Volví a buscarlo aunque sabía que no debía
Me llamo Valeria, aunque en la calle me conocen como Val. Tengo veinticuatro años ahora, pero esto pasó dos años atrás, cuando acababa de cumplir veintidós y todavía me creía invencible.
Soy trans, vivo en una ciudad del interior del país, de esas que no son chicas ni enormes, donde todo el mundo se conoce pero nadie dice nada en voz alta. Tengo buen cuerpo, no me da vergüenza decirlo: cintura marcada, caderas generosas y una manera de caminar que hace que la gente voltee aunque no sepa bien por qué.
La primera vez con él había sido unas semanas antes. Un hombre de unos cuarenta años que dormía bajo el puente de una avenida céntrica, en una zona que los vecinos de bien evitan después de las once pero que yo conozco como mi propia cocina. Nos habíamos encontrado por casualidad cuando yo volvía de trabajar, y lo que empezó como una conversación terminó en algo que ninguno de los dos esperaba. No llegamos a terminar esa primera noche. Él se quedó con ganas, yo también, y eso me estuvo dando vueltas en la cabeza más de lo que quería admitir.
Esa noche salí sin un plan claro. Me puse una faldita negra ajustada, un top de tiritas y las sandalias de plataforma que uso cuando quiero que me noten. La idea era buscar algún cliente, hacer algo de plata y volver a casa tranquila.
Las cosas no salieron así.
***
Estuve casi dos horas parada en la esquina de siempre. Pasaron autos, algunos me miraron, uno frenó y preguntó el precio pero se fue sin cerrar nada. Un hombre mayor me dio un billete sin pedir nada a cambio, que es lo más desconcertante que puede pasarte en esa esquina. Nada más.
A la una y media decidí que no era mi noche y empecé a caminar hacia casa.
Pero mis pies tomaron otro camino.
No es que no me diera cuenta. Me daba cuenta perfectamente. Simplemente seguí caminando hacia el puente, diciéndome que solo iba a pasar por ahí, que solo quería ver si seguía durmiendo en el mismo lugar, que no iba a hacer nada raro.
La noche estaba fresca, con ese silencio particular que tienen las ciudades de provincia después de la medianoche. Las calles casi vacías, algún perro ladrando a lo lejos, el ruido del río que llegaba desde dos cuadras como un murmullo constante.
Lo vi desde lejos. Estaba en el mismo lugar de siempre, recostado contra la pared de hormigón con una frazada encima. Dormido.
Me quedé parada del otro lado de la reja mirándolo un momento. Desde ahí no podía ver bien su cara, pero reconocí los hombros, la postura, la manera en que tenía cruzados los brazos sobre el pecho.
Encontré un alambre tirado en el piso y lo usé para tratar de llamar su atención, tocando con delicadeza sus dedos a través de la reja. Nada. Dormía profundo. Lo intenté tres veces con más insistencia y siguió igual, sin dar señales de que el mundo existiera.
Ahí fue cuando tomé la decisión que en retrospectiva fue completamente una locura.
***
Di toda la vuelta hasta el otro lado del muro, donde había una parte más baja que podía escalar. Me saqué las sandalias para no hacer ruido y las metí en la cartera. El hormigón estaba frío bajo los pies descalzos.
Trepé con más torpeza que elegancia. Me rasqué el muslo contra el borde, me rompí una uña, y de alguna manera terminé del otro lado sin caerme de cabeza, que ya era un logro considerable dadas las circunstancias. El corazón me latía con una fuerza que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
Me puse las sandalias de vuelta y me acerqué despacio.
De cerca se lo veía más tranquilo que la primera vez. Tenía el pelo algo largo, la barba crecida pero prolija, ropa vieja pero limpia. Olía a jabón barato y a algo más que no supe identificar. Su cara en reposo era más joven de lo que parecía cuando estaba despierto.
Me arrodillé a su lado y le puse la mano en el pecho con cuidado, con esa presión suave que no asusta.
—Eh... —dije en voz muy baja—. Eh.
Se despertó de golpe, como si lo hubieran llamado desde adentro. Me miró un segundo con los ojos desorientados, y después apareció algo en su cara que no era exactamente sorpresa sino reconocimiento.
—¿Qué hacés acá? —me preguntó. Su voz era ronca de sueño.
—Me quedé con ganas de lo que no terminamos la otra vez.
Me miró de arriba abajo, todavía con esa expresión de quien no está seguro de si está soñando.
—Vos sos de verdad —dijo, más para él que para mí.
—Soy de verdad.
Se incorporó despacio, me puso una mano en la cadera y me atrajo hacia él sin brusquedad.
***
Nos movimos al rincón más oscuro, donde la sombra del puente lo cubría todo. Él se sentó contra la pared y yo me acomodé a su lado, aunque no duré mucho en esa posición.
Empezó a tocarme despacio, con esa precaución de quien no quiere espantar algo bueno. Las manos recorrían mis muslos hacia arriba por debajo de la falda, deteniéndose donde encontraban más calor. No decía nada. Solo miraba.
Me fui acercando poco a poco hasta quedar encima de él, con las rodillas a los costados de sus piernas. Él tenía las manos en mi cintura, firmes pero sin apretar, como sujetando algo que no quería romper.
—¿Qué querés? —me preguntó.
—Lo mismo que vos —dije.
Le bajé el cierre del pantalón sin apuro. Él me dejó hacer, recostado contra el hormigón con ese aire de alguien que ha aprendido a recibir lo que la vida le trae sin hacerse demasiadas preguntas.
Cuando lo saqué ya estaba duro. No era grande, pero tenía esa consistencia que dice que el dueño sabe lo que tiene. Me lo puse en la palma y noté el pulso, lento y firme.
Bajé despacio.
Lo tomé en la boca sin prisa, dejando que la lengua hiciera el trabajo primero, aprendiendo el contorno antes de empezar el ritmo. Él exhaló por la nariz, un sonido corto y contenido, como si no quisiera darme demasiado.
Fui tomando velocidad. Con una mano en la base y la otra apoyada en su muslo para mantener el equilibrio, encontré el ángulo que hacía que él aflojara los hombros contra la pared. Lo escuché apretar los dientes. Sus dedos me encontraron el pelo y guiaron sin forzar, marcando el ritmo que quería.
De vez en cuando lo soltaba del todo y pasaba a otra zona, solo para ver cómo reaccionaba cuando volvía. Siempre reaccionaba bien.
El asfalto frío bajo mis rodillas, el ruido del río de fondo, la oscuridad como un manto sobre los dos. No había nada de cómodo en la escena y sin embargo era exactamente el lugar donde quería estar.
Hasta que él dijo, en voz baja:
—Quiero algo más.
***
Me puse de pie, me corrí la tanga y me acomodé encima de él de cara a su pecho. Usé saliva para preparar la entrada, con calma, porque aprendí hace tiempo que las prisas no le hacen bien a nadie en este punto.
Me fui bajando milímetro a milímetro, respirando despacio. Él esperó. Eso me gustó de él desde la primera vez: sabía esperar sin ponerse nervioso, sin empujar antes de tiempo.
Cuando lo tuve adentro del todo me detuve un momento, dejando que el cuerpo se acomodara. Él tenía las manos en mis caderas pero no empujaba. Solo esperaba.
Empecé a moverme.
Primero despacio, con movimientos cortos, ajustando el ángulo hasta encontrar el que me hacía cerrar los ojos. Después más amplio, tomando todo el recorrido, sintiendo cómo él tensaba los muslos debajo de mí.
Estábamos en la calle, debajo de un puente, sobre una frazada que olía a polvo y a noche. No había nada de romántico en la escena y sin embargo no podía pensar en ningún otro lugar donde quisiera estar en ese momento. Cada vez que abría los ojos y miraba el hormigón gris sobre mi cabeza, el pecho me latía más fuerte.
Apoyé las manos en sus hombros y aceleré el ritmo. Él empezó a mover las caderas al mismo tiempo, encontrando el compás, y eso cambió todo. Durante unos minutos no hubo ningún otro sonido que nuestra respiración y el roce de la tela contra la piel.
Cuando mis piernas empezaron a flaquear, él lo notó antes de que yo dijera nada.
—Date vuelta —dijo.
Me acomodé sobre manos y rodillas frente a él. Escuché que se movía detrás. Sentí su calor antes de sentir su contacto.
Entró de un solo movimiento continuo y me quedé quieta un segundo, recibiendo.
Después empezó a moverse.
Me tomó de las caderas y encontró un ritmo firme, constante, sin pausa. No era violento, pero tampoco era suave. Era exactamente lo que yo había ido a buscar sin saber bien que lo iba a buscar. Cada embate hacía que apoyara más los brazos contra el piso, que cerrara los ojos con más fuerza.
El ruido que hacíamos se mezclaba con el ruido del río. Pensé en que si alguien pasaba por arriba del puente no iba a escuchar nada, y de alguna manera eso hacía todo más intenso y no menos.
Qué tan puta podés ser, Val.
Bastante, aparentemente.
***
Llevábamos varios minutos así cuando escuché voces.
No cercanas todavía, pero tampoco lejos. Dos personas caminando por el puente de arriba, cuyas palabras llegaban amortiguadas por el hormigón. Me detuve.
—¿Te falta mucho? —le pregunté en voz muy baja.
Él también había escuchado. Esperó un segundo antes de responder.
—Algo sí.
Me di vuelta y lo tomé con la boca de nuevo, tratando de acelerar el desenlace, pero las voces se estaban acercando más de lo que me gustaba. Pasaron dos minutos que se sintieron más largos de lo que fueron. Las voces siguieron ahí, deteniéndose, volviendo, sin terminar de alejarse del todo.
Decidí que tenía que irme.
—Perdón —le dije, mirándolo—. Hay gente.
Me miró, evaluando la situación. Después asintió despacio, con esa resignación sin resentimiento que tenía para todo. No puso mala cara, no dijo nada que no debía. Solo asintió.
Recuperé mis cosas, me acomodé la ropa y busqué el hueco por donde había entrado. Del otro lado de la pared, cuando ya estaba en la calle, escuché que dos mujeres se acercaban y empezaban a hablarle a él. No pude escuchar las palabras exactas pero sí el tono: esa desaprobación de vecinas de medianoche que encuentran algo que no entienden y sienten la obligación de opinar.
Seguí caminando sin voltear.
Caminé las diez cuadras hasta casa con los pies que apenas me dolían, todavía con el calor de todo lo que había pasado pegado en la piel. Las calles estaban completamente vacías a esa hora. Mis tacos sonaban en el asfalto y el eco volvía desde las paredes de los edificios.
Me estaba gustando demasiado eso de la calle. El riesgo, la oscuridad, la absoluta falta de sentido práctico de lo que acababa de hacer.
Lo sabía. Y no me importaba demasiado.