Lo que me confesó la dueña del bar de mis padres
Imagínate una mujer de un metro sesenta y cinco, pelo negro semirizado, gafas de pasta gruesa y siempre vestida con vaqueros, camisas anchas y zapatillas. No habla mucho, no hace bromas, se ríe muy de vez en cuando, no busca destacar en nada. Pasa desapercibida. No es de esas mujeres a las que miras una vez y crees haberla entendido del todo.
Eso fue, justamente, lo que me hizo obsesionarme con ella. Por mucho que la mirase y la volviese a mirar, no era capaz de hacerme una idea clara de cómo era por dentro, y esa incertidumbre me ponía como un animal.
Se llama Marina y es la dueña de un bar pequeño, de los de barrio, con manteles de cuadros y una pizarra con la sugerencia del día. Tiene treinta y ocho años y lo lleva con su hermano mayor y su madre, aunque la que se pasa allí casi todas las horas del día es ella. Nos conocemos desde críos porque mis padres siempre han ido a ese local; comíamos los domingos, mis tíos también, los cumpleaños se celebraban entre esas paredes.
No fue hasta bien entrados los veinticinco que empecé a fijarme en que no paraba de mirarme. Al principio no le di mucha importancia. Pensé que sería casualidad, que estaría con la cabeza en otra parte, que me confundía con un cliente fijo. Pero con un par de años más encima y los fetiches ya bien definidos, empecé yo también a sostenerle la mirada un poco más de lo necesario.
Durante años hemos estado intercambiando miradas furtivas. Ella sabe que yo la busco y le gusta. Yo sé que ella me busca y eso me gusta todavía más. Y desde hace unos meses Marina se está abriendo: viste más ajustada, coquetea sin disimular, se ríe con esa risa baja que antes se guardaba. El verano pasado fui a verla y me encontré con otra mujer.
Llevaba una camisa sin mangas color crema, abierta dos botones más de lo habitual. Vaqueros acampanados, ceñidos arriba, marcándole un culo respingón que yo no sabía que tenía. Sandalias negras de tiras finas. El pelo recogido en un moño bajo del que se le escapaban dos mechones, y por supuesto las gafas. Cuando la vi así, vestida como nunca antes la había visto, no pude disimular la erección. Las mujeres con gafas tienen para mí algo que no sé explicar, y si encima llevan sandalias o chanclas se me cruzan los cables. Son dos de mis fetiches más viejos.
Se acercó a la barra, apoyó las manos en la madera y me preguntó con esos ojos castaños que parecían de quien nunca ha roto un plato:
—¿Qué te pongo?
—Un chupito de amaretto —dije yo, mientras intentaba que la voz no me delatara.
Cuando me lo acercó, hubo un movimiento extraño por su parte. Como si quisiera rozarme la mano y no se atreviera del todo. Acabó siendo una torpeza pequeña que pasó desapercibida para los demás clientes, pero yo me di cuenta porque ella, hasta ese día, no había hecho jamás un gesto de ese estilo.
Salí a fumar para que me bajara la sangre del centro. Me apoyé en la pared, di tres caladas largas, dejé que el aire de la calle me devolviera al mundo. Cuando volví dentro, terminé el chupito y pedí otro. Esta vez los dos extendimos la mano hacia el vaso a la vez. Cuando estaban a punto de chocar, Marina puso la suya encima de la mía. Tres segundos, máximo. Yo aproveché para extender el dedo índice y acariciarle la muñeca, despacio, justo donde se le marcaba la vena.
La miré a los ojos. Vi cómo se mordía el labio inferior. Vi cómo entreabría la boca un instante. Y entonces, casi inaudible, se le escapó un gemido. Apenas medio segundo. Lo cortó enseguida con un «gracias» nervioso, recogiendo un trapo que no necesitaba recoger.
Ese día fue el detonante. No podía seguir fingiendo que no pasaba nada.
***
Tres días después, armado de algo parecido al valor, fui al bar a una hora en la que sabía que no habría nadie. Las cinco de la tarde, entre comidas y cenas. Empujé la puerta y el local estaba vacío. Marina, sentada en un taburete al fondo de la barra, levantó la vista del móvil.
—¿Qué te pongo? —preguntó, aunque ya estaba poniéndose de pie.
—Un café con hielo.
Me senté en el último taburete, justo enfrente de ella. Apoyamos los codos en la madera al mismo tiempo. Nos miramos durante minutos sin decir nada. Yo notaba el calor que le subía por el cuello. Ella notaba el mío. Decidí soltarlo de golpe antes de que el coraje se me escapara por la puerta.
—Marina, me atraes muchísimo. Hay algo en ti que no termino de entender y eso me pone como un loco.
Lo dije así, tal cual, sin adornos ni rodeos. Pensé que me echaría del bar, que me diría que no quería líos en el trabajo, que sus padres se iban a enterar antes de que terminara la frase. Pero ella levantó las cejas un milímetro, dejó la taza que estaba secando, y respondió:
—Ya era hora de que me lo dijeras.
Ahí entendí que todas mis sospechas eran ciertas. Que esos años de miradas no me los había inventado. Que ella había estado esperando que alguien moviera ficha, y que se había cansado de hacerlo todo desde su lado de la barra.
***
Lo que de verdad me atrae de Marina es que la veo capaz de cualquier cosa, tanto en la cama como fuera de ella. A simple vista parece la chica perfecta para presentar a tu madre, la que nunca rompió un plato. Pero cuanto más la observabas, más pequeños gestos detectabas que te hacían pensar «¿y si...?».
Por ejemplo, ella siempre va con vaqueros normales, sin nada raro. Pero cuando se giraba para coger una botella del estante alto, yo le miraba el culo y veía cómo las nalgas se movían libres, sueltas, sin marca de nada por debajo. No eran de esos vaqueros de pitillo que se estiran y dibujan todo. Eran de los duros, los que si llevas bragas se te marcan sin remedio. Y a Marina no se le marcaba absolutamente nada.
Eso me volvía loco. Mi cabeza se iba sola a imaginar qué llevaría debajo. ¿Un tanga de hilo? ¿Uno de triángulo? ¿Bóxers cortitos? ¿O directamente nada? Esos ratos de imaginación, mientras yo fingía leer el periódico en una mesa del rincón, eran los mejores de la semana. Poco a poco dejó de importarme cualquier otra mujer del barrio. Solo Marina. Porque la veía capaz de los extremos más conservadores y, al mismo tiempo, de los extremos más oscuros.
Y con su respuesta a mi confesión supe que era de las segundas.
—Y ahora, ¿qué? —dijo ella, mientras nuestras bocas se acercaban más de lo que un café con hielo justifica.
—Alquilamos una cabaña apartada en la sierra —respondí con la voz más ronca de lo que pretendía—. Un sitio donde no nos oiga nadie, por mucho que gritemos. Solo tú y yo, todo el fin de semana.
—A mí me gusta dominar en la cama —dijo, sin apartar los ojos de los míos—. Me gusta que el otro sea mi sumiso. Tú vas a ser mi sumiso, porque tengo muchos juguetes en un cajón cerrado con llave que llevo demasiado tiempo sin estrenar.
—Los puedes usar todos —contesté—, si eres capaz de dominarme. A mí también me va mandar. Hasta hoy ninguna mujer ha conseguido ponerme por debajo en la cama.
—Pues conmigo eso va a cambiar.
—Tendremos que pelearlo —dije sonriendo—. A ver quién gana.
Marina sacó el móvil y, en cuestión de minutos, teníamos reservada una cabaña en la sierra para el fin de semana siguiente. Completa, sin vecinos, con chimenea, bañera y dos kilómetros de carretera de tierra hasta la primera casa. Pagó ella. No me dejó discutirlo siquiera, dijo que la idea había sido mía y la cuenta era suya.
Justo entonces entró un cliente a por tabaco, y Marina volvió a su papel de dueña tranquila, secando vasos y respondiendo con monosílabos. Intercambiamos los números rápido, como si fuéramos adolescentes a la salida de clase, y yo me marché.
A los cinco minutos, dentro del coche, me vibró el bolsillo. Era ella. Una foto de su mano apoyada sobre un tanga azul marino, claramente húmedo, brillante bajo la luz del almacén. Sin texto. Sin emoji. Solo la imagen.
Le respondí con otra foto: la mía, también de la mano, también manchada, también acabada de hacer en el asiento del conductor. En el espejo retrovisor todavía me temblaba el pulso y la respiración.
El sábado nos vemos en la sierra. Y os juro que en unos días os cuento cómo fue nuestra pelea, esa que llevamos diez años aplazando entre miradas y servilletas dobladas. Porque si algo tengo claro, es que ninguno de los dos va a salir entero de esa cabaña.