Mi suegra me sorprendió desnudo en la piscina
El verano en que cumplí treinta y ocho años fue el más caluroso que recuerdo. Julio llegó temprano y se instaló sin avisar: una masa de calor que aplastaba la ciudad desde el mediodía y que, incluso de madrugada, dejaba el asfalto tibio bajo los pies. Para mi cumpleaños habíamos reservado una mesa en el jardín de un restaurante de las afueras, donde al menos corría algo de aire.
Éramos doce o catorce personas al principio. La noche fue dando tumbos hacia adelante con ese ritmo que tienen las buenas celebraciones: primero la mesa, luego las copas, luego las risas, luego alguien propone seguir y se divide el grupo. Cuando me di cuenta, eran casi las dos de la madrugada y quedábamos cuatro: mi novia Verónica, su hermano Sergio, mi hijo Marcos —que se había quedado dormido en el asiento trasero del coche antes de salir del aparcamiento— y yo.
Paramos en casa de los padres de Verónica para devolver unos moldes de cocina que Clara, su madre, nos había prestado para la celebración. La cocina estaba a oscuras. El salón también. Dedujimos que dormían.
Entramos sin hacer ruido, dejamos los moldes en la encimera y Verónica y Sergio subieron al piso de arriba para dar las buenas noches. Yo salí al patio a comprobar que Marcos seguía durmiendo. Lo estaba, con la cabeza ladeada hacia la ventanilla y la boca entreabierta.
Volví al patio y me quedé parado delante de la piscina.
Era una piscina de tamaño mediano, redonda, empotrada en el suelo. El agua estaba completamente quieta. En la superficie se reflejaban los faroles del jardín, distorsionados y temblorosos. No había ningún sonido salvo el zumbido lejano del filtro y, de vez en cuando, el roce de las hojas de una buganvilia contra la valla metálica.
No había nadie mirando.
Me quité la camiseta primero, luego los zapatos y los calcetines, luego los pantalones y por último los calzoncillos. Los dejé ordenados sobre una silla de plástico que había junto al bordillo. Entré al agua en un solo paso desde el borde y la temperatura me recorrió el cuerpo de abajo arriba como una corriente eléctrica.
Es casi imposible describir bien esa sensación si no se ha experimentado. El agua sin la tela de por medio es algo completamente diferente. El cuerpo lo nota todo: la temperatura exacta, el movimiento mínimo de las corrientes, la presión leve del líquido en cada centímetro de piel. Me quedé quieto un momento, con el agua en la cintura, hasta que el pulso se normalizó.
Luego me eché hacia atrás y me puse a flotar mirando el cielo.
Llevaba tal vez diez minutos así, derivando lentamente de un extremo al otro de la piscina, cuando escuché el sonido inconfundible de una puerta mosquitera abriéndose.
Me incorporé de golpe.
La puerta de la cocina tenía luz encendida al fondo. Una figura salió al patio con paso tranquilo. La reconocí antes de que llegara a la mitad del camino.
Clara. Cincuenta y cinco años. Morena, con el pelo largo mezclado de gris. Complexión fuerte, como la de quien ha cargado peso toda la vida sin quejarse de ello. Llevaba un camisón de tirantes de color claro y unas sandalias de goma. Caminaba mirando al suelo, con la mente en otro sitio.
Me hundí hasta los hombros y me pegué al bordillo interior.
Cuando levantó la vista y me vio, se llevó la mano al pecho.
—¡Hombre! —dijo—. Rodrigo, qué susto me has dado. No escuché el coche llegar.
—Lo siento —respondí—. Pensábamos que estaban durmiendo. La cocina estaba a oscuras.
—El salón sí. Pero yo no podía dormir con este calor. —Se acercó otros dos pasos hacia el borde de la piscina—. ¿Qué tal el cumpleaños? ¿Lo habéis pasado bien?
—Muy bien. Mucho. —Hice una pausa—. Oye, Clara, te tengo que decir una cosa.
—¿Qué pasa?
—No llevo bañador.
Silencio.
Clara me miró con los ojos entrecerrados, como quien espera que la broma tenga un remate. Luego siguió la dirección de mi mirada hasta la silla junto al bordillo. La camiseta, los pantalones, los calzoncillos, perfectamente apilados.
Soltó una carcajada corta y seca.
—Chiquillo —dijo—. ¿Y desde cuándo llevas así metido?
—Desde que llegué. Unos diez minutos.
—Menos mal que no ha salido mi marido a revisar la piscina, que suele hacerlo. —Se cruzó de brazos, todavía riéndose—. Verónica y Sergio arriba dando las buenas noches, y tú aquí en pelota viva.
—En mi defensa, no había nadie.
—Ya, ya. —Negó con la cabeza—. Suerte que tengo sentido del humor.
La conversación me había tranquilizado más de lo que esperaba. Clara tenía esa capacidad: la de convertir lo incómodo en algo gestionable, casi en algo normal. Llevaba casi tres años con su hija y nunca la había visto perder los papeles ante nada.
—Por mí no te vayas —dije, porque ya me había relajado suficiente—. El agua está increíble esta noche.
—¿Qué? ¿Me estás invitando? —preguntó, con una ceja levantada.
—Si te apetece, adelante. No tengo ningún inconveniente.
Clara me miró un segundo más y luego se sentó en el bordillo, con las piernas colgando sobre el agua sin llegar a tocarla del todo.
—El bañador está dentro —dijo—, y si entro a buscarlo ya no salgo. Y la verdad es que llevo toda la noche con ganas de meterme. Este calor es insoportable.
—Bueno —respondí—. Por ese detalle no tienes que preocuparte.
—Eso ha sido muy atrevido de tu parte, Rodrigo.
—Tú también eres bastante atrevida, sentándote ahí.
Se quedó callada un momento, con los pies rozando la superficie. Luego se rio, con más ganas que antes.
—Oye —dijo—, ya que estás dentro de todas formas, ¿me haces un favor? Llevo dos días aplazando echar el cloro. Si no lo hago esta noche, mañana el agua está verde.
—Claro. Dime cómo se hace.
Clara se levantó, fue hacia el armario lateral y volvió con un bote de litro y otro más pequeño, más unas pastillas en una bolsa de plástico. Me lo explicó con una precisión que dejaba claro que lo había repetido muchas veces: una vuelta completa por el perímetro dejando caer el líquido del bote grande, las pastillas distribuidas entre las boyas y el filtro, y luego el interruptor del cuadro eléctrico junto a la valla.
—¿Alguna duda?
—Ninguna. Entendido.
Empecé por el lado más cercano. Caminé a lo largo del borde interior inclinando el bote, sin dificultad mientras me mantenía en la zona honda donde el agua me llegaba a los hombros. El problema llegó al girar hacia el lado opuesto, donde la piscina era más baja.
—Rodrigo —dijo Clara, con una voz que contenía algo a medio camino entre la reprimenda y la risa—. Te estoy viendo el trasero.
Me detuve un instante.
—Sí —admití—. Lo supongo.
—Sigue, sigue. Ya que estás a medias no tiene mucho sentido parar.
Terminé el recorrido y volví a la zona hondo. Clara estaba de pie junto al cuadro eléctrico, con el brazo extendido hacia el interruptor. Pulsó el botón. El motor del filtro arrancó durante tres segundos y se cortó.
—Se ha saltado. —Pulsó de nuevo—. Tiene un cortocircuito en algún lado, de siempre. Cuando te des la vuelta, lo pulsas tú desde aquí.
Me di la vuelta hacia el cuadro.
El motor arrancó y se mantuvo.
Y Clara me vio de frente.
No dijo nada. Yo tampoco. El filtro zumbaba con su ritmo constante. El agua formaba pequeñas ondas alrededor de mis caderas. Pasaron cuatro o cinco segundos que se sintieron bastante más largos.
—Bueno —dijo finalmente, con una voz completamente diferente, más baja—. Ahora sí que hay que ir llamando a tu novia para que baje.
—Está dentro, sí.
—Ya lo sé. —Hizo una pausa corta—. Rodrigo, ¿me llevas gafas o algo?
—No que yo sepa.
—Es que me operé la vista en invierno. Veo perfectamente ahora. Solo quería que lo supieras.
Recogió la bolsa vacía del suelo y se dirigió hacia la puerta de la cocina sin prisa. Antes de entrar se giró por última vez:
—La toalla está en el gancho junto a la ducha exterior. Usa el jabón que hay ahí, que el cloro mancha la piel. Y cuando salgas, dale otra vuelta al interruptor, que se salta otra vez.
—Clara.
Se detuvo sin girarse del todo.
—¿Qué?
—Lo siento.
Hubo una pausa que duró exactamente lo suficiente para no ser inocente.
—No lo sientas tanto —dijo—. Buenas noches, Rodrigo.
***
Verónica apareció en el patio cuando yo ya me estaba vistiendo. Llevaba los zapatos en la mano y tenía esa expresión de sospecha cariñosa que le salía cuando algo no cuadraba del todo.
—¿Por qué tardabas tanto?
—Tu madre me pidió que echara el cloro.
—¿Y por qué me ha mandado un mensaje a las dos y media diciéndome que vigilara bien a mi novio? —Dejó los zapatos en el suelo y me miró directamente—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Nada grave.
—¿Te ha visto desnudo?
Tardé medio segundo demasiado en responder.
—Es posible —dije al final.
Verónica guardó silencio durante unos instantes. Luego se tapó la cara con las manos y soltó una carcajada ahogada.
—No me puedo creer —dijo entre risas—. Mi madre. Mi madre, Rodrigo.
—Ha sido completamente accidental.
—¡Claro que ha sido accidental! ¿Quién iba a pensar que ibas a meterte desnudo en la piscina de mis padres a las dos de la madrugada?
—Pues tú, si me conocieras bien.
Eso la hizo reírse con más ganas todavía.
***
Nuestros amigos Tomás y Natalia nos estaban esperando en casa. Habían pasado la segunda parte de la noche con unos amigos en otra localidad y nos habían mandado un mensaje preguntando si podíamos tomar la última copa juntos. Marcos dormía profundamente en su cuarto. Nosotros llenamos cuatro vasos y nos sentamos alrededor de la mesa baja del salón.
Tomás tenía esa energía característica de quien ha bebido lo suficiente para estar completamente desinhibido pero no tanto para volverse incoherente. En cuanto empecé a contar lo de la piscina, se dobló hacia adelante con una risa que tardó unos segundos en salir.
—Espera —dijo, levantando una mano—. ¿Cuándo te has dado la vuelta hacia el interruptor? ¿Qué ha dicho ella?
—Se ha quedado callada unos cinco segundos. Y luego ha cambiado completamente de tono.
—El silencio es lo peor —dijo Natalia—. El silencio siempre significa que está procesando algo.
—O que está guardando la imagen para después —añadió Tomás.
Verónica escuchaba con los brazos cruzados y una sonrisa que no terminaba de cerrarse del todo.
—Mi madre lleva gafas —dijo—. Bueno, las llevaba. Le operaron la vista en enero y ahora tiene visión perfecta. Veinte veinte, le dijo el médico.
Nueva ronda de carcajadas.
—Así que básicamente le has dado un espectáculo involuntario a tu suegra —resumió Natalia, mirándome con cara de no poder creerlo del todo.
—Completamente involuntario. Subrayo lo de involuntario.
—Lo más involuntario siempre es lo que más se recuerda —dijo ella.
Tomás levantó su vaso a modo de brindis improvisado.
—Por los cumpleaños que dejan huella.
Brindamos los cuatro.
***
Esa noche, ya en la cama, con Verónica dormida a mi lado, estuve un rato con los ojos abiertos pensando en la última frase de Clara. No lo sientas tanto.
No era una frase para restar importancia. Era demasiado específica, demasiado directa. Era la clase de cosa que se le escapa a alguien cuando baja la guardia un segundo, cuando dice lo que en realidad piensa antes de que el filtro de la corrección lo recubra todo de normalidad.
A la mañana siguiente desayunamos todos juntos en su casa, como solíamos hacer los domingos. Clara sirvió el café, repartió los platos de fruta, habló con su marido sobre si iba a llover esa tarde y sobre el precio de la fruta en el mercado. En ningún momento mencionó nada de lo ocurrido la noche anterior.
Solo una vez, cuando estaba recogiendo los vasos de la mesa y yo me levanté a ayudarla, nuestras miradas se cruzaron durante un momento. Fue menos de un segundo. Ella desvió la vista hacia los platos y siguió recogiendo sin cambiar el ritmo.
Yo volví a mi silla.
Ese verano fue el más caluroso que recuerdo. Pero julio todavía tenía mucho por delante.