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Relatos Ardientes

Desperté siendo ella y no quería salir

No supe en qué momento exacto mi admiración por Valeria Cruz se transformó en una obsesión que me robaba el sueño. La había seguido durante años: cada entrevista, cada presentación en vivo, cada video que publicaba el grupo. Era la figura central de un proyecto de pop femenino que arrasaba en los rankings, y había algo en ella que me dejaba anclado a la pantalla más tiempo del que podría justificar. Observaba cómo sus caderas marcaban cada tiempo con una precisión casi matemática, cómo el sudor le pegaba el cabello a la nuca al terminar los shows, cómo su pecho subía y bajaba entre canción y canción con un ritmo hipnótico. No era solo atracción física. Era un deseo absurdo y sin forma de estar cerca, de conocerla desde adentro, de que no existiera ninguna distancia entre nosotros.

Así fue como terminé buscando el ritual. Lo encontré en un foro oscuro que ya no existe, en un hilo antiguo que hablaba de unir almas a través de la concentración pura y el deseo genuino. No prometía nada sobrenatural; lo describían como una visualización profunda, casi meditativa. Me convencí de que era inofensivo. Lo preparé una noche en mi cuarto: imprimí una foto suya en alta resolución —la del traje plateado del último concierto, con el top corto dejando el abdomen expuesto y el cabello suelto cayendo sobre los hombros—. La coloqué en el centro del piso, encendí una vela roja, rodeé la imagen con los pétalos secos que encontré en casa. Las condiciones eran ridículas. Me senté de todas formas.

Cerré los ojos. Respiré hondo varias veces hasta que el pulso se me asentó. Pensé en ella con toda la intensidad que fui capaz de reunir: su risa durante las transmisiones en vivo, su forma de decir «gracias» con una voz que sonaba genuinamente agradecida, el calor que me imaginaba sentir si alguna vez pudiera abrazarla después de un show. Repetí en silencio, como un mantra: Quiero estar dentro de ti. Quiero ser parte de ti. Quiero que no haya nada entre nosotros. No pasó nada durante varios minutos. Solo el silencio de la habitación, el crepitar de la vela y mi respiración ralentizándose poco a poco.

Después llegó el mareo. Suave al principio, como si el suelo se inclinara varios grados sin aviso. Intenté abrir los ojos y todo estaba borroso, como ver bajo el agua. Un tirón brusco en el centro del pecho me dobló hacia adelante, como si alguien hubiera enganchado algo por dentro y jalara con fuerza. El estómago se me cerró en un nudo. Un frío eléctrico me recorrió desde los pies hasta la nuca, erizándome los vellos de los brazos y la nuca. El zumbido en los oídos creció hasta volverse ensordecedor. Intenté gritar. No salió nada. La oscuridad se cerró como una trampa sin salida.

Cuando recuperé la conciencia, no estaba en el piso de mi cuarto.

Estaba de pie.

El aire era más cálido, más cargado, con un perfume que no reconocí de inmediato: flores intensas, vainilla, algo dulce que podría ser una loción cara. Luces de colores parpadeaban a mi alrededor. Mis piernas se sentían extrañas —más largas, más livianas, pero con el centro de gravedad desplazado hacia otro punto—, y al intentar dar un paso noté que algo me elevaba por los talones: unos tacones altos que me obligaban a redistribuir el peso de una forma que nunca había necesitado.

—¿Dónde estoy? —murmuré.

La voz que salió no era la mía. Era suave, femenina, con un timbre que había escuchado cientos de veces en videos y entrevistas. Me quedé paralizado, el eco de ese sonido resonando en el espacio a mi alrededor. Tosí para aclarar la garganta. Lo mismo: esa voz. El pánico trepó un nivel de golpe.

Miré alrededor: un tocador con maquillaje esparcido, rimel, labiales de distintos tonos, pinceles alineados con cuidado. Un sofá pequeño en una esquina. Perchas con ropa colgada. Una puerta cerrada con un cartel que decía «Camerino». Podía escuchar el murmullo apagado de la gente afuera, los últimos ecos de una música que se estaba apagando. Era un backstage, exactamente como los que había visto en los documentales del grupo. Pero ¿qué hacía yo aquí? ¿Cómo había llegado?

Bajé la vista despacio.

El impacto fue físico. Había unos senos grandes y redondos empujando contra un top brillante que se sentía ajustado al límite. Con cada respiración subían y bajaban, un movimiento constante que desequilibraba cualquier otro pensamiento. La tela rozaba una piel que nunca había sido mía, y sentí cómo los pezones respondían al roce con una sensación eléctrica que bajó directo al vientre. Era nuevo, desconcertante, como si miles de terminaciones nerviosas se activaran de golpe en zonas que antes no existían en mi cuerpo.

Fui al espejo cojeando sobre los tacones. Me planté frente a él.

El reflejo me miró de vuelta.

Ojos grandes con maquillaje ahumado. Labios pintados de rojo brillante. Cabello largo pegado a la nuca por el sudor del show. El top plateado. Un vestido corto y ajustado que marcaba cada curva con precisión.

Era Valeria Cruz.

Toqué el vidrio con dedos temblorosos. El reflejo repitió el gesto: dedos finos, uñas pintadas de rojo oscuro. Me toqué el rostro: piel suave, mejillas calientes. Aparté un mechón de cabello y sentí su textura sedosa, larga, rozando la nuca sensible.

—Esto no es real —susurré con su voz.

Me pellizqué el brazo con fuerza. Dolió. Me di una cachetada en la mejilla. Ardió y los ojos se llenaron de lágrimas. Me mordí el labio inferior hasta sentir sabor metálico. Sangre, real. Cerré los ojos fuerte y los abrí. Seguía ahí. Era real. Todo era completamente real.

Alguien tocó la puerta. Una mujer preguntó con tono tranquilo si estaba lista, que en quince minutos salían hacia el hotel.

Busqué en el armario algo con lo que cubrirme más y encontré una sudadera con capucha. Me la puse y bajé la capucha hasta taparme la cara casi entera. Abrí la puerta. La asistente me miró con una expresión entre sorprendida y preocupada.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí con la voz de Valeria—. Solo muy cansada.

Le pedí que me llevara con ella, sin el resto del grupo. Que no quería saludar a nadie esa noche. Asintió sin discutir y me condujo directamente a una camioneta negra que esperaba en la salida de servicio.

Durante el trayecto intenté convencerme de que era un sueño. Que en algún momento abriría los ojos y estaría en mi cuarto con la vela apagada y la foto en el suelo. Pero el cuero del asiento se sentía real bajo los muslos. El frío del aire acondicionado era real. El peso constante en el pecho era real. Llegamos al hotel. Pedí mi habitación sin hablar de más y subí sola. Cuando cerré la puerta, me derrumbé en la cama sin fuerzas para quitarme ni los tacones ni el vestido. El agotamiento mental aplastó todo lo demás.

***

Desperté de golpe.

El reloj digital marcaba las 4:12 de la tarde. Las cortinas bloqueaban casi toda la luz. Por un segundo no supe dónde estaba, y entonces los recuerdos cayeron todos juntos y sin piedad: el ritual, el camerino, la voz en el espejo, el taxi, la cama.

Me incorporé despacio. El cuerpo protestó con un dolor difuso, muscular, el tipo de cansancio específico que acumulan los bailarines después de un show largo. El vestido seguía pegado a la piel, arrugado y rígido, oliendo a perfume caro mezclado con el sudor de las horas anteriores. Los senos se movieron con el gesto de levantarme —pesados, cálidos, recordándome con cada subida y bajada que nada había cambiado—. La tela rozaba los pezones con cada respiración, enviando pequeñas descargas que bajaban al vientre sin que yo las pidiera.

Tengo que encontrar la forma de salir.

El pensamiento me ocupó varios minutos. Necesitaba contarle a alguien, pedir ayuda, encontrar al autor del ritual. Pero ¿a quién le contaba esto? ¿A la policía, con la voz de Valeria Cruz, explicando que era un fan atrapado en su cuerpo? Me internarían en un psiquiátrico. ¿A un médico? Lo mismo. Y si no había vuelta atrás, si esto era permanente, significaba que ella había desaparecido de algún lugar. Que yo había borrado a una persona sin querer, con una vela de dos pesos y una foto impresa. Las lágrimas llegaron solas. Me odié por eso. Me odié por la obsesión, por el ritual, por haber creído que era inofensivo.

Pero el cuerpo no esperaba que yo terminara de odiarme.

Mientras lloraba, la tensión hacía que el pecho se elevara con cada sollozo, y con él venía esa sensibilidad que no podía apagar: los pezones rozando la tela, un calor creciente entre las piernas que se instalaba sin pedirle permiso a nadie. Era como si este cuerpo tuviera su propio idioma, uno que yo todavía no entendía pero que escuchaba a pesar de todo. Me levanté y caminé de un lado al otro de la habitación. Las caderas se movían solas con una gracia natural que nunca había tenido, los senos rebotando ligeramente con cada paso, enviando chispas constantes al vientre.

Me detuve frente al espejo del dormitorio. Valeria con los ojos enrojecidos de llorar, mejillas sonrojadas, cabello revuelto. Y adentro: yo. No era el momento. Sabía que no era el momento. Pero algo oscuro y curioso empezó a abrirse camino entre el pánico y la culpa, lento e inevitable como una marea.

Entré al baño y cerré con seguro.

Me paré frente al espejo de cuerpo entero. La luz era suave. Me miré durante un rato largo sin hacer nada, sintiendo cómo el debate moral rugía de un lado mientras la curiosidad empujaba del otro con cada vez más fuerza.

Solo mira. Solo para entender qué se siente ser ella.

Empecé por el vestido. Lo bajé por los hombros despacio, sintiendo cómo la tela se separaba de la piel con un roce que dejaba rastros de electricidad en su camino. Cayó al piso. El aire de la habitación tocó la piel expuesta de las caderas y los muslos, y temblé. Quedaba el top y la ropa interior.

Toqué los senos por encima de la tela: calientes, firmes, cediendo bajo las palmas con una suavidad que no me esperaba. Los pezones respondieron al instante, endureciéndose más, enviando ondas de cosquilleo que bajaron al vientre. Bajé los tirantes del top lentamente, dejando que la tela se despegara centímetro a centímetro. Primero la curva superior. Después las aureolas rosadas. Después los pezones erectos expuestos al aire frío de la habitación. El top cayó al piso.

Los vi directamente por primera vez, sin ninguna pantalla de por medio, sin ninguna distancia. Los toqué con las manos temblorosas: suaves pero firmes, pesados en las palmas. Pellizqué un pezón con cuidado, y el rayo que recorrió el pecho entero me hizo jadear. No era el placer que conocía. Era más difuso, más amplio, irradiándose hacia el abdomen y las piernas en ondas que no terminaban fácilmente.

Bajé las manos a la ropa interior. La tela estaba húmeda. La deslicé por las caderas despacio, sintiendo cómo se despegaba de la piel con una resistencia suave. Cayó a los tobillos. Me miré en el espejo. Todo expuesto. El impacto me dejó sin respiración durante varios segundos.

Alcé un dedo tembloroso y rocé apenas la zona más sensible. Caliente, resbaladiza. Encontré el clítoris casi sin buscarlo —pequeño, firme, como un punto de tensión pura— y el placer fue tan inesperado y eléctrico que tuve que apoyarme en la pared para no caer. No estaba localizado en ningún punto concreto. Se expandía por el abdomen, las piernas, el pecho, todo al mismo tiempo, como si el cuerpo entero fuera un único circuito que yo acababa de cerrar.

Introduje un dedo. Apretado, cálido, paredes que cedían y se contraían alrededor. Moví despacio al principio, aprendiendo la textura, la presión, el ritmo que este cuerpo parecía pedir. Añadí el pulgar sobre el clítoris. La presión subió por capas, profunda e inevitable, completamente distinta a cualquier cosa que hubiera experimentado antes.

El orgasmo llegó sin aviso previo.

Contracciones que recorrieron el cuerpo entero desde el centro hacia afuera, en oleadas. Un grito entrecortado que salió con la voz de Valeria. Las piernas cedieron y me deslicé hasta el piso, apoyando la espalda en la pared fría del baño, jadeando.

Me quedé así durante un rato largo, el pecho subiendo y bajando, los ecos del placer apagándose lentamente. El debate moral seguía ahí, en algún rincón de la cabeza. Pero más lejos ahora. Mucho más lejos.

Me miré las manos. Suaves, con uñas pintadas. Las giré bajo la luz del baño como si las viera por primera vez, estudiando cada detalle.

No quería pensar en lo que pasaría mañana. En cómo explicar lo que había hecho. En si existía una vuelta atrás o si esto era permanente. Lo único que sabía con certeza era que el cuerpo que ahora habitaba tenía demasiadas cosas por descubrir. Y la noche todavía era muy larga.

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Comentarios (8)

FantasMundo

Increible premisa, me atrapó desde la primera línea. Uno de los mejores de fantasias que leí acá.

Laucha76

Excelente!!! Seguí asi por favor

curiosoLector

Me quedé con ganas de mas. ¿Hay segunda parte? Ojalá.

SofiaMiranda_ok

Que imaginacion! Me encanto como lo contaste, se siente raro pero tambien muy real a la vez. Bravo

Marcos_BCN

jaja me hice mil preguntas leyendo esto, tremendo. No sé si envidiarle o tenerle miedo al protagonista

Pao_lectora

Dios mio, que relato. Me lo leí dos veces. Espero que sigas subiendo mas cosas asi, tenés un estilo muy tuyo.

NocturnoCba

Muy buena historia, diferente a lo que se lee normalmente por acá. Saludos

ElisaLectora

Me recordó a un sueño rarísimo que tuve una vez jajaja, aunque no tan interesante como esto. Buenisimo!!

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