Mi primera vez con un hombre fue mucho más que curiosidad
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
Historias reales contadas en primera persona
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
Cuando mi compañera de piso me dijo «llévame contigo», supe que esa noche iba a perder algo más que la timidez. Lo que no imaginé fue que él aparecería.
Llevábamos años cruzándonos miradas en silencio detrás de la barra. Esa tarde entré al bar vacío, me senté frente a ella y por fin solté lo que tenía atragantado.
Tenía su miembro palpitando frente a mí mientras le relataba todo. Y cuanto más detallada era, más se acercaba a un límite que ninguno de los dos quería cruzar.
Lo besé por primera vez a los dieciséis años y no pudimos terminar. Once años después lo encontré en el club de mi novio con otra mujer del brazo.
Cuatro hombres poderosos muertos de la misma manera. Todos desnudos, exhaustos. Alguien los elegía, los seducía y los llevaba al límite exacto antes del final.
Llevaba un mes soñando con volver a encontrarlo cuando mi compañera de piso me confesó que me tenía envidia. Esa misma noche la llevé conmigo a la rave.
Marcelo me miraba desde el sillón mientras Rodrigo me desvestía con calma. Después, mi esposo quiso saber algo que nunca le había contado.
Empezó como un capricho mientras él jugaba con sus amigos. Terminó conmigo arrodillada bajo el escritorio y él silenciando el micrófono justo a tiempo.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Sofía me contó esa noche que su novio era demasiado para ella. Yo solo sonreí. Para mí, eso no era un problema sino una invitación.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Tenía la cubeta de champagne en una mano y la otra apoyada contra la madera, intentando convencerme de que solo escuchaba para asegurarme de que todo estuviera en orden.
Se sentó en mi cama con ese gesto de siempre y soltó que había pasado otra vez. Y yo sabía exactamente de qué me estaba hablando.
Valentina siempre fue impulsiva. Pero cuando trajo a Camila a nuestra vida, ninguno de los dos sabía hasta dónde nos íbamos a meter.
Andrés entró a esa tienda buscando unos pantalones y encontró algo que no esperaba: una dependienta que sabía exactamente lo que quería de él.
El taller olía a grasa y metal. Tenía diecisiete años, una pollera corta y dos sobres de plata que no alcanzaban para lo que se venía.
Salió del baño con una americana blanca sin nada debajo y un chupete rojo entre los labios. Esa noche supe que Camila no había venido para complacerme: había venido para divertirse.
Mi marido quería verme con su hermano. Me costó semanas aceptar que yo también lo deseaba. Después alquilé un piso con espejo unidireccional y organicé cada detalle.