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Relatos Ardientes

Lo que descubrí sobre mí esa noche frente al espejo

Me llamo Mariana, tengo veintiocho años y vivo sola en un departamento del segundo piso desde hace casi dos. Soy morena, con curvas que llenan cualquier vestido, tetas pesadas que se mueven solas con cada paso y un trasero amplio que me ha valido más de una mirada en la calle. El pelo me llega hasta media espalda, oscuro, ondulado, y siempre lo llevo suelto cuando estoy en casa.

Pero nada de eso importa ahora. Lo que importa es lo que pasó aquella noche de jueves, cuando decidí que iba a probarme a mí misma hasta el límite.

Llevaba toda la semana acumulando una calentura insoportable. Trabajo desde casa, paso horas frente a la pantalla, y entre videollamada y videollamada se me van metiendo pensamientos que no deberían estar ahí. Esa tarde, mientras revisaba unos documentos, no podía dejar de imaginarme tocándome. Apreté las piernas debajo del escritorio. Cambié de postura. Nada funcionaba. Para cuando se hizo de noche, ya tenía la ropa interior empapada y un único plan en la cabeza.

Cerré las cortinas, apagué todas las luces menos la lámpara del rincón, esa que da una luz amarilla y baja, y me quedé parada al lado de la cama. Me quité la blusa primero, despacio, sintiendo cómo la tela rozaba mis pezones ya endurecidos. El sostén cayó al suelo y mis tetas quedaron libres, pesadas, con esa marca rosada que dejan los aros cuando llevas demasiadas horas con él puesto. Me toqué una con la palma abierta, sin apretar, solo sintiendo el peso. El pezón izquierdo me palpitaba.

Bajé las manos al pantalón, lo desabroché y lo dejé caer junto con la bombacha. Quedé desnuda en medio del cuarto, viéndome de reojo en el espejo del armario. La piel morena brillaba un poco con la luz de la lámpara. El triángulo entre mis piernas estaba húmedo, los labios hinchados antes incluso de haber empezado. Me reí sola.

—Estás peor de lo que pensabas —murmuré.

Me acosté boca arriba sobre las sábanas frescas. Abrí las piernas, no demasiado al principio, y pasé la mano derecha por el vientre, bajando despacio hasta el monte. El primer roce sobre el clítoris me arrancó un suspiro. Estaba tan sensible que con solo apoyar el dedo ya sentía cosquillas eléctricas subiendo por el vientre. Hice círculos pequeños, lentos, mientras con la otra mano me apretaba un pecho.

Pero esa noche no quería caricias. Quería más.

Metí el dedo medio adentro y entró sin resistencia, deslizándose en una vagina que estaba esperándolo. Lo curvé, busqué ese punto rugoso unos centímetros adentro y empecé a presionarlo con un movimiento de «ven aquí» que me hacía arquear las caderas. Saqué el dedo, lo miré brillante de mi propia humedad, y volví a meterlo, esta vez junto al índice. Dos dedos. Más anchos. Más profundos. Mi cuerpo los recibió con un sonido líquido que me puso aún más caliente.

—Más —me dije, mordiéndome el labio.

Llevé la otra mano a la boca, escupí en los dedos para sumar lubricante, y los puse junto a los otros dos. Cuatro dedos. Empujé. Mi entrada se resistió un instante, ese ardor delicioso del estiramiento, y después cedió de golpe. Sentí mis paredes internas abriéndose, abrazándolos, succionando con cada movimiento. Mi mano entera estaba dentro hasta los nudillos, y cuando giraba la muñeca, una corriente eléctrica me recorría la columna.

Las tetas rebotaban con cada empujón. El sudor me corría entre ellas, bajaba por el costado del torso, y se mezclaba con la humedad que tenía entre las piernas. Cerré los ojos un segundo. La cabeza me daba vueltas. Estaba a punto de venirme, lo sentía cerca, esa presión que se acumula y avisa, pero no quería terminar así. Quería más.

Saqué la mano, jadeando, y me quedé un momento quieta, sintiendo cómo mi vagina pulsaba vacía, reclamando lo que le había quitado. Tenía los muslos pegajosos. Las sábanas debajo de mí ya estaban manchadas. Y entonces pensé en el otro agujero.

***

Siempre tuve curiosidad por eso. No era la primera vez que jugaba con mi culo, pero nunca había llegado tan lejos como esa noche. Me giré sobre el costado derecho, levanté la pierna izquierda y junté saliva en la boca antes de soltarla directo sobre mi entrada trasera. La sentí caliente, deslizándose por la hendidura entre las nalgas. Recogí lo que cayó y lo unté ahí mismo, masajeando el esfínter en círculos.

El primer dedo entró con un pop sordo, y el calor cerrado de adentro me hizo soltar un gemido ahogado contra la almohada. Lo moví despacio, sintiendo las paredes internas, esa textura distinta a la vagina, más apretada, más nerviosa. El segundo dedo costó más. Tuve que escupir otra vez, frotar bien y empujar con paciencia. Cuando entró, mi cuerpo entero se contrajo. Una mezcla de dolor punzante y placer sucio que me hizo querer todavía más.

Con la mano libre volví a mi sexo. Dos dedos otra vez, esta vez con más facilidad porque ya estaba abierta, dilatada, esperando. Me follaba en los dos agujeros al mismo tiempo, los movimientos no del todo coordinados pero suficientes para dejarme temblando. La almohada se me empapaba de baba en cada gemido.

—Más —dije, y esta vez sonaba a súplica.

Saqué los dedos del culo. Quería los cuatro. Lo había leído en algún lado, lo había visto en algún video, y siempre me había parecido imposible para mí. Pero esa noche nada me parecía imposible. Recogí más saliva, esta vez bastante, embadurné mi mano entera y junté índice, medio y anular antes de presionar contra mi ano otra vez.

Los tres entraron. No fue fácil. Sentí cómo el esfínter se estiraba más allá de su límite cómodo, ese pinchazo que te dice «cuidado». Pero seguí. Empujé hasta los nudillos. Me quedé un momento ahí, respirando hondo, sintiendo cómo mi cuerpo se acomodaba al asalto. Las paredes internas vibraban alrededor de mis dedos. Me dolía. Me encantaba.

El cuarto fue otra historia. Junté el meñique a los demás formando una especie de cuña, y empujé. Mi ano me rechazó al principio. Apreté los dientes, escupí más, y volví a empujar. Sentí algo crujir, un dolor agudo que me hizo gritar contra la almohada, y de pronto los cuatro dedos se hundieron de un golpe.

—¡Mierda! —jadeé, los ojos llenos de lágrimas y la respiración entrecortada.

Me quedé inmóvil unos segundos, asustada de haberme lastimado. Pero el dolor empezó a transformarse. Lo que primero fue un ardor brutal se convirtió en una presión densa, plena, que me llenaba de una manera nueva. Empecé a moverlos despacio, embestidas cortas, casi imperceptibles, y cada una me arrancaba un sonido distinto.

***

Y entonces vino lo que casi me destruye.

Empujé un poco más adentro, curvando los dedos hacia abajo, presionando contra la pared interna como si quisiera tocar mi propio vientre desde adentro. Sentí algo extraño. Algo blando y carnoso que cedía con cada contracción, que parecía querer salir conmigo cada vez que retiraba la mano. Era como si una parte de mí estuviera intentando voltearse del revés, asomando un poco con cada movimiento.

Bajé la mirada. En la penumbra alcancé a ver una protuberancia rosada que no debería estar ahí, un bulto suave que aparecía y desaparecía con cada empuje. El pánico me golpeó en el pecho.

—No, no, por favor —susurré.

La imagen se me cruzó en la cabeza con una claridad horrible: mi ano dado vuelta, una flor de carne colgando de mí, una visita de urgencia al hospital y la vergüenza de tener que explicar qué estaba haciendo. El miedo era real. Y al mismo tiempo, vergonzosamente, era lo más excitante que había sentido en mi vida.

Hazlo. Sigue.

La voz dentro de mi cabeza no era del todo mía, o no era la Mariana de todos los días. Empujé otra vez. El bulto creció un poco más. Sentí ese tejido tibio y sensible rozar contra mis dedos, una superficie húmeda y prohibida que no debería estar tocando desde fuera. Me mareé. El clítoris me latía sin que nadie lo tocara. Estaba a centímetros de un orgasmo que iba a partirme en dos.

Y entonces el cuerpo me ganó la batalla.

Sentí una presión distinta acumulándose más adelante, algo que no era el orgasmo que esperaba. Antes de que pudiera procesarlo, un chorro caliente salió disparado, empapando el colchón, mis muslos, las sábanas y hasta el camisón que tenía tirado al costado.

—¡Ay, no! —chillé, mitad horror mitad alivio.

Me estaba meando. La presión interna había aplastado la vejiga, y mi cuerpo, sin pedir permiso, había soltado todo. El olor caliente del pis llenó la habitación en cuestión de segundos. Saqué los dedos del culo de un tirón, sintiendo un vacío doloroso, y rodé sobre el costado para no seguir mojando lo poco que quedaba seco.

***

Me quedé varios minutos así, jadeando, con el corazón galopándome en las costillas y la piel cubierta de sudor y de otras cosas que prefiero no nombrar. Mi ano latía abierto, mi sexo latía vacío, y entre las dos sensaciones había un calambre delicioso y aterrador a partes iguales.

Cuando logré pararme, las piernas me temblaban tanto que tuve que sostenerme del borde de la cama. Caminé hasta el espejo grande del armario, me puse en cuatro sobre la alfombra y me miré. El reflejo era una imagen para enmarcar: el pelo pegado a la frente, las tetas colgando pesadas, el cuerpo entero brillante, las nalgas separadas por mis propias manos temblorosas.

Me empiné un poco más, tiré de las nalgas hacia los costados con fuerza, y entonces lo vi de cerca. Mi ano hinchado, rojo, todavía un poco abierto, con un pequeño bulto rosado asomando tímido, como si una parte de adentro se hubiera olvidado de volver a su sitio. Estaba goteando lubricante, saliva, vaya a saber qué.

—Casi te lo haces, Mariana —susurré al espejo.

Lo toqué con la punta del dedo y un latigazo de placer me recorrió la columna. Me reí sola, una risa nerviosa, asustada, hambrienta. Cualquier persona normal habría salido corriendo a lavarse y a no volver a hacer eso jamás. Yo, en cambio, me quedé ahí mirando, pensando ya en la próxima vez.

Tuve que cambiar las sábanas, dar vuelta el colchón, ventilar la habitación durante una hora con la ventana abierta y meterme en la ducha hasta que el agua salió fría. Mientras me enjuagaba, decidí que la próxima vez sería justamente ahí, bajo el chorro caliente, donde no haya sábanas que arruinar y pueda enjuagar cualquier desastre. Y me prometí que esa próxima vez no me iba a detener.

Porque ese casi accidente me dejó con un morbo que no se me va. El recuerdo del bulto rosado, del cuerpo cediendo, del miedo y el placer chocando en una misma ola. Sé que estuve a un milímetro de hacerme un daño que iba a tener que explicarle a un médico. Y sé también que la próxima vez voy a empujar un poco más fuerte, solo para volver a sentir esa cuerda templada entre el placer y el desastre.

A veces creo que esa noche no me masturbé yo. Que algo dentro de mí, una versión más hambrienta y más perversa, se asomó por primera vez. Y que está esperando, paciente, a que vuelva a abrirle la puerta.

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Comentarios (8)

SofiRios22

que relato tan intenso!! me quede sin palabras, en serio

Gonzalo_87

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como continua

MartaZ76

Me recordo algo que yo también viví. Esas noches a solas uno no las olvida nunca

CristinaLect

Lo que mas me gusto es lo sincero que suena, sin rodeos ni exageraciones. Se siente autentico. Sigue escribiendo asi!

LauraCba2020

Increible!! de los mejores que lei en esta categoria, gracias

Fernando_BsAs

muy bueno, la forma en que engancha desde el inicio es impresionante. Esperando mas relatos!

Marcos_S

se me hizo corto jaja pero estuvo muy bueno, bravo

NocturnoLector

Hay algo en esos momentos de descubrimiento que te cambia algo adentro. Gran relato

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