Lo que pasó con mi amiga en aquel callejón de Sevilla
Cuando dijo que ella también necesitaba mear no imaginé lo que iba a pasar entre dos coches mal aparcados. Han pasado años y todavía siento su sabor.
Historias reales contadas en primera persona
Cuando dijo que ella también necesitaba mear no imaginé lo que iba a pasar entre dos coches mal aparcados. Han pasado años y todavía siento su sabor.
Crucé el bar con las piernas temblando, le tomé la cara y lo besé sin decir nada. Lo que vino después no se cuenta a la luz del día.
Cuando le dije lo que quería, mi marido no dudó ni un segundo. Esa noche, con dos hombres y cuatro manos, descubrí que no había techo para el placer.
El agua caía sobre nosotros y yo estaba de rodillas. Esos tres días me enseñaron que hay placeres que no se pueden reprimir por mucho que lo intentes.
Cuando Daniela llevó a su amiga al cuarto del fondo, creyó que la estaba iniciando. No sabía que la inocente ya tenía su propio historial entre esas paredes.
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Me pilló mirándole en el vestuario y no dijo nada. Pero al salir me esperó junto a la valla, señalando el bosque con la cabeza: solo un momento.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche encendí el coche sin rumbo, pero mi cuerpo ya sabía exactamente adónde iba.
Cuando los primeros gemidos cruzaron la puerta del 412, todavía sostenía la cubeta de champán con las dos manos. Diez minutos después ya no pensaba en el hotel.
Llevaba tres días contando los minutos hasta el próximo jueves. Tres días sabiendo que esta vez, si la sala se quedaba vacía, no iba a poder parar.
Llevaba semanas ignorando sus miradas. Esa noche en el hotel, después de la piscina y de bailar con desconocidos, ya no pude seguir haciéndolo.
Esa tarde me visitaron cuatro hombres. Ninguno sabía de los otros. Yo era la única con el cuadro completo y no sentía culpa ninguna.
Había noches en que no miraba la cara de quien entraba. Contaba el dinero y esperaba que terminara. Pero una vez todo fue completamente distinto.
Llevaba horas caminando, el vestido rasgado y sangre en las piernas. No podía parar. Tenía que verlo aunque todo lo que hiciera esa noche me destruyera.
Aparcamos lejos de todo y caminamos hasta un banco entre los árboles. Yo no sabía que alguien iba a vernos, ni que esa idea me iba a poner aún más cachonda.
El test llevaba veinte minutos sobre la repisa del baño cuando él abrió la puerta. Solo necesité ver su cara para saber que cambiaba todo entre nosotros.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
Cuando Diego detuvo el coche frente al motel, supe que aquella conversación de madrugada sobre mi fantasía más secreta había tenido consecuencias.
Lo vi salir por esa puerta y el corazón se me aceleró de golpe. Llevaba el vestido más rojo que tenía. Quería que lo primero que viera fuera yo.