Mi compañera me pidió que la llevara a casa
Nos juntamos otra vez en las escaleras del edificio, los que salíamos del turno y los rezagados que todavía llegaban con cara de domingo. Todos los que habíamos coincidido esa tarde teníamos un par de días libres por delante, así que hicimos los comentarios de siempre: el puente, los planes, la playa, la siesta eterna. Cuando llegamos al estacionamiento me dirigí hacia mi auto sin cruzar apenas la mirada con ella.
—¡Adrián! —gritó para que todos la oyeran.
Estaba claro que esa tarde el universo se había conjurado para ponerme a prueba.
—¿Te acuerdas de que me dijiste que me llevabas a casa? Al coche se le encendió la luz del aceite cuando llegué a la oficina. Mañana vengo con la grúa a buscarlo —lo dijo alto, clara, con ese tono neutro que usamos los malos actores cuando estamos improvisando en vivo.
Nunca fui buen actor yo tampoco, pero fingí una sorpresa creíble.
—Ah, sí. Se me había ido por completo. No sé dónde tengo la cabeza últimamente.
Nos subimos a mi auto. Yo todavía un poco aturdido.
—Busca un callejón, un descampado, un parqueo, un hotel, lo que se te ocurra. Yo ni puedo, ni quiero llegar así a mi casa —dijo mientras se abrochaba el cinturón y se desabrochaba el botón del pantalón.
Nada más salir del recinto de la empresa deslizó la mano dentro de las bragas, se recostó contra el asiento y cerró los ojos. Oí perfectamente cómo dos dedos se le hundían en el coño, con ese ruido húmedo, pegajoso, imposible de disimular en el silencio del habitáculo.
—Si te paras al lado de un camión, me avisas. No quiero dar espectáculos —murmuró con la respiración ya acelerada—. Aunque bien pensado, que me vea un camionero pajeándome no estaría tan mal. Llevo así toda la semana, Adrián. Toda. La. Puta. Semana.
A los pocos minutos salíamos de la ciudad. Aunque era pleno julio, los domingos por la tarde el tráfico estaba muerto. Ella seguía con la mano metida debajo del elástico, los dedos moviéndose en un ritmo corto y obstinado. La escuchaba jadear bajito, apretando los dientes, y de vez en cuando se sacaba los dedos empapados y se los llevaba a la boca, chupándoselos como si fuera el postre. Dentro de mis vaqueros, la polla empezaba a despertar de nuevo, gruesa, tirando contra la costura. Era urgente parar. Me bajé la cremallera un par de dientes para aflojar la presión contra la tela.
—Sácatela —me dijo sin abrir los ojos—. Quiero verte la verga mientras me toco.
La liberé del calzoncillo y quedó apuntando al techo, dura, palpitando con cada latido. Ella giró la cabeza, se mordió el labio y estiró la mano izquierda hasta agarrármela por la base. Empezó a masturbarme con la muñeca girando en el mismo compás con el que se frotaba el clítoris con la otra mano. Manejar así se volvió un infierno. Notaba el pulgar suyo bailándome en el glande, esparciendo la gota que ya había asomado, y tuve que apretar el volante con las dos manos para no salirme del carril.
Si de algo está llena esta isla son caminos agrícolas que no llevan a ninguna parte, pequeñas entradas de tierra que se pierden entre fincas de pasto. A los cinco minutos tenía el auto aparcado en uno sin salida, delante de una valla metálica oxidada. Apagué el motor. Las luces se apagaron solas. Nos iluminaba apenas la luna, una luna turbia y amarilla que todavía estaba subiendo.
Abrimos las puertas y bajamos casi al mismo tiempo. Nos reunimos en el capó, todavía tibio por el kilometraje. Besos rápidos, bruscos, manos que no sabían por dónde empezar. Lancé la camiseta al suelo. Ella se desabrochó el corpiño de un solo movimiento y las tetas le cayeron pesadas, con los pezones tan duros que parecían pedir a gritos que se los mordiera. Y eso hice. Me agaché y me metí uno entero en la boca, chupándolo con fuerza, sintiendo cómo se le arqueaba la espalda. El otro se lo pellizcaba con dos dedos, tirando, girándolo, hasta que soltó un gemido ronco que retumbó en el descampado.
—No juegues, Adrián, no juegues más. Métemela ya.
Los pantalones ya nos colgaban de los tobillos, bragas y calzoncillos confundidos con la tela de los jeans. Antes de dejarla apoyarse en el capó me arrodillé un segundo. Le abrí las piernas con las dos manos y le pegué la boca al coño. Estaba empapado, hinchado, con los labios abiertos por la presión de sus propios dedos durante todo el viaje. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, terminando en el clítoris con un chupetón que la hizo agarrarse al capó para no caerse.
—Hijo de puta —jadeó—. Te dije que me la metieras, no que me comieras el coño.
—Cállate y abre más.
Le hundí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Se los tragaba con avidez, y notaba las paredes contraerse alrededor. Cuando la sentí temblar demasiado, saqué los dedos, me puse de pie y la giré. Se apoyó en el capó con las dos manos y abrió las piernas un poco más. No hizo falta más aviso.
La penetré de un solo golpe de caderas. Dejó escapar un grito, pero no encontré resistencia alguna. La tensión de toda la tarde, los masajes que se había regalado a sí misma desde que salimos de la oficina, habían terminado de prepararla. Entrar en ella fue como llegar a una casa caliente después de horas en el frío, con la leña ya encendida y el olor a pan en la mesa. Su coño me apretaba de tal manera que a la tercera embestida ya estaba conteniendo el orgasmo con los dientes clavados en el hombro.
—Fuerte, dámela fuerte, no me trates como una señora, cógeme como si fuera una puta.
Le agarré el pelo, le eché la cabeza hacia atrás y empecé a follármela de verdad. Cada empujón hacía sonar la chapa del capó, un golpe seco de piel contra piel y de sus tetas contra el metal tibio. Ella se dejaba, empujando el culo hacia atrás en cada embestida, buscando meterse más adentro cada vez. Le solté el pelo y le crucé la mano abierta sobre una nalga. Un cachetazo. Otro. La marca roja apareció al instante y ella soltó un gemido largo, aprobador.
—Otra. Más fuerte.
Seguí empujando contra sus caderas con toda la fuerza. Ella había intuido que la función iba a ser corta, así que se ayudó con las yemas de los dedos, rozándose el clítoris mientras yo la embestía. Mi contención, efectivamente, no aguantaba un minuto más. Me agarré a sus caderas para no perder el equilibrio y, con un último empujón, sentí que me deshacía dentro de ella, chorro tras chorro de semen vaciándose en lo hondo de su coño mientras seguía embistiendo por inercia.
Aguantó mi peso un instante, mientras sus dedos seguían trabajando. La sentí contraerse alrededor mío, tensa, caliente, tan al borde como yo lo había estado. Su excitación venía acumulada de la misma semana, y no le costó nada llegar. El coño le apretaba la polla en espasmos, ordeñándome hasta la última gota, y cuando finalmente salí de ella un hilo blanco espeso le bajó por la cara interna del muslo hasta la rodilla. Nuestros cuerpos se separaron para no caer, jadeando, respirando hondo ese olor a campo de verano, a grama seca y a tierra húmeda de riego nocturno, mezclado con el olor cargado de sexo que se nos pegaba a la piel.
Caí en la cuenta de que desde que habíamos entrado por el camino apenas habíamos cruzado dos palabras que no fueran obscenas.
***
Había sido un encuentro sucio, rápido, sin tiempo para disfrutarlo. Pero necesario. Nuestros cuerpos llevaban una semana acumulando carga, y eso se tenía que descargar en algún momento. Así fue.
Sacó unas toallitas húmedas del bolso y me pasó una. Se limpió el semen del muslo con dos pasadas lentas, sin dejar de mirarme. Seguíamos sin hablar. Nos vestimos con movimientos torpes, buscando los calzoncillos y las bragas en el suelo a tientas, y subimos al auto.
Agarró el teléfono.
—Sí, mi vida, no te preocupes. Se me complicó la tarde. Sí, ya estoy saliendo. En un rato estoy ahí.
Acababa de colgarle a su hija. Yo ya salía a la carretera principal, rumbo a la entrada de su barrio.
—Mañana pido un taxi para ir a buscar el coche a la oficina. No te preocupes por eso. ¿Cuánto te falta para tener listo el apartamento?
Más que una conversación, era un monólogo. La semana había sido una locura, con la excitación a flor de piel cada vez que nos cruzábamos en el pasillo o fingíamos consultar algo en la fotocopiadora. La dejé frente a la puerta de su casa. Bajó del auto disparada. Me entretuve unos segundos mirándole ese culo que tanto me gustaba por debajo de la falda ligera, y arranqué rumbo a la casa de mi amigo, donde estaba durmiendo desde la avería del apartamento.
Al llegar, él ya se había acostado. Sin cenar, me metí en la ducha y me regalé una paja antológica, con el agua caliente cayéndome en la espalda, la polla en el puño y su imagen doblada sobre el capó en la cabeza. Me corrí contra los azulejos con un gruñido ahogado. De la ducha directo a la cama. Me dormí enseguida, con el pelo aún mojado y la almohada fría en la cara.
***
A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era la empresa contratista. En dos días podría volver al apartamento. La obra quedaba cerrada, y el seguro mandaba una cuadrilla de limpieza. Esbocé una sonrisa de victoria. Nada más colgar, volvió a sonar.
—Buenos días. ¿Dormiste bien?
Era ella. Su voz terminó de despertarme del todo.
—Pues la verdad que muy bien. Quedé frito. Me acaba de llamar el contratista. En un par de días tengo el apartamento listo.
—¿Desayunaste?
—No tengo ni idea de qué hora es —respondí—. Pero tengo un hambre de muerte.
—Son las nueve. Ya fui a buscar el coche y compré ensaimadas. La nena —aunque ya esté por entrar a la universidad, los padres seguimos diciéndole nena— está en casa de los abuelos. Me inventé una excusa peregrina para llevarla hasta allá y que les ayude con unos mandados. Tengo la casa vacía hasta la tarde. ¿Vienes?
No esperó respuesta. Colgó.
A los diez segundos el teléfono vibró con una notificación. Era un video corto. Lo había grabado ella misma, frente al espejo del armario. Llevaba un camisón de algodón fino con un estampado de Lola Bunny, cosa que debería resultar cómica pero no lo era. Iba bajándose los tirantes muy despacio, hasta que el camisón se rendía a la gravedad y caía al suelo. Debajo, nada. Los pezones erguidos, el vientre plano, y la mano bajándole con descaro hasta abrirse los labios del coño frente al espejo con dos dedos, mostrándome lo que había dentro. Nunca un camisón infantil había quedado tan indecente en el cuerpo de una mujer adulta.
Me lavé los dientes de cualquier forma. Bajé las escaleras a trompicones. En diez minutos estaba frente a la puerta de su casa, con la polla ya media dura tirando contra la bragueta.
***
Me abrió con el mismo camisón del video. No me dio tiempo a decir hola. Me agarró de la camiseta, me metió dentro y cerró la puerta con la cadera. Empezamos a besarnos y a tocarnos en el recibidor, con la lengua adentro de la boca del otro y las manos amasando lo primero que encontraban. Su camisón salió volando hacia el perchero, mi ropa fue regándose por el pasillo como un reguero de miga de pan: la camiseta, el pantalón, el calzoncillo, todo dejando un rastro hasta el salón.
No llegamos a la habitación. Ella se arrodilló ahí mismo, sobre el parqué, y sin más preámbulo se metió mi polla entera en la boca. De golpe, hasta el fondo, hasta que sentí el fondo de su garganta y la oí toser un instante antes de volver a hundirla. Le agarré el pelo con las dos manos, se lo recogí en un moño improvisado con la mano derecha y empecé a marcarle el ritmo, empujándole la cabeza contra la pelvis. Ella me miraba desde abajo con los ojos llorosos y una sonrisa perra en las comisuras, saliva colgándole por la barbilla y la mano izquierda ordeñándome los huevos con una delicadeza obscena.
—Así, así, ahógate con ella, quiero verte —le dije, y ella respondió tragando todavía más.
La saqué antes de correrme y la levanté del pelo. Caímos sobre la alfombra del salón, una alfombra áspera que después nos dejaría marcas en las rodillas y en los codos, pero eso ya no importaba. La puse de espaldas, le abrí las piernas y le enterré la cara en el coño. Estaba caliente, salado, con ese sabor a mujer recién levantada que me volvía loco. Le chupé el clítoris, se lo mordisqueé, se lo hice bailar entre los labios mientras le metía tres dedos y buscaba adentro ese punto rugoso que la ponía a temblar. La sentí llegar en menos de dos minutos, agarrándome del pelo, empujándome la cara contra ella, ahogándome, hasta que se le escapó un chorro tibio que me empapó la barbilla.
—Perdón, perdón —jadeó riéndose—, no era mi intención.
—A callar, que apenas estamos empezando.
La monté ahí mismo en la alfombra, con las piernas en alto y los tobillos sobre mis hombros. Cada embestida le arrancaba un gemido nuevo, más agudo. Le miraba las tetas rebotando al ritmo de mis caderas, la cara roja, la boca abierta. Fue un lunes de verano memorable.
Del salón pasamos a la cocina. La subí a la mesa, empujé los manteles individuales al suelo y me la comí otra vez, esta vez con ella agarrándose de los bordes y clavándome los talones en la espalda. Después la puse de pie, la doblé sobre el mármol y se la metí desde atrás, viendo cómo el reflejo de sus tetas colgando iba y venía en la puerta del microondas. De la cocina al cuarto de baño, donde ella me hizo apoyarme en el lavabo y me buscó desde atrás con la boca primero y con las manos después. Sentí su lengua entrar donde nadie me había entrado, un temblor que me subió por la columna y me dejó agarrado al grifo. Después giró y me la volvió a mamar mirándome a los ojos en el espejo, con mi polla brillante de saliva entrándole y saliéndole de la boca.
Del baño subimos por fin a la habitación. La mañana fue una enumeración: besos, caricias, saliva, dedos, piel, muslos, labios, cuello, lubricante, un par de juguetes que guardaba en el cajón de la mesa de noche y que hasta entonces yo no había conocido. Un vibrador de silicona rosa que ella misma se aplicó en el clítoris mientras yo la penetraba lento, viendo cómo se le doblaban los dedos de los pies. Un tapón pequeño con base de joya que me pidió que le pusiera en el culo con paciencia, primero un dedo, después dos, después el juguete, mientras me la seguía tirando por delante y sentía a través de la fina pared el bulto ajeno moverse con cada embestida.
Recuperamos cada una de las caricias que no nos habíamos podido dar la semana anterior, cuando solo podíamos rozarnos el codo al entregar un informe o pisarnos el pie por debajo de la mesa de reuniones.
—Quiero probar una cosa —dijo ella en algún momento, empujándome de espaldas contra el colchón.
—Prueba todo lo que quieras —le contesté.
Y probó.
Se acomodó sobre mí de una forma que no habíamos ensayado antes, con las rodillas a la altura de mis orejas y el coño empapado a un palmo de mi cara. El pelo le caía hacia adelante, haciéndome cosquillas en el pecho, mientras se doblaba y me tragaba la polla al mismo tiempo que me plantaba el coño sobre la boca. Un sesenta y nueve al revés, con ella encima, marcando ella el ritmo. Me miraba desde arriba con una sonrisa que no era la de la oficina, ni la del pasillo, ni la del estacionamiento. Era una sonrisa íntima, casi de complicidad con ella misma, como diciéndose: «hasta acá hemos llegado, a ver cuánto más».
La chupé y le metí la lengua hasta que se le escurrían los líquidos por los muslos y me caían por el cuello. Ella no se quedaba atrás: me la mamaba con las dos manos, se la sacaba de la boca para pasarse el glande por los labios, escupía saliva sobre la punta y volvía a metérsela hasta la garganta. La sentí correrse por segunda vez en la mañana, empujando el coño contra mi cara con espasmos cortos, ahogando un grito con mi polla adentro de la boca.
Duramos así un buen rato, hasta que las piernas le empezaron a temblar. Se dio vuelta, se sentó a horcajadas encima mío, y se ensartó en la polla con un movimiento largo, hondo, calibrado. Empezó a cabalgarme mirándome fijo, con las manos apoyadas en mi pecho y las tetas rebotando frente a mi cara. Yo le agarraba las caderas y la empujaba hacia abajo cada vez con más fuerza, hasta que sus nalgas chocaban contra mis muslos con un chasquido húmedo. Cuando sentí que me venía, la giré, la puse de rodillas, y me corrí sobre su culo, sobre su espalda baja, sobre el hueco entre las nalgas, marcándola de blanco con la respiración cortada. Se dejó caer hacia adelante y terminamos enredados, sudados, ridículos, felices, sobre las sábanas arrugadas y manchadas.
***
Pasado el mediodía bajamos a la cocina a recuperar fuerzas. Las ensaimadas que había comprado esa mañana estaban invadidas por un ejército de hormigas. Fueron directas al cubo de la basura. Nos reímos de esa pequeña derrota doméstica mientras ella abría la nevera y sacaba lo primero que encontró: queso, jamón, un par de tomates del huerto del suegro, una botella de agua fría.
Comimos de pie. Yo en calzoncillos, ella con una camisa mía que le llegaba a la mitad del muslo, sin nada debajo. Cada vez que se estiraba a alcanzar algo se le levantaba la tela y le veía la raja del culo enrojecida por la mañana de fricción. No hablamos mucho. No hacía falta. La semana anterior habíamos hablado hasta quedarnos sin voz, disfrazando con palabras todo lo que no podíamos hacer.
Ahora ya no hacía falta disfrazar nada.
Me miró por encima del borde de la botella.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó por primera vez en todo el día.
No respondí enseguida. La miré, con el pelo revuelto, los labios todavía hinchados, una marca mía incipiente en el cuello que nadie debía ver esa noche en su casa. Pensé en la hija volviendo por la tarde, en mi apartamento casi listo, en los días por delante, en los correos que el lunes siguiente iba a tener que seguir intercambiando como si nada.
—No lo sé —le dije al fin—. Pero hoy, por lo pronto, todavía no es tarde.
Se acercó y me besó sin prisa, distinto a todos los besos de esa mañana. Un beso largo, tranquilo, como si nos despidiéramos de algo sin saber muy bien de qué.
Luego volvió a sonreír, me agarró de la mano y me arrastró hacia la habitación.
—Entonces aprovechemos —dijo—. Nos quedan unas cuantas horas.
Y eso hicimos. Me quitó el calzoncillo de un tirón en las escaleras y se puso a chupármela ahí mismo, sentada dos escalones más abajo, con la camisa mía todavía puesta y la polla entrándole entera en la boca cada vez que bajaba la cabeza. Llegamos a la habitación como pudimos. Esta vez me pidió que se la metiera por detrás, boca abajo sobre las sábanas, con una almohada bajo las caderas para levantarle el culo. Empecé lento, con lubricante, entrando de a poco, sintiendo cómo el anillo se abría alrededor de la punta y me tragaba centímetro a centímetro. Ella gemía contra la almohada, agarraba las sábanas, empujaba el culo contra mí pidiendo más. Cuando estuve entero adentro me quedé quieto un momento, disfrutando esa presión distinta, más apretada, más caliente, y después empecé a moverme con paciencia, dejando que se acostumbrara.
—Más, Adrián, más, no te frenes.
Me solté. Empecé a follármela el culo con ganas, con las manos agarrándole las nalgas y separándoselas para verme entrar y salir. Ella se coló una mano por debajo y se frotaba el clítoris al mismo tiempo. Se corrió apretándome tanto por dentro que me arrastró con ella. Me vacié adentro por segunda vez en el día, mordiéndole el hombro para no despertar al vecindario.
Colapsamos. Nos dimos una última ducha juntos, jabonándonos con torpeza, robándonos besos bajo el chorro caliente, hasta que el reloj empezó a marcar que la tarde se le venía encima, que la hija volvería pronto, que yo tenía que desaparecer antes de que los abuelos sospecharan de algo.
Cuando finalmente salí por la puerta de su casa, con la camisa mal abrochada y el pelo húmedo de la última ducha compartida, supe dos cosas a la vez.
Una, que en dos días tendría de vuelta mi apartamento.
Y dos, que ese apartamento ya no iba a estar nunca del todo vacío.





