Siete noches de ausencia y una confesión muy roja
Llevaba seis días marcando el calendario con rayas finas, como quien cuenta lo que falta para un viaje. No tenía diecisiete años. Tenía treinta y dos, un departamento en el cerro Alegre y una pareja que acababa de pasar una semana entera en Buenos Aires por un curso de su empresa. Matías volvía esa noche, y mi cuerpo había decidido no esperar un minuto más de la cuenta.
El problema —o lo que en otra versión de mí habría sido un problema— es que esa misma mañana me había bajado la regla. Lo que para cualquiera habría sido un freno, en mí hizo exactamente lo contrario. Llevaba dos días con esa sensación sorda que empieza en el vientre y baja hasta los muslos, esa urgencia que no se calma por mucho que te repitas que falta poco. Cada contracción me recordaba que él no estaba cerca, y yo no pensaba recibirlo templada.
Me puse un vestido rojo. Corto, ajustado, de esos que parecen pintados sobre la piel. Sin sostén debajo, porque los pezones se me endurecen solo de imaginarlo. Tacones negros. Un labial del mismo color que el vestido y que lo que estaba pasando dentro de mí.
En el hall de llegadas del aeropuerto de Valparaíso olía a café frío y a anuncios por altavoz. Crucé y descrucé las piernas cinco veces antes de verlo aparecer por la manga, arrastrando la maleta con esa seguridad que me desarma desde hace ocho años. Traje gris, camisa celeste abierta en el primer botón, mochila colgada del hombro. Mi Matías.
—Te extrañé muchísimo —le dije contra el cuello apenas lo tuve encima—. No te lo puedes imaginar.
—Hueles igual —me contestó hundiendo la nariz en mi pelo—. Cuánto extrañaba tu olor.
Nos besamos ahí mismo, en medio del bullicio, ignorando a las familias que esperaban maletas y al empleado del rent-a-car que pasaba con un cartel. Mis manos bajaron por su espalda y se posaron donde sabía que tenían que posarse. Lo que encontré no me sorprendió: ya estaba listo para mí.
—Llévame a casa —le susurré—. Ya.
El trayecto a Concón fue una prueba. Manejaba él porque yo no podía con los tacones, y porque mis manos tenían otras cosas que hacer. Le aflojé el cinturón antes de que tomáramos la ruta. Le pasé los dedos por encima del pantalón, dibujando con la yema el contorno de lo que me esperaba. Cada semáforo en rojo era una excusa para inclinarme y morderle el labio inferior.
—Me estás matando —dijo apretando el volante hasta tener los nudillos blancos.
—Todavía no te estoy haciendo nada.
—Matías —le dije al rato—. Tengo que avisarte algo.
—Dime.
—Me bajó la regla. Desde esta mañana.
Hubo un silencio corto, uno solo.
—¿Y?
—Y nada. Lo digo por si quieres ajustar las expectativas.
Se rió fuerte, con esa risa que le arruga los ojos.
—Amor, llevo siete noches pensando en todo lo que te voy a hacer. Si crees que una indisposición me para, no me conoces.
Llegamos a Concón quince minutos después, en un trayecto que se me hizo eterno. La casa estaba fría, pero nosotros no. Apenas cerró la puerta, le salté encima y le enrosqué las piernas alrededor de la cintura. Subimos la escalera así, chocando con la baranda, riéndonos como si tuviéramos veinte años menos de los que teníamos.
Me depositó sobre la cama con ese cuidado que nunca perdió, como si todavía fuera frágil. Me miró desde arriba, y esos ojos verdes suyos me volvieron estúpida por enésima vez.
—Sácate el vestido antes de que te lo rompa.
Me lo saqué por la cabeza, despacio, sin dejar de mirarlo. Él deshacía el nudo de la corbata. Debajo del vestido solo tenía unas bragas negras de algodón —las cómodas, las que uso cuando sangro— y él sonrió al verlas.
—La ropa interior de guerra.
—La ropa interior de la verdad.
Me arrancó el sostén de un tirón. Los pechos cayeron libres y él no tardó en ponerse encima, atrapando un pezón entre los labios mientras con la palma trabajaba el otro. Empezó despacio, como si quisiera reaprenderlos, y fue subiendo la intensidad hasta que me arqueé sola contra su boca.
—Más fuerte —le pedí—. No me voy a romper.
Me mordió. Lo justo para que sintiera el borde entre el dolor y lo otro. Bajó por el esternón, por las costillas, por el ombligo. Cuando llegó al elástico de las bragas se detuvo un segundo y me miró. Yo asentí.
Me las sacó con los dientes, ladeándolas, dejando al descubierto la toallita femenina que traía pegada. Cualquier otra persona habría hecho una mueca. Él se limitó a despegarla con una ternura que no cuadraba con la situación y a tirarla al tacho sin decir palabra.
—¿Seguro? —le pregunté igual, con media sonrisa.
No contestó. Me separó las piernas con las dos manos y hundió la cara entre ellas.
No sé describir la lengua de Matías en ese sitio sin caer en cualquier lugar común, así que voy a decir solo que es paciente. Que sabe dónde detenerse, dónde insistir, cuándo volver a empezar. Esa noche, con el sabor metálico mezclándose con lo mío, no le tembló el pulso ni un milímetro.
Cuando levantó la cabeza para tomar aire, tenía la boca roja. Roja de verdad, de sangre y carmín y de lo que sea que se produce en mí cuando él está cerca. Me reí sin poder evitarlo.
—Pareces un payaso triste.
—Un payaso muy entretenido.
Se pasó el dorso de la mano por la barbilla y una estela roja le quedó marcada en la piel. Volvió a lo suyo sin una palabra, esta vez con una concentración que me daba miedo y placer en partes iguales. El primer orgasmo me agarró desprevenida, con los talones clavándose en el colchón y los dedos aferrados a la sábana. Grité fuerte. La casa es nuestra, y él siempre me dice que mi grito es lo que más extraña cuando viaja.
Todavía jadeaba cuando lo empujé para que se acostara de espaldas. Le bajé los pantalones y los bóxers de un solo tirón y me subí encima antes de que pudiera reaccionar. Él había perdido la camisa en algún momento que no registré. Ahora éramos solo piel, sudor y esa cosa caliente y húmeda entre los dos que empezaba a teñirlo todo.
Me dejé caer sobre él despacio, hasta tenerlo entero adentro. Matías cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Yo empecé a moverme en un ritmo que no era el de siempre. Más rápido. Más brusco. Con la rabia acumulada de los siete días, con la fiebre sorda de la sangre y con una alegría animal por tenerlo debajo otra vez.
—Más —le dije sin dejar de moverme—. Más fuerte. Empújame.
Me agarró de la cintura con las dos manos y me ayudó a caer con todo el peso. Cada vez que subía veía cómo nos íbamos manchando los dos, cómo la sábana blanca que había puesto esa tarde se iba convirtiendo en otra cosa. Una constelación roja. Un mapa de nosotros.
El segundo orgasmo fue distinto. Más profundo, más largo, más adentro. Se me cortó la respiración en algún punto y, cuando volví a respirar, estaba inclinada sobre su pecho, con la frente apoyada en su hombro, temblando.
—Todavía no termino —le dije.
Se rió.
—No hace falta que me lo expliques.
Me giró con una de esas maniobras que solo él sabe hacer y quedé en cuatro patas, apoyada contra la cabecera. Sentí sus dedos recorriéndome, mojados de todo lo que éramos esa noche, preparándome para la otra entrada. Matías nunca apura esa parte. No lo hizo en los ocho años que llevamos juntos. Esa noche, sin embargo, fui yo la que no quería esperar.
—Ya —le dije—. Ya está. Hazlo.
Entró despacio igual, a pesar de lo que le pedía. Centímetro a centímetro, con una paciencia que me desesperaba. Cuando estuvo dentro por completo se quedó quieto un momento, acariciándome la espalda, esperando que mi cuerpo lo aceptara. Lo acepté rápido. Lo hice siempre.
Empezó a moverse con cuidado primero y después con la fuerza de alguien que acumuló deseo durante una semana entera. Yo me aferré a la cabecera y me dejé llevar. Tenía los pechos bamboleándose con cada embestida, y él se inclinaba de vez en cuando para apretármelos con una mano mientras con la otra me sostenía la cadera.
—¿Así? —me preguntaba junto al oído.
—Sí.
—¿Así?
—Sí. No pares.
Terminó ahí, adentro, con un gemido ronco que me recorrió la columna como un escalofrío. Se quedó quieto unos segundos antes de salir. Yo me dejé caer sobre el colchón boca abajo y respiré por primera vez en no sé cuánto tiempo.
***
Pensé que ahí terminaba. Matías se acostó a mi lado, me abrazó por la espalda, y los dos nos quedamos callados escuchando cómo la respiración volvía a su lugar. Afuera, Concón seguía siendo Concón: un auto que pasaba lejos, una gaviota atrasada, el mar que no se callaba del todo.
—Te extrañé muchísimo —me dijo contra la nuca.
—Yo también.
—Estuvo bueno lo de recién.
—Estuvo muy bueno.
Me giré hacia él. Tenía el abdomen manchado, la barbilla manchada, los dedos manchados. Yo estaba igual, o peor. La cama era un desastre. En cualquier otra noche me habría levantado corriendo a buscar toallas, a poner agua fría, a lavar antes de que se secara. Esa noche no me moví.
—Matías.
—Dime.
—Una vez más.
Me miró con una ceja levantada.
—¿En serio?
—En serio. Pero despacio. Conmigo abajo.
No contestó con palabras. Se acomodó entre mis piernas con el cansancio dulce de alguien que sabía que tenía toda la noche por delante. Abrí los brazos y lo atraje hacia mí hasta que su peso quedó apoyado del todo. Esa es mi postura favorita. La que pido cuando lo necesito cerca de verdad, no solo dentro. Cuando quiero mirarlo a los ojos mientras me habita.
Entró lento. Me llenó con una calma que era casi insultante comparada con la escena anterior. Y empezó a moverse como quien escribe una carta con el cuerpo. Lento. Despacio. Sin apuro.
—Te amo —le dije.
—Yo también.
Las sábanas se seguían tiñendo debajo de nosotros. Yo sentía cómo la sangre se extendía por sus muslos, por mi cadera, y en lugar de avergonzarme me sentí entera. Así soy. Así somos. No hay parte mía que él no haya visto, no hay parte suya que yo no haya tocado.
El orgasmo me llegó despacio también. No fue una explosión como los anteriores. Fue más bien un hundimiento, un dejarse caer, un rendirse. Cuando empecé a temblar, Matías me besó los párpados cerrados y se vino al rato, quieto, todavía adentro, con la cara apretada contra mi cuello.
Nos quedamos así, sin movernos, mucho rato.
Después él se corrió a un lado y yo me acurruqué contra su pecho. La cama era un campo de batalla. Las sábanas blancas ya no eran blancas. Debería haberme preocupado. No me preocupé.
—Beso del payaso —le dije tocándole la barbilla todavía teñida.
—Beso de vampiro, ya vas a ver —me contestó.
Me reí. Él me besó la frente. Afuera, el mar. Adentro, nosotros.
Pensé que al día siguiente habría que lavar. Cambiar las sábanas, ventilar el cuarto, volver al mundo de los vivos. Pero eso era al día siguiente. Por ahora, Matías dormía con la cabeza apoyada en mi pecho. Por ahora, las siete noches sin él se habían pagado de una sola vez, en rojo, y yo no cambiaría ese pago por nada.
—Deberíamos hacerlo más seguido —le dije antes de cerrar los ojos.
—¿Lo de siete días sin vernos?
—Lo del sexo vampiro.
Sentí cómo sonreía contra mi pelo. Sentí su mano firme en mi cintura. Sentí el sueño ganando por primera vez en esa semana.
—Cuando quieras —me dijo.
Y me dormí así: manchada, amada, entera.