Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Esa noche en el hotel le entregué todo con mi boca

4.5(17)

Todavía puedo cerrar los ojos y sentir el latido de su cuerpo contra mis labios. Esa noche en Porto fue la primera vez en seis meses que respiré su piel de cerca, y el recuerdo me acompaña como una marca que no quiero que se borre jamás.

Nicolás y yo llevábamos tres años juntos, pero el último había sido a distancia. Él se mudó por trabajo y lo nuestro se sostuvo con videollamadas, mensajes de voz y una necesidad física que crecía cada semana hasta volverse insoportable. Cuando por fin organizamos ese viaje juntos, sentí que me iba a explotar el pecho de anticipación, y también el coño, que llevaba meses funcionando a fuerza de dedos y juguetes mientras lo escuchaba correrse del otro lado de la pantalla.

Llegamos al hotel pasadas las nueve de la noche, destruidos después de caminar todo el día por las calles empedradas del centro. Un hotel modesto cerca del río, con una cama matrimonial que crujía al sentarse y una ventana que daba a un callejón estrecho. No era lujoso, pero era nuestro. Nos dejamos caer sobre el colchón todavía vestidos, muertos de cansancio, y nos reímos cuando nos dimos cuenta de lo transpirados que estábamos los dos.

—¿Nos duchamos juntos? —le pregunté.

—Dale, pero primero quiero quedarme acá un rato tirado con vos. Extrañaba mucho esto.

Me acomodé sobre su pecho y lo abracé como si pudiera fundirme en él. Sentí el golpeteo firme de su corazón bajo mi oreja y un nudo se me armó en la garganta. No era tristeza, era alivio. El alivio enorme de tocar por fin lo que durante meses había sido solo una imagen en una pantalla. Le di un beso suave en la boca, lento, y me quedé ahí con la nariz hundida en su cuello, respirándolo. Su olor después de un día entero caminando bajo el sol era intenso, animal, y despertó algo en mí que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

Con cada respiración contra su piel, los recuerdos me inundaban. Nuestras primeras veces juntos, la torpeza de los comienzos, cómo fuimos aprendiendo a leernos el cuerpo. Hubo una época en que perdimos la ternura entre tanta rutina, pero la recuperamos, y ese reencuentro con la suavidad no fue un retroceso sino todo lo contrario. Fue una madurez que nos hizo mejores amantes y mejores compañeros. Ahora sabía exactamente cómo chuparle la polla para volverlo un trapo, y él sabía exactamente cómo hundirme dos dedos hasta hacerme gritar.

—Necesito hacer algo —le dije en voz baja, casi contra su piel.

Él me miró con los ojos entrecerrados y la sombra de una sonrisa.

—¿Qué cosa?

—Necesito tu verga en la boca. Ya.

No esperé respuesta. Me deslicé hacia abajo sobre la cama y mis dedos encontraron el botón de su pantalón.

Seis meses. Seis meses soñando con esto.

Le desabroché el jean con manos torpes de ansiedad y se lo bajé hasta las rodillas junto con el bóxer. Su polla saltó afuera medio dura, gruesa, pesada contra su vientre, y solo verla ahí, al alcance de mi boca después de tantas noches viéndola por videollamada, me arrancó un gemido bajo que ni pude contener. Antes de tocarla me quedé un momento ahí, mirándola. Su cuerpo había cambiado un poco en esos meses: los muslos más firmes, la piel un tono más oscuro por el verano, y esa vena gruesa que le corría por el costado de la verga se le marcaba más que antes. Me acerqué y le besé la cara interna del muslo, despacito, dejando que mi aliento lo rozara primero. Sentí cómo se le erizaba la piel bajo mis labios y cómo su respiración se trababa en algún punto entre la garganta y el pecho.

Cuando llegué a su polla, lo primero que hice fue respirar profundo con la nariz enterrada en la base, contra el vello. Su olor me golpeó con una mezcla de sudor, piel caliente y algo más crudo que me revolvió el estómago de una manera que solo puedo describir como hambre. No hambre de comida. Hambre de él, de su verga, de su semen, de todo lo que me da. Le pasé la lengua plana desde los huevos hasta la punta, muy despacio, sintiendo cómo la piel se le tensaba a mi paso. Le deposité besos húmedos por toda la extensión, chupando apenas con los labios cerrados, recorriendo cada centímetro con calma, como si estuviera reconociendo algo querido después de un viaje larguísimo.

Para mí ese acto siempre fue mucho más que algo meramente sexual. Es la intimidad más absoluta que existe entre dos personas. Poner la boca en la parte más vulnerable del cuerpo de otro, en un acto de entrega total, con el único propósito de dar placer. Hay algo en esa asimetría que me produce una mezcla de poder y devoción que ninguna otra cosa me da. No es sumisión. Es elección. Elijo estar de rodillas con su polla en la boca porque quiero, porque me gusta, porque en ese lugar siento que le digo con el cuerpo todo lo que las palabras no alcanzan.

—Sentate en el borde de la cama —le pedí con la voz ronca.

Se acomodó como le dije, no sin antes tomarme la cara con las dos manos y besarme con una intensidad que me aflojó las rodillas. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca y yo se la chupé como si ya le estuviera chupando otra cosa. Cuando se separó me miró como si no pudiera creer que yo fuera real.

—Todo tuya —le dije, y me arrodillé entre sus piernas como si ese fuera mi lugar en el mundo.

Y tal vez lo era. Él sentado al borde del colchón, con las piernas abiertas apenas lo justo, la polla ya completamente dura apuntándome a la cara, y yo ahí abajo, mirándolo desde ese ángulo que me hacía sentir poderosa y entregada al mismo tiempo.

Pasé las yemas de los dedos por la cara interna de sus muslos, muy despacio. Quería sentir cada reacción: el temblor mínimo de su piel, la forma en que su respiración se aceleraba, cómo sus manos apretaban el borde del colchón buscando sostenerse de algo. Me fascinaba saber que con tan poco ya lo estaba desarmando. No soy una mujer despampanante, nunca me consideré así, pero con Nicolás me siento capaz de cualquier cosa, capaz de ser la puta más caliente del mundo cuando estoy entre sus piernas.

Le agarré la verga con la mano derecha, firme pero suave, como reclamando algo que me pertenece. La sentí latir contra mi palma, caliente, pesada, con esa dureza que solo tiene cuando está a punto de reventar. La acaricié un par de veces de arriba abajo mirándolo a los ojos, apretando apenas debajo de la cabeza donde sé que se vuelve loco. Me encanta ver cómo se le cierran de a poco los ojos, cómo aprieta la boca intentando contener un gemido que ya se asoma. Siempre trata de hacerse el fuerte los primeros minutos, y siempre pierde.

Dejé que mi pelo le cayera sobre los muslos y bajé la mirada. Primero solo la besé con los labios cerrados: besitos cortos por toda la extensión, por el frenillo, por los costados, un beso largo en la cabeza que ya empezaba a soltar una gota transparente. Recogí esa gota con la punta de la lengua y la saboreé sin dejar de mirarlo. Sentía cada latido contra mi boca y eso me encendió de una manera que me tomó por sorpresa. Estaba completamente mojada sin que él me hubiera tocado siquiera, con las bragas empapadas apretándome el coño hinchado.

Abrí los labios y me la metí despacio, centímetro a centímetro, mientras mi lengua la envolvía por debajo. El primer gemido ahogado que se le escapó fue el premio que llevaba meses esperando. Su sabor me llenó la boca como un recuerdo que vuelve de golpe y te sacude entera: salado, denso, absolutamente suyo. La saqué otra vez, la escupí sobre la punta y esparcí la saliva con la mano hasta que le brilló entera, resbaladiza, lista para que la trabajara con la boca sin freno.

Me la volví a meter, esta vez más adentro, hasta que la sentí golpearme el fondo del paladar. Me moví con calma, sin apuro. Había esperado demasiado para esto y no pensaba desperdiciarlo. Subía y bajaba dejando que mis labios hicieran la presión justa, que mi lengua dibujara círculos lentos cuando llegaba arriba y se deslizara con fuerza cuando bajaba hasta el fondo. Me había tomado años perfeccionar la garganta profunda con él, aprender a relajar cada músculo del cuello para recibirla entera sin arcadas. Conocía cada rincón, cada vena, cada punto sensible, cada ritmo que lo acercaba o lo alejaba del borde.

Bajé del todo, hasta que la nariz me chocó contra su vientre y sentí la punta clavada en el fondo de la garganta. Me quedé ahí unos segundos, tragando alrededor, sintiendo cómo mi garganta se le apretaba en oleadas mientras se me llenaban los ojos de lágrimas. Cuando la saqué, un hilo espeso de saliva me colgaba del mentón hasta la cabeza mojada de su verga. Él soltó un «puta madre» ahogado y yo sonreí antes de volver a tragármela entera.

A veces la sacaba un instante solo para mirarla, para que viera cómo brillaba por mi saliva y su propio líquido preseminal, para que sintiera el contraste del aire frío antes de que volviera a tomármela hasta donde mi garganta me lo permitiera. Le pasaba la punta por los labios, me la refregaba contra la mejilla, contra la lengua colgante, en un espectáculo que sabía que lo mataba. Cada vez que hacía eso, sus caderas daban un pequeño tirón involuntario hacia adelante. Buscándome. Necesitándome. Follándome la boca sin pedir permiso.

—Metétela toda, Cami, por favor —murmuró con la voz destrozada—. Necesito verte con la boca llena.

Le hice caso. Se la volví a meter hasta el fondo, y esta vez le agarré la mano y me la puse en la nuca, indicándole sin palabras que empujara, que la usara. Cuando sus manos se enredaron en mi pelo —esta vez sí empujando, marcando el ritmo— supe que estaba perdiendo el control. Me embestía la boca con tirones cortos, sacándola casi entera para volver a hundirla hasta el fondo, y yo dejaba que lo hiciera con los ojos cerrados y la saliva chorreándome por el mentón hasta las tetas.

Aceleré un poco, pero no demasiado. Quería que durara. Quería que sintiera cada roce, cada succión, ese movimiento circular con la lengua justo debajo de la cabeza que descubrí hace años que lo vuelve completamente loco y que guardo como un arma secreta para momentos exactamente como este. Chupaba fuerte al subir, formando vacío con los cachetes hundidos, y aflojaba al bajar para que se deslizara sin resistencia hasta el fondo.

Con la mano libre le acaricié los huevos, suave, sopesándolos, masajeándolos al ritmo de mi boca. Los sentía cargados, tensos, hinchados por seis meses sin mí. De vez en cuando bajaba con la lengua hasta ahí y se los lamía despacio, uno por uno, metiéndomelos en la boca mientras le seguía trabajando la polla con la mano. Su cara en esos momentos era algo que ninguna pantalla me había podido dar durante medio año: la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados, esa expresión de rendición absoluta que me producía una oleada de calor entre las piernas. Apreté los muslos uno contra otro y me di cuenta de que estaba a punto de correrme yo sola, sin tocarme, solo de chupársela.

Volví a subir por el tronco lamiendo la vena por debajo, con la lengua pegada como si le estuviera trepando algo prohibido, y me la metí otra vez entera. La sentí crecer dentro de mi boca, ponerse más dura, más gruesa. Su respiración se volvió entrecortada y sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más profundidad, más fricción. Y yo le daba lo que buscaba. Más rápido, más húmedo, más profundo. La saliva me caía a chorros por el mentón, entre las tetas todavía atrapadas bajo la ropa, y no me importaba en absoluto verme hecha un desastre. Se le escapó mi nombre entre gemidos —«Cami, Cami, mierda»— y ese sonido me hizo apretar los muslos con más fuerza todavía.

Cuando supe que estaba al borde, aflojé un segundo. Solo para torturarlo un poco. Se la saqué entera de la boca, la sostuve por la base y le lamí la punta con la lengua en punta, chupando apenas, dando lengüetazos rápidos y superficiales que sabía que lo iban a desesperar. Para escuchar ese quejido gutural que me enciende más que cualquier otra cosa en el mundo. Lo dejé ahí unos instantes, rozándolo apenas con los labios, soplándole aire fresco sobre la piel mojada, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba reclamándome.

—No pares, no pares, no pares —jadeó tirándome del pelo.

Volví a tomármela entera, fuerte, decidida. Lengua apretada contra la vena de abajo, labios sellados alrededor del tronco y mi mano trabajando desde la base en coordinación perfecta, girando apenas al subir como si estuviera exprimiéndolo hacia mi boca. No paré. Aceleré el ritmo hasta que los sonidos húmedos de mi boca chupándosela llenaron toda la habitación, un chapoteo obsceno mezclado con sus gemidos cada vez más agudos. Lo llevé hasta el final sin desviar la mirada de sus ojos.

—Me vengo, Cami, me vengo, me vengo…

Y cuando llegó, sentí cada espasmo, cada latido, el primer chorro caliente golpeando contra el paladar con una fuerza que casi me hace toser. No me moví. Lo dejé vaciarse dentro de mi boca mientras lo miraba fijo y apretaba con los labios para extraer hasta la última gota, como si cada una fuera algo que me correspondía por derecho. Chorro tras chorro, espeso, caliente, más de lo que recordaba, llenándome la boca hasta el punto en que sentí que se me iba a escapar por las comisuras. Su cuerpo temblaba, sus manos se cerraban y se abrían en mi pelo, y un sonido ronco que era mitad gemido, mitad suspiro llenó la habitación entera. Yo seguía chupando lento, ordeñándolo con la mano desde la base hacia la punta, sacándole hasta el último resto que le quedaba en el tallo.

Me quedé quieta con la polla todavía latiendo dentro de mi boca. No tragué enseguida. Quería saborear ese momento exacto, ese instante en que todo su cuerpo era mío. Sentí el calor espeso extendiéndose por mi lengua, esa textura densa que se iba mezclando con mi saliva y se volvía más suave con cada segundo. Había mucho más de lo habitual, muchísimo más, medio año de aguante concentrado en mi boca, y eso me hizo sentir orgullosa de una manera primitiva y tierna al mismo tiempo.

La deslicé afuera con cuidado, sin dejar caer una sola gota. Abrí un poco los labios y dejé que el semen se acumulara en el centro de mi lengua. Lo probé despacio: un sabor denso, ligeramente amargo, absolutamente suyo. Cerré los ojos y respiré hondo por la nariz, dejando que su olor me llenara por completo. Ese olor crudo y animal que debería resultarme repulsivo pero que, viniendo de él, me producía una punzada de ternura absurda.

Levanté la mirada buscando sus ojos. Estaba con la cabeza echada hacia atrás, la respiración todavía agitada, pero cuando me vio ahí abajo con los labios brillantes y los cachetes hinchados de su corrida, su expresión cambió de golpe. Pasó de salvaje a tierna, casi tímida, y eso me derritió más que todo lo anterior. Le mostré la lengua un instante para que viera el charco blanco que tenía encima, esa mezcla espesa de semen y saliva, y sus pupilas se dilataron de golpe. Se le escapó un «Dios mío» apenas audible.

Después tragué despacio, muy despacio, en dos tiempos, dejando que viera cada movimiento de mi garganta. Lo hice sin dejar de mirarlo, para que supiera que no solo aceptaba lo que me daba: lo quería. Lo quería dentro de mí de todas las formas posibles. Sentí cómo bajaba caliente por mi garganta, cómo llegaba a mi estómago como una caricia interna, como si una parte de él fuera a vivir en mí un rato más.

Cuando terminé, me pasé el pulgar por la comisura recogiendo un hilito que se me había escapado, me lo metí en la boca y lo chupé sin dejar de mirarlo. Después le agarré la polla todavía blanda y le lamí la punta una última vez, limpiándolo entero con la lengua, saboreando las últimas gotas que le habían quedado en el hueco. Le ofrecí la lengua otra vez para mostrarle que no quedaba nada. Me lamí los labios con lentitud, saboreando los restos, y le sonreí con esa sonrisa que él dice que lo desarma por completo.

—Me tenés destruido —murmuró, con las piernas todavía temblándole.

Subí lentamente hacia él y me acurruqué contra su pecho todavía agitado. Nos dejamos caer sobre el colchón. Me abrazó fuerte, me besó el pelo, la frente, la comisura de la boca sin importarle nada, buscándose a sí mismo en mi lengua.

—Sos increíble, Cami. Te amo —susurró con la voz quebrada.

Yo solo ronroneé contra su pecho, incapaz de articular una frase completa. No hacía falta.

Porque para mí no fue simplemente sexo oral. Fue devoción. Fue la forma más honesta que encontré de decirle todo lo que las videollamadas y los mensajes no podían transmitir. Seis meses de distancia comprimidos en cada movimiento de mi lengua, en cada presión de mis labios, en cada chorro que tragué con la certeza absoluta de que era mío.

Esa noche nos duchamos juntos, en silencio, con una sonrisa idiota que no se nos borraba de la cara. Bajo el agua caliente le enjaboné la verga con una mano y él me metió dos dedos en el coño empapado, haciéndome acabar contra los azulejos con la boca pegada a la suya para ahogar los gritos. Después nos metimos entre las sábanas de aquel hotel modesto y nos quedamos dormidos enredados, con la ventana abierta y el murmullo lejano del río colándose en la habitación.

Todavía puedo cerrar los ojos y volver a esa noche. Todavía siento el sabor de su semen mezclado con la sal de su piel y el eco de su respiración entrecortada. Sé que cuando vuelva a arrodillarme entre sus piernas voy a poner el mismo amor en mis labios que puse aquella noche en Porto. Porque nada en el mundo me hace sentir más poderosa y más amada que entregarme así, con todo, sin reservas, con la boca llena de su polla y de su corrida como prueba viva de cuánto lo quiero.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

4.5(17)

Comentarios(10)

curiosa87

Increible relato, me dejo sin palabras!!!

Monika40

Me encanto como lo narraste, se siente tan real. Segui asi!

papillon68

Que manera de escribir... me enganche desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final. Esperando tu proximo relato con ansias.

Stefania_R

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas :)

JOSE

Excelente!!!

RosaLectora

Me recordo a una noche que yo tambien... bueno, mejor lo dejo ahi jajaja. Muy bueno!

andrespaz22

Muy bien escrito, la emocion se siente en cada parrafo. Gracias por compartirlo.

NightOwl33

Como sigue la historia? Espero que hayas contado mas aventuras porque esto se hizo cortisimo

Ylva

Que relato tan intenso, una combinacion perfecta de emocion y pasion. Felicidades!

GerardoValero

Muy bueno, se nota que esta contado desde el corazon. Sigue escribiendo por favor.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.