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Relatos Ardientes

Nuestro primer mes terminó bajo las estrellas

3.3(3)

Llevábamos exactamente un mes juntos cuando Nicolás eligió esa cafetería para celebrarlo. Era nuestro sitio desde hacía semanas: mesas pequeñas con tablero de madera, luz cálida, ese olor a café tostado que se filtraba por todas partes y se quedaba en la ropa mucho después de salir. Nos sentamos en la de siempre, junto a la ventana, y el sol de la tarde le caía de lado, dibujándole el perfil con una línea dorada mientras él me miraba con esa calma suya que a mí me ponía nerviosa desde el primer día.

—Un mes —dijo, levantando su taza como si hiciera un brindis.

—Un mes —repetí, y me pareció poco y mucho al mismo tiempo.

Nos habíamos conocido en clase de Literatura Comparada, a finales de septiembre, cuando él se sentó en la silla de al lado sin preguntar y me pidió ver mis apuntes. Era un pretexto malo y los dos lo sabíamos, pero acepté. Pasó un mes entero de miradas y conversaciones largas en el pasillo antes de que ninguno hiciera nada concreto. Al final fui yo quien propuso que tomáramos algo. El primer beso fue en la puerta de esta misma cafetería, y desde entonces nos habíamos convertido en asiduos.

Hacía calor. Era julio, uno de esos veranos que pesan, y el ambiente del local era espeso a pesar del ventilador que giraba en el techo sin demasiada convicción. La temperatura hacía que Nicolás oliera distinto a como olía en invierno: jabón neutro, algo de loción, y por debajo de eso algo más cálido y personal que no tenía nombre pero que yo había aprendido a reconocer sin mirarlo. Era su olor. Solo suyo. Y ese verano, mezclado con el calor y la piel, hacía que me costara concentrarme en la conversación. También me costaba concentrarme porque llevaba días imaginándome su polla, cómo sería tenerla en la boca, cómo sería sentirla entrar.

Estuvimos hablando de cosas sin importancia: los exámenes de septiembre, una película que ninguno había visto todavía, un compañero de su facultad que había suspendido por cuarta vez la misma asignatura. Cosas que servían para estar juntos sin tener que nombrar lo que en realidad pasaba. Porque algo pasaba. Lo sabía yo y lo sabía él. Ese mes había sido cuidadoso, medido, sin apurarnos. Besos largos pero quietos. Manos que se quedaban donde debían. Mucha, mucha tensión que habíamos decidido sin palabras ir acumulando, y yo llegaba a casa después de cada cita con las bragas empapadas y me tenía que meter los dedos hasta correrme pensando en él.

En un momento me di cuenta de que no estaba escuchando. Me quedé mirando su boca mientras hablaba, la forma en que movía los labios, y tuve que bajar la vista a mi taza para no quedarme en evidencia. Debajo de la mesa apreté los muslos porque ya notaba el coño mojado, hinchado, latiendo.

—¿Sofía? ¿Sigues ahí?

—Sí, perdona. Decías que el examen de Economía…

—Decía que estás rara esta tarde.

Sonreí sin responder. Él también sonrió, y en esa sonrisa había algo distinto a las otras. Como si supiera exactamente qué me pasaba y estuviera esperando el momento adecuado para hacer algo al respecto.

Extendió la mano sobre la mesa y me rozó los dedos. Un gesto mínimo. Pero el contacto me bajó directo al estómago, y de ahí más abajo, hasta apretármelo todo entre las piernas.

—¿Vamos a dar una vuelta? —preguntó—. Hay un parque cerca. Con este calor apetece estar fuera.

No era solo por el calor. Los dos lo sabíamos. Íbamos a follar. Esa tarde. Por fin.

Pagó sin que yo pudiera protestar. Me tomó de la mano en la puerta y salimos a la calle. El aire de fuera era más húmedo que dentro, pegajoso, y el contacto de su mano con la mía hacía que todo lo demás se volviera ruido de fondo: el tráfico, las conversaciones de la gente en las terrazas, el sonido de una moto a lo lejos.

***

El parque era grande y estaba casi vacío a esa hora. La mayoría de la gente había vuelto a casa a cenar, y los pocos que quedaban eran parejas en los bancos o personas mayores con perros lentos. Nos adentramos por un sendero que bordeaba un arroyo, alejándonos de las farolas, y el ruido de la ciudad fue quedando atrás hasta que lo único que se oía era el agua corriendo sobre las piedras y nuestros pasos sobre la hierba seca.

Caminamos sin hablar. No hacía falta. Los grillos sonaban en algún lugar entre los arbustos, y la temperatura había bajado un poco desde que salimos del sol, aunque seguía siendo cálida, del tipo de calor que deja la piel sensible a cualquier contacto. Nicolás caminaba despacio, con mi mano todavía en la suya. De vez en cuando me miraba de reojo. Yo miraba hacia adelante y fingía estar muy interesada en los árboles, pero por dentro se me estaba deshaciendo todo. Sentía el roce de la tela de las bragas contra el clítoris a cada paso y era casi insoportable.

Llegamos a un claro a la orilla del arroyo. La luna estaba alta y llena esa noche, y daba una luz suficiente para verse bien, una luz azulada que hacía que todo pareciera más quieto y más nítido al mismo tiempo. Había un árbol grande en el borde del claro, una encina vieja con el tronco ancho y la corteza rugosa, y Nicolás se apoyó en él y me jaló suavemente de la mano hasta que quedé frente a él.

—Hola —dijo, como si acabáramos de encontrarnos.

—Hola —respondí, y noté que tenía la voz extraña.

Me puso una mano en la mandíbula, despacio. El pulgar me rozó el pómulo. Me quedé muy quieta, mirándolo.

—¿Quieres que nos volvamos? —preguntó, y la pregunta era completamente honesta. Nunca asumía. Eso era lo que me gustaba de él.

—No —dije—. Quiero que me folles aquí.

Lo vi tragar saliva. Se le oscurecieron los ojos.

—Joder, Sofía.

Nos besamos. Al principio igual que ese mes: despacio, con cuidado, aprendiendo. Pero el calor y el tiempo acumulado estaban ahí entre los dos, y la calma duró poco. Su mano bajó desde mi mandíbula hasta mi cuello, hasta mi cintura, y me acercó a él hasta que ya no había espacio entre nuestros cuerpos. Sentí el bulto duro de su polla clavándoseme en el vientre a través del pantalón, y solo con eso se me escapó un gemido dentro de su boca. Abrí los labios y el beso cambió. Más hondo. Más urgente. Su lengua me buscaba la mía y yo se la chupaba como si ya fuera otra cosa, como si estuviera anticipando lo que quería tener en la boca.

—Llevaba tiempo pensando en esto —dijo contra mi boca.

—Más tiempo del que crees —respondí yo—. Me he corrido tantas veces pensando en ti que ya no llevo la cuenta.

Soltó un gruñido bajo, como si lo que le acababa de decir le hubiera pegado por dentro. Su mano bajó a mi pecho por encima de la camiseta y me apretó la teta, buscándome el pezón, que ya lo tenía duro y marcado a través del sujetador fino. Me lo pellizcó suave y yo arqueé la espalda hacia él.

—Enséñamelas —dijo—. Quiero vértelas.

Me subió la camiseta hasta el cuello. Bajó las copas del sujetador de un tirón. Mis tetas quedaron al aire bajo la luna, y él se agachó y se metió un pezón en la boca, chupándolo con hambre, mordiéndolo apenas, mientras con la otra mano me amasaba la otra teta. Yo le agarré del pelo y lo apreté contra mí. La lengua le iba de un pezón al otro, dejándomelos húmedos, brillantes, tiesos, tan sensibles que cada roce del aire nocturno los volvía a electrificar.

Se rio un poco entre chupada y chupada, y eso me gustó, porque el deseo sin humor me pone nerviosa. Después su mano fue al borde de mi falda y la subió despacio por el muslo, sin prisas, sin asumir nada. Me tensé un segundo. Después me solté, porque era Nicolás, y con él quería esto desde hacía semanas.

Sus dedos llegaron a la tela de mi ropa interior y se detuvieron ahí, esperando. Yo empujé la cadera levemente hacia adelante, y él entendió. Metió los dedos por debajo del elástico y encontró lo que buscaba.

—Joder —susurró—. Estás empapada.

—Llevo empapada desde la cafetería.

El primer contacto directo me hizo cerrar los ojos. Su dedo medio me abrió los labios del coño y se hundió resbalando en la humedad, arriba y abajo, marcando la línea entera, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez hasta la entrada. Después metió un dedo. Solo uno, hasta el fondo, y lo curvó adentro buscando ese punto que no todos los hombres encuentran. Nicolás lo encontró en dos movimientos.

—Ahí —dije, sin poder callarme—. Ahí, sí.

Metió otro. Me abría con dos dedos, entraba y salía con un ritmo que me hacía tensar todo el cuerpo, y con el pulgar me trabajaba el clítoris en círculos pequeños y firmes. Yo apoyé la frente en su hombro y dejé que lo hiciera, intentando no hacer demasiado ruido aunque el parque estuviera desierto y el arroyo tapara cualquier sonido. El coño me chapoteaba alrededor de sus dedos, un sonido húmedo y obsceno que subía entre nuestros cuerpos y me daba más morbo todavía.

—Mírame —dijo en voz baja—. Quiero verte la cara.

Levanté la cabeza. La luna le iluminaba la mitad de la cara y tenía una expresión que no le había visto nunca: concentrada y caliente al mismo tiempo. Los dedos seguían dentro, entrando hondo, sacándose brillantes de mi humedad. Me sacó los dedos y se los llevó a la boca. Los chupó despacio, sin dejar de mirarme.

—Sabes a lo que llevo un mes queriendo probar —dijo.

Casi me caigo ahí mismo.

Mi mano fue a su cinturón sin que yo lo decidiera conscientemente. Lo desabroché. Bajé la cremallera. Le bajé el pantalón y el bóxer hasta la mitad del muslo y le saqué la polla, que salió dura, gruesa, con la punta ya brillante de líquido preseminal. La rodeé con la mano y sentí el peso y el calor, la piel tirante, la vena marcada por debajo. Cuando lo apreté él emitió un sonido bajo y contenido que me apretó algo por dentro.

—Sofía —dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto a como sonaba siempre.

Me arrodillé antes de que me diera tiempo a pensarlo. La hierba seca me raspaba las rodillas pero no me importó. Tenía su polla a la altura de la cara, y la miré un segundo como quien mira algo que llevaba mucho tiempo esperando. Después saqué la lengua y le lamí desde la base hasta la punta, despacio, siguiendo la vena por debajo. Al llegar arriba le rodeé el glande con los labios y me lo metí en la boca.

—Hostia —dijo él, y le sentí las piernas temblar.

Se la chupé sin prisa, tomándomela toda hasta donde podía, dejando que me llegara al fondo de la garganta y volviendo a subir con la lengua bien apoyada contra la parte de abajo. Le enrollé la mano alrededor de lo que no me cabía y la moví al mismo ritmo. Él me puso una mano en la nuca, sin empujar, solo acompañando, y yo lo miré desde abajo con la boca llena de él. La luna, arriba, se colaba entre las hojas y me caía en la cara.

—Para —dijo después de un rato—. Para o me corro en tu boca.

—Igual quiero que te corras en mi boca.

—Otro día. Ahora quiero follarte.

Me sacó la polla de la boca con un tirón húmedo y me levantó del suelo cogiéndome de los brazos. Me giró con suavidad hasta que quedé de espaldas contra el tronco del árbol. La corteza áspera se sentía a través de la tela fina de mi camiseta. No me importó.

Me subió la falda entera hasta la cintura. Me arrancó las bragas hacia un lado, tan fuerte que oí la costura ceder. Me levantó una pierna, se la puso en la cadera, y con la otra mano se guio la polla hasta mi entrada. Restregó la punta arriba y abajo por mis labios mojados, empapándose bien, mientras me miraba a los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó, y me sostuvo la mirada.

—Sí —dije—. Sí, méteme la polla ya, Nicolás, por favor.

Empujó. Entró en mí despacio pero entero, hasta el fondo, en un solo movimiento largo. El aire se me fue de los pulmones y me aferré a sus hombros, buscando dónde sostenerme. Se me escapó un gemido largo que no intenté esconder. Lo sentí llenarme, estirarme, tocar sitios que ningún dedo había alcanzado antes. Se quedó quieto un momento con la polla clavada hasta la raíz, la frente pegada a la mía, respirándome encima.

—Joder, qué apretada estás.

—No pares, no pares.

Empezó a moverse. Lento primero, con un ritmo pausado que hacía que yo quisiera pedirle más pero que al mismo tiempo quería que no terminara nunca. Cada embestida entera, hasta el fondo, y una salida casi entera antes de volver a hundirse. La espalda contra la corteza, su cara enterrada en mi cuello, su aliento caliente en mi piel. Cada movimiento llegaba adentro, profundo y constante, y yo lo sentía desde los pies hasta la nuca.

—Más —dije, y no reconocí mi propia voz—. Más fuerte.

Aumentó el ritmo. Me cogió por debajo del culo con las dos manos, me levantó del suelo y me pegó contra el árbol. Yo le enrollé las piernas en la cintura y quedé colgada, empalada en su polla, y él empezó a follarme así, embistiendo desde abajo con toda la fuerza que quiso. Cada golpe me hacía subir y bajar contra la corteza. Cada golpe le sacaba a mi coño un sonido húmedo, chapoteante, que se mezclaba con el arroyo. Me mordió el cuello con suavidad y yo ahogué un sonido que habría sido mucho más fuerte si me hubiera dejado llevar del todo.

—Dime cómo te gusta —jadeó contra mi oreja—. Dímelo.

—Así, así, sigue metiéndomela así, hasta el fondo.

—¿Te gusta mi polla?

—Me encanta tu polla, no pares.

Me bajó, me giró sin sacármela apenas y me puso de cara contra el árbol. Me hizo abrir las piernas y arquear el culo hacia atrás. Volvió a entrar por detrás, y desde ese ángulo era todavía más profundo. Me apoyé con los antebrazos en la corteza y dejé que me follara así, contra el árbol, mientras él me agarraba de la cadera con las dos manos y me embestía con golpes secos que sonaban en la noche del parque.

Una de sus manos subió, me buscó el clítoris por delante y empezó a frotármelo mientras seguía dándomela por detrás. La tensión creció en ondas, cada vez más cerrada, más concentrada en un punto. Eché la cabeza hacia atrás y sentí su boca en mi cuello, sus dientes suaves. La otra mano me subió al pecho y me apretó una teta.

—Córrete —dijo—. Córrete con mi polla dentro.

—Nicolás —dije, casi sin aire.

—Aquí estoy. Aquí estoy, córrete.

Me corrí con el cuerpo contraído entero, con los dientes apretados y los ojos cerrados, y sentí el coño apretarse en oleadas alrededor de él mientras seguía moviéndose. El orgasmo fue largo, profundo, más fuerte que ninguno de los que me había dado yo sola pensando en él. Él siguió empujando, ayudándome a estirarlo, sin cambiar el ritmo, y cuando por fin dejó de temblarme el cuerpo me giró otra vez de cara y me volvió a levantar contra el árbol.

—Otra vez —dijo—. Quiero que te corras otra vez conmigo.

Me clavó la polla hasta el fondo y aceleró. Ahora sí sin ritmo, sin control, embistiendo cada vez más rápido y más fuerte. Yo estaba tan sensible después del primer orgasmo que sentí la segunda ola empezar a subir casi enseguida. Me agarré a él con las piernas y con los brazos y le hundí la cara en el hombro para no gritar.

—Me voy —jadeó—. Sofía, me voy a correr.

—Dentro —dije, sin pensarlo—. Córrete dentro.

Cuando él llegó fue con un sonido profundo que no intentó controlar, quieto de golpe, apretado contra mí, con la frente apoyada en la mía. Sentí los espasmos, el latido caliente de su polla vaciándose adentro, cómo me llenaba en chorros calientes, y eso me disparó a mí también. Me corrí por segunda vez con él todavía derramándose dentro, agarrada a él como si no hubiera nada más en el mundo, temblando entera, con los dos sin aliento.

Se quedó dentro un rato largo, sujetándome, respirándome en el cuello. Cuando salió, sentí el semen resbalarme por el muslo, caliente, y no me dio ni asco ni vergüenza. Me dio ganas de reírme.

***

Después estuvimos un rato sin hablar. El cuerpo tardó en volver a ser normal: la respiración, el pulso, la temperatura de la piel. El arroyo seguía ahí. El grillo que había estado sonando toda la noche seguía en el mismo árbol. La luna, exactamente en el mismo sitio, como si nada hubiera pasado, aunque todo hubiera pasado.

Me acomodé la falda como pude, con las bragas rotas metidas en el bolsillo. Él se abrochó el pantalón. Nada de lo que habíamos sido los últimos veinte minutos cabía en esos gestos tan ordinarios, y eso me provocó una risa que no pude retener.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada. Me hace gracia volver a ser personas normales. Y que tengo tu corrida bajándome por la pierna.

Se rio también, con esa risa ronca que le quedó después de correrse. Me pasó el brazo por los hombros y nos quedamos mirando el agua, que brillaba oscura y quieta bajo la luna.

—Feliz primer mes —dijo después de un rato.

—Feliz primer mes —respondí.

Caminamos de vuelta despacio, con sus dedos entrelazados con los míos. La ciudad apareció entre los árboles poco a poco: las farolas, el ruido lejano del tráfico, la luz de los comercios que todavía estaban abiertos. Yo caminaba y pensaba en que hay cosas que uno guarda mucho tiempo, recuerdos que se vuelven más nítidos con los años en lugar de más borrosos. El árbol. La luna encima. Su voz diciendo mi nombre de esa manera nueva que no me había dicho nunca antes. El sabor de su polla en la boca. La sensación de correrme contra la corteza con él dentro.

Esa noche, por primera vez en ese mes, supe que lo nuestro iba a durar.

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Comentarios(9)

ClaritaR

Se me hizo cortisimo!!! necesito saber que paso a la mañana siguiente, por favor una segunda parte

Andres66

Muy bueno, se siente real. De esos relatos que no parecen inventados

lectora_libre

Me recordo a una noche parecida que tuve hace años jaja. Esas cosas inesperadas son las que uno nunca olvida. Gracias por compartirlo

SofiRios22

Que lindooo, me saco una sonrisa al final!! muy romantico y a la vez picante

NightOwl33

Y despues siguieron viendose? me quede con la duda, como termino todo

Meli95

Me encanto el tono, como si me lo estuvieras contando en persona. Escribi mas asi!!

Pedro

buenisimo :)

ValentinaK

Hermoso. Me gusto como describe la tension de esa noche sin necesidad de tanto detalle, se deja imaginar

Lucho_BA

El inicio engancha de una, quede pegado hasta el final. Excelente trabajo

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