Confesión: el placer prohibido que probé a solas
A los casi cuarenta, libre y dueña de su deseo, descubrió que aún le quedaba un territorio por explorar. Y decidió hacerlo sola, sin prisa, antes de compartirlo con nadie.
A los casi cuarenta, libre y dueña de su deseo, descubrió que aún le quedaba un territorio por explorar. Y decidió hacerlo sola, sin prisa, antes de compartirlo con nadie.
Tenía el turno de noche y una sola regla: no mezclarme con los huéspedes. La rompí la primera madrugada, y luego cada noche de aquella semana imposible.
Tenía una cita esa misma noche, pero antes acabé de rodillas en el asiento de un coche aparcado. No estaba en mis planes, y por eso me gustó tanto.
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Le prometí que esta vez sería distinta. Lo cumplí durante exactamente tres semanas, hasta que el portero del bar llegó una hora antes de lo habitual.
Pagué la entrada, busqué la cabina del fondo y creí que sería un minuto. Entonces escuché esa voz grave preguntar si había alguien al otro lado de la pared.
Habíamos saltado la verja de una finca vacía. Él me marcaba el ritmo con la mano en mi nuca y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Renata siempre se escondía detrás de Camila y Marisol. Esa noche, en la arena tibia y lejos de casa, decidió que ya no quería mirar desde la orilla.
Acepté la apuesta entre risas y vino. Veinte minutos después, él sacaba del cajón un delantal de raso y unos guantes, y yo dejaba de ser la dueña de casa.
Salí a despejarme con la botella de tequila todavía en la mano. No imaginaba que cruzarme con él en el pasillo lo cambiaría todo esa noche.
Cuando rozó su antebrazo al salir del restaurante, Marina supo que aquello no había terminado en la mesa. Era el mejor amigo de su marido.
Subí los catorce escalones con el frío pegado a la ropa y el secreto pegado a la piel: nadie en el edificio imaginaba lo que pasaba un piso más abajo.
Acepté la terapia para entender mi cuerpo antes de casarme. Nadie me avisó que terminaría suplicando que el hombre equivocado no parara.
Le era fiel a mi marido hasta que aquel hombre levantó su copa hacia mí y, sin tocarme todavía, me dijo al oído todo lo que pensaba hacerme esa tarde.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Me usaron de mula y caí por una valija que ni sabía que llevaba. Adentro descubrí que la única moneda que valía algo era mi propio cuerpo.
Le ofrecí un trabajo y un techo, nada más. Pero esa primera noche en la casa del río ninguno de los dos fingió que aquello seguía siendo solo un acuerdo.
Le pedí ayuda con una cañería que yo misma podía arreglar. La verdad es que solo quería verlo entrar a mi casa sabiendo que estábamos los dos solos.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.