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Relatos Ardientes

La tarde que un desconocido nos vio en el mirador

Llevaba semanas pensando en ese reencuentro. Yo había estado fuera dos meses por un curso en Mendoza, y Mateo, mientras tanto, había rematado los exámenes finales del semestre. Cuando por fin nuestras agendas coincidieron, los dos veníamos con un hambre que no se iba a calmar con una cena tranquila.

Ya llevábamos casi un año saliendo, pero el principio de una relación tiene esa cosa que no vuelve después: cada beso es un descubrimiento, cada mensaje suelto te deja temblando una hora. Lo que voy a contar pasó en esa primera oleada, cuando todavía me costaba creer que ese hombre fuera mío. A veces lo recuerdo en noches en que estoy sola, y siempre termina conmigo dándome vueltas en las sábanas.

Esa tarde quedamos para ir a tomar algo. Él me había avisado —«acuérdate de que entro a trabajar a las nueve»— y yo le había dicho que sí, que serían solo unas cervezas. Pero los dos sabíamos que estábamos mintiendo. Bastó con que me abriera la puerta del edificio y me besara en el rellano para que yo entendiera que no llegaríamos a ningún bar.

—¿A dónde vamos? —me preguntó cuando arrancamos.

—No sé —contesté—. A donde no haya gente.

Él se rio bajito y me puso la mano sobre el muslo desnudo. La falda se me había subido al sentarme y no hice nada por bajarla. Sus dedos empezaron a moverse despacio, primero por encima de la tela del muslo, después subiendo hacia el borde de las bragas. Yo intentaba mantener la vista en la avenida, pero cada vez me costaba más recordar en qué carril iba.

Tomé una salida sin saber muy bien a dónde llevaba. Una carretera de servicio, un camino que se metía entre eucaliptos, un cartel oxidado que anunciaba un parque natural. Para entonces, Mateo ya tenía la mano metida bajo mi ropa interior y los dedos rozándome el clítoris con una precisión que me obligaba a apretar las piernas contra el volante. Frené donde encontré sombra, casi en la mitad de la nada.

—Bájate —me dijo, antes de que yo apagara siquiera el motor.

Salimos del coche y me agarró de la mano. Empezamos a andar por un sendero de tierra pisada que subía un poco. A unos cien metros se abría un mirador rústico: un par de bancos de cemento con respaldo de listones, una baranda de madera y vista al valle. No había nadie. Era una de esas tardes a media semana en las que el lugar parece existir solo para ti.

Mateo se sentó en uno de los bancos y, sin soltarme la mano, me hizo subir y sentarme encima. Yo lo busqué para besarlo y él, justo cuando mi boca iba a tocar la suya, se apartó y me sonrió con esa cara de cabrón que ya conocía. Lo intenté otra vez. Otra vez se escapó.

—Pídemelo —me dijo bajito.

Le mordí la barbilla. Él se rio. Y siguió jugando un rato más, dejándome rozar sus labios apenas, esquivándome cuando intentaba profundizar el beso. Yo sabía perfectamente lo que hacía: me ponía a punto. Cuando finalmente decidió que era suficiente, me besó como se besa a alguien al que extrañaste durante meses, con la lengua entrando despacio y la mano abierta entre mis omóplatos para que no me alejara.

Le pasé las piernas a cada lado de las suyas y me apreté contra su entrepierna. La tela vaquera del pantalón se notaba dura debajo de mí y yo me restregaba en círculos lentos, moviendo la cadera adelante y atrás, sintiendo cómo se tensaba bajo mi peso. Él me deslizó la mano por dentro del top y me cubrió un pecho. Tenía los dedos fríos y yo los dejé estar.

En un momento, casi sin avisar, me bajó de su regazo y me sentó al lado, sobre el banco. Me abrió las piernas con un gesto firme, me bajó el cierre del pantalón y se llevó la mano dentro de la ropa interior. Dos dedos se hundieron en mí. Los curvó hacia arriba, buscando ese punto que él conocía como nadie. Yo cerré los ojos.

—No grites —me susurró al oído.

Y me tapó la boca con la otra mano. La izquierda me la mantenía contra el banco para que no me escapara; la derecha entraba y salía de mí cada vez más rápido. Yo sentía el aire del valle en la cara, la madera tibia bajo los muslos, sus dedos llenándome, y todo eso junto me llevaba a una orilla muy peligrosa.

***

Estaba a punto cuando él aflojó el ritmo de golpe. Abrí los ojos para protestar y vi cómo movía la cabeza señalando algo con la mirada. Por el sendero por el que habíamos venido aparecía un hombre. Caminaba sin prisa, las manos en los bolsillos, mirando al frente y, de vez en cuando, hacia donde estábamos nosotros.

Mateo no sacó los dedos de mi cuerpo. Se quedó quieto, con la mano dentro de mí y la otra sobre mi boca, sosteniendo todo aquel momento como si fuera un secreto a punto de caerse al suelo. El hombre pasó a unos veinte metros. Nos miró un segundo más de lo que mira un desconocido cualquiera y siguió. Yo lo seguí con la vista, conteniendo la respiración.

Cuando se alejó, Mateo volvió a mover los dedos. Lentos al principio, después con saña. Me corrí casi enseguida, ahogando el grito en su boca, con los muslos temblándome y la mente dándose cuenta de que aquel señor probablemente había entendido lo que estábamos haciendo. Esa idea, en lugar de avergonzarme, me empujó al borde más rápido todavía.

No me di tiempo a recuperarme. En cuanto pude moverme, me deslicé del banco y me arrodillé en la tierra, frente a él. Lo miré desde abajo. Esa mirada ya era una pregunta y los dos lo sabíamos. Mateo me tenía bien acostumbrada a un juego en el que yo tenía que pedirla, casi suplicarla, antes de que él me dejara comérsela.

—Por favor —dije.

Él sonrió. Se desabrochó el cinturón sin apuro. Cuando por fin se la sacó, yo me lancé a lamerla como si llevara meses sin probarla. Empecé por la base, subiendo con la lengua en zigzag, demorándome en el frenillo, metiéndola entera en cuanto pude. Él me miraba desde arriba con los párpados a media asta. Yo no le aparté los ojos en ningún momento.

Mi nariz le rozaba el pubis cada vez que me la tragaba hasta el fondo. Él aguantó un rato así, dejándome marcar el ritmo. Después, como yo sabía que iba a pasar, hundió las dos manos en mi pelo y empezó a empujar él. Primero suave. Después, con un ritmo que hacía que la garganta me ardiera y que un hilo de saliva me cayera por la barbilla y se me metiera por dentro del top.

Me sacó la verga de la boca, me golpeó la mejilla con ella un par de veces y me la metió de nuevo. Yo sentía las arcadas tratando de subir y las controlaba como podía, los ojos lagrimeando, todo el rostro empapado. Y entonces, por el rabillo del ojo, vi algo moviéndose entre los árboles del sendero.

Le toqué el muslo a Mateo para que mirara. Era el mismo hombre de antes, volviendo por donde se había ido. Se lo señalé con los ojos. Mateo no dijo nada. Lo único que hizo fue apoyarme la mano en la nuca con un poco más de firmeza y obligarme a seguir, sin sacármela de la boca, sin dejarme incorporarme, sin permitirme el más mínimo respiro.

Yo seguí. Sabía que el hombre, esta vez sí, estaba viendo la escena con todas sus letras. Sabía que pasaba muy cerca, que probablemente disminuía el paso. Y, en lugar de sentir miedo, lo único que sentí fue una corriente caliente bajándome por la espalda. Le hice la mejor mamada de mi vida. Me bajé a chuparle los testículos mientras lo masturbaba con la mano. Le lamí el glande con la punta de la lengua. Volví a tragármela entera.

Cuando el desconocido se alejó por fin, Mateo apretó el puño en mi pelo y se tensó. Sentí cómo la verga le palpitaba contra mi paladar. Yo estaba desesperada porque se corriera dentro de mi boca, pero él decidió otra cosa. Me la sacó, se la agarró con la mano y empezó a sacudirla rápido, apuntándome a la cara.

El primer chorro me dio en la mejilla. El segundo, en los labios. El tercero, ya más débil, me cayó sobre la barbilla. Me la metió otra vez en la boca para que terminara de saborearla, y yo le pasé la lengua por toda la punta hasta dejarla limpia. Después junté lo que tenía en la cara con los dedos y me lo llevé adentro, despacio, sin dejar de mirarlo.

—Ven —me dijo, y me levantó del suelo.

Me besó largo, sin importarle el sabor. Nunca le había importado, esa era una de las cosas que más me gustaban de él. Nos quedamos un rato así, abrazados, hasta que yo le susurré que me lo follara dentro del coche antes de que muriera de ganas.

***

Volvimos casi corriendo. Abrió la puerta de atrás y me empujó dentro del asiento con una agresividad que me hizo reírme de pura ansiedad. Me arrancó la falda, las bragas y el top en lo que duran tres respiraciones. Después se sacó la ropa él. Antes de que yo pudiera siquiera acomodarme, ya me estaba entrando.

La primera embestida me arrancó un gemido tan fuerte que él tuvo que ponerme la mano en la boca. Yo me reí debajo de su mano y le mordí los dedos. Él volvió a empujar. Tenía las piernas cerradas alrededor de su cintura, los talones apretándole los glúteos para que entrara aún más profundo. Cada empujón me sacaba un sonido nuevo.

Me bajó las piernas, me las apoyó en sus hombros y dobló mi cuerpo casi por la mitad. Desde ahí me embestía con un ángulo distinto, más profundo, y se escuchaba el chasquido de su pelvis chocando contra la mía dentro del coche cerrado. El parabrisas se empezó a empañar muy rápido. Yo intentaba mirar afuera, pero no veía nada más que mi propia respiración condensada en el cristal.

—Mírame —me ordenó.

Lo miré. Él me apretó suavemente el cuello con una mano, apenas presionando, sin cortarme el aire. Con la otra me dio una palmada en la mejilla, tan flojita que era más promesa que castigo, y me dijo al oído todas las cosas sucias que sabe que me hacen perder la cabeza. Que era su putita. Que estaba desesperada por su verga. Que iba a ser su zorrita siempre, aunque pasaran los años.

Me corrí gritando. Él no se detuvo. Mientras yo seguía temblando, me giró sin sacármela y acabé montándolo, con las rodillas hundidas en el asiento de cuero a cada lado de su cadera. Me agarré de la manija de la puerta para mantener el equilibrio. Ahí abajo él empezó a embestirme desde el suelo, rapidísimo, y mi orgasmo, en lugar de bajar, se quedó suspendido, alargándose en una ola larga que parecía no querer romperse nunca.

No sé cuánto duró aquello. Cuando me corrí por segunda vez, ya no tenía fuerzas en las piernas. Caí sobre su pecho, sudada, con el pelo pegado a la frente, jadeando contra su cuello. Él me apartó el cuerpo con cuidado, me sacó la verga y se masturbó dos veces antes de correrse en mi espalda baja, con un gruñido apretado entre dientes. Sentí el calor del semen cayéndome por la curva del culo.

***

Tardamos en recomponernos. Él se quedó recostado en el asiento, con los ojos cerrados y una sonrisa de las suyas, esas que solo aparecen después de una buena follada. Yo, en lugar de dormirme, me bajé al suelo del coche, entre sus piernas, y empecé a lamerle la verga otra vez, despacio, con la única intención de seguir teniéndolo en la boca un rato más.

A él le gustaba eso. No siempre quería correrse, a veces solo quería saber que yo estaba ahí, dispuesta, sin hacer preguntas. Y a mí me gustaba también, porque conocía cada centímetro de él: la forma del glande, dónde tenía la vena más sensible, qué ritmo le hacía suspirar. Se la chupé suavemente, lamiéndole los testículos, hundiéndomela en la garganta sin urgencia, mientras él me acariciaba el pelo.

Estuvimos así un buen rato. Hasta que escuchamos un motor acercándose por el mismo camino por el que habíamos llegado nosotros. Levanté la cabeza. Otro coche se estaba metiendo en el claro, a pocos metros del nuestro. Mateo me miró con esa media sonrisa cómplice, me acarició la mejilla y me dijo —vístete, princesa— mientras buscaba sus pantalones por el suelo.

Mientras me ponía la falda, él me robaba besos cortos en el cuello, en la oreja, en la comisura. Cuando arrancamos para volver, todavía tenía sus marcas de dedos en el muslo y un sabor dulzón en la boca. Esa noche llegó tarde a su trabajo. Y yo, en cuanto entré a casa, me metí en la ducha con los ojos cerrados, repasando cada minuto. Sigo haciéndolo.

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Comentarios (8)

RafaelCcba

Buenisimo!! me gustó mucho, seguí escribiendo así.

Carmencita78

Ay dios, que morbo leer esto. Se siente tan real que casi me da vergüenza ajena jajaja. Mas relatos asi por favor!!

LucasSalta

Me recordó una tarde con mi ex en las sierras, una situación medio parecida. Nunca se me fue de la cabeza. Muy bien contado, gracias por compartir.

CuriosaLect

excelente!!! que buena historia

Sergio_PBA

¿Y qué hizo el desconocido? jaja eso me quedó dando vueltas. Muy bueno.

KatyV_rdp

Me encantó como lo contaste, se hizo cortísimo. Esperando la segunda parte :)

MiguiRdp

La tensión que se siente en ese momento... tremendo. Muy bien escrito, se nota que sabés contar. Saludo.

DiegoSur22

Me dejó con ganas de mas jaja. Seguí subiendo!

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