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Relatos Ardientes

Camila siempre sonreía, incluso de rodillas

Esa noche tenía un plan claro y me lo tomé como una pequeña ceremonia privada. Me afeité con paciencia, me duché hasta el último rincón, me eché un toque de colonia detrás de las orejas. Sabía qué tipo de encuentro quería y sabía exactamente quién podía dármelo. Solo me quedaba esperar a que Camila tocara el timbre del piso.

Llegó puntual, con una mochila colgada al hombro y un saludo apresurado. Apenas entró se metió en el baño y cerró la puerta. Yo me serví un vaso de agua tibia y conté los minutos hasta que reapareció. Cuando salió, llevaba puesta una americana blanca, lisa, abotonada solo por la mitad. Debajo no llevaba absolutamente nada.

La chaqueta le quedaba justa donde tenía que quedarle justa. Insinuaba dos pechos pequeños y firmes que se asomaban por el escote, y dejaba ver, en el bajo, unos vellos púbicos rizados, cobrizos, recortados con un dibujo en zigzag. A Camila le gustaba ser creativa con su pubis. Una vez se lo había depilado en forma de rayo. Otra vez en forma de luna creciente. Esa noche tocaba zigzag, y se notaba que se había esmerado con la maquinilla.

Acababa de cumplir veintidós años. Era alta, fibrosa, con ese cuerpo de chica que entrena por placer y no por culpa. El pelo castaño con reflejos rojizos lo llevaba a la altura de los hombros, ligeramente despeinado, como si acabara de levantarse de una siesta larga. Tenía cuello fino, hombros estrechos, brazos delgados de bailarina. Y la cara siempre dispuesta a sonreír, como si la vida le pareciera una broma divertida que había decidido seguir hasta el final.

Llevaba un chupete rojo entre los labios. No le pregunté de dónde lo había sacado ni por qué. Camila tenía esos detalles. Lo movía dentro de la boca con la lengua, lo dejaba salir hasta la mitad, lo volvía a meter. Lo chupaba lentamente con los ojos cerrados y luego lo mantenía entre los dientes, sosteniéndolo con una mueca a medio camino entre la inocencia y la provocación. Me miró así, con el chupete entre los dientes, y casi me corrí ahí mismo, antes de tocarla.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó al cabo de un rato, dejando caer el chupete sobre la palma de la mano.

—Me gustas tú —respondí.

Sonrió. Camila siempre sonreía. Esa era su firma, su sello, su manera de empezar y terminar cualquier conversación.

Lo que más me atraía de ella no era el cuerpo, ni el rostro, ni la edad. Era la actitud. Camila se crecía ante un desafío. Si la polla era pequeña le aburría, si era grande le ponía. Y la mía no era ningún regalito modesto. Cuando se enfrentaba a algo que claramente no le iba a caber del todo en la boca, era cuando daba lo mejor de sí. No conseguía tragárselo entero, pero lo intentaba con una entrega que rozaba el orgullo profesional. Y lo hacía siempre sonriendo. Esa era la magia de Camila.

Me acerqué, le retiré la chaqueta despacio por los hombros y la dejé caer al suelo de madera. Sus pezones, rosados y enderezados por el frío, se pusieron todavía más tiesos al contacto del aire. La empujé suavemente por los hombros para que se arrodillara, y ella obedeció sin oponer ni un segundo de resistencia. La obediencia, en su caso, no era sumisión rendida, sino entusiasmo controlado.

Cogí mi miembro con la mano y se lo paseé por la cara, sin prisa. Por las mejillas, por la barbilla, por la frente. Le froté los testículos contra la nariz y ella respiró hondo, los ojos cerrados, como si quisiera memorizar el olor. Subí los huevos hasta su pelo, los bajé de nuevo, los apoyé en sus labios. No me detuve hasta que estuve seguro de que su cara olería a mí durante el resto de la noche, hasta que el último poro de su piel hubiera tomado nota.

—Abre la boca —le dije.

La abrió. La abrió como si llevara horas esperando esa orden.

Empujé. Entré hasta el fondo de un solo golpe y ella ahogó un sonido húmedo, un chapoteo pequeño que se mezcló con su saliva acumulada. Volví a salir y volví a entrar. Mis testículos buscaron su mentón en cada embestida sin acabar de tocarlo. Camila no podía evitar que sus dientes me rozaran ligeramente el tronco, ni podía evitar las arcadas que le subían desde el estómago. Pero no apartó la cara. No la apartó ni una sola vez en toda la noche.

Le pedí que se pusiera a cuatro patas, apoyada sobre los codos y las rodillas, con la espalda arqueada y el culo en alto. Me gustaba esa postura. Me gustaba ver la curva de sus nalgas mientras le restregaba la polla por la cara desde arriba. Junté los dos huevos con la mano, se los acerqué a la boca y se los metí dentro. Los dejé ahí un buen rato, mientras yo me masturbaba con la otra mano a un ritmo lento, casi distraído. Ella, con la boca llena de mi piel, hizo un ruido que sonó a aprobación.

***

Después de unos minutos así la agarré del pelo y le ordené que volviera a arrodillarse y cruzara las manos a la espalda, justo por encima del culo. Quería usarle la boca sin que tuviera dónde apoyarse. Quería que dependiera por completo de la fuerza con la que mi mano sostenía su cabeza, que sintiera que esa noche el ritmo lo marcaba yo y que ella solo tenía que mantener el equilibrio.

Volví a empujar dentro de su garganta varias veces, con un ritmo más violento que antes. La saliva se le escapó por las comisuras y cayó en hilos largos sobre sus pechos. Se le puso la cara roja, los ojos llorosos, las venas del cuello marcadas como cuerdas finas. Aun así, cuando salí para que respirara, me miró desde abajo y volvió a sonreír. Esa sonrisa partida, mojada, agotada, era una de las imágenes más eróticas que recuerdo de ella.

—¿Quieres seguir? —pregunté, casi por costumbre.

—Quiero todo —dijo ella, con la voz rota.

La tumbé sobre la espalda en la alfombra del salón, con las piernas dobladas y separadas. Desde mi posición tenía toda su geografía a la vista: las tetitas pequeñas con pezones de punta, el ombligo hundido en un vientre plano, el coño recortado en zigzag y los labios rosados sobresaliendo entre las ingles rasuradas. Estaba mojada. Mucho. Me lo dijo entreabriendo las piernas un poco más, dejando que la luz le iluminara mejor la abertura.

Pero esa noche no era para meterme dentro. Esa noche tenía otra idea muy concreta.

Me coloqué sobre ella a horcajadas, con las rodillas ligeramente flexionadas, y le ofrecí la raja del culo a la altura de la boca. Camila tenía un don para mover la lengua en lugares donde la mayoría de las chicas se cortaban. No tenía pudor con eso. Me lamió el ano despacio al principio, casi con timidez, y después con una entrega creciente, abriendo y cerrando la boca, dibujando círculos con la punta de la lengua, presionando, soltando, jugando con las terminaciones nerviosas como si supiera exactamente qué nervio tocar para que se me escapara un gemido.

Esto es exactamente lo que necesitaba esta noche, pensé.

A mí me gustan las chicas que prefieren chupar y lamer antes que follar. Las que disfrutan más de la cercanía de la lengua que del impacto del sexo penetrativo. Camila era una de esas. Le veías la cara concentrada, los ojos a medio cerrar, los labios brillantes, y entendías que para ella aquello no era un trámite previo, sino el centro mismo del juego. La penetración, cuando llegaba, casi siempre era una formalidad. Lo bueno, lo que de verdad la encendía, pasaba antes y después.

Cuando ya no aguantaba más, me incorporé, le acerqué la polla a la boca y la dejé entrar de nuevo entre sus dientes. Pocas embestidas más y exploté. Vacié toda la corrida en su lengua, en su paladar, en el fondo de su garganta. Ella abrió mucho los ojos y se quedó así, quieta, con la boca llena, esperando. Era un gesto suyo, casi un ritual. Mostrar lo que tenía dentro antes de decidir qué hacer con ello.

Retiré la punta despacio. Camila hizo un gesto de niña traviesa: cerró la boca, hizo gárgaras como si fuera un colutorio, y luego me la abrió, orgullosa, para enseñarme el espectáculo. La cavidad estaba a rebosar de espuma blanca mezclada con saliva burbujeante. Me sostuvo la mirada mientras la balanceaba dentro como si fuera un enjuague de farmacia. Se reía con los ojos.

Camila chupaba mal, pero tragaba bien. Era una vieja broma entre los dos, una de esas frases que se repiten hasta perder el filo. Sin embargo, esa noche no se lo tragó. Lo que hizo fue escupir el contenido en la palma de la mano, mostrármelo y, antes de que yo pudiera reaccionar, estamparse el semen mezclado con saliva en la mejilla izquierda y restregárselo violentamente por toda la cara.

Camila tenía esos arranques. En una ocasión, mientras hacíamos un trío con una amiga suya, terminó la mamada escupiendo la corrida en la cara de la amiga, sin avisar. La amiga se enfadó tanto que se vistió y se fue dando un portazo. Camila, en cambio, se rió hasta llorar, doblada sobre sí misma, sin poder respirar de la risa. Estaba un poco loca, mi querida Camila. Pero hacía las cosas con tanta naturalidad, con tanta sonrisa, que era imposible enojarse con ella mucho rato.

Esa noche, sentada en la alfombra con la cara embadurnada, los pezones todavía erguidos y el chupete rojo abandonado a su lado, soltó una carcajada larga, sincera, casi infantil. Sus pechos pequeños subían y bajaban con la risa. Un hilo de semen le resbaló por la barbilla, se desprendió en gota y cayó justo dentro de su ombligo. Eso le hizo todavía más gracia, y la risa volvió a empezar desde cero.

—¿Y ahora qué? —preguntó cuando consiguió calmarse, secándose una lágrima de risa con el dorso de la mano.

—Ahora una ducha. Y luego cena.

—¿Y luego?

—Luego veremos.

Se levantó del suelo de un salto, recogió la chaqueta blanca, la tiró encima del sofá y se fue al baño con paso ligero, descalza, sin prisa. Antes de cerrar la puerta giró la cabeza y me lanzó una última mirada por encima del hombro, con la cara todavía manchada y el pelo revuelto. Estaba sonriendo, claro. Camila siempre sonreía.

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Comentarios (8)

Marcos23

Increible!! se hizo cortisimo, quiero mas

RominaK_84

La descripción del inicio me atrapó de golpe. Hay algo en como lo narrás que se siente autentico, no armado. Mas por favor!

SilvinaR

El titulo dice todo sin decir nada jajaja, tremendo arranque

Cris_nocturno

Me encanto, espero con ansias la continuacion!

MarisolPBA

Bien escrito y sin resultar burdo. Eso es lo que le falta a la mayoria de los relatos. Muy buen trabajo

PabloN74

Me recordo a una situacion que vivi hace como tres anos. Que recuerdos jaja. Sigue escribiendo

Guille_R

Quedé con ganas de mas... esperando la segunda parte urgente

nochedeluna77

Muy bueno!! saludos desde Buenos Aires

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