Me pidió que fingiera ser su profesora sumisa
Llevábamos casi un mes así cuando llegó el mensaje.
Cuatro semanas de encuentros que empezaron en la piscina comunitaria del edificio y no habían parado desde entonces. Dante tenía veinte años y esa mirada de quien sabe exactamente lo que quiere sin necesitar decirlo en voz alta. Yo tenía treinta y cuatro, el marido fuera por trabajo desde hacía semanas, y demasiadas noches libres para no meterme en problemas.
La primera vez fue improvisada, torpe, eléctrica. Nos habíamos metido en el cuarto de las toallas de la piscina, todavía chorreando cloro, y me follé a un chaval al que apenas conocía contra los estantes de madera, con la mano de él apretándome la boca para que no gritara y su polla clavándose en mí desde atrás como si llevara meses esperando ese momento. La segunda fue deliberada: subió a mi piso, me arrancó el vestido en el recibidor y me la metió hasta el fondo sobre la encimera de la cocina, con los pies colgando y la corrida de él escurriéndome por los muslos cuando terminó. A partir de la tercera, dejé de fingir que era algo pasajero.
Lo que Dante descubrió muy pronto fue que yo respondía mejor a las órdenes que a las sugerencias. No lo busqué conscientemente: fue él quien lo notó, quien fue ajustando el tono con cada encuentro, quien convirtió algo que tendría que haber sido una aventura sin consecuencias en una dinámica que me ocupaba la cabeza a todas horas. Cuando me daba una instrucción, yo la obedecía sin cuestionarme demasiado. Cuando subía el tono, mi cuerpo respondía antes de que mi cabeza tuviera tiempo de analizar nada. Me decía «abre las piernas» y yo las abría. Me decía «trágatela entera» y yo me arrodillaba antes de terminar la frase. Y cada vez que salía de mi casa yo me quedaba con el coño empapado y la sensación humillante de estar deseando que volviera.
Esa tarde de enero, doblando ropa en el salón con la televisión de fondo, llegó el mensaje.
«Mañana a las 10. Quiero que seas mi profesora. Blusa, falda, moño. Sin bragas. No llegues tarde.»
Me quedé quieta con el teléfono en la mano. El corazón me latía más rápido de lo que tenía derecho a latir por un mensaje de texto. Lo leí tres veces. Después guardé el teléfono y terminé de doblar la ropa como si nada, aunque ya no prestaba ninguna atención a lo que estaba haciendo. Me metí la mano por dentro del pantalón sin pensarlo y descubrí que ya estaba mojada, que llevaba mojada desde la primera lectura del mensaje.
Esa noche tardé mucho en dormirme. Miraba el techo con los ojos abiertos, repasando la frase una y otra vez. No era la primera vez que Dante me pedía algo concreto. Era la primera vez que la idea me ponía tan nerviosa. Terminé con los dedos entre las piernas, imaginándome la escena entera, y me corrí dos veces contra la almohada intentando no hacer ruido, como si alguien pudiera oírme en una casa vacía.
***
Me desperté antes del despertador con esa mezcla de anticipación y nerviosismo que no resultaba del todo cómoda. Me duché con calma, me hice la cera que llevaba días aplazando, y fui al armario a ver qué podía servirme de uniforme.
Encontré una blusa blanca de botones, de una talla ceñida que ya no usaba para el trabajo porque el tejido era demasiado fino para ser completamente profesional. Una falda lápiz negra que me llegaba a la mitad del muslo. Unas medias de red que habían dormido en el fondo de un cajón desde una fiesta de hacía dos años. Tacones negros de aguja que me daban cuatro centímetros más y cambiaban la manera en que andaba.
Me lo puse todo. Sin ropa interior, tal como había pedido.
Me miré en el espejo del baño: labios pintados de rojo oscuro, eyeliner marcado, moño severo con el pelo recogido con fuerza hacia atrás. La blusa aguantaba lo que tenía que aguantar con cierta tensión en los botones centrales, los pezones marcándose contra la tela porque no me había puesto sujetador. La falda moldeaba el resto. Parecía una mujer disfrazada de autoridad, a punto de entregarla entera.
Exactamente lo que era.
El timbre sonó a las diez en punto.
Abrí la puerta y Dante me examinó de arriba abajo durante unos segundos, sin decir nada. Llevaba mochila al hombro, sudadera gris, vaqueros caídos. El mismo chico que cruzaba el portal cada mañana con cara de no haber dormido suficiente. Y al mismo tiempo, no.
—Buenos días, profesora —dijo. Y entró sin esperar a que lo invitara.
Cerró la puerta detrás de él con el pie. Me acorraló contra la pared del pasillo con una mano a cada lado de mi cabeza, sin tocarme todavía. Solo miraba.
—¿Lista para la clase?
—Dante —respondí, adoptando el tono—. Esto no está bien. Soy tu profesora, hay límites que no deberían cruzarse...
Me puso una mano en el pecho, justo encima del primer botón, y lo abrió despacio. Metió los dedos por dentro de la blusa y me pellizcó un pezón con fuerza suficiente para que se me escapara un jadeo. Luego bajó la otra mano por debajo de la falda, me palpó entre los muslos y sonrió al encontrarme empapada.
—Las normas las pongo yo hoy —dijo, sacando los dedos brillantes de mí y limpiándoselos en mi labio inferior—. ¿Entendido? Chupa.
Asentí y le chupé los dedos con la lengua, mirándolo a los ojos.
***
Había dispuesto el salón lo mejor que pude: la mesa de centro en el centro del espacio, dos sillas frente a frente, unos libros encima que hacían de escritorio improvisado. Dante lo vio al entrar y esbozó una sonrisa breve, de quien recibe exactamente lo que esperaba.
—Siéntate en el borde de la mesa. De frente a mí.
Me subí a la mesa y me coloqué con las piernas cruzadas a los tobillos, la espalda recta, las manos en el regazo. Él se sentó en la silla frente a mí, sacó un cuaderno de la mochila con una seriedad absolutamente cómica y lo abrió en la primera página en blanco.
—Empieza la lección.
—¿Sobre qué quieres que hablemos hoy, alumno?
—Anatomía. —Apoyó el codo en la rodilla y me miró directamente—. Empieza por arriba y ve bajando.
Sostuve su mirada y abrí el primer botón de la blusa.
—El torso —dije, manteniendo el tono lo más neutro que pude—. La caja torácica. Los pulmones. El diafragma.
—Más abajo.
Abrí el segundo. El tejido se separó lo suficiente para que él viera que no llevaba nada debajo. Me abrí el tercero y el cuarto y dejé que la blusa se abriera del todo, con las tetas al aire, los pezones duros apuntando hacia él.
—El abdomen. Los músculos oblicuos. Las caderas. Las tetas —añadí, sujetándomelas con las dos manos y ofreciéndoselas—. ¿Quiere el alumno tomar apuntes?
—Más abajo —repitió, sin cambiar de postura, sin moverse de la silla, aunque veía cómo se le marcaba la polla contra el vaquero.
Bajé de la mesa. Me planté frente a él y, muy despacio, fui subiendo la falda con las dos manos. Primero el borde de las medias, luego el encaje oscuro sobre mis muslos, luego el espacio donde todo terminaba.
—La pelvis —dije—. El monte de Venus. Los labios mayores. El clítoris.
Me separé el coño con dos dedos para que lo viera de cerca.
—Y la profesora está empapada, alumno. Anótalo.
Tardó exactamente tres segundos en ponerse de pie.
Me giró, me inclinó sobre la mesa con una mano firme en la nuca. Oí su cremallera, el ruido seco del cinturón al aflojarse, y luego el peso caliente de su polla contra la raja de mi culo. La restregó de arriba abajo, empapándose con mis jugos, y me buscó la entrada con la punta. Sentí la presión y luego la entrada brusca que me cortó la respiración de golpe. Me la metió hasta el fondo de una sola embestida, sin darme margen, y solté un gemido ahogado contra la madera. Me aferré al borde de la mesa con los nudillos blancos, intentando mantener algo a lo que sujetarme.
—Clase práctica —murmuró contra mi nuca.
Cada embestida era deliberada, profunda, sin margen para recuperarme antes de la siguiente. Tenía una mano sujetando la mía contra la madera y la otra en mi cadera, controlando el ángulo con precisión. Su polla entraba y salía de mí con un ruido húmedo, obsceno, y yo sentía cómo mis jugos le empapaban el tronco y me caían por la cara interna de los muslos, mojándome las medias.
—No te dejo moverte —dijo, dándome una palmada seca en la nalga que me hizo dar un respingo—. Te quedas quieta. Te la voy a meter yo como quiera.
—Sí —jadeé.
—Di que soy tu mejor alumno.
—Eres mi mejor alumno —respondí, con la mejilla pegada a la superficie de la mesa.
—Di que suspenderás a los demás.
—Los suspendo a todos —jadeé—. Solo apruebas tú.
—Di que eres una puta —murmuró.
—Soy una puta —repetí, casi sin voz—. Soy tu puta.
Me agarró del moño y lo deshizo de un tirón, enrollándose el pelo en el puño. Me tiró hacia atrás, arqueándome la espalda, y siguió follándome desde ese ángulo, más profundo aún. Mi pelo cayó hacia adelante sobre la mesa cuando me soltó. Con la otra mano fue abriendo el resto de los botones de la blusa, uno a uno, sin apresurarse. Me los dejó colgando mientras seguía moviéndose dentro de mí y yo apretaba los dientes, los ojos cerrados, aferrada a la madera. Me metió una mano por debajo, encontró el clítoris y empezó a frotármelo en círculos mientras me embestía.
—Córrete en mi polla —ordenó—. Ya.
Me corrí así, sin moverme apenas, sujetada contra la mesa, con la boca abierta contra la madera y todo el cuerpo temblando en oleadas alrededor de su verga. Los espasmos me apretaron el coño con tanta fuerza que él soltó un gruñido bajo detrás de mí. Pero no paró. Salió, me dio la vuelta, y me la volvió a meter de frente, ahora con las tetas al aire y las piernas colgando de la mesa mientras me sujetaba por debajo de las rodillas y me abría bien de par en par.
—Mírame —dijo—. No cierres los ojos.
Lo miré. Él miraba entre mis piernas, cómo su polla entraba y salía brillante de mí, y luego me miraba la cara, disfrutando de las muecas que se me escapaban.
***
Pasamos al dormitorio en algún momento impreciso de la mañana.
Me tumbé en la cama. Dante se arrodilló a los pies y me quitó los tacones con cuidado, los dejó en el suelo a un lado, y luego fue bajando las medias muy despacio, enrollándolas entre sus manos, sin prisa. Tenía esa costumbre de ralentizar las cosas justo cuando yo quería que fueran más rápido, y era exasperante de una manera que no resultaba desagradable en absoluto.
—Hay una parte de la lección que no terminamos —dijo, sin levantar la vista.
Separé las piernas sin que me lo pidiera.
Bajó la cabeza y empezó con la misma deliberación metódica de siempre. Primero un beso largo en la cara interna del muslo, mordisqueando, subiendo despacio. Luego la lengua plana contra el coño entero, de abajo hacia arriba, recogiendo todo lo que su corrida y la mía habían dejado ahí. Se relamió mirándome.
—Sabes a los dos —murmuró, y volvió a hundir la cara entre mis piernas.
Boca, lengua, dedos, alternando ritmos sin que yo pudiera anticipar qué venía después. Me chupaba el clítoris con los labios envolviéndolo, me lo golpeaba con la punta de la lengua, me metía dos dedos y los curvaba buscándome el punto de dentro. Cuando notaba que yo estaba a punto, paraba. Levantaba la cabeza un momento para asegurarse de que yo estaba mirando, sonreía apenas, y luego continuaba como si nunca hubiera interrumpido nada. Era tortura calculada y él lo sabía perfectamente. La tercera vez que me dejó al borde y paró le clavé el talón en el hombro.
—Por favor —gemí, sin reconocer del todo mi voz.
—Por favor qué.
—Por favor, déjame correrme.
—Pídelo bien.
—Por favor, dame de comer, chúpame el coño hasta que me corra en tu boca.
Le enterré los dedos en el pelo. Le sujeté la cabeza con las dos manos y no le di opción de parar. Él no protestó. Me chupó con hambre real, la lengua golpeando el clítoris sin descanso, dos dedos entrando y saliendo con un ruido húmedo que llenaba la habitación.
Cuando me vine, me aferré a la almohada y no hice ningún esfuerzo por callarme. Grité su nombre con la voz rota, con las caderas embistiendo su cara, y él siguió chupando incluso mientras me convulsionaba, alargando el orgasmo hasta que se volvió casi insoportable. Él levantó la cabeza, se limpió la boca con el dorso de la mano, y me miró desde abajo con esa expresión de satisfacción tranquila que aparecía cuando había conseguido lo que quería. Tenía la barbilla brillante.
—Buena alumna —dijo.
—Cállate —respondí, todavía sin aire.
Se rió. Una risa corta y genuina que contrastaba con todo lo demás.
—Ven aquí —dijo, subiendo por la cama—. Ahora chupa tú.
Me deslicé hacia abajo y le tomé la polla entera en la boca sin preliminares. La sentí gruesa contra la lengua, todavía con mi sabor, y bajé hasta que la punta me golpeó el fondo de la garganta. Le agarré los huevos con una mano mientras subía y bajaba, mirándolo desde abajo, dejándole ver cómo se le hundía entera entre mis labios. Él me agarró del pelo y me marcó el ritmo, empujándome la cabeza sin brusquedad pero sin dejarme opción de parar.
—Así —murmuró—. Trágamela toda. Enséñame cómo se hace.
Se la mamé con ganas, dejándome caer hilos de saliva por la barbilla, respirando por la nariz cuando la tenía metida hasta el fondo. Él soltó un gemido bajo cuando le apreté la base con la mano y le lamí la punta con la lengua plana.
—Súbete —dijo entonces, tirando de mí hacia arriba—. Móntame.
***
Me subí a él después de un rato.
Cruzó los brazos detrás de la nuca y me dejó hacer. Tenía esa habilidad para parecer completamente relajado en los momentos donde yo perdía todo el control, y era exasperante y atractivo a partes iguales. Me alineé, me agarré la polla con una mano y me la fui metiendo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría por dentro. Me moví sobre él despacio al principio, marcando el ritmo yo, con las manos apoyadas en su pecho, y él me miraba desde abajo sin intervenir. Como si esperara el momento justo. Le rebotaban las tetas en la cara y él ni siquiera levantaba los brazos para tocármelas.
—La profesora lleva bien la clase —comentó.
—Para —dije, y fui más rápida.
Me eché hacia atrás, apoyando las manos en sus muslos, y le monté sin descanso, dando saltos sobre su verga hasta que el ruido de mi culo golpeando sus caderas era lo único que se oía en la habitación. Me metí dos dedos en la boca y me los llevé al clítoris, frotándome mientras cabalgaba, y él por fin descruzó los brazos para agarrarme de las tetas y apretármelas con las dos manos.
Lo dejó estar un poco más. Me dejó llevar el ritmo hasta que decidió que ya era suficiente. Me agarró de las caderas con las dos manos, invirtió la posición con una facilidad que siempre me sorprendía, y tomó el control desde arriba. Me puso las piernas sobre sus hombros, doblándome casi en dos, y volvió a empalarme desde ese ángulo nuevo. Sus caderas golpeaban las mías con precisión, sin urgencia, como si pudiera seguir así todo el tiempo del mundo. La polla le entraba tan profunda que se me escapaba un gemido roto en cada embestida. Yo enredé las piernas en su espalda cuando me las bajó de los hombros y él gruñó bajito contra mi garganta, mordiéndome el cuello.
—Di que te gusta más así —murmuró.
—Me gusta más así —dije.
—Más despacio. Repítelo.
—Me gusta más así —repetí, más despacio, y dejé de importarme si sonaba demasiado sincero para ser parte del juego.
—¿Dónde quieres que me corra? —preguntó, con la voz apretada, embistiendo más rápido—. Dilo.
—Dentro —jadeé—. Córrete dentro.
—Pídelo mejor.
—Por favor, lléname. Córrete dentro de tu profesora, alumno.
Terminó dentro de mí con tres embestidas finales, brutales, hundiéndose hasta la base. Sentí los chorros calientes llenándome por dentro y el temblor de sus caderas contra las mías. Se quedó quieto un momento, la frente contra la mía, los dos respirando fuerte. Cuando salió, sentí cómo se me escurría entre los muslos, y él bajó una mano, recogió parte con dos dedos y me lo llevó a la boca. Se los chupé sin apartar la vista.
Después se apartó y se tumbó boca arriba a mi lado con un brazo bajo la cabeza, mirando el techo.
***
Nos quedamos en silencio un buen rato.
Yo miraba el techo y pensaba en que mi marido volvería en cinco semanas desde Múnich. Pensaba en el ascensor, en que Dante y él se cruzaban a veces en el portal sin saber nada el uno del otro. Pensaba en lo sencillo que sería terminar con esto y en que no tenía ninguna intención real de hacerlo. El problema no era solo la culpa, que también existía. El problema era que llevaba semanas durmiendo mejor que en los últimos dos años, y no quería analizar demasiado qué significaba eso.
—¿El jueves? —preguntó él.
—Depende de lo que traigas en la mochila.
Se rió de nuevo. Se vistió sin prisa, recogió el cuaderno en blanco del salón, y antes de salir al pasillo se detuvo un momento en el marco de la puerta del dormitorio.
—Buena clase, profesora.
Cerré la puerta principal y me apoyé en ella un momento. Los pies descalzos en el suelo frío, el pelo suelto y enredado, la blusa abierta, la corrida de él escurriéndome todavía por el muslo.
Pensé en el jueves.
No había nada más que pensar.
