Me pidió que fingiera ser su profesora sumisa
Llevábamos casi un mes así cuando llegó el mensaje.
Cuatro semanas de encuentros que empezaron en la piscina comunitaria del edificio y no habían parado desde entonces. Dante tenía veinte años y esa mirada de quien sabe exactamente lo que quiere sin necesitar decirlo en voz alta. Yo tenía treinta y cuatro, el marido fuera por trabajo desde hacía semanas, y demasiadas noches libres para no meterme en problemas.
La primera vez fue improvisada, torpe, eléctrica. La segunda fue deliberada. A partir de la tercera, dejé de fingir que era algo pasajero.
Lo que Dante descubrió muy pronto fue que yo respondía mejor a las órdenes que a las sugerencias. No lo busqué conscientemente: fue él quien lo notó, quien fue ajustando el tono con cada encuentro, quien convirtió algo que tendría que haber sido una aventura sin consecuencias en una dinámica que me ocupaba la cabeza a todas horas. Cuando me daba una instrucción, yo la obedecía sin cuestionarme demasiado. Cuando subía el tono, mi cuerpo respondía antes de que mi cabeza tuviera tiempo de analizar nada.
Esa tarde de enero, doblando ropa en el salón con la televisión de fondo, llegó el mensaje.
«Mañana a las 10. Quiero que seas mi profesora. Blusa, falda, moño. Sin bragas. No llegues tarde.»
Me quedé quieta con el teléfono en la mano. El corazón me latía más rápido de lo que tenía derecho a latir por un mensaje de texto. Lo leí tres veces. Después guardé el teléfono y terminé de doblar la ropa como si nada, aunque ya no prestaba ninguna atención a lo que estaba haciendo.
Esa noche tardé mucho en dormirme. Miraba el techo con los ojos abiertos, repasando la frase una y otra vez. No era la primera vez que Dante me pedía algo concreto. Era la primera vez que la idea me ponía tan nerviosa.
***
Me desperté antes del despertador con esa mezcla de anticipación y nerviosismo que no resultaba del todo cómoda. Me duché con calma, me hice la cera que llevaba días aplazando, y fui al armario a ver qué podía servirme de uniforme.
Encontré una blusa blanca de botones, de una talla ceñida que ya no usaba para el trabajo porque el tejido era demasiado fino para ser completamente profesional. Una falda lápiz negra que me llegaba a la mitad del muslo. Unas medias de red que habían dormido en el fondo de un cajón desde una fiesta de hacía dos años. Tacones negros de aguja que me daban cuatro centímetros más y cambiaban la manera en que andaba.
Me lo puse todo. Sin ropa interior, tal como había pedido.
Me miré en el espejo del baño: labios pintados de rojo oscuro, eyeliner marcado, moño severo con el pelo recogido con fuerza hacia atrás. La blusa aguantaba lo que tenía que aguantar con cierta tensión en los botones centrales. La falda moldeaba el resto. Parecía una mujer disfrazada de autoridad, a punto de entregarla entera.
Exactamente lo que era.
El timbre sonó a las diez en punto.
Abrí la puerta y Dante me examinó de arriba abajo durante unos segundos, sin decir nada. Llevaba mochila al hombro, sudadera gris, vaqueros caídos. El mismo chico que cruzaba el portal cada mañana con cara de no haber dormido suficiente. Y al mismo tiempo, no.
—Buenos días, profesora —dijo. Y entró sin esperar a que lo invitara.
Cerró la puerta detrás de él con el pie. Me acorraló contra la pared del pasillo con una mano a cada lado de mi cabeza, sin tocarme todavía. Solo miraba.
—¿Lista para la clase?
—Dante —respondí, adoptando el tono—. Esto no está bien. Soy tu profesora, hay límites que no deberían cruzarse...
Me puso una mano en el pecho, justo encima del primer botón, y lo abrió despacio.
—Las normas las pongo yo hoy —dijo—. ¿Entendido?
Asentí.
***
Había dispuesto el salón lo mejor que pude: la mesa de centro en el centro del espacio, dos sillas frente a frente, unos libros encima que hacían de escritorio improvisado. Dante lo vio al entrar y esbozó una sonrisa breve, de quien recibe exactamente lo que esperaba.
—Siéntate en el borde de la mesa. De frente a mí.
Me subí a la mesa y me coloqué con las piernas cruzadas a los tobillos, la espalda recta, las manos en el regazo. Él se sentó en la silla frente a mí, sacó un cuaderno de la mochila con una seriedad absolutamente cómica y lo abrió en la primera página en blanco.
—Empieza la lección.
—¿Sobre qué quieres que hablemos hoy, alumno?
—Anatomía. —Apoyó el codo en la rodilla y me miró directamente—. Empieza por arriba y ve bajando.
Sostuve su mirada y abrí el primer botón de la blusa.
—El torso —dije, manteniendo el tono lo más neutro que pude—. La caja torácica. Los pulmones. El diafragma.
—Más abajo.
Abrí el segundo. El tejido se separó lo suficiente para que él viera que no llevaba nada debajo.
—El abdomen. Los músculos oblicuos. Las caderas.
—Más abajo —repitió, sin cambiar de postura, sin moverse de la silla.
Bajé de la mesa. Me planté frente a él y, muy despacio, fui subiendo la falda con las dos manos. Primero el borde de las medias, luego el encaje oscuro sobre mis muslos, luego el espacio donde todo terminaba.
—La pelvis —dije.
Tardó exactamente tres segundos en ponerse de pie.
Me giró, me inclinó sobre la mesa con una mano firme en la nuca. Oí su cremallera. Sentí la presión y luego la entrada brusca que me cortó la respiración de golpe. Me aferré al borde de la mesa con los nudillos blancos, intentando mantener algo a lo que sujetarme.
—Clase práctica —murmuró contra mi nuca.
Cada embestida era deliberada, profunda, sin margen para recuperarme antes de la siguiente. Tenía una mano sujetando la mía contra la madera y la otra en mi cadera, controlando el ángulo con precisión. No me dejaba moverme. No me dejaba hacer nada más que recibir.
—Di que soy tu mejor alumno —dijo.
—Eres mi mejor alumno —respondí, con la mejilla pegada a la superficie de la mesa.
—Di que suspenderás a los demás.
—Los suspendo a todos —jadeé—. Solo apruebas tú.
Me agarró del moño y lo deshizo de un tirón. Mi pelo cayó hacia adelante sobre la mesa. Con la otra mano fue abriendo el resto de los botones de la blusa, uno a uno, sin apresurarse. Me los dejó colgando mientras seguía moviéndose dentro de mí y yo apretaba los dientes, los ojos cerrados, aferrada a la madera.
Me corrí así, sin moverme apenas, sujetada contra la mesa. Él no paró.
***
Pasamos al dormitorio en algún momento impreciso de la mañana.
Me tumbé en la cama. Dante se arrodilló a los pies y me quitó los tacones con cuidado, los dejó en el suelo a un lado, y luego fue bajando las medias muy despacio, enrollándolas entre sus manos, sin prisa. Tenía esa costumbre de ralentizar las cosas justo cuando yo quería que fueran más rápido, y era exasperante de una manera que no resultaba desagradable en absoluto.
—Hay una parte de la lección que no terminamos —dijo, sin levantar la vista.
Separé las piernas sin que me lo pidiera.
Bajó la cabeza y empezó con la misma deliberación metódica de siempre. Boca, lengua, dedos, alternando ritmos sin que yo pudiera anticipar qué venía después. Tenía además la costumbre de parar justo antes, de levantar la cabeza un momento para asegurarse de que yo estaba mirando, y luego continuar como si nunca hubiera interrumpido nada. Era tortura calculada y él lo sabía perfectamente.
Le enterré los dedos en el pelo. Le sujeté la cabeza con las dos manos y no le di opción de parar. Él no protestó.
Cuando me vine, me aferré a la almohada y no hice ningún esfuerzo por callarme. Él levantó la cabeza, se limpió la boca con el dorso de la mano, y me miró desde abajo con esa expresión de satisfacción tranquila que aparecía cuando había conseguido lo que quería.
—Buena alumna —dijo.
—Cállate —respondí, todavía sin aire.
Se rió. Una risa corta y genuina que contrastaba con todo lo demás.
***
Me subí a él después de un rato.
Cruzó los brazos detrás de la nuca y me dejó hacer. Tenía esa habilidad para parecer completamente relajado en los momentos donde yo perdía todo el control, y era exasperante y atractivo a partes iguales. Me moví sobre él despacio al principio, marcando el ritmo yo, con las manos apoyadas en su pecho, y él me miraba desde abajo sin intervenir. Como si esperara el momento justo.
—La profesora lleva bien la clase —comentó.
—Para —dije, y fui más rápida.
Lo dejó estar un poco más. Me dejó llevar el ritmo hasta que decidió que ya era suficiente. Me agarró de las caderas con las dos manos, invirtió la posición con una facilidad que siempre me sorprendía, y tomó el control desde arriba. Sus caderas golpeaban las mías con precisión, sin urgencia, como si pudiera seguir así todo el tiempo del mundo. Yo enredé las piernas en su espalda y él gruñó bajito contra mi garganta.
—Di que te gusta más así —murmuró.
—Me gusta más así —dije.
—Más despacio. Repítelo.
—Me gusta más así —repetí, más despacio, y dejé de importarme si sonaba demasiado sincero para ser parte del juego.
Terminó dentro de mí. Se quedó quieto un momento, la frente contra la mía, los dos respirando fuerte. Después se apartó y se tumbó boca arriba a mi lado con un brazo bajo la cabeza, mirando el techo.
***
Nos quedamos en silencio un buen rato.
Yo miraba el techo y pensaba en que mi marido volvería en cinco semanas desde Múnich. Pensaba en el ascensor, en que Dante y él se cruzaban a veces en el portal sin saber nada el uno del otro. Pensaba en lo sencillo que sería terminar con esto y en que no tenía ninguna intención real de hacerlo. El problema no era solo la culpa, que también existía. El problema era que llevaba semanas durmiendo mejor que en los últimos dos años, y no quería analizar demasiado qué significaba eso.
—¿El jueves? —preguntó él.
—Depende de lo que traigas en la mochila.
Se rió de nuevo. Se vistió sin prisa, recogió el cuaderno en blanco del salón, y antes de salir al pasillo se detuvo un momento en el marco de la puerta del dormitorio.
—Buena clase, profesora.
Cerré la puerta principal y me apoyé en ella un momento. Los pies descalzos en el suelo frío, el pelo suelto y enredado, la blusa abierta.
Pensé en el jueves.
No había nada más que pensar.