El escritor erótico que me tenía hipnotizada
Hace casi tres años encontré el perfil de Luciano. No fue algo que busqué, porque casi nada interesante en mi vida llega cuando lo busco: simplemente apareció en las sugerencias de Instagram una tarde de domingo en que yo no tenía nada mejor que hacer que quedarme en el sofá con el teléfono pegado a la mano y la cabeza en ningún sitio.
Era un perfil de escritura erótica. Nombre de usuario críptico, foto de portada en blanco y negro que podía ser o no la suya, y una bio de tres líneas que decía algo como «palabras que no se pronuncian en voz alta». Seguía a pocas cuentas. Lo seguían casi cinco mil personas.
Leí el primer texto que apareció en su feed y no cerré la app en dos horas.
Escribía bien. No como los textos que uno encuentra en foros o en páginas de esas donde la puntuación es opcional y los acentos un capricho: escribía con ritmo, con pausas en los lugares correctos, con esa capacidad de hacer que una escena explícita sonara inevitable en lugar de mecánica. Sus personajes tenían historia antes de tocarse. Sus relatos empezaban siempre con una tensión que tardaba en resolverse, y esa demora era exactamente lo que los hacía imposibles de soltar.
Le acepté la solicitud de seguimiento sin pensarlo demasiado. Supongo que me dejé llevar por la emoción de encontrar a alguien que escribía sobre lo mismo que a mí me apasionaba pero con una destreza que yo sentía que me faltaba. Me alegró, genuinamente, saber que existía.
Lo que no anticipé fue en qué me convertiría con el tiempo.
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Nunca le di un like. Eso fue una decisión consciente desde el principio, aunque me habría costado explicar por qué. Quizás porque me parecía que darle un like era dejar una huella, y yo prefería no dejar ninguna. Leer sin ser vista. Existir en su audiencia como una sombra entre miles.
Tampoco comenté nunca, aunque a veces redacté el comentario mentalmente mientras leía. Otras chicas sí lo hacían: dejaban emojis de fuego, frases cortas, alguna que otra insinuación directa que él respondía con una línea ambigua y elegante que no comprometía nada. Lo observé hacer eso decenas de veces. Era bueno en eso también, en mantener la distancia exacta.
No sé cómo es físicamente. Las fotos que usa en el perfil son de un modelo de alguna página de stock, eso lo supe rápido porque hice la búsqueda inversa una noche de insomnio con una mezcla de curiosidad y algo parecido a los celos. Sobre sí mismo solo había dicho, en una de esas rondas de preguntas que hacen en las historias, que era alto, que hacía deporte, que leía mucho y que tenía poco interés en revelar nada más. Su edad era una incógnita. Podía tener veintitantos o estar llegando a los treinta. Nunca quiso aclararlo, y con el tiempo dejé de importarme saberlo.
Lo que importaba era lo que escribía.
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El problema empezó, creo, alrededor del cuarto mes de seguirlo. No lo vi venir porque fue gradual, como todas las cosas que después resultan haber cambiado algo en ti sin que te dieras cuenta.
Luciano publicaba tres o cuatro veces por semana. Relatos cortos, la mayoría, de dos o tres pantallas, aunque a veces subía algo más largo en varias partes. Sus temáticas eran variadas pero siempre tenían algo en común: la tensión antes del contacto. El momento en que dos personas que se desean deciden cruzar la línea. El instante exacto en que las reglas dejan de aplicar.
Una noche leí uno de sus relatos en la cama, con el cuarto a oscuras y el brillo de la pantalla como única luz. Era sobre una mujer que leía la correspondencia erótica de su compañera de piso sin que ella lo supiera, y que empezaba a fantasear con ser la destinataria de esas cartas. Era un relato en primera persona, desde el punto de vista de la lectora clandestina, y estaba escrito con una precisión en la descripción del deseo que me hizo parar a la mitad.
Esto lo escribió pensando en alguien, pensé. Nadie escribe así si no lo ha sentido de verdad.
Terminé el relato. Apagué la pantalla. Me quedé mirando el techo con el corazón yendo más rápido de lo normal y una sensación cálida instalada en algún punto del cuerpo que no quería nombrar.
Al día siguiente volví a leerlo.
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No sé exactamente cuándo pasé de leer sus relatos a imaginar que los escribía para mí. Fue algo que ocurrió sin que yo tomara la decisión. Una noche leía y de repente la protagonista de su texto tenía mi color de pelo. Otra noche, el apartamento donde transcurría la escena se parecía al mío. Pequeñas coincidencias que yo construía sola, que él no había puesto ahí, pero que yo encontraba igual.
Empecé a esperar sus publicaciones. Revisaba su perfil por la tarde, antes de cenar, como quien revisa el correo o las noticias. Si no había subido nada, sentía una pequeña decepción que me avergonzaba reconocer. Si había subido algo nuevo, lo guardaba para leerlo por la noche, en la cama, con tiempo.
Una semana estuvo sin publicar nada. Cinco días en silencio. No puse ninguna historia, no dio señales. Yo revisé su perfil cada mañana con una ansiedad que me resultaba ridícula pero que no podía controlar. El sexto día subió una historia diciendo que había tenido una semana complicada y que pronto volvía. Solté el aire sin darme cuenta de que lo había estado conteniendo.
Esto está yendo demasiado lejos, me dije esa noche.
Y al día siguiente seguí exactamente igual.
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Lo que me resultaba difícil de admitir, incluso para mí misma, era que sus textos habían empezado a afectarme físicamente. No de manera abstracta, no como algo que admiras desde la distancia porque está bien escrito. De manera concreta. Directa.
Leía un párrafo suyo sobre cómo un hombre le susurraba algo al oído a una mujer justo antes de tocarla, y sentía el calor antes de terminar la frase. Leía la descripción de una mano en una cintura, el peso de un cuerpo sobre otro, y tenía que dejar el teléfono un momento sobre el pecho y respirar.
Una noche, leyendo uno de sus relatos más largos, no pude evitarlo.
Dejé el teléfono apoyado contra la almohada, con el texto abierto, y deslicé la mano bajo las sábanas. Leía un párrafo, paraba, continuaba. El relato describía a una mujer que finalmente cedía a algo que llevaba semanas evitando, y yo iba al mismo ritmo que ella, como si los dos textos —el suyo y el mío— ocurrieran en paralelo.
Terminé antes de que terminara el relato.
Después me quedé quieta un rato, con la respiración asentándose, mirando las últimas líneas de su texto en la pantalla. Tenía una mezcla de satisfacción y algo parecido a la vergüenza, aunque no estaba segura de por qué. No había hecho nada malo. Simplemente había respondido a algo que me afectaba.
Pero había algo en la asimetría que me incomodaba: él no sabía que yo existía. Yo lo conocía, en cierto modo, a través de su escritura, mejor de lo que conozco a muchas personas de carne y hueso. Y para él era invisible.
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Empecé a imaginar conversaciones que nunca habíamos tenido.
Las construía en la ducha, en el trayecto al trabajo, en esos momentos de media tarde en que la concentración se rompe sola. Me imaginaba que me escribía un mensaje privado, que había notado de algún modo mi presencia silenciosa y sentía curiosidad. O que yo le escribía a él, finalmente, y que él respondía con algo que no era el tono amable y genérico con que respondía a las demás.
Sigo tu escritura desde hace meses, imaginaba que le decía. También escribo. Sobre las mismas cosas, aunque no tan bien.
Y él respondía, en mis versiones, con una pregunta. No con un halago, porque eso no cuadraba con lo que yo sabía de él a través de sus textos. Con una pregunta real. ¿Qué es lo que más te cuesta escribir? O algo así.
Esas conversaciones imaginarias se volvieron más frecuentes que mis pensamientos sobre personas reales. Eso sí me preocupó un poco.
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Hubo una noche, hace cosa de seis meses, en que subió una historia preguntando a sus seguidores qué tipo de relato querían que escribiera a continuación. Dejó una encuesta con cuatro opciones. Yo voté. Era la primera vez que interactuaba con su contenido de cualquier forma, y lo hice con el corazón acelerado como si fuera algo mucho más significativo que pulsar una pantalla.
La opción que elegí ganó. Escribió el relato tres días después.
Sé que no fue por mí. Que fui un voto entre cientos. Pero me quedé con esa pequeña ficción: que, de algún modo, yo había influido en algo que él había creado. Que había una conexión, aunque fuera microscópica e invisible para él.
Lo leí esa noche con una atención diferente, buscando sin querer algo que pudiera interpretar como un guiño hacia la opción que había ganado, hacia quien la había votado. No encontré nada, claro. Era un relato más, bien construido como todos los suyos, sin mensajes ocultos para nadie.
Pero me gustó de todas formas. Quizás más que cualquier otro.
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No sé si esto es una fantasía o una obsesión o simplemente una de esas cosas extrañas que le pasan a la gente en la era de las redes sociales, donde es posible conocer a alguien sin que esa persona sepa que exististe jamás.
Lo que sí sé es que sigue siendo lo primero que reviso cada mañana. Que sus relatos siguen siendo los únicos que leo hasta el final sin saltarme nada. Que a veces, cuando no puedo dormir, abro su perfil y leo algo antiguo, algo que ya conozco, y aun así funciona.
Que nunca le he dado un like. Que nunca le he escrito. Que probablemente nunca lo haga.
Hay algo en esa distancia que forma parte de lo que hace que todo esto funcione. Si le escribiera, si él respondiera, si se volviera real de algún modo, quizás dejaría de ser lo que es: una presencia que solo existe en las palabras que publica y en lo que yo construyo alrededor de ellas.
Luciano no sabe que existo. Y yo sé demasiado sobre él a través de lo que escribe, que a fin de cuentas es la única forma real de conocer a alguien.
Mañana subirá algo nuevo. Lo leeré por la noche, en la cama, con el cuarto a oscuras.
Y ya veremos qué pasa.