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Relatos Ardientes

Nunca conté lo que pasó con mis dos profesoras

Me llamo Lucas y tengo cuarenta años. Vivo en Múnich desde hace una década, pero lo que voy a contar pasó en Valencia, en el verano de 2003, cuando acababa de cumplir los dieciocho y había aprobado las pruebas de acceso a la universidad por los pelos. Biotecnología me iba a salvar. Matemáticas e inglés casi me hundieron.

Era tímido. Tímido en el sentido más literal del término: no había rozado nunca la mano de una chica a propósito, no sabía bailar, y la idea de entrar a una discoteca me revolvía el estómago. En el instituto me sentaba al fondo, hablaba poco y salía con los dos o tres amigos que habían aprendido a tolerar mi silencio. Esa era toda mi vida social en junio de 2003.

Las dos asignaturas flojas me obligaron a tener clases particulares durante casi dos años. La profesora de matemáticas se llamaba Clara. Treinta años, rubia, con unos ojos grises que yo intentaba no mirar más de la cuenta. Llevábamos trabajando juntos desde el invierno anterior al último curso. La de inglés se llamaba Bianca. Italiana, de Milán, instalada en España por una beca que nunca entendí del todo. Las dos iban a irse ese mismo agosto, cada una a su país. Yo lo sabía desde mayo y había pasado semanas dándole vueltas a cómo despedirme sin hacer el ridículo.

Al final les compré un regalo a cada una. Un perfume para Clara y un colgante para Bianca. Pedí la opinión de la dependienta, que se lo tomó como un reto personal. Salí de la tienda con las manos frías.

Clara me citó un sábado en mi casa. Mis padres se habían ido de escapada a la sierra con unos amigos, como hacían cada agosto para dejarme «respirar», y yo iba a estar solo todo el fin de semana. Ella aterrizaba en Boston cuarenta y ocho horas después, así que apareció dos horas antes de salir hacia el aeropuerto. Llegó con una maleta ridículamente pequeña y una sudadera gris que le quedaba grande.

Le di el paquete apenas cruzó la puerta. Lo abrió en el recibidor, olió el perfume, se guardó los pendientes en el bolsillo y me miró durante demasiado tiempo.

—No tenías que haberme regalado nada.

—Quería —respondí, y fue lo más sincero que dije en todo el día.

—Entonces yo también te voy a regalar algo —contestó—. Pero el mío no se puede envolver.

No entendí la frase hasta tres segundos después.

Se quitó el pañuelo del cuello. Despacio. Luego la sudadera, por encima de la cabeza, con el gesto de alguien que lo ha hecho mil veces. Debajo llevaba un sujetador rosa que parecía demasiado pequeño para contenerla. Mis manos, que hasta ese momento no sabían dónde ponerse, se quedaron colgando a los costados como dos cosas ajenas.

—Llevas meses mirándome a escondidas —dijo sin reproche, casi divertida—. Mírame ahora.

Se soltó el sujetador con un gesto mínimo. Lo dejó caer encima del sofá. Yo tenía dieciocho años y nunca había visto unos pechos fuera de una pantalla. La diferencia era brutal. La piel tiene temperatura, tiene peso, tiene un leve temblor que las imágenes nunca capturan. Me temblaban los dedos.

—Puedes tocarlos —dijo.

Toqué. Con una suavidad absurda, como si fueran a romperse. Ella se reía en voz baja y me guiaba las manos cuando se me quedaban quietas. Debí estar así cinco minutos hasta que, sin apartarse, bajó la vista a mi pantalón y abrió mucho los ojos.

—Espera. ¿Todo eso es tuyo?

Me miré y vi el bulto. No me había dado cuenta. Ella sí.

Me desabrochó el cinturón con una paciencia que me puso todavía más nervioso, tiró de los vaqueros y de los calzoncillos hasta los muslos y soltó un silbido largo. No era una broma. Era sorpresa real. Después me explicaría que creía haberlo visto todo y que esa tarde tuvo que revisar sus cálculos.

—Por algo eras mi alumno favorito —murmuró con media sonrisa.

Se arrodilló y me tomó en la boca sin ceremonia. No tengo palabras honestas para describir lo que sentí la primera vez que una mujer hizo eso. Sí puedo decir lo que me sorprendió. Que duraba muchísimo más de lo que duraba cualquier sesión mía a solas. Que ella respiraba distinto mientras lo hacía. Que el espejo del recibidor me devolvía una escena que parecía rodada por otro.

Yo creía que iba a acabar en treinta segundos. No acabé. Descubrí, como si me hubieran revelado un truco, que el placer compartido se dosifica distinto. El cerebro se queda un paso por detrás del cuerpo y eso pospone todo.

Clara se apartó sin avisar, me miró desde abajo y me dijo una sola frase.

—Llévame a tu cuarto.

La llevé. Ella se subió a mi cama, se bajó los vaqueros hasta las rodillas y me miró por encima del hombro. No me quitó el miedo. Me dio instrucciones. Despacio, dónde, así, no tan rápido. Fue una clase más. La mejor que me dio en dos años.

No sé cuánto tiempo estuvimos. Sé que ella cerraba los puños contra la colcha y se mordía el labio inferior hasta dejarlo blanco. Sé que en un momento me pidió que parara y se giró para colocarse encima. Sé que mi habitación tenía tres espejos y que cada uno me devolvió una escena distinta.

Cuando le dije que estaba a punto, se bajó, se arrodilló y abrió la boca. Fue un error de cálculo, suyo y mío. Acabé antes de llegar. Le cayó en la barbilla, en el cuello, en la clavícula y en un pecho. Ella, en lugar de limpiarse, se puso el sujetador y la sudadera por encima y me guiñó un ojo.

—Hasta Boston me vas a acompañar así —dijo—. Buen regalo.

No me besó en ningún momento. Ni cuando entró, ni cuando se marchó. Me dijo desde la puerta que saliera a conocer mujeres, que era un desperdicio lo que estaba haciendo conmigo mismo, y que la memoria iba a ser mi mejor profesora desde ese día. No volví a verla. Hoy es una dermatóloga reconocida al otro lado del Atlántico. Busco su nombre de vez en cuando y sonrío.

***

Dos días después me tocaba despedir a Bianca. Su piso estaba en un edificio viejo del Carmen, con el ascensor siempre averiado. Subí los cuatro tramos con el colgante en la mano y el recuerdo de Clara pegado a todo. Había cambiado. Lo notaba hasta en cómo respiraba.

Bianca abrió la puerta con un vestido corto, de esos que usaba siempre, y una toalla en el cuello. Me explicó dos cosas de corrido, como solía. Mala noticia: se iba de España en cuarenta y ocho horas y me tocaba buscar otro profesor. Peor noticia: el aire acondicionado llevaba averiado desde la tarde anterior. Y una noticia buena que, dijo, prefería enseñar en lugar de anunciar.

Me dio un beso en la boca sin avisar. Un beso corto, sin lengua, más pregunta que afirmación. Yo, dos días antes, me habría muerto ahí mismo. Esa tarde, en cambio, le devolví el beso con la torpeza educada de alguien que está aprendiendo un idioma nuevo y quiere acertar la pronunciación.

Bianca no era como Clara. Bianca enseñaba en todas partes. Me sentó en una silla de madera del salón, se puso en cuclillas y me bajó los pantalones. Me explicó mientras lo hacía lo que estaba haciendo y por qué. Ninguna de las dos íbamos a olvidar nunca esa clase, me dijo. Yo, desde luego, no la he olvidado.

Luego me pidió que la desnudara yo. No a tirones. Con paciencia. Que le desabotonara el vestido desde arriba hasta abajo, que le soltara el sujetador con las dos manos, que le bajara la ropa interior sin prisa. Era un examen y yo no tenía guion. Me ayudaba con la mirada. Cuando me equivocaba, movía mi mano y volvía a dejarla flotar.

—Siéntate tú —me dijo al fin—. Quiero enseñarte algo importante.

Se colocó ella en la silla, con una pierna sobre el reposabrazos, y me ordenó que usara la boca y los dedos. Me explicó dónde estaban las cosas. Me dijo que un día iba a necesitar saber si una mujer estaba excitada o fingía estarlo, si tenía prisa o la estaba perdiendo, si le dolía o le gustaba. Me dijo que no existen dos mujeres iguales y que el mejor amante es el que escucha el cuerpo antes que la voz.

Diez minutos después le temblaban los muslos.

—Muy bien —jadeó—. Muy, muy bien. Ahora ven.

Se giró, apoyó las manos en el respaldo de la silla y se ofreció de espaldas. Yo obedecí. Con Clara había sido el alumno. Con Bianca tuve, por primera vez en mi vida, la sensación de dirigir algo. Empecé despacio, por miedo a hacerle daño, y ella tardó menos de un minuto en pedirme que acelerara. Le hice caso. El sudor empezó a correrme por la espalda. Ella se agarraba a la silla con las dos manos y decía palabras en italiano que yo no entendía pero que sonaban a aprobación.

En algún momento se dio la vuelta y me hizo tumbar en la alfombra. Se puso encima, dándome la espalda, y usó mi cuerpo como si yo fuera parte del mobiliario. Miré hacia arriba. Vi el ventilador parado, la pintura descascarillada del techo, sus hombros moviéndose con un ritmo preciso. Tenía treinta años y sabía lo que hacía. Yo tenía dieciocho y lo único que me preocupaba era no decepcionarla.

Estuvimos casi dos horas. Cambió de postura ocho o nueve veces y me corrigió cada una sin dejar de reírse. Cuando le dije que estaba cerca, me pidió que esperara, y cuando no aguanté más me dejó acabar en su boca con la naturalidad de quien cumple un ritual. No me besó después. Como Clara, se cuidó mucho de no besarme en los labios a partir de cierto momento. Hoy lo entiendo. En aquel entonces pensé que era una frialdad de adulta.

***

Lo más increíble, si tengo que elegir algo, vino la tarde siguiente. Yo ya me había convencido de que todo aquello era una coincidencia bonita, un regalo doble que no se iba a repetir. Estaba leyendo el primer temario de la universidad cuando sonó el portero. Miré la pantalla. Era Bianca. Llevaba una gabardina beige y, según descubrí a los tres segundos de abrir la puerta, nada debajo.

Se quedó en mi cuarto hasta pasadas las once. Llegamos a fingir que no oíamos al vecino de arriba arrastrando un mueble. Hicimos cosas que yo no sabía que existían y otras que sí sabía y creía imposibles. Se despidió con la gabardina puesta, me dio una tarjeta con su número de Milán y me dijo que le escribiera sin miedo. La llamé dos veces esa década. La segunda me contestó una voz de hombre y colgué sin abrir la boca.

***

Tardé años en entender lo que había pasado esos cuatro días. Mis amigos me lo explicaron a trozos, entre risas. Me dijeron que los nervios alargan, no acortan, cuando uno no está a solas. Me dijeron que hay cuerpos que gozan sin hacer ruido y otros que gritan sin sentir demasiado, y que adivinar la diferencia era el trabajo de toda una vida. Me dijeron que dos mujeres de treinta años no se desnudan delante de un alumno de dieciocho por casualidad. Que esa clase de despedida se prepara.

Tardé todavía más en entender que nunca me hicieron daño. Ni ellas a mí, ni yo a ellas. Que los dos lados nos fuimos de esa semana con algo que no teníamos antes. Ellas, un recuerdo para el avión. Yo, una certeza. La certeza de que iba a sobrevivir al resto de mi vida. Que iba a salir a bailar, a equivocarme, a querer, a romperme el corazón en dos ocasiones y a terminar en otra ciudad. Que iba a durar.

Tengo cuarenta años, una compañera alemana y una hija pequeña que ya dice algunas palabras en tres idiomas. De vez en cuando, mientras estoy cortando verdura en la cocina, me vuelve la imagen del sujetador rosa cayendo en el sofá o del ventilador parado en el techo del Carmen. Sonrío, sigo cortando, y pienso que en algún momento tendré que escribir este diario para mí mismo antes de que se me borre.

Este es. Gracias, Clara. Gracias, Bianca.

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Comentarios (7)

FanDeConfesiones

Que historia!!! no me esperaba ese final para nada

Marcos_Cba

Por favor una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber qué pasó despues. No me puedo quedar así jajaja

Peluche_77

Tengo curiosidad... esto es real o muy bien imaginado? porque se siente auténtico de verdad

NocheMadrid

Me recordó a mis primeros meses de universidad, aunque la mia fue mucho menos interesante. Buenisimo!

RicardoB_79

Bien escrito y sin rodeos, justamente como me gustan las confesiones. Seguí escribiendo

MiguelBA23

tremendo!!! el mejor que lei esta semana sin dudas

Cris_M

Lo de aprobar por los pelos y descubrir todo eso en cuatro dias me hizo reir. Qué giro mas inesperado jajaja. Excelente

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