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Relatos Ardientes

Aquella tarde en el campo dejó de ser solo un viaje

Llevábamos horas en ruta sin un plan fijo. Eso era lo que más nos gustaba de esas escapadas: salir sin destino concreto, dejarse llevar por los carteles, elegir siempre la carretera secundaria antes que la autovía. Rodrigo conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en mi rodilla, y yo miraba pasar los campos de trigo, los pueblos con sus torres de piedra, las vacas que apenas levantaban la cabeza cuando cruzábamos frente a ellas.

El coche lo habíamos preparado la semana anterior. No era gran cosa: tapizamos las ventanillas traseras con unas telas oscuras, rebatimos los asientos traseros y colocamos encima un colchón de espuma cortado a medida. Cabíamos los dos sin apreturas, con espacio para estirarse y para leer si el sueño tardaba en llegar. Llevábamos una bolsa con ropa, una nevera pequeña y más ilusión que equipaje.

—¿Paramos aquí? —preguntó Rodrigo señalando un camino de tierra que se abría entre dos olivos centenarios.

—Un poco más —dije—. Quiero ver si hay vistas desde arriba.

Tenía esa costumbre de buscar el sitio perfecto hasta que casi se nos hacía de noche. Él lo sabía y no protestaba nunca. Sabía también que cuando encontrábamos el lugar, todo lo demás valía la pena.

Lo encontramos veinte minutos después: un descampado al borde de un cerro, con una baliza oxidada que señalaba el límite de alguna finca olvidada. Desde ahí se veían tres pueblos, un embalse en la distancia y el sol cayendo exacto detrás de la sierra. Rodrigo apagó el motor y se quedó mirando sin decir nada.

—Esto es —dije.

—Esto es —repitió él, en voz baja.

Abrimos el maletero, que se levantaba hacia arriba dejando a la vista el colchón y las mantas dobladas. Nos sentamos en el borde con los pies colgando y sacamos dos cervezas de la nevera. El aire olía a romero y a tierra caliente. A lo lejos sonaba algún pájaro que no supe identificar. El cielo se iba poniendo del color del albaricoque, luego del naranja quemado, luego de algo que no tiene nombre exacto pero que uno reconoce como una de las cosas más hermosas del mundo.

No sé cuánto tiempo llevábamos ahí cuando Rodrigo habló.

—Oye.

—¿Qué? —respondí sin apartar los ojos del horizonte.

—¿Echamos un polvo?

Me reí. No pude evitarlo. Lo dijo así, con la misma entonación con que podría haber preguntado si quedaba más cerveza.

—Y así me lo dices —respondí.

—¿Cómo quieres que te lo diga? —Se giró hacia mí con esa media sonrisa que conocía bien—. Tenemos el sitio solo para nosotros, el atardecer de fondo, el colchón a dos pasos. Nadie a kilómetros. Me muero por follarte.

—Estás muy convencido.

—Estoy convencido desde hace media hora —dijo, y puso su mano sobre mi rodilla, subiendo despacio, sin prisa, colándose por dentro del muslo hasta rozarme por encima del vaquero, ahí donde ya notaba que el tejido estaba tibio y ligeramente húmedo—. Y tú también, aunque no lo digas.

La verdad es que yo también llevaba un rato pensando en ello.

Me había puesto esa mañana un conjunto de lencería granate que había comprado sin motivo aparente un martes por la tarde. A veces pasan esas cosas: entras a buscar algo mundano y salís con encaje que sabes que vas a querer estrenar en algún sitio que lo merezca. Este sitio lo merecía con creces.

Apoyé la cerveza en el borde del maletero y me giré hacia él. Me arrodillé en el colchón, con el borde del maletero a la altura del pecho. Rodrigo se acomodó en ese borde con las piernas colgando hacia afuera y me miró con esa calma suya que siempre me había resultado más provocadora que cualquier urgencia.

Le desabroché el pantalón sin apresuramiento. Le bajé la cremallera despacio, consciente de cada centímetro. Él no dijo nada: solo apoyó la mano en el borde metálico y siguió mirando, aunque ya no era el paisaje lo que miraba.

Le tiré del vaquero y del bóxer a la vez, hasta las rodillas, y la polla le saltó afuera dura, hinchada, con la punta ya brillante y una vena marcada recorriéndole todo el tronco. Se la agarré por la base y la sujeté firme, mirándosela un segundo como si acabara de encontrarla, aunque me la conocía de memoria.

—Mira cómo la tienes —dije—. Si casi no te la he tocado.

—Llevo con ella así desde que has dicho «esto es» —contestó.

Empecé por la base, con la lengua, lamiéndole de abajo hacia arriba en un recorrido lento, plano, aplastando la lengua contra la vena hasta llegar a la punta y rodearla en círculo antes de bajar por el otro lado. Se la puse perlada de saliva de arriba abajo, brillante, y solo entonces me la metí en la boca. Primero la punta, dando pequeños círculos con la lengua justo bajo el glande, ahí donde sabía que se le disparaban las piernas. Se le disparaban ahora también: sentí el muslo tensarse contra mi hombro.

—Joder —murmuró él en voz baja, casi para sí mismo.

Bajé la boca despacio, tragando la polla centímetro a centímetro, dejándola llegar hasta atrás hasta que noté la punta rozándome la garganta. Me quedé ahí un instante, aguantándola dentro, y luego subí igual de lento, chupando con fuerza, hundiendo las mejillas alrededor. Él soltó un jadeo largo que se le escapó por los dientes.

—Así, cariño, así… —dijo, y su mano se posó sobre mi cabeza, sin apretar, solo siguiendo el movimiento.

Empecé a marcarle ritmo. Arriba y abajo, la mano acompañando lo que la boca no llegaba a abarcar, girando la muñeca en cada subida para que la lengua chocara contra el frenillo. La otra mano se la metí entre las piernas, y le agarré los huevos con cuidado, sopesándolos, apretando muy suave. Los tenía tirantes ya, pegados al cuerpo. Se le estaba subiendo todo.

Levanté la vista sin sacarla de la boca. Sus ojos estaban entornados, la mandíbula ligeramente abierta. La última luz del día le daba en la cara desde un ángulo que lo hacía parecer de una película que no existe pero que debería.

—Con esa carita me la comes mejor —soltó, mirándome con una media sonrisa cabrona.

Le respondí soltando toda la polla de golpe, dejándola caer contra su vientre, y volviendo a metérmela hasta el fondo de un tirón. Se le escapó un «hostia» que se comió a medias.

Me gustaba verlo así. Me gustaba saber que lo tenía ahí, exactamente ahí.

Le saqué la polla y bajé la boca hasta los huevos, chupándoselos uno a uno, metiéndomelos enteros mientras con la mano le seguía haciendo la paja arriba, apretada, deslizándose con la saliva. Le pasé la lengua por el perineo, empujando hacia arriba, y él arqueó la espalda contra el maletero.

—Como sigas ahí abajo esto se acaba en dos minutos —advirtió, con la voz ronca.

—Entonces te aguantas —respondí, y volví a subir a la polla.

Aumenté el ritmo. Bombeaba con la mano rápido en la base mientras la boca me la trabajaba de la mitad hacia arriba, con la lengua bailándole en la punta cada vez que salía. Se me caía la saliva por la barbilla, le chorreaba por el tronco, y yo la usaba para deslizarme mejor. Sus caderas empezaron a moverse levemente hacia delante, casi sin que él se diera cuenta, buscando sin pedir, empujándose contra mi cara.

—Estoy a punto —dijo con la voz raspada—. Estoy a punto, joder.

—Córrete —le contesté, sacándomela un segundo para hablarle contra la punta, con los labios rozando el glande—. Córrete en mi boca. Y lo que sobre me lo pones por encima.

Volví a tragarla y le apreté con la mano en la base, subiendo y bajando con una succión firme, sin cortar el ritmo. Lo sentí llegar: primero el latido en la palma, luego la contracción de todo el tronco, luego el primer chorro caliente golpeando el paladar. Me lo tragué. Vino un segundo, más largo, que también me bajó por la garganta. Al tercero me la saqué y dejé que le saliera contra los labios, contra la barbilla, hasta que el último cayó sobre mi pecho y salpicó el encaje granate del sujetador, dejándolo manchado de blanco brillante.

Le pasé la lengua por la punta una vez más, limpiándole la última gota que le quedaba temblando, y él pegó un espasmo entero.

Le saqué la lengua, ahora con el semen todavía en los labios.

—Me manchaste un poco —dije con toda la ironía del mundo.

—Sí —dijo él, todavía recuperando el aliento—. Y no me arrepiento lo más mínimo.

Nos reímos los dos. Eso también me gustaba: que después de ese tipo de cosas todavía pudiéramos reírnos.

***

Tardó lo que tardó en recuperarse. Lo conocía: necesitaba cinco minutos, un sorbo de cerveza fría y un poco de silencio. Mientras esperaba, me quité los vaqueros y la camiseta y me quedé en el conjunto de lencería. Me pasé el dedo por el pecho, recogí el resto del semen que se le había quedado al encaje y me lo llevé a la boca. Él me miraba desde el borde del maletero sin quitarme los ojos de encima.

El aire de la tarde no era frío todavía, pero sí lo suficientemente fresco como para que se notara sobre la piel desnuda y los pezones se me marcaran duros contra la tela. Era una sensación agradable, esa mezcla de frescor y calor propio.

—Ven —dijo.

No lo dijo con suavidad. Lo dijo como quien da una instrucción, con esa certeza tranquila que me ponía más de lo que me gustaría reconocer. Señaló su regazo con un gesto breve.

—Se te ha vuelto a poner —observé, mirándole la polla, que efectivamente estaba otra vez semidura, engordando por segundos.

—Verte así ayuda —respondió.

Antes de subirme le pasé la mano por encima, lento, arriba y abajo, ayudándole a terminar de ponerse dura del todo. Se la trabajé un minuto, mirándole, hasta que la tuvo otra vez tiesa contra el vientre.

Me subí al maletero y me coloqué sobre él de espaldas, mirando hacia el horizonte. Aparté el tanga a un lado —granate también, a juego con el sujetador— y me la coloqué en la entrada. Estaba empapada. Se resbaló sola contra los labios, arriba y abajo, hasta que la punta encontró el hueco, y me la fui metiendo yo, bajando muy despacio, aguantando cada centímetro. Se me escapó un gemido largo cuando la sentí entrar del todo, apretándome por dentro, llenándome hasta el fondo.

—Joder qué a gusto entras —murmuré.

—Y tú qué apretada estás.

El paisaje seguía ahí delante: el embalse oscureciéndose con el cielo, los tres pueblos con sus primeras luces encendidas, la sierra convertida en una silueta negra. Qué absurdo y qué perfecto estar aquí así, pensé, con la polla de Rodrigo hundida hasta el fondo y el atardecer empezando a apagarse.

Empecé a moverme. Subía y bajaba con un ritmo que iba marcando yo, dejándomela salir casi entera antes de dejarme caer otra vez del todo, sintiéndola volver a hundirse hasta el tope. Sus manos subieron por mis costados hasta llegar a mis pechos, los desnudó tirando del sujetador hacia abajo hasta que se me quedaron por fuera, apretados por debajo. Me pellizcó los pezones entre los dedos, rodándolos, y una descarga me subió directa desde ahí hasta el coño.

—¿Te pone follar en medio del campo? —preguntó en voz baja, con la boca pegada a mi cuello, mordiéndome el lóbulo.

—Me pone que me folles tú —respondí—. El campo es lo de menos.

—¿Lo de menos? —repitió, apretándome más los pezones y empujando de golpe hacia arriba cuando yo bajaba, lo que me arrancó un gemido involuntario que se fue campo abajo.

—Bueno… ayuda —admití entre dientes.

—Eso me parecía.

Una de sus manos bajó por mi vientre y se me metió entre las piernas, buscándome el clítoris. Lo encontró al primer intento y empezó a hacerme círculos con el dedo del medio, apretados, precisos, sin dejar de empujar por debajo. La combinación era demoledora: yo cabalgándole desde arriba, él empujándome desde abajo, y su dedo trabajándome ahí como sabía hacerlo.

Aceleré el ritmo. Él gemía en mi oído, suave y contenido, como alguien que sabe que no hay nadie a kilómetros pero que aun así se reserva algo para sí mismo. Yo no tenía esas restricciones. Dejé escapar un gemido largo cuando encontré el ángulo exacto y me quedé ahí, moviéndome en círculos lentos, sin perderlo, con la polla presionándome contra un punto que me hacía ver luces.

—Así —dijo—. Exactamente así. Muévete así, no pares.

—No pares tú de tocarme.

—Ni loco.

Sus caderas empezaron a moverse al ritmo de las mías, empujando hacia arriba cuando yo bajaba. La sensación se multiplicó de una forma que no tiene explicación lógica pero que el cuerpo entiende perfectamente. Me incliné hacia delante apoyando las manos en sus rodillas, arqueando la espalda, dejando el culo expuesto contra él, y cambié a un movimiento más directo, arriba y abajo, más rápido, dejando que la polla me entrara y me saliera casi entera cada vez.

—Mírate cómo me montas —dijo él, con voz ronca, mirándome desde atrás—. Cómo te tragas la polla entera.

—Cállate y sigue tocándome.

—No pares.

—No voy a parar.

Estuvimos así varios minutos. El sol había desaparecido del todo detrás de la sierra y el cielo era ahora de un azul oscuro con trazos naranjas deshilachándose en el horizonte. Yo no lo veía claramente pero lo sentía: esa luz suave y última que llega cuando el día ya se ha marchado pero la noche todavía no ha terminado de instalarse del todo.

***

—Cambiamos —dije, más como aviso que como pregunta, cuando noté que quería algo diferente, algo más directo, algo más brutal.

No respondió con palabras. Solo me dio una palmada suave en el muslo, que era su forma de decir que sí, que lo que yo quisiera.

—A cuatro —dijo—. Y date la vuelta bien, quiero verte todo.

Me levanté, dejándole la polla libre —le brillaba entera, empapada de mí— y me puse de rodillas en el borde del colchón, con las caderas hacia el exterior del maletero, apoyada en los antebrazos. Él bajó al suelo, se colocó de pie detrás, con los pies en el suelo, a la altura justa para que todo encajara sin esfuerzo. Me bajó el tanga hasta las rodillas, lo dejó ahí tensado, y me abrió los cachetes del culo con las dos manos.

—Estas sí que son buenas vistas —dijo, y era evidente que no hablaba del embalse.

Noté la punta rozándome, deslizándose entre los labios, empapándose de lo mío. Entraba apenas y volvía a salir. Una vez. Otra. Una más. Un juego que reconocí al instante y que me desesperaba cada vez con la misma eficacia. La punta se me metía dos centímetros y salía. Otros dos. Salía.

—Para —le dije, con poca paciencia ya—. Métela.

—¿Cómo? —preguntó, y había diversión en su voz. Me dio un golpe seco con la polla contra el coño, plana, aplastándola contra los labios.

—Métemela ya, coño —solté—. Por favor.

—Así se pide.

Entró de golpe, hasta el fondo, de una sola embestida que me sacó el aire de los pulmones.

El gemido me salió solo, más alto de lo que pretendía, y se fue campo a través sin que hubiera nadie para escucharlo. Rodrigo se quedó quieto un momento, enterrado del todo, apretado contra mí, y luego se retiró casi entera y volvió a empujar hasta el fondo. Y otra vez. Y otra. Un ritmo firme y constante que sabía exactamente lo que hacía, con las caderas chocándome contra el culo con un chasquido húmedo que se oía por encima del viento.

Me dio una nalgada. Abierta, sin anunciarse. Sonó seca en el aire de la tarde.

—Joder —solté.

—¿Bien o mal?

—Bien —admití—. Pero avisa la próxima vez.

La siguiente vino con aviso: su mano posada un segundo sobre la piel antes de bajar. Luego otra, en la otra nalga. El contraste entre el golpe seco y el calor que se extendía después hacía que me concentrara en esa zona de una forma que no me ayudaba en absoluto a pensar con claridad, y eso era exactamente el objetivo.

Me agarró del pelo, lo enrolló en el puño y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda. Ahora el ángulo era otro y la polla me llegaba a un punto distinto, más profundo, más adentro. Yo gemía cada vez que embestía, sin poder ni querer contenerlo.

—¿Ves cómo te mueves? —dijo con voz baja, sin dejar de empujar, con el pelo todavía tirándome—. Cómo se te mueve el culo cada vez que entro.

—No me puedo ver.

—Yo sí. —Un empuje más fuerte, chocándome entero—. Es lo mejor que he visto en todo el día.

—¿Mejor que el atardecer?

—Mucho mejor que el atardecer.

Me soltó el pelo y me pasó el pulgar por la boca. Se lo chupé sin pensar, dejando que me lo hundiera hasta el fondo de la lengua. Lo sacó brillante de saliva, y sentí ese mismo pulgar bajando hasta el culo, presionándome el otro agujero, entrando muy despacio, hasta el primer nudillo. Fue todo lo que necesité para que se me subiera el orgasmo de golpe. Cuando lo metió del todo, lento, con la polla trabajándome por delante al mismo ritmo, no me quedó ninguna capacidad de coordinar nada.

—Oh dios —gemí—. Oh dios, no pares.

—Ni loco.

Aceleró. Yo apoyé la frente en los antebrazos y me dejé llevar sin resistirme a nada. Las sensaciones se fueron acumulando con esa precisión que tiene el cuerpo cuando sabe que está cerca, cuando cada movimiento suma al anterior sin perder nada por el camino. La polla llenándome, el pulgar en el culo, la mano libre bajando por delante y buscándome otra vez el clítoris con dos dedos. Lo sentí venir desde adentro, primero como una tensión sostenida en el vientre, luego como algo que se expande y ocupa todo el espacio disponible.

—Me voy a venir —le avisé, con la voz rota.

—Hazlo —dijo—. Vente en mi polla. Quiero sentirlo.

Y lo sentí: esa ola que empieza en algún punto que no tiene nombre exacto y que lo ocupa todo durante unos segundos que parecen más largos de lo que son. Me vine con un gemido largo y sostenido, con los dedos aferrados al colchón, con las paredes del coño apretándose alrededor de la polla en oleadas descontroladas, con las caderas apretadas contra él, que soltó una maldición ronca y aceleró todavía más.

—Me corro —gruñó, empujando hasta el fondo—. Me corro dentro, joder.

—Dentro —le contesté, sin aliento—. Córrete dentro.

Sentí el primer chorro caliente estallar bien adentro, el segundo, el tercero, con él clavado hasta el fondo y las manos apretadas en mis caderas como si necesitara sujetarse a algo, mientras yo todavía estaba temblando por el mío. Se quedó ahí un momento largo, bombeando muy despacio los últimos espasmos, vaciándose entero.

Cuando se retiró, muy lento, la sentí salir junto con un hilo caliente que me bajó por dentro del muslo. Me estremecí entera.

Nos quedamos quietos un momento largo, sin movernos, escuchando el silencio del campo. Solo el viento entre los olivos. Solo nuestra respiración, poco a poco volviendo a la normalidad.

Caí hacia delante sobre el colchón. Él se tumbó a mi lado un momento después.

El cielo era ya completamente oscuro, con las primeras estrellas apareciendo una a una sobre la sierra. El frío de la noche empezaba a notarse sobre la piel, pero dentro del coche seguía habiendo calor suficiente para no moverse todavía.

—¿Cena? —preguntó él al cabo de un rato.

—En un momento —dije—. Todavía no.

—¿Qué estás haciendo?

—Recordarlo antes de que se pase.

Él no dijo nada más. Solo me pasó el brazo por encima y nos quedamos mirando las estrellas desde el maletero abierto, con el campo oscuro y callado a nuestros pies y la nevera de las cervezas a un lado, aún con frío suficiente para que valiera la pena.

Hay cosas que se planifican durante semanas y no terminan de salir bien. Y luego hay tardes como esta, que no estaban en ningún plan, que no tenían nombre hasta que pasaron, y que se quedan mucho tiempo después de que el sol se haya ido.

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Comentarios(8)

Gustavo_87

Buenisimo!!! ese ambiente del campo y el atardecer lo pintaste perfecto

RossanaV

Me encanto la imagen del horizonte, hay algo muy sensual en un espacio abierto asi. Se siente real y romantico a la vez. Sigue escribiendo!

NachoCba

excelente, se hizo cortisimo quede con ganas de mas

LucasPampa

Me recordo a unas vacaciones en el campo con mi pareja hace años, esas cosas que te quedan grabadas para siempre. Muy buen relato, gracias

Karina_77

Y despues que paso?? jaja quede con la intriga, esperando la continuacion

TomaNoche

El detalle del atardecer y el campo solo para ellos... tremendo escenario. Muy bien contado, se nota que sabes crear ambiente

Pablox99

Increible como con tan pocas palabras transmitis tanta tension. Un 10 de 10

SilvinaRo

si hay segunda parte no te la guardes!!! muy bueno

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