Nuestro primer mes terminó bajo las estrellas
Llevábamos exactamente un mes juntos cuando Nicolás eligió esa cafetería para celebrarlo. Era nuestro sitio desde hacía semanas: mesas pequeñas con tablero de madera, luz cálida, ese olor a café tostado que se filtraba por todas partes y se quedaba en la ropa mucho después de salir. Nos sentamos en la de siempre, junto a la ventana, y el sol de la tarde le caía de lado, dibujándole el perfil con una línea dorada mientras él me miraba con esa calma suya que a mí me ponía nerviosa desde el primer día.
—Un mes —dijo, levantando su taza como si hiciera un brindis.
—Un mes —repetí, y me pareció poco y mucho al mismo tiempo.
Nos habíamos conocido en clase de Literatura Comparada, a finales de septiembre, cuando él se sentó en la silla de al lado sin preguntar y me pidió ver mis apuntes. Era un pretexto malo y los dos lo sabíamos, pero acepté. Pasó un mes entero de miradas y conversaciones largas en el pasillo antes de que ninguno hiciera nada concreto. Al final fui yo quien propuso que tomáramos algo. El primer beso fue en la puerta de esta misma cafetería, y desde entonces nos habíamos convertido en asiduos.
Hacía calor. Era julio, uno de esos veranos que pesan, y el ambiente del local era espeso a pesar del ventilador que giraba en el techo sin demasiada convicción. La temperatura hacía que Nicolás oliera distinto a como olía en invierno: jabón neutro, algo de loción, y por debajo de eso algo más cálido y personal que no tenía nombre pero que yo había aprendido a reconocer sin mirarlo. Era su olor. Solo suyo. Y ese verano, mezclado con el calor y la piel, hacía que me costara concentrarme en la conversación.
Estuvimos hablando de cosas sin importancia: los exámenes de septiembre, una película que ninguno había visto todavía, un compañero de su facultad que había suspendido por cuarta vez la misma asignatura. Cosas que servían para estar juntos sin tener que nombrar lo que en realidad pasaba. Porque algo pasaba. Lo sabía yo y lo sabía él. Ese mes había sido cuidadoso, medido, sin apurarnos. Besos largos pero quietos. Manos que se quedaban donde debían. Mucha, mucha tensión que habíamos decidido sin palabras ir acumulando.
En un momento me di cuenta de que no estaba escuchando. Me quedé mirando su boca mientras hablaba, la forma en que movía los labios, y tuve que bajar la vista a mi taza para no quedarme en evidencia.
—¿Sofía? ¿Sigues ahí?
—Sí, perdona. Decías que el examen de Economía…
—Decía que estás rara esta tarde.
Sonreí sin responder. Él también sonrió, y en esa sonrisa había algo distinto a las otras. Como si supiera exactamente qué me pasaba y estuviera esperando el momento adecuado para hacer algo al respecto.
Extendió la mano sobre la mesa y me rozó los dedos. Un gesto mínimo. Pero el contacto me bajó directo al estómago.
—¿Vamos a dar una vuelta? —preguntó—. Hay un parque cerca. Con este calor apetece estar fuera.
No era solo por el calor. Los dos lo sabíamos.
Pagó sin que yo pudiera protestar. Me tomó de la mano en la puerta y salimos a la calle. El aire de fuera era más húmedo que dentro, pegajoso, y el contacto de su mano con la mía hacía que todo lo demás se volviera ruido de fondo: el tráfico, las conversaciones de la gente en las terrazas, el sonido de una moto a lo lejos.
***
El parque era grande y estaba casi vacío a esa hora. La mayoría de la gente había vuelto a casa a cenar, y los pocos que quedaban eran parejas en los bancos o personas mayores con perros lentos. Nos adentramos por un sendero que bordeaba un arroyo, alejándonos de las farolas, y el ruido de la ciudad fue quedando atrás hasta que lo único que se oía era el agua corriendo sobre las piedras y nuestros pasos sobre la hierba seca.
Caminamos sin hablar. No hacía falta. Los grillos sonaban en algún lugar entre los arbustos, y la temperatura había bajado un poco desde que salimos del sol, aunque seguía siendo cálida, del tipo de calor que deja la piel sensible a cualquier contacto. Nicolás caminaba despacio, con mi mano todavía en la suya. De vez en cuando me miraba de reojo. Yo miraba hacia adelante y fingía estar muy interesada en los árboles.
Llegamos a un claro a la orilla del arroyo. La luna estaba alta y llena esa noche, y daba una luz suficiente para verse bien, una luz azulada que hacía que todo pareciera más quieto y más nítido al mismo tiempo. Había un árbol grande en el borde del claro, una encina vieja con el tronco ancho y la corteza rugosa, y Nicolás se apoyó en él y me jaló suavemente de la mano hasta que quedé frente a él.
—Hola —dijo, como si acabáramos de encontrarnos.
—Hola —respondí, y noté que tenía la voz extraña.
Me puso una mano en la mandíbula, despacio. El pulgar me rozó el pómulo. Me quedé muy quieta, mirándolo.
—¿Quieres que nos volvamos? —preguntó, y la pregunta era completamente honesta. Nunca asumía. Eso era lo que me gustaba de él.
—No —dije.
Nos besamos. Al principio igual que ese mes: despacio, con cuidado, aprendiendo. Pero el calor y el tiempo acumulado estaban ahí entre los dos, y la calma duró poco. Su mano bajó desde mi mandíbula hasta mi cuello, hasta mi cintura, y me acercó a él hasta que ya no había espacio entre nuestros cuerpos. Abrí la boca y el beso cambió. Más hondo. Más urgente. Sin la prudencia de las semanas anteriores.
—Llevaba tiempo pensando en esto —dijo contra mi boca.
—Más tiempo del que crees —respondí yo.
Se rio un poco y eso me gustó, porque el deseo sin humor me pone nerviosa. Después su mano fue al borde de mi falda y la subió despacio por el muslo, sin prisas, sin asumir nada. Me tensé un segundo. Después me solté, porque era Nicolás, y con él quería esto desde hacía semanas.
Sus dedos llegaron a la tela de mi ropa interior y se detuvieron ahí, esperando. Yo empujé la cadera levemente hacia adelante, y él entendió.
El primer contacto directo me hizo cerrar los ojos. Él exploró con calma, aprendiendo lo que me hacía cambiar la respiración, qué me hacía aguantar el aire y qué me lo soltaba de golpe. Apoyé la frente en su hombro y dejé que lo hiciera, intentando no hacer demasiado ruido aunque el parque estuviera desierto y el arroyo tapara cualquier sonido.
—Mírame —dijo en voz baja.
Levanté la cabeza. La luna le iluminaba la mitad de la cara y tenía una expresión que no le había visto nunca: concentrada y caliente al mismo tiempo.
Mi mano fue a su cinturón sin que yo lo decidiera conscientemente. Lo desabroché. Bajé la cremallera. Lo encontré dentro, duro y cálido, y cuando lo rodeé con los dedos él emitió un sonido bajo y contenido que me apretó algo por dentro.
—Sofía —dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto a como sonaba siempre.
Estuvimos así un rato, manos sobre el otro, respiración acelerada, la luna encima de los dos y el arroyo detrás. El mundo podría haberse acabado y ninguno lo habría notado.
Después me giró con suavidad hasta que quedé de espaldas contra el tronco del árbol. La corteza áspera se sentía a través de la tela fina de mi camiseta. No me importó.
Me subió la falda entera. Hizo a un lado mi ropa interior.
—¿Estás bien? —preguntó, y me sostuvo la mirada.
—Sí —dije—. Sí, ven.
Entró en mí despacio. El aire se me fue de los pulmones y me aferré a sus hombros, buscando dónde sostenerme. Hubo un instante de ajuste, de aprender el espacio nuevo entre los dos, y después todo fue natural y necesario y exactamente como llevaba semanas imaginando que sería.
Empezó a moverse. Lento primero, con un ritmo pausado que hacía que yo quisiera pedirle más pero que al mismo tiempo quería que no terminara nunca. La espalda contra la corteza, su cara enterrada en mi cuello, su aliento caliente en mi piel. Cada movimiento llegaba adentro, profundo y constante, y yo lo sentía desde los pies hasta la nuca.
—Más —dije, y no reconocí mi propia voz.
Aumentó el ritmo. Una mano en mi cadera para sostenerme; la otra subiendo por debajo de mi camiseta hasta encontrar lo que buscaba. Me mordió el cuello con suavidad y yo ahogué un sonido que habría sido mucho más fuerte si me hubiera dejado llevar del todo.
La tensión creció en ondas, cada vez más cerrada, más concentrada en un punto. Eché la cabeza hacia atrás contra el árbol y cerré los ojos, dejándome ir hacia donde me llevaba.
—Nicolás —dije, casi sin aire.
—Aquí estoy —respondió.
Llegué con el cuerpo contraído y los dientes apretados y los ojos cerrados, mientras él seguía moviéndose y me llevaba más lejos de donde creía que podía llegar. Cuando él llegó también fue con un sonido profundo que no intentó controlar, quieto de golpe, apretado contra mí, con la frente apoyada en la mía y los dos sin aliento.
***
Después estuvimos un rato sin hablar. El cuerpo tardó en volver a ser normal: la respiración, el pulso, la temperatura de la piel. El arroyo seguía ahí. El grillo que había estado sonando toda la noche seguía en el mismo árbol. La luna, exactamente en el mismo sitio, como si nada hubiera pasado, aunque todo hubiera pasado.
Me acomodé la falda. Él se abrochó el pantalón. Nada de lo que habíamos sido los últimos veinte minutos cabía en esos gestos tan ordinarios, y eso me provocó una risa que no pude retener.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Me hace gracia volver a ser personas normales.
Se rio también. Me pasó el brazo por los hombros y nos quedamos mirando el agua, que brillaba oscura y quieta bajo la luna.
—Feliz primer mes —dijo después de un rato.
—Feliz primer mes —respondí.
Caminamos de vuelta despacio, con sus dedos entrelazados con los míos. La ciudad apareció entre los árboles poco a poco: las farolas, el ruido lejano del tráfico, la luz de los comercios que todavía estaban abiertos. Yo caminaba y pensaba en que hay cosas que uno guarda mucho tiempo, recuerdos que se vuelven más nítidos con los años en lugar de más borrosos. El árbol. La luna encima. Su voz diciendo mi nombre de esa manera nueva que no me había dicho nunca antes.
Esa noche, por primera vez en ese mes, supe que lo nuestro iba a durar.