Mi primera sumisión empezó en la academia
Cuando colgué la llamada de la amante de mi novio, miré a mi alumno a los ojos y le di una orden que también me desnudaba por dentro.
Cuando colgué la llamada de la amante de mi novio, miré a mi alumno a los ojos y le di una orden que también me desnudaba por dentro.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Lo llevé a mi cuarto creyendo que aún mandaba yo, pero esa siesta me enseñó, con dedos y crueldad, quién tenía de verdad el control.
Cuando abrió la puerta, yo ya estaba temblando dentro de la jaula, con el plug en el culo y la cena sin tocar, esperando su primera orden.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Cuando vi sus sandalias sobre la cama supe que algo había cambiado, pero no imaginé que esa noche terminaría respirando pegado a sus plantas.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Creí que estaba mirando sin que nadie se diera cuenta. Cuando entré al vestuario para esconder mi erección, ella ya me esperaba con dos amigas.
Entró al comedor como sirvienta y salió como otra persona. Esa noche, frente al fuego, eligió qué nombre dejar arder para siempre.
Esa noche yo no era el anfitrión, sino el adorno. Mi esposa me eligió el vestido, me calzó los tacones y me ordenó sonreír mientras sus jefas me evaluaban.
Me ordenó que me desnudara en el pasillo del hotel, donde cualquiera podía verme, y que volviera a llamar a la puerta solo cuando estuviera completamente desnudo.
Entré a ese despacho gris dispuesta a suplicar por un papel. Salí sabiendo que esa noche el que iba a suplicar sería él, de rodillas y en su propia casa.
Empezó como una fantasía que leíamos juntos de noche. Hoy es Daniel quien me abrocha los tacones antes de que llegue Bruno, y él lo prefiere así.
Llevaba un vestido blanco para una noche con mi novio que nunca llegó. A las tres de la madrugada, el único que respondió mi llamada fue mi inquilino.
Bastó un susurro junto a mi oído para que toda mi vida de hombre correcto empezara a derrumbarse bajo el clic de unos tacones que aún no eran míos.
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.
Le confesé a Bianca por qué su novio nunca la satisfaría del todo, y ella me reveló un secreto idéntico al mío. Esa misma semana invitamos a los dos a casa.