Esa parte me mato de curiosidad

Marito77

buenisimo!

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