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Relatos Ardientes

Tres desconocidos en la sauna me hicieron tocar el cielo

La transformación que cambió mi vida empezó a los treinta y dos años. Hasta entonces había sido un tipo descuidado: con sobrepeso, la cabeza rapada desde los veintipocos porque la calvicie me ganó la partida, y una piel tan pálida que bajo ciertas luces parecía translúcida. Mi reflejo en el espejo no me gustaba y, peor aún, se notaba. No ligaba, no tenía contacto físico con nadie y mi autoestima se arrastraba por el suelo.

Un lunes cualquiera decidí que se acababa. Me apunté a un gimnasio cerca de casa, empecé una dieta estricta y dejé que la barba me creciera por primera vez. En menos de un año los resultados eran evidentes. No me convertí en modelo de revista, sigo siendo bajito y de complexión estrecha, pero el abdomen se me marcó, los brazos se endurecieron y la barba oscura me daba un aire que jamás había tenido. La gente empezó a mirarme. Hombres que antes me ignoraban ahora sostenían la mirada un segundo de más. Ese segundo lo cambia todo.

La confianza nueva me llevó a lugares nuevos, y uno de ellos fue la sauna. Al principio iba con el corazón desbocado, me sentaba en un rincón y apenas me atrevía a levantar la vista. Pero fui perdiendo el miedo. Me volví asiduo, un habitué de las noches de viernes y de las madrugadas después de salir de fiesta. Con el tiempo aprendí los códigos, los silencios, las reglas no escritas. Y fue en esa época, ya con la soltura del veterano, cuando viví la noche que todavía me quita el sueño.

***

Entré como cualquier otro día. Toalla, llave del casillero, preservativo en la mano. Me dirigí primero a la piscina, que en aquella sauna era un espacio largo y angosto, casi un corredor de agua tibia, con asientos de obra a los lados y la única iluminación viniendo de los focos sumergidos. Los cuerpos se recortaban en sombras azuladas. Los hombres se distribuían a lo largo, sentados frente a frente, mirando hacia el centro como espectadores de un teatro sin escenario.

El código es simple para quien no lo conozca. Te sientas junto a alguien que te atrae y acercas la pierna. Si no la retira, pones la mano sobre su muslo. Si tampoco la aparta, subes. Así de limpio, así de directo. Sin palabras, sin aplicaciones, sin mensajes previos. Solo piel y decisión.

Aquella noche me senté junto a un chico moreno, de pelo cortísimo, con vello en el pecho y una barriguita suave que a mí me resulta tremendamente atractiva. Nunca he tenido un tipo definido; si un hombre me trata bien y me desea, lo deseo de vuelta. Pero aquel tenía algo, una calma en la manera de estar sentado, como si el mundo exterior no existiera.

Le rocé la pierna con la mía. Esperé. No la movió. Puse la mano sobre su muslo, despacio. Tampoco se apartó. Comencé a subir, acariciando el vello húmedo de su piel hasta encontrar la base de su polla. Estaba dura. Bien proporcionada, gruesa sin ser intimidante. La agarré y empecé a moverla con suavidad. Él buscó la mía y la encontró lista. Gracias al cielo, pensé, porque ese momento siempre me genera un pico de ansiedad absurdo.

Nos masturbamos el uno al otro durante un rato, sin prisa, con la respiración cada vez más espesa. Como no podíamos hablar sin romper aquello, nos besamos. Tenía los labios carnosos y besaba con hambre contenida, mordiendo apenas mi labio inferior de vez en cuando. Estuve a punto de perderme en ese beso y olvidar que estábamos en un sitio público.

Entonces entraron dos más.

Uno era alto y delgado, con la cabeza afeitada y gafas de montura fina; el otro más robusto, con barba espesa y gafas también. Se sentaron enfrente de nosotros y se pusieron a charlar en voz baja. Parecían amigos, cómodos el uno con el otro. Mi compañero moreno y yo intercambiamos una mirada que no necesitaba traducción. Estiramos las piernas bajo el agua hasta rozar las suyas. Ellos no dudaron: se levantaron, cruzaron la piscina y en segundos estábamos los cuatro besándonos, dos parejas espejo, la luz del agua tiñéndolo todo de azul.

El encargado de limpieza apareció en la puerta con cara de haber visto demasiado en su vida. Nos pidió, con una amabilidad que bordeaba la resignación, que recordáramos que en la piscina no se podía hacer eso. Nos miramos los cuatro. No hizo falta decir nada. Nos levantamos y caminamos chorreando hacia los cubículos del fondo.

***

De camino supe dos cosas: que el alto y el barbudo efectivamente eran amigos de años, y que el moreno era colombiano, de Barranquilla. Se llamaba Andrés, o al menos eso dijo.

Entramos en el cubículo, apenas un colchón forrado de vinilo, paredes estrechas y una puerta que no cerraba del todo. El barbudo tomó el mando con naturalidad, como si organizar estas cosas fuera parte de su carácter.

—¿Activo o pasivo? —preguntó señalando a Andrés.

—Activo —respondió con una sonrisa.

—¿Y tú? —al alto.

—Activo también.

El barbudo se rio.

—Yo igual, activo.

Los tres se giraron hacia mí. Les devolví la mirada desde abajo porque ya me estaba dejando caer de espaldas sobre el colchón, con las piernas separadas y una sonrisa que debía de ser obscena.

—Yo no —dije simplemente.

No me puedo creer la suerte que tengo, pensé mientras sentía el vinilo fresco contra mi espalda. Tres hombres activos y yo dispuesto a recibirlos a todos. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.

—¿Todos tienen condón? —preguntó el alto, siempre correcto. Faltaba uno así que salió a buscarlo a recepción. Yo ya tenía las piernas levantadas, impaciente. El barbudo, con un gesto caballeroso que me hizo gracia, le cedió el turno a Andrés.

Andrés se arrodilló entre mis piernas. La tenía grande, más de lo que había calculado en la piscina, pero yo estaba tan excitado y tan relajado que cuando empujó, entró hasta el fondo de una sola vez. Sentí esa punzada inicial que dura apenas un segundo y se transforma en plenitud. Me sujetó de los hombros y empezó a moverse, besándome mientras lo hacía. Su peso sobre mí, el olor de su piel, el sonido húmedo de cada embestida. Yo gemía contra su boca y le pedía más con las caderas, arqueándome para recibirlo entero.

El alto volvió al cubículo con el condón y se quedó mirando junto al barbudo. Podía sentir sus ojos sobre nosotros mientras Andrés me follaba con un ritmo que iba creciendo, cada vez más intenso, cada vez más profundo. Perdí la noción del tiempo. Solo existía su polla dentro de mí y mis manos agarrándole la espalda.

Se corrió con un gruñido largo, apretándome contra el colchón. Cuando salió de mí sentí el vacío de inmediato. Se quitó el preservativo, se sentó a mi lado y se recostó contra la pared, con la respiración pesada y una sonrisa satisfecha.

El barbudo ocupó su lugar sin darme tiempo a recuperarme. Era más fornido, con las manos anchas y ásperas. Su polla era algo más corta pero gruesa, y después de Andrés entró con una facilidad que me arrancó un gemido de alivio. Pero su estilo era otro. Me agarró de las caderas, me levantó un poco del colchón y me folló con fuerza, sin delicadeza, como si estuviera descargando algo que llevaba mucho tiempo conteniendo. Yo estaba en éxtasis. Cada golpe me hacía vibrar entero.

Giré la cabeza y vi la polla de Andrés a la altura de mi boca, descansando medio dura sobre su muslo. La necesitaba. Estiré la mano y la agarré, tirando de él hacia mí. Andrés miró al barbudo como pidiendo autorización.

—Dale —dijo el barbudo sin dejar de embestirme—. Necesita mamar.

Andrés se acercó y me la metió en la boca. Tenía ese sabor a látex del condón pero me daba igual, la chupé como si fuera lo único que me mantuviera con vida mientras el barbudo seguía destrozándome por abajo. La sensación de estar lleno por los dos lados al mismo tiempo era algo que jamás había experimentado. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo estaba encendida.

El barbudo terminó con un espasmo que sentí propagarse hasta mis costillas. Se dejó caer sobre mí un momento, me besó en el cuello y le dio paso a su amigo.

El alto fue diferente a los otros dos. Delicado, casi tierno. Su polla era larga y fina, y la manejaba con precisión quirúrgica, entrando y saliendo despacio, besándome como si estuviéramos solos en una cama y no en un cubículo de sauna con dos tipos mirando. Yo le susurraba al oído que no parara, que me follara, que se quedara dentro de mí para siempre. Él apoyó la frente contra la mía y siguió con ese ritmo lento y profundo que me estaba volviendo loco de otra manera, una manera más íntima, más insoportable.

Se corrió dentro del preservativo con los ojos cerrados y un suspiro que sonó casi a gratitud.

***

Yo flotaba. Podría haber seguido toda la noche. Y el barbudo lo vio en mi cara.

—Este quiere más —dijo, y antes de que pudiera responder ya estaba duro otra vez, ya estaba poniéndose otro condón, ya estaba entrando en mí de nuevo. Esta vez me levantó casi entero, sujetándome por la espalda, mis piernas enganchadas en su cintura. Sentía su sudor caer sobre mi pecho, sus besos desordenados en mi cuello y mi mandíbula, su polla entrando una y otra vez en un ángulo que me hacía ver luces.

No quería que terminara jamás.

Pero terminó. Se corrió por segunda vez y me dejó caer sobre el colchón con cuidado. Me llevé la mano a la polla, me bastaron tres o cuatro movimientos y me corrí con tanta fuerza que el primer chorro me llegó al pecho. Me quedé tumbado, jadeando, con los ojos cerrados y la certeza de que acababa de vivir algo que no se repite.

Fuimos saliendo del cubículo uno detrás de otro. Creo que nos dimos la mano, o quizás un abrazo torpe con las toallas puestas. No recuerdo. Lo que recuerdo con claridad absoluta es cada segundo de lo que pasó adentro.

Todavía me masturbo pensando en aquella noche. Fue perfecta.

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