La avería que mi compañera de oficina inventó
Han pasado años desde aquella tarde, pero todavía hay noches en que cierro los ojos y vuelvo al parking de la oficina. Al brillo del sol cayendo sobre las baldosas calientes. A la voz de Marina llamándome delante de todos.
—¡Eh, Andrés! —gritó, alzando la voz a propósito para que el resto la oyera con claridad—. ¿Te acuerdas de que me dijiste que me llevabas a casa? El coche me dio un aviso al llegar esta mañana. Mañana paso a buscarlo con la grúa.
Yo siempre he sido un actor pésimo. Esta vez lo intenté con todas mis fuerzas.
—Ah, sí, claro, ya no me acordaba —contesté, fingiendo distracción—. Tengo la cabeza en otro sitio estos días.
La tenía exactamente en el sitio donde no debía tenerla.
Los compañeros se reían, hacían los comentarios típicos del final de turno y el comienzo de unos días libres. Marina caminó hacia mi coche con la naturalidad de quien aprovecha un favor entre colegas. Yo iba detrás, tragando saliva, todavía sin atreverme a mirarla a la cara.
Esa semana había sido una tortura. Llevábamos siete días aguantando, fingiendo cordialidad delante de la cafetera, escribiendo correos kilométricos sobre presupuestos cuando lo único que queríamos era cerrar la puerta del despacho y olvidarnos del mundo entero. Mi apartamento estaba en obras —una avería en una tubería había convertido el salón en una piscina poco profunda— y dormía en el sofá de un amigo. El marido de Marina estaba en casa. Su hija también. La oficina era el único lugar donde coincidíamos, y la oficina estaba llena de ojos atentos.
—Busca un callejón, un descampado, lo que se te ocurra —murmuró en cuanto cerré la puerta del coche—. Yo no puedo, ni quiero llegar así a casa.
Mientras yo arrancaba, ella se abrochó el cinturón con una mano y, con la otra, se desabrochó el botón del pantalón. Apenas habíamos salido del recinto de la empresa cuando deslizó la mano por debajo de la tela, recostó la nuca contra el reposacabezas y cerró los ojos.
—Si te paras al lado de un camión, avísame —dijo, ya con la respiración entrecortada—. No quiero dar espectáculos.
Era domingo por la tarde. Ya casi verano, el sol cayendo, el aire pegajoso. La carretera principal estaba desierta. Salimos de la ciudad en pocos minutos. Yo conducía con una mano en el volante y la otra apretada contra el muslo, sin atreverme a mirar de reojo cómo se movía la suya bajo la tela vaquera. Sentía los pantalones demasiado estrechos. Me bajé la cremallera lo justo para soltar la presión sin que se me viera nada desde fuera. Necesitaba parar urgentemente.
La isla está llena de pequeños caminos agrícolas que se internan entre las fincas y mueren contra una valla metálica. A los pocos minutos enfilé uno de esos caminos. Tierra apisonada, muros de piedra seca, el olor del estiércol mezclado con el del pasto recién cortado. Aparqué pegado a la valla y apagué el motor. Las luces se apagaron también. La luna estaba todavía baja, pero ya alumbraba lo suficiente para vernos.
Bajamos casi al mismo tiempo, los dos como si la voz nos quemara dentro. Nos encontramos delante del capó. Besos rápidos, secos, con dientes. Magreos a través de la ropa. Lancé la camiseta al suelo de un tirón. Ella se desabrochó el sujetador y lo dejó caer sobre el guardabarros. Los pantalones nos llegaron a los tobillos casi a la vez. La ropa interior se quedó atrapada en el mismo nudo de tela arrugada. Marina apoyó las manos en el capó y separó las piernas.
La penetré de un solo golpe de caderas. Ella soltó un grito corto, pero no encontré ningún impedimento. La calentura de toda la tarde, los masajes que se había estado dando en el coche, todo había trabajado a favor. Entrar en ella fue como llegar a una casa caliente en pleno invierno, con olor a leña encendida.
Seguí empujando con fuerza, sin pausa. Tenía la sangre bombeándome en los oídos y el motor enfriándose era lo único que rompía el silencio del campo. Marina entendió enseguida que la fiesta no iba a durar demasiado. Bajó una mano y se ayudó con las yemas de los dedos. Lo intuí más que verlo: el cambio en su respiración, el tipo de gemido más cerrado, casi mordido.
Aguanté lo que pude. Me agarré a sus caderas como si fuera a caerme y empujé una última vez con todo lo que tenía. Sentí cómo me deshacía dentro de ella. Aún jadeando, noté las contracciones de su sexo apretándome. Su excitación era tan grande como la mía y no había necesitado mucho para llegar al borde. Nuestros cuerpos se separaron despacio, mareados, con miedo a perder el equilibrio.
Me apoyé contra el capó, todavía caliente, mirando el cielo. El olor del campo en verano me llenó los pulmones de golpe. Me di cuenta entonces de que, desde que habíamos entrado por aquel camino, no habíamos cruzado más palabras que las imprescindibles.
Había sido un encuentro sucio, rápido, casi animal. No habíamos disfrutado en el sentido tranquilo de la palabra. Pero era exactamente lo que ambos necesitábamos. Una semana entera de calenturas acumuladas, descargada en cinco minutos contra una valla metálica oxidada.
Marina sacó un paquete de toallitas del bolso y me pasó una sin decir nada. Nos limpiamos cada uno por su cuenta. Recogimos la ropa, los zapatos, los rastros de tierra sobre el capó. Volvimos al coche en silencio absoluto.
***
El teléfono le sonó cuando ya enfilábamos la carretera principal de regreso a la ciudad.
—Sí, cariño, no te preocupes —dijo, con esa voz dulce que ponía solo para él—. Se ha liado mucho la tarde. Sí, ya estoy saliendo. En un ratito nos vemos.
Colgó, dejó el teléfono boca abajo sobre el muslo y miró por la ventana. No me miró a mí.
—Mañana me pillo un taxi y voy a buscar el coche a la oficina —añadió con voz neutra—. ¿Cuánto te queda para tener listo el apartamento?
Más que una conversación era un monólogo. Yo respondía con monosílabos y conducía. La dejé delante del portal de su casa. Salió disparada, sin mirar atrás. Yo me entretuve unos segundos en mirarle el culo mientras subía los escalones, y después puse rumbo a casa de mi amigo.
Cuando llegué, él ya se había acostado. No cené. Me metí en la ducha y me hice una paja antológica intentando aplacar la calentura que aún arrastraba. Después me dormí del tirón, sin pensar en nada.
***
A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era el contratista de la obra. En dos días el apartamento estaría listo: la obra terminada, la aseguradora mandando una empresa de limpieza profesional. Esbocé una sonrisa de victoria. Apenas había colgado cuando volvió a sonar.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Era ella. Su voz me terminó de espabilar.
—De maravilla, quedé frito —contesté—. Acaba de llamarme el contratista. En un par de días vuelvo al apartamento.
—¿Has desayunado?
—No sé ni la hora que es —admití—. Pero tengo un hambre que me muero.
—Son las nueve. He ido a buscar el coche a primera hora y he comprado cruasanes. La niña —y aquí los dos sonreímos por el «niña», porque la cría ya estaba a punto de empezar la universidad— se ha ido a casa de los abuelos. Le he inventado una excusa peregrina para que pase la mañana ayudándoles con unos recados. Estoy sola hasta la tarde. ¿Vienes?
No me dejó contestar. Colgó.
Diez segundos después, mi teléfono vibró. Notificación. Era un vídeo corto. Marina llevaba un camisón largo, ridículamente infantil, con un personaje de dibujos animados estampado sobre el pecho. Se bajaba los tirantes despacio, uno y luego el otro, hasta que la tela cedía y caía al suelo por su propio peso. Nunca un camisón infantil había quedado tan obsceno sobre el cuerpo de una mujer.
Me lavé los dientes a toda prisa. Bajé las escaleras a trompicones, sin haber acabado de abrocharme el cinturón. En menos de quince minutos estaba delante de su puerta.
***
Me abrió con el camisón puesto, el mismo del vídeo. Se lo veía recién recolocado, los tirantes mal subidos, como si lo hubiera vuelto a poner solo para que yo se lo quitara.
Empezamos a besarnos en el recibidor. Ella me empujó contra la pared, yo le subí el camisón por encima de las caderas. La tela voló hacia un lado. La mía siguió el mismo camino, prenda por prenda, dejando un rastro entre la entrada y el sofá. No nos dio tiempo a llegar a la habitación.
Fue un lunes de junio fabuloso.
Del sofá pasamos al suelo. Del suelo a la alfombra. De la alfombra, en algún momento, a la habitación. La mañana fue de besos lentos, de caricias largas, de saliva y dedos y boca. Nos recuperamos todas las que no nos habíamos podido dar la semana entera. Marina sacó del cajón de la mesilla un par de juguetes y un bote de lubricante. Los usamos sin prisa. Ella se reía, yo me reía, los dos teníamos la sensación rara y feliz de haber recuperado el tiempo perdido.
Pasado el mediodía bajamos a la cocina, hambrientos. Los cruasanes habían quedado abandonados sobre la encimera y un ejército ordenado de hormigas los había colonizado en una columna disciplinada. Los tiramos directamente al cubo de la basura, riéndonos.
Hicimos café. Yo me senté en una silla con una camiseta suya tres tallas pequeña, ella se subió a la encimera con una bata fina. Hablamos por fin de cosas reales. De la obra, de mi piso, de su hija, de los planes para los próximos días libres. Hablamos de cuándo y cómo. Hablamos también de hasta dónde.
Esto no es una historia con final feliz, pero tampoco infeliz. Es una confesión, una de muchas. Marina y yo hace tiempo que dejamos de fingir que aquello era un capricho de oficina. Y ya no me importa quién lea estas líneas. Solo me importa volver, a veces, a aquella tarde en el camino sin salida, cuando ninguno de los dos cruzamos una palabra y entendimos perfectamente, sin necesidad de explicarnos, lo que el otro necesitaba.