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Relatos Ardientes

Encontré un video íntimo de mi suegra por accidente

Llevaba seis meses saliendo con Tomás cuando su madre, Victoria, me invitó a pasar el fin de semana en su casa de campo. No era la primera vez que iba, pero sí la primera que me quedaba a dormir. Victoria era una de esas mujeres que a los cuarenta y tantos seguía siendo impactante: alta, pelo castaño siempre arreglado, ropa que le sentaba como si una estilista se la eligiera cada mañana. Tenía consultorio propio de psicología y hablaba con una calma que a veces me intimidaba. Su marido, Andrés, era más tosco, más corpulento, con esa seguridad silenciosa de los hombres que trabajan con las manos.

El sábado a la tarde Tomás tuvo que volver a la ciudad por una urgencia del trabajo. Me quedé sola con sus padres, que insistieron en que no me fuera hasta el domingo. Victoria me prestó su laptop para que pudiera ver algo en Netflix mientras ella preparaba la cena. Me instalé en la habitación de huéspedes, cerré la puerta, me tiré en la cama y abrí el navegador.

No recuerdo exactamente qué buscaba. Creo que quería encontrar alguna película descargada. El caso es que terminé abriendo carpetas del escritorio y, dentro de una que decía «Fotos - Archivo», encontré otra carpeta oculta llamada simplemente «A». Tenía varios archivos de video con fechas como nombre. Mi primera reacción fue cerrarla. Pero algo me detuvo. Curiosidad, morbo, esa parte oscura que todos tenemos y pocos admitimos.

Me puse los auriculares, bajé el volumen y elegí un video que duraba casi veinte minutos. La miniatura era oscura, apenas se distinguía la luz de una ventana. Respiré hondo y le di play.

Reconocí enseguida la habitación principal de la casa. La cámara estaba fija sobre algún mueble, apuntando a la cama. Las cortinas filtraban la luz dorada de una tarde de verano. Victoria estaba de pie junto a la cama, todavía con un vestido azul que le había visto en alguna reunión familiar. Se mordía el labio inferior y sonreía con los ojos, nerviosa.

Andrés apareció en cuadro sin remera, solo con el pantalón de vestir. Se acercó por detrás, le rodeó la cintura con los brazos y le habló al oído lo suficientemente fuerte como para que la cámara lo captara:

—Hoy te voy a hacer todo lo que tengo ganas. Todo. Y no vas a decirme que pare.

Victoria soltó una risa nerviosa, de esas que salen cuando el cuerpo ya respondió antes que la cabeza.

—Hazme lo que quieras —susurró ella, girándose para mirarlo de frente—. Pero después no te quejes si grito.

Se besaron. Fue un beso largo, húmedo, con las manos de él subiéndole el vestido por los muslos hasta dejarle la cintura al aire. Debajo llevaba ropa interior negra de encaje, la clase de ropa que una no usa un martes cualquiera. Él se separó apenas, la miró de arriba abajo y le ordenó:

—Quítate todo. Despacio. Quiero mirarte.

Victoria obedeció sin decir nada. Se sacó el vestido pasándolo por la cabeza y quedó de pie frente a la cámara en corpiño y bombacha. A los cuarenta y tantos su cuerpo era impresionante: curvas reales, piel dorada, cintura marcada. Se desabrochó el corpiño y lo dejó caer. Sus pechos eran grandes, firmes para su edad, con los pezones oscuros endureciéndose al contacto con el aire. Después se bajó la bombacha sin apuro y la dejó en el piso. Quedó completamente desnuda, parada sobre los tacos que usaba para trabajar.

Es la madre de tu novio, pensé. Pero no cerré el video.

Andrés se quitó el pantalón y el bóxer. Estaba completamente erecto. Se acercó a ella, le puso una mano en la nuca con firmeza y la fue bajando hasta que Victoria quedó de rodillas frente a él.

—Abre la boca, puta —le dijo con una voz grave que jamás le había escuchado en la vida real.

Victoria levantó la mirada hacia arriba, casi hacia la cámara, y abrió la boca. Él le metió la verga despacio al principio, empujando hasta que ella hizo un ruido gutural y tuvo que agarrarse de sus muslos para mantener el equilibrio. Le sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a marcarle el ritmo. Victoria gemía con la boca llena, la saliva le escurría por el mentón y caía en hilos sobre sus pechos. La mujer que tres horas antes me había servido café con una sonrisa amable estaba ahí, de rodillas, dejando que su marido le cogiera la boca sin piedad.

Cierra la laptop y vete a la cocina, me repetía. Pero mis manos no se movían. Algo me tenía paralizada: la naturalidad con la que esa mujer se entregaba, la transformación completa de alguien que yo creía conocer.

Andrés la levantó tirándole del brazo y la empujó de espaldas sobre la cama. Le abrió las piernas, se arrodilló entre ellas y pasó dos dedos sobre su sexo sin meterlos. Victoria se arqueó entera.

—Mira lo mojada que estás —dijo él, mostrando los dedos brillantes a la cámara—. Toda empapada. Si te vieran las vecinas.

—Las vecinas no saben nada —respondió ella con voz ronca—. Ellas no saben lo que me gusta que me hagas.

Se posicionó entre sus piernas y la penetró de un solo empujón, sin aviso. Victoria soltó un grito ahogado, arqueando la espalda, clavándole las uñas en los hombros. Andrés no esperó a que se acostumbrara. Empezó a moverse con fuerza desde el primer segundo, con embestidas profundas que hacían que el cuerpo entero de ella rebotara contra el colchón. El sonido era obsceno: piel contra piel húmeda, gemidos entrecortados, el crujir rítmico de la cama.

—Más fuerte —pidió Victoria, enroscando las piernas alrededor de su cintura—. Cógeme más fuerte, hijo de puta. Quiero sentirte mañana cuando me siente en el consultorio.

Él le agarró las dos muñecas y se las sujetó por encima de la cabeza con una sola mano. Con la otra le apretó un pecho, fuerte, tanto que ella soltó un quejido que era mitad dolor, mitad otra cosa. Las embestidas se volvieron brutales. La cama golpeaba contra la pared y el cabecero marcaba un ritmo constante, seco, que se mezclaba con los gemidos de ella.

—Así me gusta tenerte —gruñó él sin dejar de moverse—. Abierta. Sometida. Toda mía.

—Soy tuya —gimió ella—. Hazme lo que quieras. Úsame como se te dé la gana.

La dio vuelta de un tirón, sin cuidado. La puso boca abajo, le levantó las caderas hasta dejarla en cuatro y la penetró de nuevo desde atrás con un empujón que la hizo gritar. Ahora la cámara captaba todo: la espalda arqueada de Victoria, sus manos agarrando las sábanas, la cara girada contra la almohada con los ojos apretados y la boca abierta. Andrés le dio una cachetada seca en la nalga derecha que dejó la marca de los cinco dedos en la piel.

Victoria gritó, pero empujó las caderas hacia atrás pidiendo más. Él le dio otra en la nalga izquierda, más fuerte. Y otra. Cada golpe seco se mezclaba con los gemidos de ella y el ruido húmedo de los cuerpos chocando a un ritmo que iba en aumento.

—¿Te gusta que te trate así? —le preguntó sin dejar de embestirla—. ¿Te gusta ser mi puta?

—Me encanta —jadeó ella—. Me encanta ser tu puta. No pares. Dame más fuerte.

Él aceleró. Le agarró el pelo con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás mientras la cogía cada vez más duro. Con la otra mano le daba nalgadas que dejaban marcas rojas sobre las marcas anteriores. Victoria gemía sin control, un sonido gutural, primitivo, que no tenía nada que ver con la psicóloga serena que saludaba a los vecinos por la mañana.

En un momento la soltó, se retiró y la puso boca arriba. Le levantó las piernas y se las apoyó sobre los hombros, penetrándola de nuevo hasta el fondo. Desde ese ángulo cada embestida era más profunda y Victoria ya no podía quedarse quieta. Se agarraba las tetas con las dos manos, se las apretaba, y tenía la cara totalmente roja, los ojos entrecerrados, la boca abierta sin dejar de gemir.

—Mira cómo te cojo —le dijo él, empujando hasta el fondo—. Toda abierta para mí. Toda mía.

Victoria bajó una mano entre sus piernas y empezó a tocarse mientras él la embestía. Sus gemidos cambiaron de tono, se volvieron más agudos, más desesperados. Empezó a temblar de las piernas para arriba, como una corriente eléctrica atravesándole el cuerpo.

—Me acabo —gritó—. ¡Dios, me acabo!

El orgasmo la sacudió entera. Se le tensó todo el cuerpo, apretó las sábanas con los puños y soltó un gemido largo, casi un aullido, mientras él seguía embistiéndola sin piedad. Pero no fue solo uno. A los pocos segundos la recorrió otro, más fuerte todavía, y Victoria ya no podía ni hablar. Solo se retorcía y gemía con la cara hundida en la almohada, el cuerpo entero convulsionando.

Yo no sabía que una mujer podía acabar así, pensé. Tenía veintitrés años y mi experiencia sexual cabía en un párrafo corto. Lo que estaba viendo me resultaba ajeno, casi de otra especie.

Andrés gruñó fuerte, empujó hasta el fondo una última vez y se quedó clavado adentro. Los músculos de la espalda se le contrajeron, las manos apretaron los muslos de ella con fuerza y soltó un sonido grave, animal, mientras acababa. Se quedó así unos segundos, temblando apenas, y después se retiró despacio.

Se dejó caer a su lado y le acarició el pelo mojado de sudor. Le besó la frente. Victoria se acurrucó contra su pecho con los ojos cerrados y una sonrisa exhausta, casi de niña.

—¿Estás bien, mi amor? —le preguntó él en voz baja, ahora sin rastro de esa voz grave de antes.

—Estoy destruida —murmuró Victoria, riéndose bajito—. Me dejaste hecha un desastre. Pero no cambiaría ni un segundo.

Él la besó largo en la boca. La cámara se cortó ahí.

Me saqué los auriculares con las manos temblando. Cerré la laptop y me quedé mirando el techo en la oscuridad, con el corazón latiéndome en las sienes. Sentía vergüenza, morbo, incomodidad y algo que no quería admitir: admiración. Admiración por esa mujer que en la intimidad se transformaba por completo, que soltaba todo el control que en la vida diaria manejaba con tanta precisión. Una parte de mí la envidiaba. Otra parte quería borrar lo que había visto.

Es la madre de tu novio. Olvidate de esto.

Pero no pude.

***

A la mañana siguiente bajé a desayunar con la sensación de llevar un cartel en la frente que decía «VI TUS VIDEOS». Victoria estaba en la cocina, impecable como siempre, con el pelo recogido y un delantal blanco. Preparaba tostadas y tarareaba una canción.

—Buenos días, dormilona —me saludó con una sonrisa amplia—. ¿Dormiste bien? Esa cama de huéspedes a veces es un poco dura.

«Dura.» La palabra me golpeó con un significado que Victoria no podía imaginar. O tal vez sí.

—Dormí bien, gracias —mentí, sirviéndome café con una mano que todavía no estaba del todo firme.

Victoria se sentó frente a mí, cruzó las piernas con esa elegancia natural que la caracterizaba y suspiró.

—Tengo un dolor de cuerpo terrible hoy. Ayer con Andrés estuvimos haciendo un montón de cosas y quedé destruida. A esta edad una ya no se recupera tan rápido.

Casi escupo el café. «Destruida.» «Un montón de cosas.» «A esta edad.» Cada frase inocente se me cargaba de un sentido que no podía borrar de mi cabeza. Ella siguió hablando como si nada:

—A veces una se deja llevar y después paga las consecuencias. Pero bueno, vale la pena, ¿no?

Me miró con esa sonrisa cálida de siempre, sin la menor sombra de malicia, y agregó:

—Deberías venir más seguido, Camila. Le haces bien a esta casa.

Sonreí como pude y asentí. Pero por dentro estaba hecha pedazos. Porque la mujer que me untaba una tostada con mermelada era la misma que en esa pantalla gemía, se retorcía y pedía que la usaran. Y yo ya no podía dejar de verla así. Cada vez que me miraba con esos ojos calmos, yo veía los otros: los entrecerrados, los perdidos de placer, los que se cerraban mientras su cuerpo temblaba entero sobre las sábanas.

Nunca le dije nada a Tomás. Nunca volví a abrir esa carpeta. Borré el historial de la laptop y traté de seguir adelante como si nada hubiera pasado.

Pero cada vez que Victoria me saluda con un beso en la mejilla o me pregunta cómo estoy, algo se enciende en un rincón de mi memoria que preferiría tener cerrado con llave. Vuelvo a esa noche en la habitación de huéspedes, con los auriculares puestos y el corazón desbocado, mirando lo que no debía mirar. Y me pregunto si ella lo sabe. Si esa mirada fugaz hacia la cámara al principio del video no fue un accidente. Si esa mujer madura, dueña de sí misma en cada aspecto de su vida, no disfruta también con la idea de ser descubierta.

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