Lo que mi marido me hizo antes de entrar al dormitorio
Era casi medianoche y yo seguía mirando el techo del salón sin saber muy bien qué hacer. Había sido uno de esos domingos largos, de los que te dejan agotada sin haber hecho nada importante: comida con mis padres, un parque al sol, baños, cuentos y berrinches. Los niños llevaban una hora dormidos en nuestra cama, los dos abrazados como si ese fuera su sitio de toda la vida.
Mi marido seguía en el sofá, con el móvil iluminándole la cara y los pies cruzados sobre la mesita. No habíamos hablado en los últimos veinte minutos. No por enfado, simplemente por inercia. A veces ese silencio me reconfortaba, pero esa noche tenía un punto distinto, denso. Como si los dos estuviéramos esperando algo que ninguno se atrevía a decir.
Me levanté del sofá y me arreglé el pijama de algodón. No llevaba sujetador, nunca lo uso para dormir. Caminé despacio por el pasillo en penumbra, intentando no hacer ruido con los pies descalzos. Llegué a la puerta del dormitorio y me quedé ahí, parada, con la mano en el picaporte. Cerré los ojos un segundo y respiré hondo. No quería entrar todavía.
Lo oí moverse en el sofá, dejar el móvil sobre la mesa, levantarse. Cada paso suyo se acercaba por el pasillo y yo seguía sin abrir la puerta. Sabía que venía hacia mí. Lo conozco bien.
—¿No entras? —me dijo en voz baja, justo detrás.
No respondí. Sentí el calor de su pecho pegándose a mi espalda y luego sus brazos rodeándome la cintura. Me besó el cuello despacio, justo en ese punto que él sabe que me vuelve floja. Subí los brazos por encima de la cabeza y entrelacé los dedos detrás de su nuca, estirándome contra él como una gata. Era la primera vez que nos tocábamos en todo el día.
—Los niños están dentro —murmuré.
—Lo sé.
Lo dijo casi pegado a mi oreja y sus besos se hicieron más calientes. Bajaron por mi cuello, llegaron al hueco de mi clavícula. Yo seguía con los brazos arriba, con los ojos cerrados, dejando que él hiciera lo que quisiera. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Lo notaba en la piel, en los pezones que se endurecieron debajo del algodón, en el calor que me empezó a subir por dentro.
Sus manos abandonaron mi cintura y subieron muy despacio. Las sentí por debajo del pijama, calientes, ásperas. Llegaron a mis tetas y las tomó enteras, desde abajo, levantándolas un poco. Tengo las tetas grandes y los pezones de los que reaccionan a la mínima caricia. Me las amasó con calma, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche por delante. Tuve que apretar los dientes para no soltar un gemido.
—Shhh —me susurró—. Vas a despertarlos.
Eso me puso peor. Saber que tenía que estar callada me ponía la cabeza al revés. Apoyé la frente en la madera fría de la puerta, intentando concentrarme. Detrás, mi marido seguía amasándome con una mano y con la otra había empezado a recorrerme el vientre. Sus dedos pasaban muy lentos por encima del ombligo, dibujándome círculos pequeños, sin bajar todavía.
Yo ya tenía las bragas húmedas. Lo notaba sin necesidad de tocarme. Había llegado a esa fase en la que cada roce de la tela contra el clítoris se sentía como una pequeña descarga. Y él lo sabía. Por eso se demoraba, por eso evitaba pasar la mano por ahí. Le encanta hacerme esperar.
Le pegué el culo a su entrepierna. Lo noté duro a través del pantalón del pijama, palpitante, queriendo salir. Empujé un poco la pelvis hacia atrás y él respondió presionando contra mí. Era una conversación silenciosa, cuerpo contra cuerpo, cada uno entendiendo perfectamente al otro.
—Estás temblando —dijo.
—Tengo frío.
—Mentirosa.
Sonreí contra la puerta. No tenía frío. Tenía las piernas flojas y un nudo caliente entre los muslos que no se iba a deshacer fácilmente. Bajé yo misma una mano por debajo del pantalón, no para tocarme todavía, solo para colocarme la goma de las bragas, para sentirme. Tenía la tela empapada, blanda, pegada a los labios.
Él se dio cuenta. Cómo no iba a darse cuenta.
—Tan pronto —murmuró, con una sonrisa en la voz.
Me bajó el pantalón hasta media pierna, sin sacármelo del todo. Después agarró las bragas con dos dedos y las hundió un poco entre las nalgas, tirando de ellas hacia arriba. La tela se metió, ajustándose contra mi sexo, separando los labios apenas. Solté un suspiro que no pude controlar.
—Calladita —me recordó.
Me mordí el labio y asentí. Apoyé la frente con más fuerza contra la puerta. Mi mano derecha bajó sola hasta colocarse encima del pubis, por encima de la tela mojada. Empecé a frotarme despacio. Tengo el sexo depilado, suave, sin un pelo, y eso hace que cualquier roce se sienta multiplicado. Me concentré en el clítoris, en pequeños círculos, mientras él me seguía amasando las tetas por dentro de la camiseta.
Él notó mi mano enseguida. No me la apartó. Al contrario, dejó que yo me ocupara de mi placer mientras él se concentraba en otras zonas. Su mano libre bajó hasta mi cadera y me apretó la nalga con fuerza, levantándome ligeramente del suelo. Yo estaba con los talones a medio levantar, casi de puntillas, sosteniéndome con la frente contra la puerta y con mi propia mano entre las piernas.
—Quiero verte —dijo de pronto.
—No puedes —contesté en un hilo de voz—. Hay que estar callados.
—No hace falta hablar para verte.
Se apartó un segundo y oí cómo se ponía de rodillas detrás de mí. El frío del pasillo me dio en el culo desnudo y se me erizó la piel entera. Sentí sus dos manos abriéndome despacio las nalgas. No se acercó todavía. Solo me miraba. Yo tenía los ojos cerrados, pero podía sentir su respiración en la parte baja de mi espalda, después más abajo. Estaba a centímetros y no me tocaba.
Aguanté la respiración.
Su lengua llegó primero al ano. Un roce corto, casi tímido, que me hizo apretar los dientes. Después subió, lamiendo despacio el espacio entre las dos cosas, y se detuvo en la entrada de mi sexo. Ahí sí se quedó. Sentí cómo abría con dos dedos los labios mojados y pasaba la lengua entera, larga, plana, recorriéndome de abajo arriba.
Yo estaba mordiéndome el dorso de la mano para no hacer ruido. Tenía la otra apretada contra mi pecho izquierdo, pellizcándome el pezón sin darme cuenta de cuánta fuerza estaba haciendo. Cada lengüetazo suyo me subía un escalón más arriba, y yo no quería bajar.
—Métemelos —le susurré, y me sorprendió oír mi propia voz.
Me obedeció. Sentí cómo entraba primero un dedo, despacio, hasta el fondo. Me lo movió un par de veces y salió. Volvió a entrar con dos. Yo abrí más las piernas, todo lo que el pantalón a media altura me permitía. Sus dedos se movían con un ritmo lento, curvándose hacia arriba, encontrando ese punto que me hace temblar las rodillas.
Su otra mano seguía apretándome la nalga, separándomela para tener mejor acceso. Y su lengua había pasado del sexo a las nalgas otra vez. Subía y bajaba sin orden, sin previsibilidad, y eso era lo que más me estaba destruyendo. No saber qué iba a venir.
Llevé mi mano otra vez al clítoris. Tenía dos dedos suyos dentro de mí y mi propia mano frotándome por delante. Me lubriqué con su saliva y mi humedad y empecé a darme círculos cada vez más rápido. Sabía que estaba cerca. Demasiado cerca. No quería correrme tan pronto, pero las piernas ya no me sostenían.
—Espera —le dije, y aparté un segundo mi mano.
—No.
Me agarró la muñeca y me la llevó otra vez al sexo. No solo eso. Metió mis dos dedos junto a los suyos, dentro. Cuatro dedos al mismo tiempo. Me tapé la boca con la mano libre y noté que estaba a punto de gritar. Nunca había sentido nada parecido. Mis dedos y los suyos moviéndose despacio, llenándome, mientras él seguía detrás, de rodillas, lamiendo lo que quedaba libre.
—Por favor —supliqué—. Voy a acabar.
Sacó los dedos. Los míos también. Y entonces se metió entre mis piernas, no sé muy bien cómo, y yo me incliné instintivamente más hacia adelante, abriendo más, ofreciéndoselo. Su lengua llegó al clítoris desde abajo, plana y caliente, y se quedó ahí.
Empecé a moverme yo. No podía evitarlo. Las caderas se me iban solas contra su boca. Tenía las dos manos apretadas contra la puerta, con la frente pegada a la madera y los ojos llenos de lágrimas de placer contenido. Sus dedos volvieron dentro mientras la lengua seguía succionándome el clítoris, y eso fue el final.
—Voy —murmuré, casi sin voz.
Él aumentó el ritmo. Una mano agarrándome la cadera, la otra dentro de mí, la lengua moviéndose rápida y constante. Yo me aplasté contra la puerta, levanté una rodilla apenas, me apreté el pezón con todas mis fuerzas y solté un gemido ahogado contra mi propia mano.
Me corrí.
Fue uno de esos orgasmos largos, que llegan en oleadas, que parecen no acabarse nunca. Tenía las piernas temblando, el sexo contraído alrededor de sus dedos, la frente sudada contra la madera. Él notó las contracciones y bajó el ritmo despacio, dejándome bajar sin cortar de golpe. Conoce mi cuerpo mejor que yo a estas alturas.
Cuando por fin pude moverme, me giré hacia él. Seguía de rodillas en el pasillo, con la barbilla brillante y los ojos cargados. Me dejé caer hasta sentarme a horcajadas sobre sus piernas y lo besé. Lo besé como llevaba meses sin besarlo. Profundo, sin prisa, saboreando el rastro de mí misma en su boca.
—Gracias —le susurré contra los labios.
—No me las des. La próxima me toca.
—La próxima te lo devuelvo entero.
Sonrió. Yo apoyé la frente contra la suya un segundo, recuperándome. Detrás de la puerta, los niños seguían dormidos. No se habían enterado de nada. Nosotros tampoco íbamos a contar nada.
Algunas confesiones se quedan ahí, entre el pasillo y la puerta, y nadie más necesita saberlas.