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Relatos Ardientes

Mi compañera me pidió que la llevara a casa

Nos juntamos otra vez en las escaleras del edificio, los que salíamos del turno y los rezagados que todavía llegaban con cara de domingo. Todos los que habíamos coincidido esa tarde teníamos un par de días libres por delante, así que hicimos los comentarios de siempre: el puente, los planes, la playa, la siesta eterna. Cuando llegamos al estacionamiento me dirigí hacia mi auto sin cruzar apenas la mirada con ella.

—¡Adrián! —gritó para que todos la oyeran.

Estaba claro que esa tarde el universo se había conjurado para ponerme a prueba.

—¿Te acuerdas de que me dijiste que me llevabas a casa? Al coche se le encendió la luz del aceite cuando llegué a la oficina. Mañana vengo con la grúa a buscarlo —lo dijo alto, clara, con ese tono neutro que usamos los malos actores cuando estamos improvisando en vivo.

Nunca fui buen actor yo tampoco, pero fingí una sorpresa creíble.

—Ah, sí. Se me había ido por completo. No sé dónde tengo la cabeza últimamente.

Nos subimos a mi auto. Yo todavía un poco aturdido.

—Busca un callejón, un descampado, un parqueo, un hotel, lo que se te ocurra. Yo ni puedo, ni quiero llegar así a mi casa —dijo mientras se abrochaba el cinturón y se desabrochaba el botón del pantalón.

Nada más salir del recinto de la empresa deslizó la mano, se recostó contra el asiento y cerró los ojos.

—Si te paras al lado de un camión, me avisas. No quiero dar espectáculos —murmuró con la respiración ya acelerada.

A los pocos minutos salíamos de la ciudad. Aunque era pleno julio, los domingos por la tarde el tráfico estaba muerto. Ella seguía con la mano metida debajo del elástico, los dedos moviéndose en un ritmo corto y obstinado. Dentro de mis vaqueros, algo empezaba a despertar de nuevo. Era urgente parar. Me bajé la cremallera un par de dientes para aflojar la presión contra la tela.

Si de algo está llena esta isla son caminos agrícolas que no llevan a ninguna parte, pequeñas entradas de tierra que se pierden entre fincas de pasto. A los cinco minutos tenía el auto aparcado en uno sin salida, delante de una valla metálica oxidada. Apagué el motor. Las luces se apagaron solas. Nos iluminaba apenas la luna, una luna turbia y amarilla que todavía estaba subiendo.

Abrimos las puertas y bajamos casi al mismo tiempo. Nos reunimos en el capó, todavía tibio por el kilometraje. Besos rápidos, bruscos, manos que no sabían por dónde empezar. Lancé la camiseta al suelo. Ella se desabrochó el corpiño de un solo movimiento. Los pantalones ya nos colgaban de los tobillos, bragas y calzoncillos confundidos con la tela de los jeans.

Se apoyó en el capó con las dos manos y abrió las piernas un poco. No hizo falta más aviso.

La penetré de un solo golpe de caderas. Dejó escapar un grito, pero no encontré resistencia alguna. La tensión de toda la tarde, los masajes que se había regalado a sí misma desde que salimos de la oficina, habían terminado de prepararla. Entrar en ella fue como llegar a una casa caliente después de horas en el frío, con la leña ya encendida y el olor a pan en la mesa.

Seguí empujando contra sus caderas. Ella había intuido que la función iba a ser corta, así que se ayudó con las yemas de los dedos, rozándose mientras yo la embestía. Mi contención, efectivamente, no aguantaba un minuto más. Me agarré a sus caderas para no perder el equilibrio y, con un último empujón, sentí que me deshacía dentro de ella.

Aguantó mi peso un instante, mientras sus dedos seguían trabajando. La sentí contraerse alrededor mío, tensa, caliente, tan al borde como yo lo había estado. Su excitación venía acumulada de la misma semana, y no le costó nada llegar. Nuestros cuerpos se separaron para no caer, jadeando, respirando hondo ese olor a campo de verano, a grama seca y a tierra húmeda de riego nocturno.

Caí en la cuenta de que desde que habíamos entrado por el camino apenas habíamos cruzado dos palabras.

***

Había sido un encuentro sucio, rápido, sin tiempo para disfrutarlo. Pero necesario. Nuestros cuerpos llevaban una semana acumulando carga, y eso se tenía que descargar en algún momento. Así fue.

Sacó unas toallitas húmedas del bolso y me pasó una. Seguíamos sin hablar. Nos vestimos con movimientos torpes, buscando los calzoncillos y las bragas en el suelo a tientas, y subimos al auto.

Agarró el teléfono.

—Sí, mi vida, no te preocupes. Se me complicó la tarde. Sí, ya estoy saliendo. En un rato estoy ahí.

Acababa de colgarle a su hija. Yo ya salía a la carretera principal, rumbo a la entrada de su barrio.

—Mañana pido un taxi para ir a buscar el coche a la oficina. No te preocupes por eso. ¿Cuánto te falta para tener listo el apartamento?

Más que una conversación, era un monólogo. La semana había sido una locura, con la excitación a flor de piel cada vez que nos cruzábamos en el pasillo o fingíamos consultar algo en la fotocopiadora. La dejé frente a la puerta de su casa. Bajó del auto disparada. Me entretuve unos segundos mirándole ese culo que tanto me gustaba por debajo de la falda ligera, y arranqué rumbo a la casa de mi amigo, donde estaba durmiendo desde la avería del apartamento.

Al llegar, él ya se había acostado. Sin cenar, me metí en la ducha y me regalé una masturbación antológica para rematar la calentura que todavía me venía encima. De la ducha directo a la cama. Me dormí enseguida, con el pelo aún mojado y la almohada fría en la cara.

***

A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Era la empresa contratista. En dos días podría volver al apartamento. La obra quedaba cerrada, y el seguro mandaba una cuadrilla de limpieza. Esbocé una sonrisa de victoria. Nada más colgar, volvió a sonar.

—Buenos días. ¿Dormiste bien?

Era ella. Su voz terminó de despertarme del todo.

—Pues la verdad que muy bien. Quedé frito. Me acaba de llamar el contratista. En un par de días tengo el apartamento listo.

—¿Desayunaste?

—No tengo ni idea de qué hora es —respondí—. Pero tengo un hambre de muerte.

—Son las nueve. Ya fui a buscar el coche y compré ensaimadas. La nena —aunque ya esté por entrar a la universidad, los padres seguimos diciéndole nena— está en casa de los abuelos. Me inventé una excusa peregrina para llevarla hasta allá y que les ayude con unos mandados. Tengo la casa vacía hasta la tarde. ¿Vienes?

No esperó respuesta. Colgó.

A los diez segundos el teléfono vibró con una notificación. Era un video corto. Lo había grabado ella misma, frente al espejo del armario. Llevaba un camisón de algodón fino con un estampado de Lola Bunny, cosa que debería resultar cómica pero no lo era. Iba bajándose los tirantes muy despacio, hasta que el camisón se rendía a la gravedad y caía al suelo. Nunca un camisón infantil había quedado tan indecente en el cuerpo de una mujer adulta.

Me lavé los dientes de cualquier forma. Bajé las escaleras a trompicones. En diez minutos estaba frente a la puerta de su casa.

***

Me abrió con el mismo camisón del video. Empezamos a besarnos y a tocarnos en el recibidor. Su camisón salió volando hacia el perchero, mi ropa fue regándose por el pasillo como un reguero de miga de pan. No llegamos a la habitación.

Caímos sobre la alfombra del salón, una alfombra áspera que después nos dejaría marcas en las rodillas y en los codos, pero eso ya no importaba. Fue un lunes de verano memorable.

Del salón pasamos a la cocina. De la cocina al cuarto de baño, donde ella me hizo apoyarme en el lavabo y me buscó desde atrás con la boca primero y con las manos después. Del baño subimos por fin a la habitación. La mañana fue una enumeración: besos, caricias, saliva, dedos, piel, muslos, labios, cuello, lubricante, un par de juguetes que guardaba en el cajón de la mesa de noche y que hasta entonces yo no había conocido.

Recuperamos cada una de las caricias que no nos habíamos podido dar la semana anterior, cuando solo podíamos rozarnos el codo al entregar un informe o pisarnos el pie por debajo de la mesa de reuniones.

—Quiero probar una cosa —dijo ella en algún momento, empujándome de espaldas contra el colchón.

—Prueba todo lo que quieras —le contesté.

Y probó.

Se acomodó sobre mí de una forma que no habíamos ensayado antes, con las rodillas a la altura de mis orejas y el pelo cayéndole hacia adelante, haciéndome cosquillas en el pecho. Me miraba desde arriba con una sonrisa que no era la de la oficina, ni la del pasillo, ni la del estacionamiento. Era una sonrisa íntima, casi de complicidad con ella misma, como diciéndose: «hasta acá hemos llegado, a ver cuánto más».

Duramos así un buen rato, hasta que las piernas le empezaron a temblar. Se dejó caer hacia adelante y terminamos enredados, sudados, ridículos, felices, sobre las sábanas arrugadas.

***

Pasado el mediodía bajamos a la cocina a recuperar fuerzas. Las ensaimadas que había comprado esa mañana estaban invadidas por un ejército de hormigas. Fueron directas al cubo de la basura. Nos reímos de esa pequeña derrota doméstica mientras ella abría la nevera y sacaba lo primero que encontró: queso, jamón, un par de tomates del huerto del suegro, una botella de agua fría.

Comimos de pie. Yo en calzoncillos, ella con una camisa mía que le llegaba a la mitad del muslo. No hablamos mucho. No hacía falta. La semana anterior habíamos hablado hasta quedarnos sin voz, disfrazando con palabras todo lo que no podíamos hacer.

Ahora ya no hacía falta disfrazar nada.

Me miró por encima del borde de la botella.

—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó por primera vez en todo el día.

No respondí enseguida. La miré, con el pelo revuelto, los labios todavía hinchados, una marca mía incipiente en el cuello que nadie debía ver esa noche en su casa. Pensé en la hija volviendo por la tarde, en mi apartamento casi listo, en los días por delante, en los correos que el lunes siguiente iba a tener que seguir intercambiando como si nada.

—No lo sé —le dije al fin—. Pero hoy, por lo pronto, todavía no es tarde.

Se acercó y me besó sin prisa, distinto a todos los besos de esa mañana. Un beso largo, tranquilo, como si nos despidiéramos de algo sin saber muy bien de qué.

Luego volvió a sonreír, me agarró de la mano y me arrastró hacia la habitación.

—Entonces aprovechemos —dijo—. Nos quedan unas cuantas horas.

Y eso hicimos. Hasta que el reloj empezó a marcar que la tarde se le venía encima, que la hija volvería pronto, que yo tenía que desaparecer antes de que los abuelos sospecharan de algo.

Cuando finalmente salí por la puerta de su casa, con la camisa mal abrochada y el pelo húmedo de la última ducha compartida, supe dos cosas a la vez.

Una, que en dos días tendría de vuelta mi apartamento.

Y dos, que ese apartamento ya no iba a estar nunca del todo vacío.

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Comentarios (9)

LectorNocturno_BA

Que arranque, me engancho desde la primer línea! asi tienen que empezar los relatos

Caro_2803

Por favor una segunda parte, no podes dejarlo ahi...

viajero77

excelente!!!

MauriRosario

y despues que paso?? quiero saberlo todo

Lucho_cba

jaja me recuerda a situaciones similares, esas cosas inesperadas son lo mejor

SolMartinez

Me gusto mucho como lo contaste, sin rodeos pero con detalle. Se nota que es real, no inventado. Seguí así!

Fran_cba

el estacionamiento nunca mas va a ser lo mismo jajajaja

Rodrigo_MX

Buenisimo. Espero que todo haya quedado bien entre los dos despues 😂

NocheFeliz23

Increible como esas situaciones pasan de golpe. Muy buen relato, espero mas confesiones asi

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