Me acosté con el stripper en la despedida de soltera
Adriana y yo llevábamos casi dos años sin hablar cuando llegó la invitación. Tres años de trabajar juntas en la misma empresa de logística, de compartir el microondas del descanso y quejarnos de los mismos proyectos, y luego el silencio gradual que se instala cuando la vida va para lados distintos. Por eso el sobre me sorprendió. Tenía mi nombre escrito a mano, con letra cuidada, y dentro una tarjeta de boda con todos los detalles.
Confirmé asistencia esa misma tarde. No sé muy bien por qué, pero algo en recibir esa invitación me pareció una señal de que era momento de moverme del lugar en que estaba.
Y el lugar en que estaba era bastante malo. Llevaba semanas arrastrando el ánimo después de terminar con Rodrigo, dos años de relación que se habían ido apagando tan de a poco que ninguno de los dos supo exactamente cuándo había dejado de funcionar. Para peor, una pelea con una de mis amigas más cercanas me había dejado más sola de lo que estaba acostumbrada. No era un período brillante.
Así que cuando llegó la segunda invitación —esta vez un mensaje de Adriana explicando que organizaba una despedida de soltera y que quería que yo estuviera—, no dudé. Era un sábado por la noche, un mes antes de la boda, y yo necesitaba urgentemente salir de mi cabeza.
***
El lugar que alquilaron era un espacio privado en el barrio norte, lo que en otros tiempos había sido algún tipo de club pequeño. Tenía barra, mesas, sillones bajos y una zona de baile con luces de colores. La decoración dejaba en claro desde la entrada que la noche no sería para todos los públicos: carteles pícaros, guirnaldas de formas sugerentes, una mesa llena de objetos que hicieron reír a varias en cuanto los vieron.
Yo no conocía a casi nadie fuera de Adriana. Eran amigas suyas del colegio, del gimnasio, de su vida nueva. Pero no me sentí incómoda. Todas tenían esa energía de chicas que se conocen bien y están dispuestas a que la noche escale todo lo que tenga que escalar. Me sirvieron una copa casi en cuanto entré y la conversación fluyó más rápido de lo que esperaba.
La primera parte de la noche fue de esas que se recuerdan como una mezcla borrosa de carcajadas y revelaciones inesperadas. Jugamos al «yo nunca» y descubrí que el círculo de Adriana era considerablemente más abierto de mente de lo que yo habría imaginado para una chica que en la oficina siempre había parecido bastante reservada. Después vinieron los juegos más explícitos: adivinar objetos con los ojos vendados, leer confesiones anónimas en voz alta, retos que al principio daban vergüenza y que luego resultaban liberadores.
En algún momento del juego de los objetos, una chica de pelo rizado sacó un vibrador de la bolsa, lo encendió con toda calma y se lo pasó por el cuello y el escote mientras el grupo explotaba en gritos. Luego otra se subió a una silla y bailó durante un minuto entero mientras las demás le tiraban billetes imaginarios. Para la tercera copa ya había dos chicas besándose en el sillón del fondo y nadie lo consideraba un evento particularmente notable.
Yo me había ido soltando de a poco. El ambiente era contagioso de una manera que no resultaba amenazante sino simplemente alegre, desinhibida. Llevaba demasiado tiempo siendo cuidadosa con todo. Una noche, me dije. Solo una noche, y mañana vuelvo a ser yo.
***
Eran poco más de las once y media cuando la animadora —una amiga de Adriana que claramente había organizado despedidas antes y sabía exactamente cómo manejar los tiempos— pidió silencio con una sonrisa que anunciaba algo que no iba a decepcionar a nadie.
—Chicas —dijo—. Llegó la parte que todas estaban esperando.
Alguien apagó las luces principales. La música cambió de ritmo. La puerta del fondo se abrió.
Entraron tres hombres.
Llevaban puesto únicamente sus boxers.
Los tres eran atractivos, eso era evidente. Cuerpos trabajados, movimientos que indicaban que no era su primera noche haciendo esto. El grupo de chicas estalló en gritos casi de inmediato. Pero cuando miré al que venía en el centro, algo en mí se detuvo un segundo.
Era negro, alto, con los hombros anchos y ese tipo de constitución que no parece forzada sino natural, como si el cuerpo hubiera crecido así sin esfuerzo particular. Tenía una mandíbula marcada, una sonrisa tranquila, y una forma de moverse lenta y deliberada que resultaba completamente hipnótica. No buscaba la atención del grupo, y quizás por eso era el que más atención conseguía.
Me quedé mirándolo más de lo que era discreto.
Solo estás mirando —me dije—. Eso no tiene nada de malo.
Mentira, claro.
Los tres empezaron a bailar entre el grupo, acercándose a quienes los jalaban, dejando que las más entusiastas los tocaran y acariciaran. La situación fue escalando de la misma forma en que había escalado toda la noche: sin un momento claro de ruptura, simplemente subiendo el nivel de a poco hasta que lo que antes habría parecido extremo se volvía la norma obvia.
Las chicas les bajaron los boxers casi al mismo tiempo, entre empujones y carcajadas. Los tres quedaron completamente desnudos bajo las luces de colores del pequeño local.
Y ahí fue cuando dejé de fingir que no miraba.
Era perfecto. No de una manera exagerada ni irreal, sino de una forma directa y contundente que no dejaba margen para otras opiniones. Grande, oscuro, completamente erecto. Me vino a la cabeza sin querer la imagen de tenerlo en las manos, y ese pensamiento no me abandonó.
***
Las chicas empezaron a turnarse. Una se arrodillaba, otra lo besaba en la boca, otra le pasaba los dedos por el pecho. Era un caos caluroso y ruidoso, y él lo manejaba con esa misma calma que tenía desde que había entrado: sin apuro, sin perder el control en ningún momento.
Cuando vi el momento, me acerqué. No lo pensé. Simplemente me moví.
Me puse en puntillas y lo besé directamente en la boca. Él tardó menos de un segundo en responder: me puso una mano en la cintura y otra en el cuello, y me besó de una manera que era a la vez suave y completamente segura de lo que estaba haciendo. Cuando nos separamos lo miré de cerca.
—Me gustas —le dije, en voz baja para que no escucharan las demás.
Él sonrió sin decir nada.
Me agaché, lo tomé con las dos manos y lo metí en mi boca sin más preámbulo. Era enorme y el esfuerzo era real, pero precisamente por eso no quería parar. Lo chupé despacio al principio, saboreando, y luego más rápido, con las manos moviéndose al mismo ritmo. Intenté meterlo hasta el fondo y no pude, me ahogaba, pero insistí lo suficiente para que él pusiera una mano sobre mi cabeza sin llegar a empujar, solo apoyándola con cuidado.
Levanté la vista y lo miré mientras seguía. Sus ojos ya no tenían esa calma de antes. Los había entornado apenas, y eso fue suficiente para que yo quisiera más.
—Quédate conmigo —le dije, cuando me paré.
Me miró un momento en silencio. Después asintió.
***
Me saqué el vestido sin pensarlo dos veces. Era corto y liviano, no había mucho que hacer. Me quedé solo con los tacos y el calor de todas las miradas encima. Me senté en el borde del sillón libre que había a mi izquierda, abrí las piernas y lo esperé.
Se arrodilló frente a mí primero. Me tomó de los muslos con las dos manos, me los abrió un poco más, y bajó la cabeza. Cuando su boca hizo contacto, me eché hacia atrás con un sonido que no pude controlar. Sabía lo que hacía. Sabía exactamente cuánta presión aplicar y cuándo cambiar el ritmo, y durante varios minutos lo único que existía era eso.
—Por favor —le dije, sin ser muy específica en el pedido.
Él lo entendió de todas formas.
Se puso de pie, se acomodó entre mis piernas y empujó despacio. La primera embestida fue lenta, midiendo, y yo contuve la respiración mientras lo sentía entrar. Dolía. Era de ese tipo de dolor que no querés que pare porque en el fondo es solo la señal de que algo enorme está pasando.
Lo metió todo muy de a poco, deteniéndose, esperando, hasta que estuvo completamente adentro. Se quedó quieto un momento. Después empezó a moverse.
Las demás chicas habían formado un semicírculo sin que nadie se lo pidiera. Alguien gritaba algo, alguien aplaudía. Yo tenía los ojos cerrados y las manos aferradas a sus brazos, completamente perdida en el ritmo.
—Más —le pedí.
Y él obedeció.
Aumentó la velocidad gradualmente hasta que el impacto de cada movimiento me hacía doblar los dedos de los pies dentro de los tacos. Me cambió de posición sin preguntarme, me giró, me puse de rodillas apoyada sobre el respaldo del sillón. Desde atrás el ángulo era diferente, más profundo, y me obligué a respirar para mantener algún tipo de compostura.
No la mantuve.
Grité más de una vez, de esa manera involuntaria que no tiene nada que ver con actuar para la galería sino que simplemente ocurre cuando el cuerpo ya no encuentra otra salida. El grupo respondía cada vez, y eso también formaba parte del ambiente, de esa noche que se había vuelto completamente suya.
Cuando él me dijo al oído que estaba a punto, me di vuelta, me arrodillé en el suelo y abrí la boca. Descargó sobre mi lengua y me lo tragué sin apartar los ojos de los suyos en ningún momento.
Hubo aplausos. Reales, no irónicos.
***
Lo que vino después es borroso de la manera agradable en que a veces son borrosas las noches que salen bien. Más vino, música más alta, Adriana llorando de la risa por algo que alguien había contado. Recuerdo haber bailado un rato con ella y haberle dicho que era la mejor despedida a la que había ido en mi vida, y que lo decía completamente en serio.
Más tarde, cuando la noche ya terminaba y los tres strippers se estaban vistiendo cerca de la barra, busqué al que se llamaba Tomás y no lo encontré. Una de las chicas me dijo que ya se habían ido.
No me había dejado ningún contacto. No le había pedido ninguno tampoco. La noche había sido completa en sí misma, sin necesidad de prolongarse, y quizás eso era exactamente lo que había necesitado: algo sin continuación ni expectativa ni los hilos enredados de siempre.
Igualmente, si Tomás lee esto algún día: era la chica del vestido negro y los tacos dorados. Fue una noche perfecta.